Algunas razones del triunfo del Frente de Todos y los desafíos venideros

Ana Natalucci

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En las PASO del domingo pasado, la fórmula del Frente de Todos obtuvo el 48%, un porcentaje bastante parecido al obtenido por Daniel Scioli en el balotaje de 2015 (49%) o al de Cristina Fernández de Kirchner en su primera elección presidencial (45%). Algunos encuestadores atribuyen este resultado a la conformación de una coalición peronista que logró unir los diferentes grupos, aduciendo que cuando fueron separados perdieron las elecciones: 2013, 2015 y 2017. Sin embargo, sobre la tan mentada y anhelada unidad hay preguntas para hacernos: ¿fue la confluencia de los dirigentes en el Frente de Todos lo que habilitó la unidad? ¿O más bien este proceso empezó a darse a partir de las condiciones creadas en las movilizaciones contra las políticas del gobierno de Cambiemos? Aunque es evidente que la participación e involucramiento de los dirigentes fue fundamental para lograr semejante caudal electoral, me inclino por pensar que fue decisivo ese proceso de movilización que se gestó apenas asumió el gobierno nacional.

Haciendo una rápida y selectiva recapitulación, ya desde diciembre de 2015 hubo movilizaciones de los estatales, primero dispersos según las condiciones en cada ministerio, y luego confluyeron el 24 de febrero de 2016 en una gran marcha con los cambios en el Estado; las plazas kirchneristas y “Resistiendo con Aguante”; la multitudinaria concentración el 30 de abril frente al monumento al Trabajo; las marchas de San Cayetano el 7 de agosto y la multisectorial concentración frente al Congreso el 18 de noviembre de 2016, para exigir la sanción de la emergencia social; las marchas para impedir la sanción de los proyectos de ley de reforma previsional y laboral; los paros y actos de la CGT; las marchas en defensa de la educación pública; las movilizaciones contra la quita de moratorias; los encuentros sindicales del Frente Sindical para el Modelo Nacional, donde confluyeron varios nucleamientos sindicales y articulados con las CTA. La lista podría seguir, porque las organizaciones sociales, territoriales, de la economía popular, sindicales y políticas están en la calle desde el mismo diciembre de 2015. Años de kirchnerismo las fortalecieron y las politizaron, así como la crisis de 2001 les advirtió que la salida debía ser electoral antes que insurreccional, que en las crisis pierden los pueblos y que la mejor opción era ganarle al gobierno en las urnas.

Toda esta movilización, aunque asumiera crecientes niveles de articulación, no tenía una traducción política inmediata. Había que construir la solución política. Ya se dijo que la primera jugada fue la de Cristina Fernández de Kirchner ese 18 de mayo, cuando en ese video comunicó que la fórmula estaría integrada por Alberto Fernández como presidente y ella como vicepresidenta. Su corrimiento fue clave para que otros se acercaran, pero su permanencia fue clave para que su intención de voto no se dispersara.

Esto creó las condiciones de posibilidad para el triunfo de Alberto Fernández. Pero su garantía estuvo dada por el diseño de la campaña, que no solo es atribuible a la incorporación de dirigentes, sino sobre todo a la interpelación que logró crear: a la elaboración de una promesa que pudiera crear un horizonte de sentido. El sociólogo francés Pierre Bourdieu resalta la importancia de la dimensión prometeica de la política, es decir, aquella que permite establecer acuerdos, pactos y compromisos programáticos entre las elites políticas y los ciudadanos. Porque en política decir es hacer, es hacerle creer a otros que se puede hacer lo que se dice y, en particular, es proponer principios de di-visión del mundo social.

Esa promesa de les Fernández se orientó a recuperar el Estado como regulador y organizador de la vida social, en pleno intento de restauración neoliberal por parte del gobierno y las elites económicas. Esa promesa de volver a ordenar fue sumamente provocadora, porque al mismo tiempo que restituía al Estado en un lugar central, permitía sortear la fragmentación social y los modos en que los diferentes sectores sociales están padeciendo la crisis política y económica. No es cerrar la grieta, sino saltear falsas disyuntivas. Además, no proponía un espíritu refundacional que generara más incertidumbre en este contexto. No todo se explica por problemas culturales de largo plazo, sino que el gobierno tiene herramientas para resolver problemas inmediatos y mediatos. De hecho, la apuesta de Cambiemos fue instalar la crisis como problema cultural y terminó generando una hiperpolarización, reconociéndose solo a sí mismo como democrático y a sus adversarios como totalitarios. En esta elección no estaba en juego ni la República, ni la Democracia. Les Fernández lo entendieron mejor, y por eso ganaron. La performatividad de su campaña, sus acciones y la promesa postulada fueron rotundas y habilitaron un proceso de participación e involucramiento de militantes, cuadros intermedios y dirigentes locales en el proceso electoral, inédito en los últimos años y prácticamente ausente en 2015.

Ahora bien, la historia no termina acá. En principio, esa unidad trae consigo algunos desafíos no necesariamente para ganar, sino para gobernar el país luego del 10 de diciembre, teniendo en cuenta la crisis que se heredará de la coalición Cambiemos. Puede parecer anticipado, pero quiero hacer dos menciones. Por un lado, sobre el Estado: una cosa es proclamar su restitución como actor central en la regulación entre el capital y el trabajo, y otra ponerse de acuerdo en los límites de sus atribuciones y funciones. Sobre todo, en un contexto donde la crisis de los posneoliberalismos no devino en un nuevo consenso. Esto va a requerir de una tarea interna de construcción de acuerdos. Por otro lado, hay que resistir a lo que llamaré coloquialmente el “síndrome del 54%”. El 54% que obtuvo CFK en 2011 fue interpretado por algunos sectores cristinistas como la oportunidad de perpetuarse en el poder; para otros, como una especie de cheque en blanco para avanzar con algunas reformas, sin considerar la construcción de consensos previos; y para otros, como la atracción de incorporar a opositores y adversarios a ese frente. En las últimas semanas es recurrente leer en las redes sociales la invitación a dirigentes y funcionarios del PRO a incorporarse al Frente de Todos.

La vocación frentista puede ser grande, pero también despiadada. Es necesario que la nueva representación de las mayorías sea eso: de las mayorías, donde queden sectores con los cuales negociar y disputar, cada uno en su ámbito de representación. Esto implica que habrá minorías con las cuales dialogar. No tiene que ver con ampliar la interpelación social y lograr el mayor caudal posible de votos para mejorar las condiciones de gobernabilidad. La co-existencia de mayorías y minorías es fundamental para reinstalar el juego democrático, luego de que fuera vapuleado durante el gobierno de Cambiemos. Después de todo, una cosa es ser candidato de un grupo político mayoritario y otra ser presidente de todos.

 

Ana Natalucci es investigadora de CITRA/CONICET y profesora de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

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