Renegociación de la deuda externa: Lecciones de la historia

Damián Descalzo

0

“Rosas nos enseña que el acreedor es más débil que el deudor, cuando el deudor es más enérgico y hábil que el acreedor” (Raúl Scalabrini Ortiz, Política Británica en el Río de la Plata).

 

Una de las principales preocupaciones del nuevo gobierno peronista es el tema de la deuda externa. Fue claro, al respecto, el presidente Alberto Fernández, cuando ante la Asamblea Legislativa expresó que “la Nación está endeudada con un manto de inestabilidad que desecha cualquier posibilidad de desarrollo y que deja al país rehén de los mercados financieros internacionales”. Y agregó: “quiero que todos comprendamos que el gobierno que acaba de terminar su mandato ha dejado al país en una situación de virtual default. Por momentos siento estar transitando el mismo laberinto que nos atrapó en 2003 y del que pudimos salir con el esfuerzo del conjunto social”. La deuda externa nos quita autonomía y capacidad de maniobra. Es un problema urgente que debe ser resuelto. “Necesitamos aliviar la carga de la deuda para poder cambiar la realidad. Debemos volver a desarrollar una economía productiva que nos permita exportar y así generar capacidad de pago”, señaló Alberto Fernández el pasado 10 de diciembre.

Esta tradición de anteponer los intereses nacionales a los de los acreedores externos no tiene tantos antecedentes como debería esperarse de una actitud que aparece como prudente y justa. Aquí tomaremos dos que han sido de los más notables, ya que tuvieron lugar en momentos complicados para nuestro pueblo, como lo es el actual: el de Don Juan Manuel de Rosas y el de Néstor Kirchner.

 

Rosas y la deuda con la Baring Brothers

En 1824, el gobierno de Rivadavia suscribió un acuerdo con la Casa Británica Baring Brothers. Durante el primer gobierno rosista –iniciado en 1829– se creyó que se volverían a pagar los intereses y las amortizaciones del empréstito que se mantenían impagos desde 1828, pero las necesidades de la guerra civil lo impidieron. Vuelto al poder, en 1835, trató el tema en su mensaje a la Legislatura provincial al clausurar las sesiones de ese año. En aquella oportunidad, señaló que “El gobierno nunca olvida el pago de la deuda extranjera, pero es manifiesto que al presente nada se puede hacer por ella, y espera el tiempo del arreglo de la deuda interior del país para hacerle seguir la misma suerte, bien entendido que cualquier medida que se tome tendrá por base el honor, la buena fe y la verdad de las cosas”. De este modo, el gobernador de Buenos Aires contentó a los acreedores británicos, pero sin dejar de señalar que la preferencia la tenía la “deuda interior”. Y dejó sentado un principio que debe ser imitado y seguido: la “deuda extranjera” debe ser pagada pero sólo en el caso en que los asuntos internos así lo permitan, pues la “deuda interna” es la prioritaria.

En 1837 repitió la promesa. Siempre manteniendo inalterable e incólume el principio anteriormente establecido. “Entre tantas y tan múltiples atenciones, pesa sobre el gobierno la dificultad de sus compromisos con el empréstito de Inglaterra. Las reclamaciones de aquellos acreedores no pueden dejar de ser atendidas, si presentadas con dignidad vienen niveladas por los principios de una justicia distributiva. El gobierno desea con vehemencia arribar a una transacción, que en sí misma presente la posibilidad de su exacto cumplimiento. Para conseguirlo no omitirá ninguno de los medios que sugieran su razón o prudencia”.

Al año siguiente, la Confederación Argentina enfrentó un serio conflicto internacional con Francia. Las fuerzas galas bloquearon el puerto de Buenos Aires e invadieron algunas poblaciones de nuestra Patria. Otra vez ante la Legislatura, el Restaurador señaló que “en medio de las dificultades de la Hacienda Pública… no olvida el gobierno sus compromisos en el empréstito de Inglaterra”. En consecuencia, designó nuevamente –ya había ocupado ese cargo durante la gobernación de Manuel Dorrego– a Manuel Moreno –hermano de Mariano– como representante diplomático en Londres. En las instrucciones que se le dieron el día 21 de noviembre de ese mismo año, se le ordenó hacer todo lo posible para ganarse el apoyo de los bondholders –tenedores de bonos del empréstito– y expresarles que los pagos se reanudarían apenas se levantara el bloqueo francés.

La noticia de interesarse el gobierno de Buenos Aires por el pago del empréstito repercutió favorablemente en Londres, como lo suponía el inteligente y perspicaz análisis de Rosas. A raíz de ello, se conformó el Committee of Buenos Aires Bondholders (comité de tenedores de títulos de Buenos Aires) quienes lograron que la cancillería británica intermediase en el conflicto franco-argentino, lo cual fue resultado de la admirable habilidad de Rosas y sus promesas de retomar los pagos una vez recuperado el puerto porteño en manos de los imperialistas franceses.

En 1840 triunfó la diplomacia argentina y se concretó el acuerdo. Fue liberado el puerto de Buenos Aires de la indeseable dominación francesa. Esto permitió la reanudación del comercio exterior y creó las condiciones para que, con los derechos de aduana, el gobierno de Buenos Aires cumpliera su promesa de reiniciar el pago de la deuda. En 1841 el puerto estaba libre y los ingresos por derechos de aduana eran cuantiosos. Sin embargo, Rosas privilegió la situación interna y la reparación de los daños causados por el bloqueo, por lo que pospuso nuevamente los pagos de la deuda externa, pese a que reiteró sus promesas a los bonoleros –término con el que el Restaurador se refería a los tenedores de bonos de la deuda externa.

En su mensaje anual a la Legislatura del 27 de diciembre de 1842 Rosas retomó el tema de la deuda y expresó: “circunstancias invencibles han retardado la oportunidad de un acomodamiento satisfactorio sobre el solemne compromiso en el empréstito de Inglaterra. Sin embargo, aun sin haber cesado aquéllas, el gobierno ha empezado a ocuparse de él, deseando poder arribar a un arreglo que en sí mismo lleve la garantía de su puntual cumplimiento”. Nuevamente utilizó la misma táctica. Prometer y enunciar la buena voluntad de querer cumplir con la deuda, pero siempre argumentando que diversos impedimentos lo hacían imposible.

En el mensaje anual a la Legislatura del año 1843, don Juan Manuel afirmó que “subsiste pendiente el arreglo y acomodamiento sobre el solemne compromiso en el empréstito de Inglaterra. No lo aleja de su vista el gobierno”.

El Restaurador siguió privilegiando los intereses del pueblo al de los acreedores externos. Pero llegó un momento en que retomar los pagos de los servicios de la deuda era beneficioso para la causa nacional. A principios de 1844 el gobernador bonaerense supo que la intervención anglo-francesa al Río de la Plata era inminente. Entonces llegó el momento justo para cumplir la promesa a los acreedores. Bajo estas circunstancias, retomar el pago de los servicios del empréstito generaba una ventaja para los intereses nacionales mayor que no hacerlo. Para efectivizarlo, le propuso a Falconnet pagarle una suma exigua: apenas la décima parte de lo que se debía pagar por intereses. El representante inglés aceptó inmediatamente, pues ya se había hecho la idea que no cobrarían nada sus representados. El gobierno rosista acordó que empezaría a pagar a partir de mayo de 1844, siempre y cuando un nuevo bloqueo no viniese a alterar la recaudación de la aduana. Y prometió que, de terminar la guerra con el Estado Oriental, se podría llegar a un arreglo mejor.

Los desembolsos comenzaron en mayo, tal como se había dispuesto. Se empezó a girar a Londres la suma convenida. Don Juan Manuel logró el principal objetivo que tuvo en vista al restablecer el abono de los intereses del empréstito: ubicó de su lado a los acreedores ingleses.

En octubre de 1845 se produjo la intervención anglo-francesa y un nuevo bloqueo a nuestra Patria, lo que suscitó que se suspendieran los pagos de la deuda. Y se anunció que sólo se retomarían cuando la afrenta a nuestra independencia concluyese. Como hábilmente lo había planificado el líder de la Confederación Argentina, los bonoleros se colocaron en una posición abiertamente opositora contra su propio gobierno. Se sumó al reclamo el Committee of Hispanic America Bondholders –agrupación de tenedores de títulos de todos los empréstitos hispanoamericanos–, la Bolsa entera y el órgano periodístico de la clase media londinense, el Times, que protestó airadamente contra la intervención en el Plata.

El debate en la Legislatura sobre el tema de la suspensión del pago de la deuda fue muy emotivo. Se brindaron encendidos discursos, llenos de brío patriótico. Lorenzo Torres dijo que “Los pocos recursos que hoy tenemos no pueden, no deben, emplearse en otra cosa que en salvar a la patria y librar a nuestra tierra de unos enemigos que invocando la humanidad y la civilización sólo vienen a recolonizar estos países… Estamos dispuesto a todo, menos a perder nuestra independencia”. Por su lado, Pereda expresó que “los ingleses serán los más perjudicados. ¿Qué van a hacer con su bloqueo? Tenemos recursos inmensos en la Confederación. Conseguirán, al fin, que promovamos el comercio interior de provincia a provincia. (…) Tengamos honor y patriotismo para sostener a todo trance la independencia, dejemos de ser generosos para ser justos”.

Como en 1840, la Confederación Argentina volvió a vencer a los enemigos exteriores e interiores y dejó a salvo su dignidad y su independencia, amenazadas por las intromisiones de las potencias colonialistas. El Reino Unido levantó el bloqueo en 1849 y Francia en 1850. Rosas, entonces, volvió a pagar intereses, con una enorme quita. Lo siguió haciendo hasta 1852.

 

El ejemplo de Néstor Kirchner

Rosas había dejado sentada la máxima política que determinaba que el pago de la deuda externa debía estar supeditado a las posibilidades económicas del país y a los intereses nacionales, y estableció que la llamada “deuda interna” o “deuda interior” era prioritaria en relación con la contraída con los prestamistas extranjeros. Lamentablemente, esta “regla patriótica” fue abandonada por la casi totalidad de los gobiernos que rigieron los destinos de nuestra Patria a lo largo de la historia, llegando a niveles obscenos y escandalosos durante el menemismo y la administración de De La Rua y Cavallo. Ambos gobiernos privilegiaron el pago de la deuda externa en perjuicio de los intereses de los argentinos. Abonaron ingentes y desmedidas sumas a los acreedores externos, sacrificando con ello a millones de compatriotas que pasaron a ser desocupados, pobres o indigentes. Pero esta ignominia debía concluir y concluyó. Trágicamente, como suelen terminar estas cosas: con las muertes de las jornadas de lucha popular de diciembre de 2001. El neoliberalismo llegó a su fin. Su caída tan anhelada inició un proceso de cambios en nuestro país. El tratamiento de la deuda externa no escapó a las generales de la ley. La dignidad nacional recobró fuerza y se reestableció el orden justo: la prioridad fue la Patria y los intereses del Pueblo. La deuda externa debía subordinarse a la deuda interna.

Así lo entendió el presidente Kirchner, quien reforzó el retorno a la senda de la causa nacional y popular, iniciado poco antes. En su memorable discurso de asunción del mando presidencial –el histórico 25 de mayo de 2003– indicó con firme fervor patriótico que “no se puede recurrir al ajuste ni incrementar el endeudamiento. No se puede volver a pagar deuda a costa del hambre y la exclusión de los argentinos, generando más pobreza y aumentando la conflictividad social. La inviabilidad de ese viejo modelo puede ser advertida hasta por los propios acreedores, que tienen que entender que sólo podrán cobrar si a la Argentina le va bien. [Hay que] negociar con racionalidad para lograr una reducción de la deuda externa. Este gobierno seguirá principios firmes de negociación con los tenedores de deuda soberana en actual situación de default, de manera inmediata y apuntando a tres objetivos: la reducción de los montos de la deuda, la reducción de las tasas de interés y la ampliación de los plazos de madurez y vencimiento de los bonos. Sabemos que nuestra deuda es un problema central. No se trata de no cumplir, de no pagar. No somos el proyecto del default. Pero tampoco podemos pagar a costa de que cada vez más argentinos vean postergados su acceso a la vivienda digna, a un trabajo seguro, a la educación de sus hijos, o a la salud”.

La inteligencia, la habilidad y la firmeza que se pusieron al servicio de la Patria en las negociaciones con los acreedores privados en aquellos años ahorraron al país casi 70.000 millones de dólares. Siempre que se reúnen el patriotismo y la inteligencia, la Patria obtiene provecho.

Rosas y Kirchner son dos muy buenos ejemplos para ser tomados como guías en el actual proceso de renegociación de nuestra deuda externa. Que así sea.

También podría gustarte Más sobre el autor