11 de agosto

Ernesto Jorge Tenenbaum

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Cuando empezaron a llegar los resultados de las primeras mesas, en Tigre, nos dimos cuenta de que estaba ocurriendo algo que superaba nuestras expectativas. Al rato, supimos que no era aislado, que se estaba repitiendo en todas partes. Yo no era pesimista en los días previos: había dicho a mis compañeros mi presunción acerca de que, a diferencia de lo que pregonaban el gobierno, las encuestas y los medios, nuestra campaña había ido de menor a mayor, y no se corrían riesgos. Veía la magnitud de los actos y la notable vocación de participación de los militantes, expresada, por ejemplo, en que se inscribían para ser fiscales tres o cuatro veces más que los necesarios. También había opinado acerca de que no había que obsesionarse con las encuestas, sobre todo para las mediciones cuantitativas más de detalle, ya que esto no dependía de la mayor honestidad o sapiencia de determinado profesional, sino de las limitaciones de las técnicas utilizadas, sumadas a comportamientos de la población que, entre otras cosas, parece defenderse instintivamente de la invasión a su privacidad que supone el “Gran Hermano” cada vez más presente. Tampoco creía que se fuera a producir un corte masivo de boletas a favor de Vidal. Pero lo que estaba ocurriendo ese día era algo cualitativamente diferente. Una “rebelión fundante” del Pueblo Argentino, una expresión tan rotunda que configuraba un verdadero hecho histórico. Rebelión, como calificó Evo Morales al resultado.

Y eso fui sintiendo con el correr de los minutos. Estar en medio, ser partícipe de un momento fundamental, de un clivaje. Entre los abrazos y cánticos emocionados de los nuestros, y el solo ver las caras en TV de algunos comunicadores-operadores que se habían jugado todo para denostarnos, estaba todo dicho. No importa que esta no fuera la elección que consagraba legalmente a las futuras autoridades. Tampoco lo fue el 17 de octubre de 1945: hubo que esperar al 24 de febrero de 1946 para que se oficializara lo que el Pueblo ya había proclamado. Tampoco lo fue el 17 de noviembre de 1972: recién el 25 de mayo de 1973 se coronó en las urnas lo que se había expresado en la movilización masiva. El sentido que tomó la masiva expresión popular este 11 de agosto, más allá de la forma PASO, fue un verdadero plebiscito.

Antes del 11 de agosto se había resistido y curado heridas. Con paciencia y sabiduría, múltiples expresiones defendían viejos y nuevos derechos, se advertía sobre lo que el macrismo estaba produciendo en el país, pero se cuidaba de no dar excusas creíbles para que se victimicen alegando intentos desestabilizadores o palos en la rueda. Se comprendía el proceso de vastos sectores de la población que preferían darle más tiempo al gobierno, como se expresó en las elecciones de 2017. Pensábamos que el rumbo era totalmente incorrecto, pero no queríamos actuar como vanguardia iluminada. Muchos veteranos de otras batallas se asombraban de que no ocurriera una explosión social con las realidades que golpeaban diariamente a la mayoría, pero parece que esta mayoría es sabia para tener paciencia y esperar la oportunidad.

La dirigencia estaba a la altura de las circunstancias. Advertía, pero no empujaba. Aguantaba, desde los gobiernos locales y provinciales, las peores consecuencias de la crisis económica y social que profundizaba un gobierno ausente a la hora de las consecuencias. Soportó el law fare y el abuso de prisiones preventivas. Buscó, con las idas y vueltas que suelen tener estos procesos, responder a la demanda popular de unidad. Y finalmente, con gestos llenos de sabiduría, alguno de los cuales seguramente quedarán en la historia, construyó el Frente de Todos. La expresión del movimiento nacional y popular en este momento. La representación de los muchos, con una vocación de cerrar grietas, modificar todo lo que sea necesario, y construir un país para el conjunto de los habitantes de esta tierra.

Enfrente, el patetismo de los pocos. Que tienen una idea de país donde sean sólo algunos los que vivan dignamente, preferiblemente con holgura. Mientras a los demás se los interpela con promesas de futuro, a veces matizadas con pobres limosnas para tranquilizar conciencias. No entienden que desde hace muchas décadas los argentinos rechazamos este modelo, esta idea de que una generación debe sacrificarse para que, eventualmente, otra recoja los beneficios. Una noción común a los neoliberales y al estalinismo, por ejemplo. Un cuento que un pueblo digno y consciente, que quiere trabajar y disfrutar de su esfuerzo, identifica aun cuando se lo quiera enmascarar.

En el camino al 11 de agosto los pocos pusieron en el asador toda la carne de la cual disponían. Intromisiones extranjeras que superaron al mítico Braden, o intentos de asustar con la superioridad tecnológica: el big data que permite la microsegmentación digital, o disponer de un centro de campaña que propagandizaban como “la NASA”; la infalibilidad del equipo de estrategia y marketing –a propósito: ¿cómo no vieron venir la paliza que recibieron?–; una batería de medios y periodistas accionando full time; noticias falsas, tratando de instalar que los resultados de las elecciones provinciales no tenían nada que ver con lo que pasaría en las nacionales; burbujas preelectorales a partir de encuestas truchas, el “voto vergonzante” que iba a favorecer a Cambiemos; la amplificación y la distorsión de cualquier cosa con efecto piantavotos que pudiera decir alguno de los librepensadores que suelen aparecer; y, sobre todo, el recurso a las más clásicas y vulgares estigmatizaciones sobre el movimiento de los muchos, como lo vienen haciendo desde hace tantas décadas, tratando de borrar o tergiversar la memoria: nos acusan de antidemocráticos y desestabilizadores, pero nadie habla de los bombardeos a Plaza de Mayo en 1955, ni de los fusilamientos, ni de la proscripción, ni de la acción de la dictadura, ni del “viva el cáncer” con el cual celebraban la enfermedad de Evita, ni de tantas cosas que empequeñecen cualquier error o exceso de nuestra parte. Con eso afirman sus históricos prejuicios contra el “cabecita negra”, contra los “planeros”, contra los que no querrían trabajar, contra los inmigrantes. Creían que era imposible que amalgamemos nuestros distintos sectores, que inevitablemente nos pelearíamos, y apostaban a que los intendentes bonaerenses harían cortar la boleta de Kicillof, o a que los gobernadores no se involucrarían.

Después del 11 de agosto: la negación. Esa misma noche ni siquiera podían dar los datos –por incompetencia o por cálculo político, para el caso es similar–, Macri balbuceaba y mandaba a la gente a dormir, Carrió lanzaba una exhortación gorila a profundizar las actitudes más negativas. No podían entender qué pasaba, porque viven ensimismados en su “campana de eco”. No aceptan otra sensibilidad que no sea la suya, les pasa como cuando calificaron de “aluvión zoológico” a los manifestantes del 17 de octubre, al “subsuelo de la Patria sublevado” del cual habló el gran Scalabrini Ortiz. La actitud negadora continuó el lunes, cuando subió el dólar –por incompetencia o cálculo político, para el caso también es similar en sus efectos– y el presidente hizo ese show patético en rol de candidato, del cual el miércoles tuvo que pedir perdón, mientras anunciaba tibias medidas paliativas que podrían haberse dado mucho antes y que, seguramente, hasta hace pocos días ellos mismos calificarían de populistas y demagógicas. A las apuradas, en contra de lo que realmente piensan, por eso salen mal: hablan de rebajas en el IVA sin tener forma de controlar que se beneficien los consumidores y no las empresas; de congelar el precio de los combustibles recurriendo a instrumentos que detestan, sin tener en cuenta que hay resoluciones que desfinancian a las provincias. Tienen todo el derecho –es legal– a intentar dar vuelta el resultado. ¿Es legítimo que dejen de gobernar para poner todos sus esfuerzos en una meta objetivamente tan difícil? Lo dirá la historia, pero las consecuencias puede pagarlas el país. ¡Qué lástima que no estén en condiciones de comprender que lo mejor que pueden hacer es control de daños, garantizar la paz y entregar el poder en tiempo y forma!

Del lado de los muchos, una actitud prudente. Una clara expresión de esto fue la excelente conferencia de prensa de Alberto Fernández después de hablar con Macri, el miércoles 14. Tratando de seguir sumando y de no dar excusas para facilitar al oficialismo lo que más le gusta hacer: sacarse la responsabilidad de encima y ubicarse como comentarista de la realidad. No podían gobernar por la herencia de quienes habían estado antes, ahora no lo pueden hacer por quienes vendrán. Son ridículos en estado puro, y no debemos caer en sus trampas. Ni en las convocatorias truchas a Plaza de Mayo para forzar renuncias anticipadas, ni en discutir presuntos fraudes en mesas electorales, ni en aceptar que los problemas económicos dependen de lo que Alberto Fernández diga a los mercados. Dejemos que se entretengan con sus cálculos en planilla Excel acerca de cómo pueden cambiar los resultados; con que el voto que los rechazó es “blando”; con que si va más gente a votar –como si alguna vez no nos hubiera gustado que la gente participe masivamente–; con que si cooptarán a tal o cual dirigente; con llamados a cacerolear o movilizarse “en defensa de Macri y de la democracia”: eso sí, para que no haya confusiones, la cita es en Santa Fe y Callao; con la autotitulada “custodia de la República” diciendo que sólo los sacarían muertos de Olivos; o creyendo que pueden generar expectativas cambiando o no el gabinete.

Si no bajamos la guardia, seguramente ampliaremos nuestra ventaja en octubre. Se caerán muchos mitos alrededor del macrismo, y muchos prejuicios sobre el Frente de Todos. Factores de poder y ciudadanos comunes, realistas u oportunistas –en sus efectos no hay mayores diferencias– procurarán adaptarse a la nueva situación. Los empresarios más lúcidos ya visitan al ganador de las PASO. Y opinan, como Constantini, que sería mejor para el país que gane en primera vuelta. La campaña del terror pergeñada en el laboratorio duranbarbista, demasiado burda, tendrá efectos muy limitados. Y se acerca el gran tema: qué hacer desde el 10 de diciembre. En el plano de las realizaciones, para cambiar el paradigma de valorización financiera y concentración de la riqueza por otro basado en la producción y la distribución equitativa, con eje en la creación de trabajo digno y genuino. Y en el plano del decir, de la prédica, para apuntar a la unión nacional, a ese Todos que enunciamos; estableciendo claramente las ideas que unen a las múltiples expresiones del movimiento popular, y los mecanismos para procesar las diferencias que en buena hora existen, porque posibilitan el debate y el crecimiento; cómo afirmar las viejas verdades, y cómo incorporar al torrente las nuevas demandas, los nuevos derechos de mayorías y minorías; cómo mostrar lo que somos al conjunto de los argentinos y al mundo, para tratar de –al menos– reducir las estigmatizaciones fomentadas, no solo por factores de poder nacionales y extranjeros, sino por la tilinguería de sectores sociales que se niegan no ya a perder, sino siquiera a compartir los privilegios que puede otorgar el vivir en un país con tantas ventajas potenciales como tiene el nuestro.

Retornando al principio de este artículo, quiero volver a hablar de la emoción que sentí el 11 de agosto, pero sobre todo del orgullo. No es poca cosa vivenciar que se pertenece a ese gran colectivo que ha sabido de triunfos, pero también de persecuciones y derrotas democráticas, y que resiste, es fiel a quienes quiere expresar y es capaz de resignificarse con los tiempos. Feliz de comprobar que “este Pueblo no cambia de idea…”

Hoy hay posibilidades de revivir la esperanza. Deberían reflexionar sobre esto aquellos compañeros que se alejaron por no encontrar el lugar que creían merecer, o por tener diferencias con algún dirigente o sector. El peronismo no es una doctrina inmutable, ni una posición política testimonial. Es, en cambio, una doctrina fija en sus grandes principios, pero capaz de evolucionar en lo instrumental, y una vocación de poder, de construcción de mayorías. Combatiendo siempre al gran enemigo interno: el sectarismo en cualquiera de sus formas. Lo demás se corrige puertas adentro, y la historia parece demostrar que muchos suelen venir de afuera, pero se van integrando al conjunto, modificando sólo aquello que lo mejora, que lo enriquece. Los sueños de reemplazo por una expresión política diferente hasta ahora no se han materializado.

El Frente de Todos es el peronismo en sus diversas variantes, acompañado de otras fuerzas políticas menores, como corresponde a su histórico y permanente espíritu frentista. Será bueno que integre, o que sea capaz de concertar políticas de Estado, con quienes no nos votaron. Con radicales, con partidos provinciales, con muchos hoy oficialistas que no son Marcos Peña, Carrió, Iglesias o Bullrich. Acotemos el espacio de los odiadores: que queden como caricatura de una Argentina de fracasos. Ese sinsentido del “anti” es el verdadero drama nacional. Esperemos que en el futuro sean reemplazados por expresiones políticas que encarnen ideas diferentes, que puedan debatir, competir, conciliar. Nuestro desafío, recogiendo la historia, es generar una propuesta para ese tiempo.

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