Acuerdos mínimos en la cuarentena: una estrategia hacia el núcleo duro de la oposición

Horacio Cao

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Antes de meternos en tema, un par de comentarios sobre los acuerdos. Es un lugar común en este país que la derecha –y sus jefes, quienes expresan el poder económico y mediático concentrado– cuando pierde el gobierno hable de acuerdos y Moncloas. Se esconde, detrás de un discurso que se pretende de madurez institucional, reservarse el poder de veto o torcer la voluntad de un gobierno que no le responde de manera directa. Por otro lado, no es que alcanzar un entendimiento los deje satisfechos. Cada vez que los gobiernos cedieron, fueron un primer paso para una escalada que no tenía fin y que sólo podía terminar con el descrédito del oficialismo. En síntesis, cuando articulistas de La Nación arrancan con esto de los discursos racionales y serios, a mí me dan ganas de vomitar. En última instancia, se está pidiendo que se vacíe de contenido a la democracia, como ocurría en los 90, cuando no importaba el resultado de las elecciones porque de antemano sabíamos quién iba a gobernar.

Rechazando de plano este tipo de estrategias que sólo logran desvirtuar la voluntad popular y debilitar la democracia –y partiendo del supuesto que el escenario económico y social de los próximos meses va a ser durísimo– quien esto escribe considera que hay una base mínima de compromisos mutuos a alcanzar con las fuerzas políticas opositoras. Ya debe haber quedado claro que se trata de algo totalmente distinto de lo que se busca con el Consejo Económico y Social, en donde hay que articular fuerzas que buscan sumarse a un frente nacional y que tienen elementos en tensión.

Aquí nos referimos a una operación dirigida hacia aquellos actores políticos con los que no tenemos ninguna empatía y que presentan valores y puntos de vista totalmente diferentes de los nuestros. Al fin y al cabo, si la Convención de Ginebra establece reglas para las fuerzas beligerantes, debería haber alguna posibilidad de construir algún puente de contacto entre quienes tenemos pensamientos diametralmente opuestos.

La operación no se dirige a “convencer” a los neoliberales para que dejen de serlo, sino a aislar, dentro del dispositivo opositor, a una minoría minúscula de terraplanistas, nazis, anarco-liberales, nostálgicos de la dictadura, cruzados católicos, integristas israelíes, etcétera, posiblemente activada por servicios varios. La actividad de estos grupúsculos es utilizada por el bloque de la derecha para hostilizar al gobierno popular e incrementar su margen de maniobra. En el extremo, buscan desestabilizarlo. Esta minoría es irreductible, pero plausible de ser aislada del centro de gravedad del armado opositor y quitarle así un instrumento que, amplificado por los medios y en un escenario volátil, puede terminar siendo peligrosa para la democracia.

Para analizar a esta estrategia de neutralización voy a utilizar textos de Chantal Mouffe (2007, 2014) en lo que refiere a los formatos de los escenarios político-electorales contemporáneos. Esta autora describe tres escenarios diferenciados: antagónico –de puja entre actores incompatibles; agónico –de disputa en un marco institucional; y uniforme –en donde sólo intervienen actores afines. El análisis clave pasa por diferenciar entre antagonismo y agonismo. En el primer caso se trata al oponente como enemigo y, en el extremo, se busca liquidarlo por la fuerza. En el segundo, se reconoce en el adversario su legitimidad y el conflicto se conduce a través de las instituciones.

El agonismo es una forma de sublimar un antagonismo que “está allá, pero está ‘puesto en escena’ de manera tal que los oponentes no se van a tratar como enemigos, sino como adversarios” (Mouffe, 2007). Las partes aceptan dirimir sus diferencias en un ámbito institucional, a partir de reglas que, grosso modo, todos respetan. El centro de gravedad de la puja política se da principalmente en el ámbito de la hegemonía, por imponer los propios valores en la esfera electoral, que ambos respetan.

Vamos ahora a los hechos concretos.

Las contradicciones inherentes al capitalismo y la reconocida y aceptada pluralidad de valores de la sociedad actual hacen pensar en que los escenarios uniformes sean más la excepción que la regla. Esto, que parecería ser obvio para el nivel global en la pandemia, lo es mucho más en América Latina: las propias tensiones de sus sociedades desiguales y heterogéneas y las relaciones complejas que mantiene con el mercado mundial hacen que sea bastante remoto pensar en escenarios uniformes que se sostengan en el mediano plazo.

Qué decir del tema en Argentina, en donde parecen consolidarse dos bloques con valores, programas de gobierno y visiones de la inserción del país en el mundo que tienen características polares. A esto hay que agregar que, en el corto y mediano plazo, estamos viendo un escenario local que no parece vaya a producir cambios de profundidad: ni la nueva derecha logra desmontar el movimiento nacional popular, ni las condiciones internas –y el contexto global– hacen pensar en ventanas de oportunidad para desarrollar un programa postcapitalista que termine con las bases económicas y sociales de la oposición.

Ahora bien, más allá de que la grieta se mantiene abierta, consideramos que hay ciertos valores sociales que, al menos desde lo discursivo, son comunes a ambos lados y que pueden servir para construir el escenario agónico. Hago una corta enumeración, seguramente teñida por mis valores nacional-populares, y que tendríamos que estar dispuestos a consensuar con opiniones cambiemitas:[1] en lo social, igualdad ante la ley, inclusión de todos los argentinos, rechazo del racismo y sexismo; en lo político, aceptación del gobierno de mayorías y respeto de las minorías. Los asuntos púbicos son gestionados sobre la base de esta división.

Asumir el escenario agonístico implica aceptar que podrá haber cambios en los favores electorales que pueden implicar transformaciones trascendentes en la orientación gubernamental. Para nosotros, las marchas y contramarchas son muy costosas –que te lo cuenten Guzmán, Arroyo y Cía– pero, al fin y al cabo, es la decisión de la ciudadanía y todos deberíamos aceptarla como una situación emergente de lo que es nuestra sociedad.

Si esto es así, implicaría considerar el escenario político como una arena en donde legítimamente confrontan proyectos de sociedad disímiles. En algún punto, se trata de hacer de la necesidad una virtud pues, dada la correlación de fuerzas a nivel global, la alternativa al escenario agonista es, al menos en el corto plazo, una guerra con muchas posibilidades de terminar en escenario “uniforme” con la hegemonía de las fuerzas conservadoras.

Hasta podríamos ponernos en optimistas y –con un toque hegeliano– pensar que la disputa entre fuerzas políticas con claras diferencias programáticas generará, en su puja, situaciones y políticas públicas novedosas y virtuosas. No digo que sea fácil, hay un montón de cosas en el límite: cobrar impuestos –y expropiar empresas deudoras– no tendría que ser considerado una violación del acuerdo; utilizar a los servis y la justicia para operar sobre la fuerza adversaria, sí.

Tengo claro que poner en valor lo institucional restringe de alguna manera el margen de maniobra gubernamental. Como lo último que se pretende es traicionar la voluntad popular –ver el principio de esta nota– habrá que mostrar alta pericia y una extrema astucia para no desviar las políticas públicas de la línea que votó la ciudadanía.

En suma, en un escenario con alta volatilidad y con una correlación de fuerzas compleja, habría que buscar acuerdos mínimos de respeto institucional, aislando los bolsones autoritarios –que existen y sueñan con eliminar al peronismo– y obligando al resto a retractarse o pagar el costo de quedar expuestos como actores hostiles al juego democrático.

 

Referencias bibliográficas

Mouffe C (2007): En torno a lo político. Madrid, Fondo de Cultura Económica.

Mouffe C (2014): “Democracia y conflicto en contextos pluralistas (entrevista con Chantal Mouffe)”. História, Ciências, Saúde, 21-2, Manguinhos, Rio de Janeiro.

[1] O como quiera que dé en llamarse el nuevo agrupamiento que logre la derecha.

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