Un punto de vista: el de Keyserling ante la vida

Ramón Carrillo

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En virtud de los debates suscitados por la supuesta adhesión de Ramón Carrillo a la eugenesia (ver acá el artículo publicado en el número 21 de Movimiento), y debido a la imposibilidad de obtener en Internet el texto de Ramón Carrillo, quienes hacemos esta revista consideramos necesario transcribirlo íntegro desde su original publicado en la Revista del Círculo Médico Argentino y Centro de Estudiantes de Medicina, en el año 1929, cuando Carrillo tenía 23 años.

Absolutamente todas las referencias “académicas” a este texto que se pueden encontrar en Google provienen de personas que evidentemente no lo han leído, o bien lo han hecho en condiciones misteriosas. Lamentablemente, no es una excepción cuando se trata de “interpretar académicamente” a los peronistas.

Cuesta imaginar de otra manera que por este artículo se le adjudique a Carrillo, entre otras ideas: que “‘el estadio anterior al del descenso del espíritu’ sería el período representado por el último gobierno del presidente radical Hipólito Yrigoyen”; que “los problemas que atravesaban a la sociedad y a la política argentinas (…) conducirían inevitablemente a una revolución que sería la encargada de encontrar en la historia preliberal y preinmigratoria la clave del futuro”; que “Carrillo también apelaba a rescatar ‘la verdadera cultura argentina’, basada en ‘la tradición y en los valores gauchescos’”; que el gaucho representaba “las ‘fuerzas germinales’ que convertirían al país en el ‘más rico en el porvenir’”; que “los gobiernos radicales habían mancillado la Constitución y que, por lo tanto, era necesaria una restauración”; que este artículo contiene “declaraciones, teñidas de un marcado sesgo antiliberal y autoritario” que “apuntaban a que una revolución moralizadora lograra reconstruir los supuestos valores que permanecían latentes en la sociedad para así dar luz a una nación poderosa e independiente”; que la “preservación de la tradición hispánica, católica y criolla se convertiría en salvaguarda de la identidad argentina”; o que “había dos soluciones posibles: la apelación a la vía institucional o la intervención militar inspirada en los ejemplos europeos”.[1]

Hay premio para quien descubra estas ideas u otras similares en el texto que sigue de Ramón Carrillo, o siquiera para quien encuentre las palabras que –por estar entre comillas– son supuestamente textuales del original. Si quiere pistas, salte hasta las negritas, que fueron agregadas para facilitar la búsqueda.

Por lo demás, el texto tiene mérito suficiente para ser leído íntegro. Seguramente para algunas personas ampliará la admiración que su autor actualmente genera.

No es posible dejar de interesarse por el movimiento de general curiosidad suscitado con la visita del conferencista estonio.[2] Hace ya más de un año había expresado en Alemania, en diversas oportunidades, su profundo interés por los países de Sudamérica.

Quienes lo conocíamos por lecturas sueltas de algunas de sus opiniones o de algún comentario indirecto, participamos del interés más que cualquier otro, máxime advirtiendo su éxito entre los latinos y no en su propio país. Sus libros fueron traducidos primero al español y luego recién a los otros idiomas europeos.

Según un dato de un diario de la capital, en Buenos Aires se han vendido más de 1.500 ejemplares de sus tres únicos libros vertidos al castellano: Diario de viaje de un filósofo, Un mundo que nace, y Europa, análisis espectral de un continente. Keyserling, pensador que sólo encuentra “su” verdad y “su” filosofía recorriendo el mundo, desplazándose constantemente, variando siempre el horizonte, en busca del comercio de los hombres, a la inversa de Pascal que escapaba para encontrarse en la soledad de Port-Royal, no titubeó mucho tiempo y en la primera oportunidad lanzose dispuesto a conocernos. Y a fe, ha hecho bastante para adentrarse en nuestra conciencia: a poco de estar, diose cuenta que Buenos Aires no es todo el país, como se cree en el exterior y aun entre nosotros; visitó diversas provincias, y en los momentos de escribir estas líneas recorre Santiago del Estero y Tucumán, en aeroplano, aprestándose para atravesar Salta y Jujuy, rumbo a Bolivia.

Creemos justificado el comentario sobre sus ideas, enfocándolo sobre todo desde nuestra posición: la vida como problema, pero no sólo como problema positivo de experiencia, sino en cierto modo como suele plantear las cosas de filosofía primera. Nuestro siglo XX y la segunda mitad del siglo XIX han sido los siglos de la biología. No puede negarse el hecho, no discutido, de que, dentro de las culturas superiores, cada época tiene una ciencia que da el tono a toda su mentalidad. Los griegos en la era precristiana fueron esencialmente físicos y sus filósofos no eran nada más que físicos. Sócrates marca un nuevo compás: desde su escuela hasta el final del mundo antiguo, la preocupación moral domina las reflexiones filosóficas. En la Edad Media se respira un ambiente religioso, donde la teología cristiana afírmase profundamente en la mentalidad de Occidente. El Renacimiento trae consigo la astronomía: la mecánica de los cuerpos celestes, llevada a gran altura por Newton, gravita sobre los pensadores de aquel entonces. Luego tenemos los grandes filósofos del siglo XVIII, astrónomos y matemáticos a la vez: D’Alembert, Diderot, Descartes, Leibniz, etcétera.

La contemplación del fenómeno matemático o del fenómeno astronómico, tan simple y preciso, llevó la convicción de un universo en forma de máquina, donde las leyes de la mecánica son supremas y lo rigen todo.

Darwin, con su gran hipótesis del origen de las especies, transporta bruscamente la biología al sitio de las ciencias determinantes. Para los tiempos que corren el darwinismo ha periclitado, pero no estamos autorizados a subrayar el juicio del barón von Uesküll: “hay que borrar al darwinismo de la serie de las teorías científicas”, pues nadie, ni el mismo Keyserling, ha logrado escabullirse de las leyes y de las consecuencias emanadas del estudio de la vida.

La Sociología, desprendida por Augusto Comte como una consecuencia de la biología; la Política, la Moral agregada por Spencer a la escala positivista; y la filosofía toda del siglo XIX están impregnadas de biología.

Pero la influencia de la época mecanicista y matemática, cuya expresión más concreta encontramos en Descartes, prolonga su influencia sobre Darwin y lo hace también mecanicista. Como una reacción al dominio de las ideas de Darwin, de Häeckel y de Spencer, con su ensayo de filosofía evolucionista, se perfila la nueva concepción de la vida, bajo la forma de un vitalismo de nuevas líneas, fundado en las experiencias del botánico Hugo De Vries y del embriólogo Hans Driesch, dando lugar a una nueva biología, donde se destruye el carácter dogmático de la variación y de la lucha por la existencia, para acentuar el hecho de que todo organismo es un conjunto en el cual las diversas partes se encuentran reunidas según un plan permanente, y no [un] informe montón de elementos que sólo obedecen a leyes físicas y químicas.

La selección del más adaptado adquiere un sentido opuesto ante la comprobación evidente de que las condiciones de existencia son tan diversas como los mismos seres vivos. Cada animal, cada planta, tiene sus especiales condiciones de existencia, que no pueden serles disputadas en modo alguno. Se comprende que en la Naturaleza siempre hay relaciones entre vecinos, las cuales no siempre tienen un carácter amistoso e inofensivo. Pero de eso a hablar de una lucha de todos contra todos, se comete una exageración de erróneos caminos en el darwinismo y funestas consecuencias sobre el pensamiento germano que aceptó la vida como un estado de fuerza, obligándose, por considerar superior al dolicocéfalo rubio, al dominio. El pangermanismo está implícito en Nietzsche, cuando habla de su superhombre. Es el darwinismo trasplantado a la política. La actual concepción biológica del mundo parte de otro principio: arranca de la teoría física de un caos general de puntos materiales en el espacio, en el cual sólo rigen fuerzas fisicoquímicas. Este caos forma el informe mundo exterior donde se desarrollan y crecen los organismos. Cada organismo, conforme a su estructura, sólo entra en relación con una parte muy pequeña del mundo exterior. Cada ser vivo, mediante estas relaciones, se crea un mundo circundante, propio para él, en el que se desenvuelve su vida. La Naturaleza no escoge los organismos adaptados a ella, como piensa Spencer al hablar de selección del más adaptado, sino que cada organismo escoge la Naturaleza a él adaptada. Sólo excepcionalmente entran los organismos en directa oposición unos con otros. Cada ser vivo tendría tendencia a organizar su parte de mundo exterior transformándolo en su mundo circundante (Umwelt).

En este momento de las ciencias de los organismos germina el pensamiento del filósofo de Darmstadt, formando el conocimiento biológico una de sus determinantes, pues los otros núcleos de sus doctrinas reconocen una genealogía distinta, no biológica. Para investigarlos y tratar de sacar a luz las concomitancias de Keyserling con muchos de los pensadores contemporáneos y anteriores a él basta un somero examen; si se lo despoja de la mágica vestidura, de su estilo, de su forma de una ductilidad subyugadora, quedan al descubierto las ideas centrales, la mayoría contenidas en las obras de filósofos precedentes. Sin embargo, sabe vivirlas y las encarna profundamente: hay un fondo tan personal en sus razonamientos, que al desmenuzarlos en los elementos que contribuyeron a formar su intelectualidad, sorprende la trabazón establecida entre ellos; eso es posible por lo que hay de particular en él: el hombre. Ha asimilado los elementos de la más alta cultura y los irradia en forma personal; buscando obtener en quien lo conozca la transformación y transposición que personalmente necesite, ya en el sentido de un mejor conocimiento de los hechos con que tiene que contar, ya en el de una más profunda comprensión de su propio problema espiritual.

Ningún maestro puede hacer más que iniciar al discípulo en el proceso de hallar por sí mismo su camino y ayudarle en ese empeño. Los que han querido conseguir más, indicando métodos, no han actuado en el sentido de libertar, sino en el de imponer más vínculos. Todo sistema filosófico no es más que el proceso de autorrealización, mediante el cual el sujeto que piensa adviene a su profunda verdad, verdad que puede ser una y absoluta, pero a la que cada ser puede arribar sólo a través de senderos personalísimos. Nietzsche fue el primero en sentir intensamente este hecho y en ese sentido es el maestro más directo de Keyserling. Este, como aquél, no se propone en su obra darnos una filosofía toda hecha de una pieza, sino solamente el itinerario de su espíritu en la búsqueda de su filosofía, de su verdad, para enseñar a buscar la suya propia a todos los que piensan. Esta manera nueva puede llevarnos más allá de lo sistemático; el pensamiento adquiere una amplitud y una elasticidad a que nos tenían acostumbrados los clásicos. Es la característica de los tiempos nuevos. La especulación metafísica se ha trasladado desde el conocimiento abstracto del mundo exterior hacia la vida ilimitada del espíritu. El filósofo describe los diversos estados de su conciencia, a través de los cuales se potencializa hacia su más honda realidad, siguiendo la línea sinuosa de su espontaneidad creadora, que rehúye toda armadura sistemática. Y muy bien lo dice Virasoro: el espíritu es, en efecto, una posibilidad infinita y toda sistematización no hace más que cerrar su infinidad en los límites circunstanciales de un momento espiritual transitorio. Sin embargo, la tendencia positivista de estratificar el universo en planos, es de una fuerza extraordinaria y muchos grandes espíritus le han encontrado doctrina digna de ser vivida para identificarse con ella, dejando sólo la libertad indispensable a la conciencia creadora. No creemos que Keyserling haya cometido un pecado juvenil al publicar su Ensayo crítico sobre el sistema del mundo, donde alienta una ambición sistemática. Más que todo parece orientarse. Y una vez orientado, da libertad absoluta a su yo en el Diario de viaje de un filósofo. La universalidad de su espíritu la ejercita Keyserling como posibilidad de vivir las formas espirituales más opuestas. Pero es que pesan sobre él corrientes contradictorias, a veces irreconciliables, que lo hacen que sea como es.

Mezcla de asiático y europeo, con sangre germánica, eslava y tártara en las venas –una abuela de Keyserling descendía de Genghis Khan–, ofrece una personalidad física pintoresca, con sus pómulos salientes, vestigios de su sangre oriental, sus maneras correctísimas y finas del viejo aristocratismo feudal y sus actitudes de gran señor. Bajo esta fase ha creado paralelamente a ella una personalidad más literaria que filosófica, favorecido por su extraordinaria flexibilidad mental, que ha ocultado lo sólido existente en su obra. En ciertos círculos, más sociales que científicos, ha sido precisamente esta intelectualidad superficial la que ha impresionado. Sin embargo, puede desentrañarse la crítica a fondo hecha a la vida de la civilización occidental, en un estilo atrayente, pero un poco confuso. Deberemos poner lo subconsciente nuestro para satisfacer su aspiración: buscar no de entenderlo, sino de comprenderlo… (No debe ser imposible desde el momento que muchachas de la Escuela Normal de 16 a 17 años se precian de llegar a esa comprensión absoluta…) Sin embargo, Keyserling no pudo hablarnos de otra manera por la naturaleza esencialmente femenina de su público: el mismo que asistía a las conferencias de Einstein. Sin duda, muchas de las señoras presentes, en aquel entonces, preocupadas en resolver los más abstrusos problemas del cálculo integral, de vuelta a su domicilio se enredarían fácilmente en las cuentas de la casa.

Hay tres puntos de vista desde los cuales se puede encarar la vida: 1°) la vida como una entidad existente, en virtud de principios determinados. Es el punto de vista de la filosofía primera y se vincula al problema del conocimiento, al origen y comienzo de la vida; 2°) la vida como efecto, en sus manifestaciones externas. Es el punto de vista biológico; 3°) la vida como consecuencia indirecta en la agrupación de organismos, dando origen a la sociedad humana y las manifestaciones culturales. Es el punto de vista sociológico.

Creemos que sólo tiene interés en la primera forma de mirar la vida, la cuestión previa del conocimiento, pues la vida en sí no encontrará su solución en la metafísica, sino en la experiencia, por eso llevando a Keyserling al terreno de las cosas concretas aclaramos su situación, aparte de que la legitimidad de la metafísica en la consideración de la vida no ha sido justificada por los hechos y menos aún por el progreso de la biología.

De hecho, el autor de la Filosofía del sentido está dentro del relativismo subjetivo. Si Kant no hubiera establecido la imposibilidad de prescindir de nosotros mismos en el conocimiento de la realidad, Keyserling no pudo haber existido. El filósofo de Koenigsberg trató de demostrar que, contrariamente a lo que se creía, nosotros no giramos alrededor de las cosas, sino que éstas son las que giran alrededor nuestro. El mundo sería pura representación, por consiguiente, la verdad, tal como la podemos alcanzar, consiste, pues, no en la conformidad de nuestras representaciones con las cosas, sino únicamente en la armonía de nuestras representaciones consigo mismas. De ese modo el conocimiento se limita: el objeto de la ciencia y de la especulación pertenecería al mundo de los fenómenos, mientras que el objeto de la acción y de la conciencia sería el mundo de los noúmenos. Se coloca en el polo opuesto al positivismo, donde se acepta que el espíritu humano es sólo capaz de alcanzar las verdades de orden experimental, los hechos y sus leyes que no son más que hechos generalizados. La ciencia humana debe limitar sus esfuerzos al estudio de los fenómenos, de sus relaciones empíricas de concomitancia y de consecuencia, sin preocuparse nunca de la naturaleza íntima de las cosas, las sustancias, las causas y los fines, lo absoluto en una palabra, pues es inaccesible al conocimiento humano.

Keyserling es kantiano en su afirmación de la incapacidad racional de comprender el universo, en su insistencia de que la inteligencia discursiva, que nos da el “saber”, la “ciencia” hecha a base de experiencias, de observaciones del mundo empírico, no nos puede dar una “comprensión” global, íntima y profunda del significado del cosmos y de la finalidad de la existencia. También es kantiano en la importancia que le asigna al sentimiento religioso como expresión de lo más profundo de la personalidad humana. También es muy de Kant la afirmación de que la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien no son sino consecuencia objetiva de un desarrollo puramente subjetivo.

Nietzsche es el otro gran influjo que ha obrado sobre Keyserling después de Kant. Tiene de Nietzsche el individualismo y esa tendencia hacia el exclusivismo, cuando afirma la superioridad de las castas y la capacidad constructiva de las “élites”. El hombre que hace trabajar será siempre superior al que trabaja, dice. Quizás su antepasado filosófico más remoto fuera Heráclito de Éfeso, un campeón de la vida, a la que consideraba como el perpetuo devenir de las cosas, pues fue el primer espiritualista, contrapuesto al Buda que negaba la vida y escapaba a ella. Del mismo modo Nietzsche, siglos más tarde, defendía la vida ante Schopenhauer, espíritu indoeuropeo, budista reencarnado en la civilización de Occidente, quien encontraba en la negación de la vida la forma de no ser juguete de la farsa trágica de la existencia.

La circunstancia de reconocer antecesores es una ley habitualmente cumplida en el desarrollo del pensamiento humano. Por otra parte, el problema de la originalidad en su acepción usual no tiene importancia. Y Keyserling está firmemente convencido de ello: la cuestión de la prioridad desde el punto de vista de la vida carece de interés esencial, dice; lo que se le ocurrió a uno hubiera también podido ocurrírsele a otro, aunque de hecho no haya sido así. Y pierde toda significación, tan pronto como se comprende claramente que nadie puede representar con eficacia lo que no es conforme a su personalidad, pues la fuerza vital de un impulso espiritual depende tan sólo del “quien” y no del “que”. (Ver su libro El conocimiento creador). Nadie puede crear algo vivo sino con pensamientos que correspondan a su personalidad. Y estos pensamientos son suyos indudablemente, ya se le hayan ocurrido a su propia persona, ya le hayan sido trasmitidos por otra; pues inventar y comprender significan metafísicamente lo mismo; la preeminencia de lo primero reside sólo en lo empírico, siendo lo metafísico el lugar ideal de todo “sentido”. Que esto es así lo demuestran todas las contrapruebas que se hagan con los faltos de originalidad. Cierto que éstos pueden plagiar y copiar literalmente. Pero no pueden actuar con lo ajeno de un modo vital. En medio de lo ajeno, siempre dicen algo que les es propio, ya sea por haber comprendido mal, de un modo totalmente peculiar lo que les fue trasmitido, ya por haber matado el espíritu vivo, desorganizando el único cuerpo acomodado a él, ya por haber separado de sus exactas conexiones algún trozo aislado. Sólo por esto logra tan fácilmente la investigación posterior establecer quién fue el auténtico padre de ideas importantes.

La actitud keyserlingniana ante el cosmos reconoce a Kant y Nietzsche como padres entre los europeos y a Lao-Tse y Confucio entre los orientales. Su ubicación ante la vida, en cambio, tiene amplias concomitancias con Bergson y Driesch, sus contemporáneos, concomitancias justificadas por la comunidad de fuentes. Antes de establecer las vinculaciones del pensamiento de Keyserling con el de Bergson y el de Driesch, corresponde limitar el terreno en el cual se ha desarrollado el neovitalismo. Hasta el advenimiento de éste, tres corrientes justifican la biología: el mecanicismo, el organicismo y el vitalismo.

Desde Descartes se concreta el mecanicismo: sus precursores, Epicuro y Lucrecio, fueron más poetas que científicos. La vida, según ellos, se reduce a un modo del movimiento, que resulta del arreglo especial de las partes materiales del ser orgánico. Los fenómenos vitales (respiración, digestión, circulación, etcétera) se reducen a oxidaciones, a fermentaciones, a combinaciones, es decir, a otros tantos fenómenos físicos y químicos. El animal y la planta no son, en suma, sino máquinas un poco más complicadas que las otras. La síntesis de la urea verificada por Woehler, la reconstrucción artificial de los alcoholes, de los azúcares, de las grasas, establecen un puente entre la química del elemento orgánico y del inorgánico, o sea entre la química de la vida y la química de la muerte. El movimiento vital y el movimiento inorgánico tienen sus analogías; el movimiento del trompo contra las leyes de la gravedad, o el funcionamiento de una máquina a vapor, hacen pensar que la biología y la fisiología no son sino ramas de la mecánica. En este sentido se justifica la utopía de Stephan Leduc, de Albert Mary o de Herrera, de descubrir el secreto de esa combinación de la materia, de la cual resulta la vida, lo mismo que se descubren las sales y ácidos en las retortas de un laboratorio; de la plasmogenia, la ciencia experimental del protoplasma.

Se puede percibir la evolución del pensamiento humano a este respecto, después de Descartes, siguiendo los pasos de Comte. En un principio, A. Comte afirmó que los fenómenos vitales son simples modificaciones de los fenómenos inorgánicos. Pero reconoció ulteriormente que la biología se halla en presencia de un poder que domina los detalles, los combina y los coordina; y, por consiguiente, que el secreto del organismo está en el objeto, en el fin o causa final, y escapa en este sentido a la ciencia positiva. En esta opinión Comte se aproximó al vitalismo de nuestros tiempos: así se explica su gran admiración por Bichat, el organicista.

El organicismo, cuyo principal representante es Bichat, explica la vida por la organización. La organización de la materia en tejidos les confiere a éstos una propiedad que es la vida, independientemente de los fenómenos físicos y químicos a los cuales se opone. La vida consiste precisamente en el triunfo de las fuerzas vitales sobre las fuerzas de la materia (físicas y químicas); la muerte es la derrota del tejido orgánico por la materia bruta. De ahí la conocida definición de Bichat: la vida es el conjunto de fenómenos que resisten a la muerte. El organicismo se coloca entre el mecanicismo y el vitalismo ensayando una conciliación muy difícil.

La vida y los fenómenos vitales son absolutamente inexplicables por las solas fuerzas de la materia. Hay que recurrir necesariamente a un principio especial absolutamente distinto de las fuerzas físicas y químicas, que, después de haber determinado la organización de cierta cantidad de materia, preside a su funcionamiento (principio vital). Todo ser viviente para el vitalismo está constituido por un doble elemento: 1°) la materia; 2°) un principio vital, especie de alma inferior (entelequia de Aristóteles), que, estando sustancialmente unida a la materia, le infunde la vida, la organiza, le da su unidad, su individualidad propia, al mismo tiempo que una actividad específica para bien del individuo y de la especie. Lo que caracteriza al ser vivo, además de la renovación continua de la materia, es la permanencia invariable de la forma exterior, que hace conservar intactos y hasta en sus menores detalles todos los rasgos del tipo a que pertenece. El cuerpo en sí, como todo compuesto molecular, es radicalmente incapaz de esta permanencia, pues él mismo cambia sin cesar. El vitalismo reconoce en el viviente la acción de las fuerzas físicas, pero reclama la intervención de una fuerza vital. “Los agentes físicos producen fenómenos que no dirigen y la fuerza vital dirige fenómenos que no produce” (Cl. Bernard, Introd. a l’étude de la Méd. Exp.).

El mecanicismo ve en la vida un subproducto del universo. Los electrones concretándose en átomos, éstos agrupándose en moléculas, las moléculas organizándose en células habrían dado origen a los organismos vivientes que aquí sobre la tierra no serían sino un accidente de ese proceso ya indicado por Laplace, de las nebulosas electrónicas, coagulándose atómicamente en astros incandescentes, éstos despidiendo de sí en forma centrífuga los planetas que, al enfriarse, cristalizan molecularmente. El nuevo vitalismo invierte los términos: en lugar de ver en la vida un subproducto del universo, ve en el universo una manifestación de la vida, del torrente de la vida universal.

Hans Driesch es el representante más genuino del neovitalismo. Profesor de la Universidad de Leipzig, nos visitó el año pasado, dando un ciclo de conferencias en la Facultad de Filosofía y Letras, pero su paso por nuestro país fue desapercibido, fuera de los círculos especialistas, no teniendo, a pesar de la gran importancia de sus estudios, la popularidad que le cupo a Keyserling, quizás por el hecho de ser más hombre de ciencia que literato. Sus estudios de embriología, primero netamente experimentales, lo llevaron insensiblemente a la filosofía. Dos libros marcan la iniciación de su era filosófica: El vitalismo, historia y doctrina, y Filosofía de lo orgánico, del cual está en prensa la primera traducción al castellano.

Weismann supuso que todos los caracteres del individuo encontrábanse contenidos dentro del huevo; Roux, estudiando la mecánica del desarrollo, realizó la siguiente experiencia con la cual creía comprobar la doctrina de Weismann: con una aguja candente destruía uno de los blastómeros de un huevo de rana. El desarrollo ulterior daba lugar a la mitad de un embrión de rana. Driesch realizó nuevas experiencias y llegó a resultados distintos, que lo llevaron en dirección totalmente opuesta a la de Roux. En efecto: al separar artificialmente los dos blastómeros de la primera división del huevo de erizo de mar, obtuvo, en vez de dos medios embriones, dos embriones completos, pero de tamaño reducido. Los resultados obtenidos por Roux lo llevaron al mecanicismo; en cambio, los de Driesch lo llevaron a éste al vitalismo. Como se ve, caminos totalmente encontrados. Rectificadas las ideas de Roux, de la sola gravitación de las fuerzas físicas en el desarrollo del huevo. Driesch ha debido recurrir a una serie de doctrinas que le permiten si no explicar, por lo menos expresar más apropiadamente lo que ocurre en la realidad. Concretamente pueden circunscribirse a tres sus ideas centrales: a) el concepto de la autonomía de los fenómenos vitales; b) la existencia de sistemas equipotenciales armónicos; y c) la reedición de la vieja idea aristotélica de la entelequia, alrededor de la cual gira constantemente en sus especulaciones el apasionado investigador. Siendo la vida una fuerza autónoma, independiente de las energías fisicoquímicas, es capaz de moldear para sí los organismos dándoles la forma apropiada.

Así, los blastómeros tienen una potencia prospectiva, no invariable, sino susceptible de adquirir formas mientras los anime la vida. Designa con el nombre de sistema a toda parte de un organismo que podemos considerar como una unidad desde el punto de vista morfológico. Le llama sistemas armónicos porque el resultado de su desarrollo es un conjunto de elementos correlacionados entre sí. Es imposible, según Driesch, explicar esta sistematización orgánica, la embriogenia, la morfología y la estructura por los factores puramente fisicoquímicos; de donde es necesaria la entelequia, esa fuerza que coordina y dispone la materia, plasmando un organismo en el cual y por medio del cual se manifiesta. Habla de entelequia, casi como un seudónimo de alma organizadora, porque la palabra alma es poco científica. Se refiere a la fuerza vital que se sirve de la materia para organizar seres vivientes, pero que es independiente de la materia misma. Es la manifestación individual de una fuerza general, de una inteligencia universal, pues si no fuera inteligente no se propondría “fines”, significado preciso de la palabra entelequia.

A estas conclusiones habría llegado Hugo de Vries, botánico holandés, estudiando el desarrollo de las semillas de ciertas plantas (teoría de las mutaciones).

Tomando en conjunto la vida planetaria, desde la ameba hasta el vertebrado y de éste al hombre, se comprueba que esa energía inteligente, a la que se refiere Driesch, está invívita en ese anhelo de superación, en esa “Voluntad de Poder”, de que nos habla Nietzsche, como constituyente íntimo, secreto y esencia de todo el devenir cósmico. Esta convergencia a Nietzsche permite unir a Keyserling con Driesch.

Para Keyserling la vida es la expresión de una fuerza divina. No está determinada en forma fatal, y mecánicamente por el pasado, como pretendía Darwin y quieren aún sus discípulos.

No son los antepasados los que fijan obligatoriamente los planes de estructura, la morfología general, pues la vida se comporta siempre como un elemento de espontaneidad imprevisible. En el curso de la evolución biológica se revela como un anhelo de superación, por medio de saltos y mutaciones que insensiblemente hacen subir el nivel cualitativo de la existencia. Es una mente cósmica, animadora del universo. Los mecanicistas le llaman “energía” y los vitalistas “vida”.

Henri Bergson nos habla de un “elan vital”; concordando ampliamente con Nietzsche, Driesch, Keyserling y Eucken, este último en su obra El valor y el significado de la vida. Bergson, filósofo premiado en literatura (Nobel), pensador sutil de imágenes, de sensibilidad exquisita, trató en consonancia con su temperamento, de asir la vida en su devenir constante e infinito y, a pesar de ser geómetra, encaró el problema vital desde un punto de vista netamente subjetivo. La última esencia de la vida, sostiene en La evolución creadora, es una voluntad esencialmente libre y espontánea, indomable e imprevisible. Aun cuando condicionada por la materia mediante la cual se expresa, de la cual se sirve, como un escultor al emplear la arcilla, esperando que la inspiración le dé forma, la vida es más fuerte que las limitaciones que la materia le impone. Buscando expresar se rompen todas las cadenas, en una creación nueva y siempre original, infinita. Su iniciativa no está limitada por ninguna ley. Las leyes físicas no son sino maneras de obrar en momentos fugaces que a nosotros nos parecen eternos porque somos evanescentes. Vivimos equivocados: el hombre que ha visto el cosmos únicamente como un mecanismo ha sido sencillamente engañado, no por el cosmos, sino por las modalidades limitadas de su razonamiento.

Esta fuerza universal, creadora, libre, madre de todas las formas, empapa el “sentido” íntimo de la realidad biológica y también de la realidad social. Y no sólo crea nuevos tipos biológicos, sino que en el curso de la historia crea nuevas formas de cultura, revelaciones vivas de una fuerza viva, como antes que Keyserling habían indicado ya sus compatriotas Rodolfo Eucken, con su obra El valor y significado de la vida, y Spengler, con su estudio morfológico de la cultura de Occidente.

Para Eucken, el hombre encuentra la realidad en dos formas: a) realidad aparente de los sentidos, la que está en relación inmediata con la conciencia; b) realidad íntima, que es un mundo espiritual independiente, incondicionado por el mundo de los sentidos, que no es real sino aparente. Esta última sólo se llega a conocer con lo más profundo del ser, con la personalidad, con esa “personalidad profunda” mencionada por Krause, profesor de Clínica Médica de Berlín, y que la localiza en el diencéfalo. La sumersión en la realidad es una identificación, un “proceso vital” profundo e intuitivo.

Keyserling coincide con Driesch en su concepción vitalista del fenómeno biológico, estando influidos ambos por Nietzsche. Keyserling y Eucken convergen en cuanto ven en el desarrollo de las culturas humanas la exteriorización de la misma potencia creadora que origina la vida. Tiene de Bergson la misma forma de explicar el devenir cósmico, que no es sino una idea más general de la enunciada por Driesch para interpretar el fenómeno biogenético. Keyserling comparte, por fin, con Eucken y con Bergson el sentimiento de que, para comprender el “sentido” de la vida universal, se requiere sumergirse en ella, entrar en contacto íntimo y profundo con el torrente vital, en lugar de examinarla superficialmente con nuestra razón, que es un instrumento en absoluto insuficiente para conocer la realidad. Sólo así, piensan los tres, se puede tener una “intuición” viva de un proceso, una “comprensión” profunda, que es superior al “saber” puramente racional.

El saber nos lo puede dar la ciencia mediante la razón, pero a la comprensión sólo podemos llegar mediante una potencialización de todo nuestro ser y de nuestra subconciencia.

Siguiendo este camino, Keyserling ha buscado vivir la vida profunda de los pueblos y de sus culturas, para conocerlos no sólo a través de su historia, sino a través de su vida misma aun palpitante. Y así ha dicho de nosotros que somos un pueblo intuitivo, un pueblo emocional, pero de fácil depresión sentimental, esto último expresado muy bien en una frase genuina, frecuente en los estilos de nuestros campos: “miel de pesares”, y otras expresiones muy parecidas de las vidalas y tristes, de los huainitos, de los yaravíes, de los cantos indígenas, donde siempre se ponen frente a frente los dos polos opuestos de la vida: la tristeza y la dicha. La cortesía y la bondad argentinas no son sino expresiones de un pueblo que sufre mucho. Por eso es un pueblo musical, porque la música es la expresión más inmediata de la vida. Carlos Octavio Bunge ya había enunciado hace algunos años esta gran modalidad del alma argentina y la señala con la más profunda amargura por su significado para el futuro de América. Estamos, por otra parte, según Keyserling en plena crisis de transformación. En efecto: la antigua manera de ser de la Argentina desaparece. En su tiempo produjo dos tipos perfectos: el gaucho, último ejemplar del caballero andante, desinteresado, noble, magnífico en su género, necesariamente pobre y que a causa de su desinterés tiene que ser aventado por el tipo del hombre interesado y codicioso, característico de nuestra época.

El otro tipo –Keyserling ha conocido algunos– es el hombre de la antigua cultura porteña, también desinteresado, cordial, amable, que supo realizar un ejemplar humano, aliando las calidades puramente naturales a un gran refinamiento de educación. En virtud de la imperceptible, pero formidable revolución que se opera en nuestro país, estos dos tipos desaparecerán definitivamente para perjuicio nuestro. Las clases directoras están, por consiguiente, en la obligación de salvar esta herencia cultural. Pero, por desgracia, hay en estas clases una inmensa timidez interior, una tendencia por encerrarse, por retirarse de la lucha. El hecho de que la Argentina se ha retirado de la Liga de las Naciones y la expresión tan típica entre nosotros, cuando damos un consejo: “no te metás”, son sintomáticos de un miedo morboso a ponerse en ridículo, sin tener en cuenta que los grandes pueblos como los grandes hombres jamás lo tuvieron. Don Quijote no tenía miedo al ridículo. Los ingleses nunca lo tuvieron y por eso hicieron una gran obra en el mundo. La aristocracia europea tenía un lema: “noblesse obligue”. ¿Obliga a qué? Pues a meterse, a no quedar retraído, se tiene el deber moral de hacerlo.

Nuestros dos grandes defectos son: la tristeza y la timidez, de las cuales aún se puede sacar partido para la construcción de la venidera cultura argentina.

Keyserling ha marchado desde el conocimiento del mundo al conocimiento de la vida; de la consideración de la vida como fenómeno biológico ha pasado a la consideración de la misma como fenómeno social. Así ha llegado hasta nosotros. Pero no ha hecho sino presentar el viejo problema de los organismos, bajo nuevas formas y sobre todo bajo formas literarias.

[1] Estas frases son textuales del libro de Karina Ramacciotti La política sanitaria del peronismo, editado por Biblos en 2009.

[2] Nota de Movimiento: Hermann Graf Keyserling nació en Estonia en 1880 y murió en Austria en 1946.

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