Vinieron a matarnos: “comandos civiles en acción”

Carlos “Pancho” Gaitán

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El 15 de abril de 1953 hicieron estallar bombas en Plaza de Mayo mientras se realizaba un acto de trabajadores con el presidente Perón. Justo cuando el General hablaba sobre los precios abusivos de los comerciantes en los artículos de primera necesidad, estallaron varias bombas que produjeron seis muertos y 90 heridos, entre ellos 19 lisiados permanentes. Los ejecutores fueron un grupo de comandos civiles de orientación radical (UCR), uno de cuyos autores principales fue el estudiante de Ingeniería Roque Carranza, quien luego sería ministro de Obras y Servicios Públicos y luego de Defensa del presidente Alfonsín. El jefe del operativo habría sido el dirigente de la UCR Arturo Mathov. El historiador Daniel Brión ha tratado este tema a fondo, demostrando que uno de los ejecutores era miembro del Partido Socialista y había 12 implicados de la UCR. Aldo Duzdevich dice que Diego Muñiz Barreto “zafó” de la redada en la que detuvieron a los implicados.

Perón, que tuvo el apoyo de la clase trabajadora y de la mayoría del Pueblo en su conjunto, fue atacado con violencia desde sus orígenes. Ya en octubre de 1945, el entonces capitán del Ejército Desiderio Fernández Suárez propuso asesinar a Perón en una reunión liderada por el almirante Vernengo Lima. Coherente con su pensamiento, siendo jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, en junio de 1956 ordenó fusilar a un grupo de peronistas en José León Suárez.

Para no hacer larga esta historia de los ataques a Perón y al peronismo, recordaré solo el intento golpista de 1951 comandado por el general Benjamín Menéndez, tío de Luciano Benjamín Menéndez, organizador del “Comando Libertadores de América” en 1975, estructura similar a la Triple A y también organizada desde las Fuerzas Armadas, y que fuera responsable de cientos de secuestros, torturas y fusilamientos en la Provincia de Córdoba, entre 1974 y 1982.

Por otra parte, hay que recordar que en junio de 1955 la aviación de la Marina y pilotos de la Aeronáutica Militar bombardearon la Ciudad de Buenos Aires, entre otros objetivos, intentando matar al presidente, general Juan Perón, aterrorizar al Pueblo y derrocar su gobierno. El epicentro de la conspiración estuvo en esos años en la Marina de Guerra: eran los comandos civiles, que no eran los Maquis de Francia que luchaban por su patria en contra de los invasores. Estos –en el mejor de los casos– eran defensores de los intereses de la oligarquía y de los reaccionarios, aunque alguno de ellos no lo supiera. Hacía ya años que funcionaban y se dedicaban a matar agentes de policía en los barrios de la Capital y a poner bombas en locales peronistas. Estaba planificado que debían ejercer de “infantería” de ese operativo, una vez producido el bombardeo, para permitir que la Infantería de Marina se desplazara desde su base en Avenida Madero y Cangallo.

“Tras los primeros momentos de estupor, se produjo una reacción de pánico entre quienes, indefensos y totalmente desprevenidos, fueron atacados sin compasión por aviones que, suponían, desfilaban dispuestos a tributar un homenaje y arrojar flores sobre la Catedral de Buenos Aires, serían cerca de las 12.30 cuando se escuchó después de los dos DC3, el sonido característico de varios aviones a reacción a chorro Gloster Meteor” (Chaves, 2003: 70).

Dos de los jefes de ese operativo fueron el radical Miguel Ángel Zavala Ortiz y Mario Amadeo, del nacionalismo aristocratizante, devenido luego en desarrollista –tío del ex diputado del PRO, Eduardo Amadeo. Frente a la Plaza de Mayo, pensando que se había suspendido el operativo programado para las 10 horas por la niebla imperante, Amadeo ordenó retirarse a los comandos a sus órdenes. El bombardeo se produjo igual. Entre los más de 300 muertos –en su gran mayoría trabajadores, niños que iban a la escuela y viandantes comunes– “hubieron 111 militantes de la CGT, entre los que había 23 mujeres”, según una investigación realizada en 2010 por el Archivo de la Memoria de la Secretaría de Derechos Humanos. “Escenas imposibles de narrar se registraban en el gran patio de la Asistencia. Mientras camilleros transportaban muertos y heridos, se escuchaba tan próximo el zumbido de los aviones que por un momento se creyó que bombardearían el edificio, cosa que por fortuna no ocurrió” (Clarín, 17-6-1955, citado en Chaves, 2003: 43).

Entre los comandos civiles que estuvieron al acecho para atacar a la Casa de Gobierno, según el relato de Aldo Duzdevich –que sostiene, y comparto, que la “historia no es lineal” y que no necesariamente “los buenos de un momento son los malos de otro y viceversa”– estuvo “Gustavo” (nombre supuesto), un niño rico formado en el mismo crisol que los Montoneros católicos: el Colegio de la Inmaculada de Santa Fe. No necesariamente uno de los profesores de ese momento que “Gustavo” nombra tuvo que ver en sus opciones. No lo dice. Entre las varias anécdotas que le cuenta a Duzdevich está la represión a trabajadores del transporte y el manejo de los ómnibus junto con personal militar, para quebrar un paro de trabajadores del volante.

Un ex miembro del grupo Tacuara le contó al autor de esta nota una anécdota similar, diciendo que “reprimieron a trabajadores de una huelga del transporte de afiliados a la UTA”, algo que coincide con la época que menciona “Gustavo”, y cuenta que “él disparó con un fusil sobre la manifestación”. Se consolaba diciendo: “seguro que el que cayó era comunista”… No, no era comunista, era un trabajador que luchaba por sus reivindicaciones económicas y políticas, y está claro que la política del Movimiento Obrero de esa época era peronista, ergo…

Similar es el caso del “niño bien” Diego Muñiz Barreto, que habría conspirado para matar a Perón –según señala Aldo– junto a Mariano Castex, los que debieron fugarse en 1953 al Uruguay cuando fueron descubiertos. Muñiz Barreto fue posteriormente funcionario del dictador Onganía y, en 1973, uno de los que desde su palacete particular decidía junto a Juan Manuel Abal Medina quién sería o no candidato del peronismo en las elecciones del 11 de marzo, cuando eligiéramos presidente al doctor Héctor José Cámpora, “El Tío”. Ignoro si esas personas se han autocriticado, o si el martirologio del propio Muñiz Barreto asesinado por el comisario Luis Patti lo liberó de sus intenciones aberrantes que, de haberse consumado, hubiesen dado lugar a un magnicidio que habría afectado al Pueblo y a los trabajadores argentinos. Recuerdo que esos hechos de 1973 –las decisiones sobre las candidaturas– se llevaban a cabo en momentos en que la esposa de Gustavo Rearte –líder revolucionario del peronismo– trajinaba oficinas y unidades básicas buscando dadores de sangre para su esposo, que luchaba contra el cáncer que lo llevó a la tumba. No es lo mismo un malo que roba una gallina, que uno que mata a un trabajador para defender intereses políticos reaccionarios o económicos de los explotadores. Tampoco son lo mismo quienes confunden la lucha lógica que quienes solo practican el ejercicio de la violencia. Ni tampoco los que la glorifican. Si fueron errores de juventud, dejémoslo ahí.

Es conocida la anécdota de aquel militante que en 1973, a poco de haber asumido el presidente Cámpora, mientras en el basural de José León Suárez –donde se conmemoró el fusilamiento de compañeros peronistas en junio de 1956– confrontaban las tendencias internas, asesinó de un balazo a un supuesto facho que gritaba “Ni yanquis ni marxistas”. En la orga fue ascendido a oficial por ese hecho. Con el paso del tiempo ese mismo muchacho entró en contradicción con la línea de la orga, y por discutir lo bajaron de jerarquía a soldado raso, lo que implicaba un castigo, enviándolo a tareas suicidas. Este muchacho se llamaba Héctor Ricardo Leis: comenzó militando en el Partido Comunista, luego se hizo peronista y pasó a Montoneros, y terminó en el “Club Político Argentino” que apoyó a Mauricio Macri. Él, con mucha valentía, contó su historia y se hizo cargo del homicidio que cometió contra un peronista, en el libro que escribió (Leis, 2003: 39).

La verdad es que siempre se puede cambiar y es lógico que así sea, sobre todo porque la edad de la juventud es la de los sueños, los ideales y la inexperiencia, y la que permite que se prueben todos los caminos, los que luego con la madurez –que puede llegar a los 20, a los 80 o nunca– pueden ser evaluados para corregir el rumbo. Pero al rectificar es necesario rever y comprender que no todo es válido.

No es lo mismo una cosa que otra, y aunque los viejos peronistas de origen que aun quedamos debamos aceptar nuevas incorporaciones que hacen al mantenimiento, el crecimiento y las nuevas perspectivas, no es menos cierto que hay valores y principios que es necesario mantener, con objetivos muy precisos que dieron origen y sostén a este Movimiento, como son los de soberanía política, independencia económica y justicia social.

 

Referencias

Chaves G (2003): La masacre de Plaza de Mayo. La Plata, Ediciones de la Campana.

Leis HR (2003): Un Testimonio de los años 70. Madrid, Katz.

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