Bolivia: entre la tragedia y la farsa

Ernesto López

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El golpe que derrocó a Evo Morales ha oscilado entre la tragedia y la farsa. Si se examina el comportamiento de los golpistas, se advierte que la voluntad de sacarlo del juego aprovechando la coyuntura electoral estuvo instalada de entrada. Ellos han sido los actores principales de la tragedia que ha acontecido, que se refleja en las barbaridades y las desmesuras que se han tramado y materializado hasta ahora. Entre otras, las siguientes:

a) La apresurada denuncia de fraude que fue disparada por Carlos Mesa, el principal candidato de la oposición, quien sin vergüenzas ni tapujos y antes de que el escrutinio oficial hubiera tomado consistencia, sentenció: “la ciudadanía no va a aceptar esta votación… no va aceptar este resultado que está totalmente tergiversado y amañado”. Y llamó a “defender el voto en la calle”. Clarito: elección fraudulenta y movilización activa, todo bien temprano y con anticipación.

b) Después de esta virtual convocatoria a la sublevación, de la que se hizo rápidamente eco el presidente del opositor y derechista Comité Cívico de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho, fueron intrusados, vandalizados e incendiados los Tribunales Electorales Departamentales (TED) de Potosí, Santa Cruz y Sucre. Los TED de los nueve departamentos en los que se divide Bolivia eran los encargados de contabilizar los votos y de remitir los resultados al Supremo Tribunal Electoral, a quien correspondía integrar la totalidad del conteo y dar a conocer los resultados oficiales. En el incendio de aquellos TED se perdió un número todavía incierto de información electoral. A Mesa y a Camacho les importó bien poco. El principal objetivo de ambos era otro: desestabilizar al gobierno y echar a Evo de la presidencia.

c) También tempranamente, y antes de que hubiera información que pudiera sustentar una acusación de fraude, se lanzaron movilizaciones en Potosí, Sucre, Cochabamba, Tarija y La Paz, en tren de sumar al objetivo de desestabilizar.

d) En la misma ola agitadora y desestabilizadora, la agresión personal a funcionarios municipales, departamentales o nacionales estuvo a la orden del día. Tal fue, entre otros, el brutal caso de Patricia Arce, alcaldesa de Vinto, partidaria del MAS que fue agredida y ultrajada. Su foto, con el cabello cortado a la fuerza por la barbarie y su cara y vestido empapados de pintura, paseó por el mundo.

e) El amotinamiento policial fue una cuenta más –y muy significativa– del plan de agitación, desestabilización y expulsión de Evo Morales de la Presidencia.

f) La Misión de Observación Electoral de la OEA colaboró también en el plano trágico al producir un avieso informe de auditoría electoral, cuya elaboración insumió cierto tiempo y operó ex post a todo lo hasta aquí fue someramente consignado: se volverá más abajo sobre esto que, en rigor, fue una nefasta farsa. Tanto Mesa como Camacho desestimaron y descartaron de entrada esa opción, obviamente en función del premio mayor al que apuntaban: la agitación y la caída de Morales. Pero lo festejaron cuando se dio a conocer. Así, en esta primera fase quedó claro que a la oposición le importaba muy poco el resultado de la elección, pues lanzaron la acusación de fraude cuando se carecía de toda base informativa y movilizaron agresivamente a sus huestes en procura de producir condiciones de movilización social que facilitasen el derrocamiento de Evo, que finalmente llegó.

g) Las Fuerzas Armadas, por intermedio de su Comandante en Jefe, el general Williams Kaliman, le plantearon al presidente que debía dejar de serlo y lo forzaron a dejar el cargo. El golpe estaba consumado. (Curioso acertijo del azar o del destino: Kaliman suena casi como Kaliban, el maligno personaje de La Tempestad, y el Williams boliviano se acerca por su nombre y la letra ese final, a William Shakespeare, autor de la antedicha obra).

h) Un último episodio merece ser consignado en este rubro que alude a lo trágico: fue infame el tratamiento que diversos presidentes andinos le aplicaron al vuelo que llevaba a Evo Morales y a García Linera, junto a un reducido grupo de personas, a su asilo en México.

En lo que concierne a la farsa, puede destacarse lo siguiente:

a) El informe de auditoría electoral presentado por la OEA es poco consistente y tendencioso. En la carátula de ese texto, en letras mayúsculas resaltadas, se lee “HALLAZGOS PRELIMINARES”. Lo que en buen castellano quiere decir que son apenas tentativos y distan de ser definitivos. Conscientes de ello, en el párrafo final de las conclusiones del informe se indica que el equipo de auditores “seguirá procesando información… de cara al informe final, el cual contendrá una serie de recomendaciones”. No obstante lo cual no se priva de sostener, en el anteúltimo párrafo, que “el equipo auditor no puede validar los resultados de la presente elección, por lo que se recomienda otro proceso electoral”. Hay una evidente contradicción entre el sensato párrafo final y el que lo precede. Este último compromete opinión terminante sobre el resultado –pese a la preliminaridad del texto– y contiene recomendaciones taxativas que deberían pertenecer al informe final. En fin, todo lo apuntado refleja una actuación inconsistente y parcializada.

b) Es también farsesca la asunción a la presidencia de la diputada Jeanine Áñez. Fue una autodesignación absolutamente ilegítima.

c) Por carácter transitivo, también lo es la designación de ministros y de otros funcionarios.

d) Broche de oro o mano negra reveladora de la injerencia externa –elija el lector lo que le parezca más adecuado– resulta el inmediato reconocimiento de la “nueva presidenta” de Bolivia que efectuó Mike Pompeo, secretario de Estado de los Estados Unidos vía Twitter. También dio a conocer un comunicado en el que afirmó que su país esperaba trabajar con Bolivia y su gente “mientras preparan elecciones libres y justas lo antes posible”.

Así las cosas, tres asuntos mayores se hallan en este momento sobre la mesa. Habrá que ver cómo evolucionan. El primero es el de la convocatoria a elecciones. Muy probablemente se efectúe con la proscripción de Morales, de las principales figuras del MAS, y del propio MAS como partido. Sería incongruente que después de haber planificado y materializado un golpe de Estado contra todo ese conglomerado que tiene un amplio apoyo electoral y de masas en Bolivia, le permitieran participar en las nuevas elecciones –si las hay: nada puede darse por descontado hoy en el país del altiplano.

El segundo es el del rumbo económico que tomará el nuevo oficialismo. Muy probablemente opte por el fundamentalismo de mercado, impulse un proceso de desestatización y, por ende, de privatizaciones, que apunte especial pero no exclusivamente hacia los hidrocarburos y el litio. Vale decir: que se vuelque hacia un modelo conocido y padecido en la región que redundará en el desmonte de la alternativa de desarrollo impulsada por Evo Morales y el MAS.

El tercero es el alcance y el aliento que podría tener una reacción del MAS que, por estos días, se está ya haciendo sentir.

Todo esto constituye, en fin, un escenario que guarda cierta semejanza con la Argentina y el peronismo posterior al derrocamiento de Perón en 1955. El parecido de familia es evidente: exilio presidencial –asilo en el caso boliviano–, posibles proscripciones, resistencia popular, contestaciones desde el campo sindical, etcétera. Corsi e ricorsi de la historia. O nada nuevo bajo un sol que, guste o no, con frecuencia ha vuelto a salir en beneficio del pueblo. No tiene por qué no suceder lo mismo en Bolivia.

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