Notas sobre la prensa de la(s) resistencia(s): páginas no olvidadas, La Argentina, Soberanía, Palabra Prohibida

Julio Melon Pirro y Darío Pulfer

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Nuestra recuperación de la prensa peronista en los difíciles tiempos de la “Revolución Libertadora” ha postergado la consideración de una serie de medios efímeros y accidentados, pero no menos significativos que los que aquí hemos analizado. Se trata de La Argentina, Soberanía y Palabra Prohibida, semanarios que se editaron entre fines de 1955 y comienzos de 1958.

El primero sería contemporáneo de De Frente, El Líder, Federalista y El 45,[1] Soberanía sale a fines de 1956 y Palabra prohibida lo hace ya en el año 1957. Tuvieron la particularidad de aparecer y circular en Rosario, ciudad que se consideró “la capital del peronismo”, y de haber tenido como protagonista principal a Nora Lagos, quien provenía de una familia comprometida con la actividad de la prensa escrita pero ubicada claramente en la vereda de enfrente de quienes simpatizaron o adhirieron al gobierno de Perón. Junto a ella aparece la figura de Luis Sobrino Aranda, un joven político transformado en periodista por los rigores del momento político.

Los periódicos aquí considerados, muy fragmentariamente conservados en los archivos, no han pasado inadvertidos por los historiadores que, en versiones resumidas o analíticas, las han tenido debidamente en cuenta. Moyano Laissue (2000) rescata la figura de Lagos diciendo que, producida la “Revolución Libertadora”, “inmediatamente asumió una posición frontalmente opositora al nuevo régimen, abandonando la dirección de La Capital, organizando y editando un periódico en el que iniciaría su prolongada y apasionada prédica peronista”. Chávez (2003: 154 y 157) destaca a Nora Lagos y Sobrino Aranda como periodistas. Facundo Carman (2015) ha descripto estas publicaciones dando información valiosa sobre formato, regularidad y características de sus intervenciones. Carina Capobianco (2003), Laura Erhlich (2012a y 2012b) y Anabella Gorza (2016 y 2017) las han considerado en sí mismas como parte de un trabajo comparativo o con la atención puesta en el rol y participación de las mujeres en la prensa de la “resistencia”, respectivamente. Debemos a ellas, pues, las aproximaciones más sistemáticas, así como la provisión de algunos ejemplares que no teníamos disponibles para la elaboración de esta nota.

Comenzaremos, como en las anteriores, con un recorrido por las vidas de quienes estuvieron al frente de estos emprendimientos.

 

Los animadores

La figura de Nora Lagos tienta más a la novela que a la reconstrucción biográfica acotada. Nació el 14 de febrero de 1925, en el seno de una acaudalada familia que, además, editaba el diario La Capital, de Rosario. El periódico que dirigiera Carlos Lagos, su padre, y que fuera propiedad de la familia hasta 1999, había sido fundado en 1867 por su abuelo con apoyo de Justo José de Urquiza y de su socio, Mariano Cabal. Ellos facilitaron a Ovidio Lagos los 600 pesos fuertes necesarios y se suscribieron por adelantado con 100 ejemplares. En plaza desde el 15 de noviembre de 1867 es, pues –entre los que todavía circulan– el periódico más antiguo de nuestro país, de modo que ha resultado frecuente la referencia a su condición de “decano de la prensa argentina”.

Abogaba por la educación popular, criticaba a las oligarquías de familia que buscaban apropiarse del gobierno, denostaba a Sarmiento… En sus páginas colaboraron José Hernández, Francisco Fernández y Carlos Guido Spano. En el primer número Lagos había escrito que “Las columnas de La Capital pertenecen al pueblo”.

Con el siglo XX el diario fue tomando otros derroteros. En el amanecer del peronismo había apoyado a la Unión Democrática y, avanzados los años cincuenta, crecida la influencia del gobierno sobre los medios merced a la cadena organizada en torno a ALEA y a medidas como la expropiación de La Prensa –que como es sabido pasó a la CGT–[2] existían razones suficientes en el ámbito familiar para temer por el futuro de La Capital.

En el año 1947 Nora Lagos se une en pareja con Hugo Mascías Mac Dougall,[3] guionista de éxito en el expansivo cine nacional de entonces, amigo de Homero Manzi. Por su intermedio y en su compañía, Lagos desarrolló una creciente afinidad con los círculos de actores y autores teatrales peronistas y, luego, con el mismo gobierno nacional.

Para 1950 la comisión parlamentaria bicameral presidida por el diputado José Emilio Visca había intervenido en varios de estos medios no afines, clausurando su salida de modo permanente o coyuntural con distintos argumentos, por lo común irregularidades impositivas o laborales, o violaciones a las normas de salubridad. Esto había ocurrido entre otros con La Nueva Provincia de Bahía Blanca, con El Intransigente de Salta, con Los Principios de Córdoba y, precisamente, con La Capital. Aunque no se conocen fehacientemente los entretelones del proceso, lo cierto es que Nora Lagos comenzó a tener influencia en la orientación del periódico, asumiendo formalmente su dirección el año 1953. Según varios testimonios, Nora fue la clave –en acuerdo tácito o explícito con la familia– para evitar el peor de los destinos para el diario y sus dueños (Lanfranco, 2005). En 1952 –contó la menor de las hijas de Lagos y Mac Dougall– sus padres “torcieron el rumbo de sus vidas”, hasta entonces encaminado a residir en España, ya que fueron atraídos por el “ambiente” de Rosario (declaraciones de Nora Lagos (h) en Lanfranco, 2005). En las entrevistas realizadas por Anabella Gorza, las hijas de Nora Lagos señalan el desprecio que la familia paterna manifestaba hacia ellas y su madre. Luis Sobrino Aranda, que colaboró en las dos publicaciones aquí reseñadas, habló de un miembro de la familia, el “Alemán” Lagos, con quien Nora tenía cierta cercanía, y argumentó que su llegada a la dirección de La Capital obedeció a una maniobra de éste para evitar la expropiación. [4]

El día 4 de setiembre de 1953, según refiriera, precisamente, La Capital, el presidente Perón recibió a la pareja en una entrevista que se prolongó más de una hora y en la que conversaron “acerca de algunos problemas vinculados al periodismo” (La Capital, 5-9-1953: 4, citado en Gorza, 2017). El 20 del mismo mes, Nora Lagos asumió formalmente como directora gracias a un fallo judicial que desplazó del timón a sus parientes, sigue la crónica, sin dejar de considerar que pocos días antes La Capital había destacado una foto en la que Perón abrazaba a Nora, algo que vendría a confirmar que ésta ya ejercía la dirección de hecho (Gorza, 2017).

En el año 1954 Nora Lagos formó parte de la extensa delegación de periodistas que acompañaron a Perón al Paraguay, para proceder a la devolución de los trofeos de guerra de la “Triple Alianza”. En estos años Hugo Mac Dougall fue el responsable del suplemento literario del diario, alcanzando un significativo nivel y reconocimiento (Chávez, 2003: 54).

Al cumplir un aniversario, el suplemento reproduce un listado de colaboradores que muestra la amplitud de las coordenadas político-ideológicas de los escritores participantes: Leoncio Gianello, José F. Cagnin, Amaro Villanueva, Agustín Zapata Gollán, Gastón Gori, Plácido Grela, Velmiro Ayala Gauna, Aldredo Veiravé, Luis Gudiño Kramer, Aníbal S. Vázquez, Juan Carlos Díaz Usandivaras, José Pedroni, etcétera.

Producido el golpe de Estado en septiembre de 1955, los Lagos recuperaron el diario y Nora fue expulsada de la dirección, soportando cárcel y persecuciones. En diciembre de ese año comenzó la publicación de su primer periódico en la etapa de la resistencia: La Argentina, justa, libre y soberana, aunque a fines de diciembre sería detenida. En dicha publicación estuvo acompañada por su pareja, Hugo Mac Dougall, quien la secundó como subdirector, como también lo había hecho en el diario La Capital.

En 1956 decidieron separarse. Mac Dougall se retiró de la vida política y se radicó en La Falda, a la espera de que la situación mejorara para el peronismo. Exiliada en Paraguay junto con René Bertelli, Nora regresó hacia fines de ese año e inició la publicación de Soberanía, otro periódico que, como el anterior, se convirtió en uno de los tantos medios de expresión de la “resistencia”. Allí estuvo acompañada por Luis Sobrino Aranda, quien a su vez publicaría Palabra Prohibida en el año 1957.

Directora y “alma mater” en plena “Revolución Libertadora” de La Argentina y Soberanía, mantuvo, a lo largo de una vida plena de pasiones, aquella otra que la descentrara de su primer ambiente político y social.[5] Murió el 23 de noviembre de 1975, a la edad de 50 años, afectada por un cuadro depresivo, apenas dos años después de haber viajado de Rosario a Buenos Aires para presenciar el retorno de Perón.

Otra figura importante del periodismo rosarino es Luis Sobrino Aranda, quien inició su militancia en los centros cívicos constituidos por revisionistas y nacionalistas, desde donde contribuyó a promover la candidatura de Juan D. Perón a la presidencia en 1946. Su padre, proveniente del radicalismo yrigoyenista, fue ministro del primer gobierno peronista de Santa Fe. Estudió abogacía y militó en la Confederación General Universitaria en Rosario. Colaboró en el diario La Capital y en los periódicos La Argentina, Soberanía, Rebeldía y Palabra Argentina. A diferencia de Nora, quien fuera su pareja durante la época de la resistencia, Sobrino Aranda siguió activo en política, y tiempo más tarde publicaría un libro sobre este tiempo, titulado Después que se fue Perón (Sobrino Aranda, 1959).

 

Los colaboradores

Bernardo Iturraspe fue un abogado que inició su militancia a principios de los años cuarenta en la UCR de Santa Fe. Luego se pasaría a las filas del peronismo, siendo asesor de sindicatos y colaborador del diario La Época y del suplemento cultural del diario La Capital que dirigía Hugo Mac Dougall. A fines del gobierno de Perón fue defensor de presos políticos comunistas y tras el golpe militar lo sería de delegados y dirigentes sindicales peronistas. Colaboró en varios periódicos peronistas de la etapa de la “Resistencia”, como Palabra Argentina, Soberanía, Pero… qué dice el pueblo, Palabra Prohibida y El Federalista. Dirigió Tres Banderas y ¡Compañeros!

René Bertelli fue un militante peronista de origen tucumano que participó en la organización de la “Resistencia” en Rosario. Bertelli se incorporó cuando ya Soberanía se encontraba en circulación. Tuvo una relación sentimental con Nora Lagos. De ella nacería un hijo, y juntos compartirían un nuevo encarcelamiento en una comisaría en San Justo de donde lograrían huir, iniciando una etapa de exilio en Paraguay que incluyó también a las dos hijas de Nora y Hugo Mac Dougall, y que implicó el cruce de la frontera de forma clandestina.

Sobre Moya y Neyra no podemos agregar información al momento.

Entre los colaboradores externos figuran Raúl Scalabrini Ortiz, quien por entonces participaba activamente en la revista Qué; José Antonio Güemes, que había dirigido El Líder y luego Federalista; Arturo Jauretche, que enviaba notas a varios medios, entre los cuales estaban Qué y Mayoría. Sin contar con una columna o lugar específico, aparece también la pluma del nacionalista José Luis Torres.

A Soberanía aportan los citados Sobrino Aranda y Bertelli, acompañados de Moya y Neyra, que vienen de la experiencia desarrollada con el semanario La Argentina. De Rosario se suma Fausto Eduardo López proveniente de la redacción de La Capital junto a Víctor Mainetti, Luis Rueda y “El Chacho” De Trizio. Desde Buenos Aires, luego del cierre de El Hombre, un medio porteño orientado por Darío Alcari, se agregan Juan Puigbó y Walter Vezza. El primero de los nombrados, de origen chaqueño, se inició en política en los años treinta en las filas del nacionalismo. Integrado a la Alianza Libertadora Nacionalista fue candidato a diputado por esta fuerza que apoyó a Perón en las elecciones de 1946. Durante el peronismo trabajó en la sección gremiales del periódico La Época. Luego del golpe de Estado de 1955 formó el Comando Táctico de la “Resistencia” y fue cercano a John William Cooke. El segundo, Walter Vezza, se había dedicado al periodismo en el tiempo del primer peronismo, escribiendo en Avanzada Social.

En Palabra Prohibida participan Puigbó, Vezza y otros, bajo la dirección de Sobrino Aranda.

 

La Argentina, “pasión por el pueblo”

En pleno proceso de radicalización de la “Revolución Libertadora” comenzó a editarse en Rosario La Argentina, al frente del cual estuvo precisamente Nora Lagos, quien hasta setiembre de 1955 había sido responsable, como señalamos, del diario La Capital.

Se publicaron en total ocho números entre diciembre de 1955 y enero de 1956, siguiendo el itinerario de muchos otros medios de la “primera resistencia”. Al comienzo tuvo ocho páginas y luego pasó a cuatro, apareciendo miércoles y sábados en medidas de 32 por 48 centímetros, y 37 por 55 centímetros. “Era repartido por los sindicatos y voceado por los canillitas en los barrios populares”, apunta Carman (2015: 366) en su impresionante reconstrucción de la prensa argentina entre 1955 y 1976.

El número inaugural de La Argentina (en adelante, LA), que llevará siempre el subtítulo “Justa, Libre y Soberana”, comienza con una nota típica de las que más de una vez ensaya la prensa peronista que emerge en ese escenario aciago. El recurso –apelar o apostar tácita o explícitamente a la responsabilidad institucional de las Fuerzas Armadas, algo que hemos observado particularmente en el caso de Palabra Argentina– está presente en casi todas las publicaciones que se sabían provisorias o que de momento eran poco menos que clandestinas. En oportunidad de su debut, LA buscó de algún modo amparo en las declaraciones del jefe del Ejército, general Arturo Ossorio Arana, que parecían comprometer un sentido de prescindencia que, para la fecha, ya caído Lonardi, era más una convención de forma que una posibilidad concreta. Había explicado Arana en conferencia de prensa “diversos aspectos de la actividad castrense en el régimen depuesto para fijar luego la posición de las fuerzas armadas en el movimiento revolucionario” –las palabras pertenecen a la edición del semanario– y concluyó declarando que “el Ejército no pertenece a ningún partido político ni a ninguna clase determinada” –dicho que pertenece al jefe militar y es, además, el título de la nota (LA, 8-12-1955).

LA escribía, pues, en uno de los renglones que podían proteger su existencia: el declarado compromiso de las Fuerzas Armadas con la libertad que habían venido a restituir.

La otra estrategia se basaba en la ausencia de menciones directas a Perón o al peronismo, más allá del subtitulado del diario, apelando a un sujeto. En el marco de una dictadura militar que no había impuesto los clivajes de censura que regirían con el decreto ley 4161, el semanario no se privaba de nombrar a las figuras y los símbolos más significativos del gobierno derrocado el 16 de septiembre de 1955.

De ahí en más, todas las señales se emitirían en la dirección de recuperar y preservar un sujeto, a veces una organización, casi siempre una identidad, y se dirigirían, preferentemente, al “pueblo”. Argumento “populista” si los hay, en el sentido de depositar en el sustantivo pueblo –en muchas ocasiones escrito en mayúsculas– virtudes y soberanías de comportamiento efectivas, y símbolo de lo auténtico. Frente a la falsedad de los “tribunos”, pues, aparece la idealización de un “pueblo” argentino inequívocamente identificado con el peronismo –una identificación que no era, de todos modos, expresa– objeto, por otra parte, de declaraciones de “amor” que serán una constante en el discurso de LA.

La prosa que intenta expresar esos contenidos es sencilla, reiterativa, hasta circular. “Este diario se reconocerá… por su pasión por el pueblo. Vivirá mientras lo aliente esta inspiración de vivir y existir para el pueblo. Nace para ayudar al pueblo a que se organice y oriente, porque organizándose y orientándose el Pueblo triunfará de sí mismo (sic) y frente a sus enemigos. Sentir la pasión del Pueblo no es ser demagogo. Demagogos son quienes le disputan la justicia, y quienes solapadamente se llegan hasta él con palabras de bien para inferirle el mal”. La apuesta no es teóricamente profunda, pero la vía emocional está incontestablemente referida al idealismo más definido: el pueblo es sujeto y depositario de virtudes que deben ser defendidas, aunque en ningún momento se alude concretamente a su contenido. La soberanía del pueblo reside en su “alma”, y engañar a esta, su esencia, es la verdadera demagogia. La pasión por el pueblo se define por el “desinterés”, la “abnegación” y “la sabia vigilancia de su verdadero bienestar, pero el “instrumento humano”, sin el cual de nada vale “arrimarse al pueblo”, es “el corazón”, que debe estar “puro y libre”. Las consecuencias de tales enunciaciones tampoco son un asunto claramente discernible en términos de proyecto político, aunque sí –nuevamente– pueden adivinarse. “Amar al pueblo es necesario: más que necesario, es indispensable. Amar con perfidia es una traición”, repiquetea la presentación que más adelante advierte “contra esos viejos zorros cebados, que solo quieren sustituirlo al pueblo y reemplazarlo y anularlo”. El pueblo, dice, tiene y goza en estos momentos de “sus conquistas”, y cuenta con “hombres buenos y sensatos” capaces “de organizar las filas y de templar las almas”. El texto editorial de presentación de LA termina, en mayúsculas, repitiendo el compromiso identitario con “el pueblo” (LA, 8-12-1955, “Pasión por el pueblo”).

El tercer renglón de la edición consiste en un argumento más concreto y, además, caro a las escasas publicaciones peronistas de la época: un llamamiento a la unidad obrera para evitar el “suicidio” del sindicalismo. Lo importante de la nota es que no se refiere a ninguna noticia concreta, inmediata, pero, al contrario de las deletéreas apelaciones al alma popular, expresa en los términos más nítidos un elemento central de la concepción peronista de la sociedad y de la política: se trata de la preferencia por la organización centralizada de la representación sindical, en detrimento de la pluralidad de representaciones sindicales que, so pretexto de libertad, debilitan a la clase trabajadora. En el mundo entero, comenta LA, “la clase capitalista (sic) ha auspiciado y fomentado la dispersión de las fuerzas obreras para quebrantar su moral y conseguir doblegarlas”. El contexto era particularmente sintomático al respecto, dado el asalto de los sindicatos por parte de parcialidades expresadas por dirigentes no peronistas que se había registrado en los primeros tiempos de la dictadura militar y la demanda de representación de las minorías –o de pluralidad sindical– que se estaba discutiendo en la opinión pública de entonces.[6] En este caso, lo concreto es la opinión y la definición del contexto: “En momentos en que el poderoso edificio sindical de la CGT amenaza resquebrajarse por las presiones de arriba y la obra de los sirvientes del capital”, invitan a meditar en relación a lo que ocurre, por ejemplo en Francia, país que cuenta con tres millones de afiliados sobre once millones de asalariados que, además, están divididos en tres centrales, la suma de las cuales –citan al diario France Dimanche– “no tiene influencia política verdadera ni poder económico real”. No hace falta nada más, sugieren, “para que el pueblo desoiga los cantos de sirena de los que invocan la libertad para negarla”. “¿Creen los obreros que podrán triunfar en sus peticiones cuando su masa se disgregue en socialistas, comunistas, católicos, oficialistas, libertarios, etcétera?”. Sin complejos ante los peronistas alegan, luego de presentar el referido panorama, que “tal será el de nuestro país si los trabajadores olvidan el viejo reclamo de la Internacional: ‘Proletarios de todos los países, ¡Uníos!’”. Sin complejos ante el resto de la opinión pública, por otra parte, certifican que “hasta ahora bastaba una orden para movilizar a la masa. De ahora en adelante serán necesarias asambleas, portavoces y mensajeros” (LA, 8-12-1955, “La desunión obrera es suicidio sindical”).

Se trata, como puede observarse, en todo lo que hace a las notas sin firma, de expresiones algo desprejuiciadas, o al menos desmarcadas de los cánones de la comunicación política: si la referencia a la Internacional no era por cierto lo más usual en el discurso obrero peronista, el segundo comentario parece el negativo –o el positivo– de lo que en el ámbito público presuponían los más celosos liberales y los más encendidos partidarios de la “democracia” sindical.

Una nota de Scalabrini Ortiz sobre la “Libertad de prensa” constituye el cuarto ítem de esta presentación y es también una de las constantes entre este tipo de medios. Allí, el autor de El hombre que está solo y espera y de la Historia de los Ferrocarriles Argentinos señala el derrotero aciago de El Líder, dirigido por José Antonio Güemes, donde escribió algunas notas “encaminadas a desenmascarar a los verdaderos promotores y a los verdaderos beneficiarios de las medidas que se adoptan con injustificada precipitación”.

Scalabrini sigue pues, en LA, aquella vieja pretensión de “iluminar el fondo de los acontecimientos argentinos” y, coyunturalmente, de advertir lo que está ocurriendo “tanto a los ciudadanos como a las autoridades”. En lo que respecta a la prensa escrita –tal el motivo de la nota– dispara que “no hay, en la ciudad de Buenos Aires, un solo diario que no esté directamente manejado por la diplomacia británica y al servicio consciente o inconsciente de sus conveniencias”. Y cuestiona la proliferación de revistas que contribuyen a la distracción y la escasez de papel para diarios, un condicionante que incrementa la influencia derivada de la Secretaría de Informaciones, lo cual, sumado a la intimidación policial, es capaz de refrenar toda “rebeldía” (LA, 8-12-1955, “Libertad de Prensa. Una nota de Raúl Scalabrini Ortiz”).

Incluso la recuperación de un documento histórico, una carta de Ovidio Lagos al general Justo José de Urquiza, va en la misma dirección que ilustra la contemporánea urgencia por estar en la calle en papel de diario impreso. En ella, que aparece en tapa en reproducción fotostática, Lagos le informa a Urquiza de las gestiones para adquirir una imprenta (LA, 8-12-1955, “Carta enviada por Ovidio Lagos al general Justo José de Urquiza”).

La fe en la palabra escrita, vieja herencia decimonónica, se revela, pues, como una nueva urgencia. Por entonces la radio y la incipiente televisión estaban en manos del Estado y no transmitían información política, algo que hacía aún más preciada esta comunicación y el objetivo de la sobrevivencia de un medio.[7]

La leyenda que precede a los títulos de la edición del 13 de diciembre, es sintomática, precisamente, de la precariedad de la circulación. Proclama, en inscripción elevada en tapa, “No estamos clausurados” (LA, 13-12-1955).

En un escenario en el que se habían multiplicado las investigaciones de delitos asociados al ejercicio de la función pública, algunas dinamizadas por comisiones ad hoc, nadie podía sustraerse a la consideración del tema de la corrupción que, por muchos meses, afectó a quienes habían ocupado puestos en la administración peronista (Ferreyra, 2018a y 2018b). Ni este medio, ni otros de similar filiación, plantearon un debate sustantivo al respecto, aunque varios comenzaron a denunciar no solo la política económica del nuevo gobierno, sino irregularidades administrativas en el mismo. En el caso de LA, la vía de crítica escogida en este comienzo “libertador” fue por demás moderada, y se colocaba en función de reclamar no menos, sino más y más extensa investigación sobre los eventuales delitos cometidos en detrimento de la hacienda pública. Es así que, ante la confiscación de bienes determinada para muchos de quienes tuvieron actuación pública desde 1943, opinaron sobre la injusticia de circunscribirla al periodo. Lo que cuestionaron no es, pues, que individuos y sociedades comerciales se hubieran visto alcanzados por la consideración de que los bienes eran “mal habidos” sino, por el contrario, el hecho de que la limitación de las confiscaciones haya dejado fuera de toda revisión lo ocurrido en los años precedentes. Así, afirmaban: “Al limitar al año 1943 la drástica medida, el gobierno ha restado a su decreto-ley una base moral que podría haber esgrimido ante futuras generaciones. Al no hacerlo, la revolución del 12 de noviembre se define como restauradora de los hombres, los hechos y las ideas que prevalecieron hasta 1943”. Es por eso que la nota, central en la hoja, lleva el definido título de “La revolución restauradora” (LA, 13-12-1955).

Posiblemente esta nota está inspirada en una previa de José Luis Torres, publicada en su periódico Política y políticos (número 2: 1, 1-11-1955, “Restablecer la justicia”). Dicha hipótesis se refuerza si tenemos en cuenta que el mencionado semanario es reconocido y anunciado en LA como periódico “compañero” (LA, 1, 8-12-1955). En las entregas previas nos hemos ocupado de verificar las distancias y acercamientos, las confluencias y las brechas vigentes entre las plumas y posiciones del nacionalismo y las de periódicos que, como LA, eran portadores de un fuerte e inequívoco registro peronista.

La clave discursiva –hasta donde puede colegirse la identidad– y sin lugar a dudas el estilo de LA, radican, no obstante y recurrentemente, en aquella apelación a las virtudes del pueblo llano. “Dónde residirá nuestra fuerza” es una nota que debe ser leída, entonces, como un programa editorial que, sin dejar de reflexionar sobre las posibilidades del medio de aparecer, de circular y hasta de influir, no apela sino al vínculo entre el papel y el pueblo. De ahí la contraposición entre los “diminutos tipos de grandeza”, asociados a la facilidad del poder y del dinero, y los sencillos comportamientos que constituyen la verdadera “grandeza” y que provendrán “del Pueblo”, todo esto en el marco de una apelación al lector amigo para difundir el medio “en los cafés, en las esquinas”, puntos de encuentro, en palabra de los editores, del “pueblo” con La Argentina (LA, 1, 8-12-1955).

La “Exaltación de la mujer criolla” es otra de las tantas excursiones ensayísticas del medio. Apunta a una suerte de tipo ideal pero también histórico, en la medida que postula conjugar a “esta mujer obrera de hoy” con “el pasado heroico de la mujer argentina”. La nota, en realidad tomada de una edición de Federalista del 10 de diciembre de 1955, celebra a la “obrera argentina, dignificada como ser, como hechura de Dios, sublimada en esa innegable gravitación en la sociedad, reconocida en sus derechos cívicos”. Ella “no teme sino a la traición que se disfraza de bondad y está dispuesta a luchar contra ella en todo terreno”. Ella garantiza el futuro de esta tierra, porque “¡sus mujeres se han convertido en cruzadas de esta santa llama de la argentinidad!”. Al rendir este homenaje, termina la nota, “nos inclinamos reverentes ante esa femineidad que por heroica es doblemente femenina” (LA, 1, 8-12-1955).[8]

A todas luces no se trata de un medio que capture noticias, sino de una suerte de testimonio identitario calificado por la presencia de Güemes, la colaboración de Scalabrini y la participación directa de Nora Lagos, que se dedica a comentar la realidad, con mayor o menor densidad analítica y con evidente modestia de recursos. Así, hablan del “intervencionismo del Estado” a raíz de las advertencias que el gobierno de facto ha formulado a los comerciantes que aumentan los precios –advertencias que saludan como positivas– sin perderse la oportunidad de ironizar sobre “el totalitarismo” y los contrastes entre un discurso, el de la libertad, y el de una práctica que –remedando las del gobierno caído– ha alienado el entusiasmo de los dueños de negocios. El tono deja de ser irónico y apuesta a lo cáustico cuando cuestiona las declaraciones demoprogresistas, según la sección titulada “Desayuno”, plena de contradicciones, también, entre la libertad y la realidad, en la medida que se refieren a la vigencia de la Constitución de 1949. La prédica pasa a ser contundente y directa cuando, en sintonía con lo anunciado en tapa, comentan las “Cobardías” de quienes han arrebatado de la vía pública las dos primeras ediciones del semanario (LA, 1, 8-12-1955).

Si respecto del tema de la corrupción se ubicaban en el punto recién comentado, la idea de reconocer yerros en la década pasada tampoco estuvo ausente de las apreciaciones, generalizadas en la época, pero generalmente ausentes en la prensa peronista. Como ocurriría con otros temas como el de la organización obrera –en el que por contraste se apuntaba al sentido positivo de una legislación laboral que era considerada poco democrática y corporativa– podían deslizarse apreciaciones respecto de la caída del peronismo, aunque la búsqueda de la comparación los llevara a escenarios remotos.

El cuestionamiento a lo que consideran un camino equivocado de política económica que redundaba en desocupación[9] podía, pues, solaparse con una clara asunción de lo que consideraban errores del peronismo en su enfrentamiento con la Iglesia y, sobre todo, cómo repercutió en la política. El sendero desde el que esto deriva es absolutamente inesperado. Una nota sobre al ataque inglés en Chipre a referencias religiosas de ese país –considerado un avasallamiento a la libertad propia de la política imperialista británica– reparaba en el hecho de que este hubiera tenido repercusiones relativamente menores –o no ha sido considerado en forma “pareja”– respecto de “cuando en nuestro país los errores de un grupo de exaltados sirvieron para alienar a parte de la ciudadanía y, sobre todo, de la opinión pública, en los últimos tramos del gobierno ‘vencido’ en 1955” (LA, 1, 8-12-1955. “¿Y ahora?”).

El número 5, editado el 21 de diciembre de 1955, tiene como nota central la que se titula y contiene, una vez más, una exaltación del “Pueblo”. En este caso, quien escribe equipara tácita y respectivamente a Judas y a Jesús con el antiperonismo y Perón –referido en nombre propio por vez primera– ya que el primero, en tanto que “dudaba de Él” habrá pensado que “Jesús está haciendo demagogia para atraerse a los niños”, del mismo modo que los que dudaban del ex presidente pensaban eso cuando éste acuñara aquello de que “lo mejor que tenemos es el pueblo” (LA, 21-12-1955, “Lo mejor que tenemos”).

La misma columna en la que en uno de los números iniciales apareciera aquella apelación tácita a la prescindencia del ejército en cuestiones partidarias, la ocupa ahora un título que refiere sin ambages a informaciones sobre “Secuestro de peronistas” fechadas recientemente en Uruguay, y agresiones a exiliados de este origen en pleno centro de Montevideo. El paso a una crítica más directa se evidencia asimismo cuando, en tapa y en página 3 del mismo número, se brinda amplia cobertura a las cesantías que se están produciendo arbitrariamente en distintas dependencias de la administración (LA, 21-12-1955, “Secuestro de peronistas” y “Otras cesantías”). Tanto en una como en otra noticia se ofrecen datos precisos, esto es, nombres propios y alusiones concretas a lo ocurrido, por primera vez desde la emergencia de un semanario que, a cada instante, especulaba sobre la dificultad para seguir apareciendo.

Otras notas –como las que se siguen incluyendo en la habitual sección de “Desayuno”– y otros títulos ensayan comentarios irónicos sobre la administración de la dictadura militar y las falsedades de un federalismo que es, juzgan, un “cuento” de los porteños (LA, 21-12-1955, 1, “Desayuno” y “Viveza federal”).

La sección gráfica, por su parte, arremete contra el economista Raúl Prebisch, aunque no en la línea en la que incurrieran otras publicaciones como El 45, donde Jauretche cuestionara los números, base de lo que luego aparecerá en forma de libro como oposición a una reprimarización de la economía nacional (Jauretche, 1955; Belini, 2018). Aquí se presenta al economista de la CEPAL “invitando cortésmente” a los comerciantes a colaborar con su “plan”, mientras esconde a sus espaldas un gigantesco garrote.

No obstante, nuevamente, el estilo entre épico y grandilocuente de José Antonio Güemes –que adivinamos en otras notas– impone una impronta de “ensayo” que es casi una marca de identidad. “Nada importa perder una batalla siempre que ganemos la guerra”, firma el ex director de El Líder y Federalista. Contrariamente a lo que podría suponerse, no habla de los medios y los fines de la resistencia, o de la necesidad de replegarse en política a la espera de tiempos mejores, o de derrotas recientes y coyunturales. El tema no es otro que la originalidad y alcance universal del “fenómeno argentino” que, sin usar nombres propios, Güemes remite a la experiencia del peronismo. Para el periodista, los lemas de “Justicia Social, Soberanía Política e Independencia Económica” constituyeron planteamientos humanistas de una “Nueva Argentina” que emergió en medio del “ocaso” de occidente: “Quien no haya sentido el dolor profundo de una Europa que se diluye en fracasos dolorosos no puede hablar de esta robusta latinidad que la revolución de 1943 hizo florecer en la tierra signada por la Cruz del Sur”. El autor a corregir –o complementar– no es otro que Oswald Spengler y lo que hay que oponerle es esta raíz latina en el sur de América y en la que, más allá de la grandilocuencia, empuja al lector a pensar en un peronismo, o en una revolución –la de 1943– en clave universalista. Excesos de enunciación o de lectura mediante, la segunda parte de la nota refiere más terrenalmente a la historia reciente de esta materialización. “¿Que se produjo un ocaso? ¡Bendito sea y en buena hora sepamos aprovecharlo! Ordenar las cargas en un descanso no significa terminar la marcha, así como perder batallas no tiene importancia siempre que se gane la guerra” (LA, 21-12-1955).

El miércoles 28 de diciembre de 1955, con la firma de “Aristarco”, LA editorializa sobre “La Falsa Democracia” enunciada y protagonizada por los “fariseos” que durante décadas el pueblo –“el pueblo, el noble pueblo argentino”– habría soportado y sufrido. El editorial construye operativamente una vulgata sobre las tradiciones fraudulentas de los años previos a 1946, pero ataca directamente el “escarnio” del “fariseísmo democrático” que tiene “su púlpito” para predicar esa falsedad que remite inequívocamente al presente: “Los viejos políticos, los que ahora se erigieron en consultores del Gobierno Provisional, lanzan enérgicas protestas democráticas. Pero el pueblo se pregunta, mirando a los candidatos, a los predicadores de la Democracia, (…) ¿es posible que tengan alguna autoridad?”. Como veremos enseguida, este editorial, tampoco portador de noticia alguna, fue determinante para el fin de la publicación y la suerte de su directora.

Reclaman en nota central una investigación sobre las inspiraciones y consecuencias de las políticas económicas que se están poniendo en práctica y que inexcusablemente tienen como víctima “al pueblo” y a los trabajadores, y enuncian en grajeas aparte la cotización de la libra esterlina, que ha pasado de 30 a 100 pesos entre el 16 de setiembre y la fecha de la publicación.

En otra densa y contundente nota, la pluma de Arturo Jauretche reza un “Rosario de los Trabajadores” que en el contexto de la elaboración de sus cuestionamientos a Prebisch saluda a “la inteligencia obrera y a su heroísmo” que contrasta con la “estupidez burguesa”. El mentor, crítico del “Plan Prebisch”, cultor, partícipe y protagonista como director de estas aventuras de prensa, exalta a LA, “una de las pocas expresiones argentinas del periodismo argentino” (sic) y no pierde oportunidad de señalar uno de sus argumentos preferidos, aquel que relativiza las limitaciones de dichos medios con la multiplicación de lectores de cada ejemplar: “Menos papel, menos imprenta, pero verdades buscadas y queridas” (LA, 28-12-1955).

La sección “Desayuno”, en tanto, es más extensa que en ediciones anteriores e incluye un popurrí de informaciones, impugnaciones y sarcasmos de tono animadamente antigubernamental.

El tono de decidida oposición que LA asumió ante el gobierno provisional derivó en su clausura el mismo día de la edición su séptimo número, el 28 de diciembre de 1955, y en el encarcelamiento de su directora que se prolongó durante cinco meses. Nora Lagos había sido secuestrada de su domicilio por fuerzas de la gendarmería sin mediar orden de detención y no podía ubicarse su paradero. Un recuadro titulado “Último Momento” informaba que funcionarios policiales se habían acercado a su domicilio para retirar ropa, a pesar de que su detención era negada en distintas jurisdicciones policiales y del ejército, y se anunciaba una concentración de grupos de obreros para ese mismo día, la cual que reclamaría una investigación para encontrarla y su consecuente liberación. La revista De Frente se solidarizaba con la causa, que comparaba con el caso Ingallinella que había tenido lugar durante el gobierno peronista.[10] Esta solidaridad entre las publicaciones que conformaban la prensa de oposición a la “Revolución Libertadora” estuvo muy extendida. Incluso, tanto en La Argentina como en Soberanía, las denuncias sobre la aparición de nuevos periódicos y sobre la persecución policial que sufrían eran frecuentes. Nora Lagos fue trasladada a la penitenciaría de Humberto Primo de la Capital Federal, donde trabó relaciones con algunas de las mujeres del Partido Peronista Femenino, ya que en esa cárcel se encontraban detenidas las representantes de la plana mayor del peronismo (LA, 8, 31-12-1955; De Frente, 95, 9-1-1956).

Apenas apareció un número más, el octavo, el 2 de enero de 1956, pero en forma totalmente clandestina y bajo la dirección de Luis Sobrino Aranda y Miguel Ángel Neyra, que también fue secuestrado.[11]

Igual destino, como hemos visto en notas anteriores, sufrió Miguel Güemes, quien al frente de Federalista intentó continuar al ya desaparecido El Líder durante diciembre de 1956 en un tono de declarada defensa de los intereses de la clase trabajadora.[12] Jauretche con El 45, Esteban Rey y Ramos con Lucha Obrera y los últimos intentos realizados por Prieto con De Frente. Para enero de 1956 la mayor parte de la prensa opositora ha sido silenciada.

 

Soberanía, continuidad y política

Soberanía fue un periódico de ocho páginas del que aparecieron 36 números entre el 14 de diciembre de 1956 y el 9 de diciembre de 1957, editados en Rosario bajo la dirección de Nora Lagos y buena parte de quienes colaboraron con LA hasta su clausura. Pocos son los ejemplares, hasta donde sabemos, que se han conservado en forma completa.

Luis Alberto Sobrino Aranda, Miguel Ángel Neyra, René Bertelli, Roberto Moya, Luis Rueda, De Trizio (El Chacho), Juan Puigbó, Walter Vezza, Fausto Eduardo López, Martin Tacuara y Víctor Mainetti integraron su redacción, los primeros cuatro de los cuales habían participado, como hemos visto, del medio anterior (Carman, 2015: 623). La continuidad con LA no se puso en evidencia solo en términos de dirección y equipo de redacción, sino también en formato y estilo, encuadrando ambas series plenamente en lo que puede considerarse prensa de la “resistencia peronista”. Aunque editó más números y permaneció en circulación más tiempo, tuvo un itinerario parecido al de su precedente, tanto en lo que se refiere a la represión de que fue objeto como a dificultades de otra índole que derivaron prontamente en una reducción del tamaño.

Tuvo, también, secciones fijas dedicadas a “Gremiales”, otras dedicadas a la reflexión o a la afirmación editorial –“De Dónde Venimos… Adónde Vamos”. Y, de modo más definido que LA, otra dedicada a lo que publicaban otros medios, titulada en este caso como “La opinión nacional”, similar a “revista de prensa” de Mayoría o Azul y Blanco. Sus páginas fueron, recurrentemente, vehículo de denuncias de peligros o noticia de clausuras respecto de estos medios durante la “Revolución Libertadora”, y en más de una ocasión proclamaron o explicaron sus propias dificultades y reapariciones.

La edición del sexto número es, en este sentido, reveladora. Informa en tapa que se halla preso el director de Qué, Frigerio, y detenido el de Consigna, por violación al decreto 4161. En otro lugar, pero también destacado, anuncia la nueva reaparición de Palabra Argentina, a la vez que la llegada de Soberanía a otras regiones como Córdoba y Paraná (Soberanía, martes 6-1-1957). Fue, por contexto o por la singularidad de las denuncias, ocasión del secuestro de la edición e inmediata clausura del periódico que ya estaba siendo procesado por infracción al Decreto 4161.

En un orden distinto de observaciones, podemos identificar otro de los elementos de continuidad con LA. El editorial, exaltación de la “Epifanía del pueblo”, llega a niveles de barroquismo extremo: “Nuestra historia es santa y tiene ese perfume dulce y triste de las antiguas leyendas” (Soberanía, martes 6-1-1957). La sobrecarga de la prosa se corresponde con la referencia, inequívoca para lector, a un pasado feliz que “será contado por nuestros abuelos” y que se compone de fiestas de “el pan dulce” y “la sidra”, y también de “el lavarropas, la heladera o el combinado en la casita de los sueños”. La originalidad –casi la excepcionalidad, entendería el lector– de dicha experiencia operaria por contraste con lo que contemporáneamente ocurría en el mundo que contempla a un pueblo “pequeño” en años, pero beneficiario de una historia que ha esquivado los “extremismos” y que lo hace, a futuro y con precisamente con referencia a esa historia, su “Salvador”. La equiparación de la noción que podríamos sintetizar, nosotros, en la idea de Pueblo Salvador, vuelve al tono de un editorial previamente comentado de LA en el que no faltaban las comparaciones bíblicas o religiosas, volcadas siempre en el molde de enaltecimiento de un sujeto colectivo, el “Pueblo”. Este pueblo “soberano de paz y justicia” ahora está prisionero, está “en una gruta. Digamos, en las cárceles repletas, en los campos de concentración, en los hogares desmantelados, vigilados en la calle, seguidos sus pasos, baleados en sus reuniones, fusilados en la alborada, despedidos, silenciados, traicionados, acosados”. El énfasis en el consumo pasado, pagado con “pesos” que no servían del mismo modo, explicita, fuera de ese ámbito idílico y original –o excepcional–, permanece en un contraste que se formula en términos de conciencia elevada y de cercana materialidad, de recuerdo y de redención.

El 6 de enero de 1957, día de Reyes, Soberanía declama: “Niños de los hogares argentinos, vosotros sois la esperanza”, y el contraste, y la esperanza, se cifran simbólicamente en los “juguetes hermosos” que ya no se pueden comprar, “ni el trencito de cuerda, ni la caja de soldados, ni la vistosa muñeca parlante, ni el colorido carro del vasco lechero, ni el monopatín, el automóvil o la bicicleta… porque apenas tienen ya pan para llevar a vuestras bocas. Pero mientras dormís, sonriendo, ellos, vuestros padres, escribirán en un trocito de metal la palabra de la esperanza pintada de alegres colores… y pasarán la noche… pensando en los oscuros ausentes de la familia y en los luminosos ausentes del cielo”.

El contraste señalado de modo tan afectado no deja de alcanzar a otros símbolos plenos de una materialidad más abarcativa que la que fuera pretextada en ocasión de las tradicionales fiestas. Puntualmente, continúan una nota que había comenzado en el número anterior referida a la necesidad de preservar el término “Nacional” en la denominación de los ferrocarriles argentinos, y propugnan una actualización de otro ícono de la tradición peronista, como es el Estatuto del Peón (Soberanía, 6-1-1957, “Nuestros ferrocarriles sin la palabra Nacional”, “El Estatuto del Peón debe ser reactualizado”). La sección “Desayuno”, también en tapa, termina de hacer claramente reconocible en formato y contenido, la continuidad con LA, y allí las notas vuelven a ser cáusticas en comentarios sobre la presunta y oportuna conversión al peronismo de parte de Frondizi, el contrasentido del conservadorismo popular de Solano Lima y la apuesta al ridículo de los dirigentes políticos partidarios de la “Revolución Libertadora”.

En el quinto número de Soberanía se observa un intento por visibilizar la situación de las representantes del Partido Peronista Femenino que se encontraban detenidas y bajo la vigilancia de las monjas de la Orden del Buen Pastor, destacándose que algunas lo estaban desde hacía ya catorce meses (Soberanía, 5, 14-1-1957: 2).

El 11 de marzo de 1957, “De Nuevo en la Lucha”, tal su propia representación, Soberanía vuelve a aparecer luego de haber sido levantada la clausura. En realidad, la rehabilitación se había producido ya el 17 de febrero, pero –explican– no lograron salir antes por falta de medios. El precio del papel es, además, prohibitivo. La edición de estas hojas mantiene un precio de 1,50 pesos, y LA había aparecido, poco más de un año antes, a un peso el ejemplar.

Nora Lagos escribe en primera persona y en un tono de transparente complicidad con el lector presupuesto: “Ya ven, somos consecuentes con nosotros mismos. Soberanía comenzó con un tamaño, ahora tiene otro y salimos hoy martes 12 con fecha de ayer lunes 11… Seguimos igual que en La Argentina, prometiendo aparecer de una manera y al final aparecemos, como podemos”. El cambio a formato tabloid se explica, también con cierto tono de humor, en base a la conveniencia de lo que afirmó “un compañero” al enterarse, en el sentido de que era mejor tener un diario “de bolsillo” (Soberanía, 11-3-1957).

La idea de provisoriedad no es gratuita en el medio que remeda a la LA, añadiendo a su denominación un lema permanente como “En una Argentina Justa y Libre”. En la misma edición se refieren a la nueva clausura de Consigna, el “hermano de lucha con el que nos unen lazos de argentinidad”. Según Lagos, la apelación a dicha fraternidad suscitó la especial animadversión del ministro Landaburu. De acuerdo a lo que deja trascender la misma nota, Consigna reaparecería próximamente como Señal, reproduciendo una lógica –o, mejor dicho, un recurso– a la que, hemos visto, se apelara en otros casos: El Descamisado y la misma LA.[13]

El papel que les queda lo imprimen en el inalterable molde conceptual. Dejando de lado el asunto de si la convocatoria a elecciones para la Asamblea Constituyente es legal, el asunto es que en la asamblea “se hará fraude”, ya que distintos sectores militares y políticos están pensando, según Soberanía, en que la misma proceda a elegir al próximo presidente de la Nación.[14] Producidas las elecciones de julio, menos de una semana después, Soberanía apeló a titulares eufóricos y de tono francamente populistas, pero que tácitamente aludían al problema de la ambigua contabilidad del “recuento”: “¡Somos más que antes! El pueblo les puso la tapa”, en la edición del lunes 5 de agosto de 1957.

La interpretación es, pues, casi siempre extrema, ya se trate de las previsiones de asuntos políticos, como el aludido, o de las consideraciones respecto de las medidas de promoción de los territorios patagónicos liberados de impuestos a la importación de productos destinados a consumirse en la región. Esta última medida, comentada por toda la prensa, dado que a la vez que un abaratamiento de la vida en el sur conllevaba varios riesgos, incluyendo el de contrabando dentro del mapa nacional, significa, para Soberanía, “una entrega lisa y llana al capital extranjero” (Soberanía, 5-8-1957, “Inglaterra nos gobernará desde el paralelo 42”). “Pamela” es autora de una sección titulada “Nuestra bruja predice”. Un diálogo humorístico entre ella y otros personajes como “Jijima” –una bruja oficialista, “media socialistoide”–, “Juanita” y “Depuesta”, que revela los entretelones de la clausura de varios periódicos y la existencia de zonas grises en la política que condicionaban la circulación de los medios no oficialistas (Soberanía, 5-8-1957: 2).[15]

El “Allanamiento de una Iglesia del barrio de Saavedra” es comentado profusamente. Sabemos nosotros y no dice el periódico que el referido templo, en el que tenía su parroquia Hernán Benítez –quien fuera confesor de Eva Perón y, contemporáneamente, director de Rebeldía–, era visitado por peronistas, ya que éste estaba muy relacionado con la actividad de los proscriptos.[16] La crónica de la noticia refiere “lo que la cadena uniforme y adulona de diarios no dice”, esto es, que “la Revolución Libertadora ya ha comenzado a allanar iglesias”. En la madrugada del 26 de febrero se realizaron dos procedimientos a cargo de una comisión de “exploradores” presuntamente integrada por marinos y comandos civiles. Según Soberanía, luego de indagar entre los vecinos y transeúntes, entraron a la sacristía y aunque trataron bien “al ocupante del templo” no hicieron lo propio con los objetos del culto. Aunque señala que en ellos “no se encontró nada más que lo que lógicamente se puede encontrar en la Casa de Dios”, el problema se suscitó en que, contra la voluntad de Benítez, “leyeron y releyeron… todas las correspondencias de dirección espiritual y confesión”. Haciéndose eco de las preocupaciones del cura, a quien además le faltaron cuarenta pesos en monedas provenientes de donaciones de los fieles, señalan que, como se le impidió al padre la presencia en tales operaciones de comando, ignora qué se pudo haber introducido” (Soberanía, 11-3-1957, “Ni se salvan las iglesias”).

En sintonía con lo que ocurriera con otros medios opositores, Soberanía dedica una sección a “La opinión nacional”, en la cual suelen comentarse dichos, noticias y aun solidaridades. Aquí comentan y dialogan particularmente con Qué y Azul y Blanco. En relación a este último semanario, dirigido por Marcelo Sánchez Sorondo, al que encuadran como “Nacional católico”, por ejemplo, saludan el señalamiento en sus páginas de “la falta de rubor” de una dirigencia socialista que guarda silencio ante los despidos (Soberanía, 11-3-1957).

En medio de noticias generales y específicas sobre la actividad gremial –un tópico obligado en la prensa opositora de la época– celebra la llegada de la prensa de la resistencia peronista de Rosario, por vía, precisamente, de Soberanía, al Gran Buenos Aires.[17] A la par que siguen defendiendo la dureza de la resistencia obrera y que cubren en detalle acontecimientos gremiales, dedicando una nota a cuestionar la intervención de la UOM, advierten explícitamente que “Los trotskistas se infiltran en las filas del pueblo” (Soberanía, 11-3-1957: 4). Con la firma de Luis Sobrino Aranda, una larga nota explica la clausura del 18 del mes próximo pasado y plantea un litigio con el ministro Landaburu (“Una pausa forzosa”).

En diciembre de 1957, Soberanía, como otros medios de la resistencia, advierte sobre la “Trampa en Febrero” y considera que concurrir a elecciones es convalidar la usurpación (Soberanía, 9-12-1957). La oposición al gobierno provisional y las advertencias respecto de los riesgos de participar de manera subsidiaria en la elección de febrero –que como sabemos ponía en juego todos los cargos electivos en todos los niveles de representación y, en tal sentido, significaba una tentación a las postulaciones neoperonistas– no eximía de la búsqueda de un norte aglutinador de las fuerzas proscriptas, aun en medios que, como los rosarinos, se habían mantenido deliberadamente al margen de toda especulación sobre realineamientos internos y especialmente sensibles, hasta el momento, en su función de crítica y de afirmación identitaria. Es así que, en tapa, Oscar Albrieu es presentado y destacado como un luchador formado en la línea de la más completa ortodoxia partidaria, y trascriben, con foto central, un texto a través del cual el propio ex diputado y último ministro del Interior de Perón reclama la unidad del peronismo.

La búsqueda de legitimidades heredadas no termina allí. Así como otros medios –Qué y Mayoría, entre ellos– llegaron a promocionar concurrencias por parte de figuras “neoperonistas” como la de Juan Atilio Bramuglia, y aun la necesidad de agruparse en torno a los herederos del partido, particularmente alrededor de Leloir (Pulfer y Melon Pirro, 2019a), Soberanía recurre también, en recuadro de tapa y sin foto, a las declaraciones del también recientemente liberado y último presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, Alberto Rocamora (“No seremos cómplices de la farsa”).

“¡Ojo con ciertas flores!”, a propósito de una nota de Mayoría en la que diferencian a los peronistas que quieren la salida electoral de los que “permanecen fieles a las directivas caraqueñas” –algo en lo que también participa Qué, y a su modo, Azul y Blanco– el periódico de Lagos recuerda que el equipo de Mayoría es el mismo de Esto Es, es decir, en la memoria de los peronistas aquel medio de sinuosa trayectoria que, con Jacovella, había tenido su momento de fervor antiperonista apenas amanecida la “Revolución libertadora” (Pulfer y Melon Pirro, 2019b). Las “flores”, ahora el medio, que seguía contando con la misma dirección de entonces, las dirigía a los peronistas moderados encabezados por Alejandro Leloir.

El tono doctrinario es definidamente peronista. No demasiado elaborado, pero claro en la expresión de los tópicos clásicos y en la explotación de las denuncias a la “entrega” al capital extranjero, algo que suele vincularse con el deterioro en las condiciones de consumo y empleo de los sectores populares El comercio multilateral es considerado “una vieja trampa del imperialismo” –un término caro al nacionalismo y a algunas izquierdas– aunque en la misma página formulan –en continuidad con señalamientos anteriores respecto de la infiltración trotskista– una “Advertencia para comunistas” interesados en participar de un próximo acto organizado por la CGT (Soberanía, 9-12-1957).

Otro punto en común con varios medios de la resistencia es la solidaridad con la prensa que sufre las clausuras o confiscación de ediciones, o el procesamiento de sus responsables, sin dejar de alentar la circulación de propios y afines. En un apartado recuerdan que “Sigue preso Massouh, de El Guerrillero” y en otro recuadro piden “agentes” de distribución en una lista de localidades a las que aspiran llegar.[18]

La línea que se afirma en congruencia con la mayor parte de la prensa de la resistencia, además de la del rechazo a la concurrencia electoral, es la de seguir promoviendo la unidad y la intransigencia del movimiento obrero, como decíamos recién, pronto a protagonizar un gran acto en el Luna Park.

 

Palabra Prohibida

Desde “la capital del peronismo” sale otro periódico de la primera “resistencia”, dirigido también por Luis Sobrino Aranda. Aparece editado en un formato de 29 por 41 centímetros, con cuatro páginas y con el anuncio de una periodicidad semanal. Su nombre, Palabra Prohibida, aparece sobreimpreso a tres banderas –podemos inferir que refiere a las justicialistas– y a una fecha, 1945, correspondiente al 17 de octubre, fecha mítica de inicio de ese movimiento.

Colaboran en el mismo Hugo Ibáñez, Edelmiro Ponciroli, Guillermo Malm Green, Clodomiro Galíndez Vega, Juan Bernardo Iturraspe, Ángel Brovelli, Carlos Vicente, Fernando Muñoz, Carlos Orazi, Hernán Pérez Amuchástegui, Zulema Pracánico, Lina Carlino y los porteños Hernán Benítez, Osvaldo Méndez y Raúl Jassen. Muchos de ellos habían participado ya en Soberanía.

Sus primeros diecinueve números fueron dirigidos por Sobrino Aranda. Los dos siguientes aparecen bajo la responsabilidad de Carlos Terré. Las fechas extremas son 19 de julio de 1957 al 13 de febrero de 1958.

Palabra Prohibida –en adelante, PP– se considera parte de la “resistencia peronista” y en particular de “los sectores más duros que la piedra misma”. Por las fechas podemos inferir que aprovecha los resquicios de la convocatoria electoral para la convención constituyente. Por otra parte, tiene la intencionalidad de favorecer el voto en blanco. Tras las elecciones de julio de 1957 titulan: “Venció el peronismo. Se realizó el fraude pre-electoral y en padrones”, en mayúsculas en la tapa del semanario (PP, 3, 2-8-1957). Su director, Sobrino Aranda, de manera inmediata pasa a la clandestinidad porque tiene orden de captura. Esa es la razón por la que en la primera página aparece el editorial titulado “Desde un punto del país escribe el director”, similar a lo que está obligado a hacer Tulio Jacovella en Mayoría.

Entre las secciones del semanario se destaca “Ungüento gorila”, en el que se consignan situaciones adversas al gobierno militar y los hechos represivos encuadrados en la aplicación del decreto 4161.

En el número 6 realizan un reportaje exclusivo al doctor A. Leloir, alojado en la Penitenciaría Nacional (PP, 6, 23-8-1957). Adhieren a la convocatoria realizada por Tulio Jacovella para constituir la “Asociación de la Prensa Libre”. A partir de ese número consignan en contratapa un “cuadro de honor” dando cuenta de la gran cantidad de periódicos clausurados y periodistas detenidos y procesados.

Por ese tiempo reciben una carta de Cooke que reproducen íntegra:

“Sr. Director de Palabra Prohibida, Dr. Luis Sobrino Aranda:

Por intermedio de Palabra Prohibida, valiente vocero del auténtico pueblo de la Patria, hago llegar un saludo fervoroso y emocionado a los altivos santafesinos, dignos descendientes del gran Estanislao López y que, una vez más, han demostrado su insobornable vocación de hombres libres. Pese al aparato de represión y a las voces confusionistas, los hombres y mujeres de Santa Fe, remontándose por canales históricos a las puras fuentes de la nacionalidad, han demostrado su inquebrantable voluntad de mantener incólumes los principios de Soberanía Política, Libertad Económica y Justicia Social. Frente a este ejército de voluntades nada ni nadie podrá destruirnos. En este ejército, Rosario será símbolo y paradigma. Dije recientemente que al país le duele una ausencia. Esa ausencia es ahora presencia para el pueblo y vigilia llena de espanto para el Grupo de Ocupación. ¡Tierra de Santa Fe! ¡Tierra de Montoneros! Muchas horas de lucha nos esperan. Pero con corazones como los vuestros, no podemos dudar del triunfo final y definitivo. Así lo exige la Patria, así lo reclaman nuestros muertos. El honor y la verdad están con nosotros. La victoria es nuestra compañera. La intransigencia absoluta, nuestra bandera. John W. Cooke” (PP, 6, 23-8-1957). En el número 7 le realizan una extensa entrevista al delegado John W.Cooke en Santiago de Chile. El título: “Cooke destruye a los oportunistas” (PP, 7, 30-8-1957).

Como casi todos estos medios, los semanarios rosarinos fueron aventuras personales o empresas animadas por un número reducido de activistas, y lejos estaban de haber surgido o estar coordinadas por un “centro”. No obstante, como puede observarse, en la segunda mitad de 1957 es notorio el reconocimiento a la conducción en el exilio y, en este caso, a la persona de John William Cooke. El mismo Cooke había escrito a Perón por la misma fecha, celebrando el encuadramiento de los medios rosarinos con la organización de la resistencia: “Soberanía: después de muchas conversaciones, el periódico se ha puesto en la línea. Su directora es Nora Lagos, y quienes actualmente lo hacen son sinceros peronistas. (…) En esa sociedad hubo rencillas de carácter privado, que dieron por resultado otro hijito peronista: Palabra Prohibida. Si alguna desviación tuvieron, no creo que haya sido por falta de ortodoxia, sino por mala información y por poca envergadura y experiencia periodística; sale en Rosario y se vende también en Buenos Aires. Palabra Prohibida: su Director, Sobrino Aranda, es el puesto en línea” (carta de Cooke a Perón, 25-8-1957, Perón y Cooke, 2007, II: 288). De todos modos, como podremos observar enseguida, algunos de estos medios y particularmente PP no dejaron de mostrar una significativa autonomía a la hora de propiciar las salidas políticas que consideraban más convenientes.

Desde el número 8 lanzan una serie de notas escritas por “el abogado de los exiliados argentinos”. Titulan en tapa: “¡Exclusivo! C. Vicuña, abogado de los exilados peronistas, denuncia las vejaciones que padecieron”: “Penthotal, promiscuidad, torturas y chantage (sic), fue la obra de la libertadura”. Reproducen un reportaje a Perón realizado por la United Press. El Cuadro de honor de la prensa perseguida sigue engrosándose. Reclaman por Walter Vezza y Juan Puigbó que siguen detenidos en Caseros. En el Editorial el director manifiesta que “¡Es una traición!” al Movimiento Peronista querer constituirse en “herederos y formar un nuevo partido cuando este ya existe” (PP, 8, 6-9-1957).

En el número siguiente, siempre con el recurso de la columna a cargo de Carlos Vicuña, del abogado de los exilados peronistas, se siguen denunciando los tratos inhumanos que habían sufrido cuando estaban detenidos en el penal de Ushuaia (PP, 9, 13-9-1957).

El lenguaje de PP es fuerte, definido, contundente. En recuadro aparece el poema “El Simio Acuático”, orientado a Rojas: “con la sangre de junio salpicado, el repugnante hocico de la hiena”. El director anota: “Nuestra única alternativa: lealtad o traición”.

En el número 10 realiza su profesión de fe manifestando que está “con la línea dura de nuestro movimiento. O sea, la que, sin comentarios, ni críticas, ni baboseos, pero firme, serena, fanáticamente, exclama y entiende un solo grito: intransigencia o muerte. Opuesta a ella está la línea blanda, o sea la que admite soluciones a espaldas de los jefes naturales y del pueblo; la que pacta, la que se entusiasma ante las próximas elecciones” (PP, 10, 20-9-1957).

En la entrega siguiente coloca en tapa: “El pueblo de pie. Homenaje a nuestros caídos, el 17 de octubre”. A continuación, convoca a acompañar a Susana Valle, Celsa S. de Cano y Nélida T. de Cortínez a depositar una ofrenda (PP, 11, 27-9-1957).

Reaparecen con el número 13 denunciando los secuestros de las ediciones. Unido a ello relatan las dificultades e impedimentos sufridos para la realización del proyectado acto del 17 de octubre: “¡El gorilaje cipayo gobierna el país! No dividir” (PP, 13, 17-10-1957).

“Al ser ahogados económicamente los editores, desde el número 14 (25-10-1957) se imprime una hoja tamaño sábana en donde se mantiene la agresividad en los titulares contra la Libertadora y además se afirma que ‘aún a mimeógrafo pero seguiremos apareciendo’” (Carman, 2015: 499). Denuncian secuestros de tres ediciones y explican que “cambiamos de presentación y de formato, sabiendo que nuestros lectores sabrán comprender de sobra todos los motivos que a ello nos llevan”. “¿Es Edelmiro J. Farrell la esperanza?”, se preguntan al tope de la tapa. Denuncian la detención del director de El Hombre, Leopoldo Alcari. Resaltan el festejo del 17 de octubre, que “a pesar de las amenazas, pese a los comandos civiles y sus armas, pese a la cárcel y al bárbaro 4161, pese a todo ello, ganó la calle en cada uno de los rincones y de las plazas de la República”. En contratapa aparece una solicitada firmada por Hernán Benítez titulada: “Déjenme en paz”.

El número 15 levantan la figura de Edelmiro Farrell “para un gobierno provisorio de unidad nacional” (PP, 15, 15-11-1957), en consonancia con un reportaje que por esa época la realiza Mayoría en la Capital Federal. En una entrega posterior (PP, 18, 16-12-1957) alega que Albrieu, Benítez y Leloir son “bastiones de la unidad proscripta”.

En ese tiempo Mayoría se hace eco de las intimidaciones y persecuciones que sufre Sobrino Aranda. Una nota de contratapa acusa al comisario Cámara de hostigamiento. Ese proceder, según el semanario capitalino, obedece a la sanción aplicada al agente policial por torturas a instancias del joven Aranda (Mayoría, 35, 2-12-1957, “Comisarios perseguidores de periodistas libres”, contratapa).

Ya en el año 1958 intensifica su crítica a Frondizi: “Votar por la UCRI es traición. Perón no apoya a Frondizi”, y agregan: “Lo definió como un ‘enano mental’”. Aboga por el voto positivo a favor de un candidato neoperonista en el editorial del director que lleva por título: “¿Dónde está la orden que manda votar en blanco?” (PP, 19, 27-1-1958). En esta entrega aparece la “Columna femenina” a cargo de Zulema Pracánico, y Raúl Jassen escribe sobre “El patriotismo de las señoras gordas”. El semanario alberga a representantes de la “Juventud Nacional Popular”, recientemente constituida en la Capital Federal, llevando a la subdirección a su secretario de organización Guillermo Malm Green y reproduciendo un manifiesto reciente.

El número 20 será dirigido por Terré y ya está cooptado a la causa de Atilio Bramuglia. Aparece un extenso reportaje al excanciller de Perón devenido en figura de la Unión Popular. El número 21 sigue con su apoyo a la Unión Popular y la cobertura de sus actos.

Sobrino Aranda se orienta ahora a dirigir el periódico Rebeldía y la revista Volveremos. Esta última, en su única entrega, resalta la figura de Hernán Benítez y coloca en tapa una foto de Leloir, a quien sigue para la coyuntura electoral de febrero de 1958.

 

Mirada retrospectiva

Uno de los protagonistas de estas empresas sucesivas, Luis Sobrino Aranda, publica un libro en el año 1959: Después que se fue Perón.

Resulta interesante realizar la transcripción de las líneas referidas a cada uno de los medios reseñados a modo de recapitulación y de registro de la representación del momento acerca de ellos. Al hablar de La Argentina dice: “Con escasos días de diferencia salen a la luz tres periódicos opositores al gobierno. La Argentina, Palabra Argentina y El Federalista. El primero apareció en Rosario el 8 de diciembre de 1955. La responsabilidad de su dirección fue ejercida por una mujer: Nora Lagos, quien había dirigido La Capital, vieja institución periodística de la provincia de Santa Fe. El coraje de esta luchadora se contagió por todos los confines del país y el periodismo opositor ofreció una lucha de guerrillas que cuando no ridiculizaba al provisoriato, denunciaba, en tono exaltado y patriótico, sus crímenes y sus abusos. Nora Lagos fue encarcelada el 28 de diciembre (1955) después de editar el séptimo número de La Argentina y soportó 150 días de prisión. Fui su colaborador conjuntamente con Miguel Ángel Neyra, Raúl Scalabrini Ortiz, Ignacio Villamil, Luis Rueda y Roberto Moya. En el octavo número ejercí conjuntamente con Neyra la dirección, pero a raíz de la clausura que nunca se levantó, La Argentina despareció definitivamente” (Sobrino Aranda, 1959: 20).

Sobre Soberanía refiere: “El veintiocho de mayo (1957) Nora Lagos había obtenido su libertad, meses más tarde yo lograría la mía. En una entrevista que tuvimos en su casa, quedó convenida la aparición de un semanario que continuaría la prédica del clausurado La Argentina. Soberanía fue su nombre, la dirección estaría a cargo de Nora Lagos, mientras que la propiedad me pertenecería. Con nosotros estaba otra vez la misma muchachada de siempre: Víctor Mainetti, Roberto Moya, Miguel Ángel Neyra, Luis Rueda, a los que se agregaba el escribano De Trizio, que actuaría con el seudónimo de ‘El Chacho’. Más tarde colaborarían los destacados luchadores porteños Juan Puigbó y Walter Vezza. Desde el primer número conocimos nuevamente los sinsabores que brinda el periodismo opositor. Secuestros, persecuciones y hasta amenazas a quienes lo vendían. Al llegar al sexto número, una orden firmada por el entonces ministro del Interior ordenaba su clausura por infringir el Decreto-Ley 4161/56. Conjuntamente con nuestra hoja se clausuraba Consigna, de reciente aparición y Palabra Argentina. Era el mismo ministro que había declamado en más de una oportunidad sobre la libertad de prensa. Era el mismo ministro que había sostenido que ‘un país sin libertad de expresión era la negación de toda manifestación de civilización contemporánea’. Más nada nos sorprendía, Landaburu era otro libertador más, con sus cuentos y sus bajas pasiones… él también merecía en el fondo un poco de nuestra compasión. Su odio lo llevaba a negar su cultura universitaria, sus creencias religiosas y aún sus mínimas normas morales. Cuando lo entrevisté, vi reflejarse en él su odio de clase, registraban sus ojos los mismos sentimientos que observé en Kutzerman la noche en que torturaba a Campos. Una crisis interna de gabinete derrumba a Landaburu y coloca en su lugar al doctor Alconada Aramburú, quien apenas asumido en sus funciones proclama el imperio efectivo de la libertad de prensa. Su subsecretario, el doctor García Puente, ejecuta las medidas pertinentes y de tal forma Palabra Argentina y Soberanía ganan nuevamente la calle, que entonces ocupaba exclusivamente Azul y Blanco. Poco duraría la proclama del nuevo ministro, ya que si bien no se clausurarían más hojas opositoras (un paso adelante de Landaburu), los secuestros de ellas –medio de destrucción económica– demostrarían que este nuevo ministro en poco difería de su antecesor… Una vez que Soberanía vuelve a su ciudad natal entendemos que debe desaparecer y entregamos el rubro al doctor Terré, quien solo la edita tres números más, después de realizada la transferencia (30 de enero de 1958)” (Sobrino Aranda, 1959: 20 y 51).

Sobre PP dice: “Palabra Prohibida nace en Rosario, como deseo de mantener en esa ciudad un vocero auténticamente Peronista. Soberanía había perdido la dirección de Nora Lagos que se hallaba exiliada en Paraguay y por ende dejaba de editarse en la Chicago Argentina. La dirección me perteneció y actuaron conjuntamente conmigo: Zulema Pracánico, Lina Carlino, Osvaldo Méndez, Raúl Jassen, etcétera” (Sobrino Aranda, 1959: 51).

 

Conclusiones

Estos medios tuvieron una circulación más restringida que, por ejemplo, Palabra Argentina y Rebeldía –semanarios que tenían la ventaja de editarse y distribuirse desde Buenos Aires– y fueron menos “centrales”, por supuesto, que Línea Dura y Norte, que serían elegidos o utilizados, como hemos visto, para “comunicar” desde el peronismo. La Argentina, Soberanía y Palabra Prohibida acompañaron, desde Rosario y con un alcance creciente, las primeras etapas en las que los peronistas, desde un llano ajeno o expectante, hicieron un culto de la palabra escrita.

La aventura de LA y de Soberanía fue mucho más que eso. Tanto desde el punto de vista de su inclusión decidida en la categoría de “prensa de la resistencia peronista”, como en lo que de original tuvo su línea editorial y su discurso, Nora Lagos, heredera y tránsfuga de La Capital, escribió un capítulo notable de una lucha que, con la carencia de medios referida y en circunstancias harto adversas, combinó la “pasión por el pueblo” con la urgencia de la palabra escrita. El pueblo es algo puro, que no necesita redención porque es –todavía– dueño de sus conquistas, afirma. Si bien es el sujeto de la historia en tanto heredero de tradiciones viejas y nuevas, no debe ser engañado y merece la verdad del corazón. Su pureza no ha dejado de hacerlo, no obstante, víctima histórica de la oligarquía… En el tono se adivinan resonancias “populistas” en un sentido que no es el de nuestra contemporaneidad, sino, más bien, pariente lejano de aquel primero que en la historia de las ciencias sociales reconocía su inspiración en la experiencia de los intelectuales rusos que exaltaron las virtudes de la cultura y modo de vida tradicionales del campo. No hay, a diferencia de aquella actitud, una derivación hacia la apuesta de encontrar en la necesidad virtud, esto es, en pensar en las condiciones del “atraso” y en la vigencia de formas comunitarias la posibilidad de esquivar el capitalismo para construir un sistema social propio.

No lo hay, y las comparaciones terminan aquí, porque en La Argentina la Soberanía popular se materializó en una experiencia concreta que, lejos de buscar ejemplos extranjeros, es capaz de dar los propios por contraste con la “decadencia” occidental –diría Güemes, a quien citamos– y cuya sola recuperación por “el pueblo”, a futuro, es la esperanza de la patria. El pueblo se define no solo idealmente, sino por oposición a “nuestra aristocracia y a nuestra burguesía” –según LA y luego, con más política y menos ensayo, Soberanía– de carácter y formación “extranjerizante”, y sus virtudes –entendemos, de signo opuesto, las de las clases populares– la seguridad última de la Patria.

Es claro que el argumento sobre las maniobras de una “clase capitalista” empeñada en fomentar la división del sindicalismo no está formulada desde una perspectiva de izquierda, ni suscripta a un saber formado en un lenguaje afín al de los letrados de la cultura política. No por eso es menos consistente ni menos articulada, en este caso, en una propuesta: el mantenimiento del sindicato único por rama de actividad, algo que los antiperonistas habían considerado expresión del corporativismo peronista y que, no obstante, la nueva Ley de Asociaciones Profesionales terminaría sancionando.[19]

Soberanía disputó en otro tiempo, proceloso en definiciones, por eso a la continuidad testimonial añadió la intervención más directa en la política, que tenía que ver con las opciones que se discutían en el propio peronismo de la proscripción. Se contó en estas lides, obviamente, entre los duros o intransigentes respecto del neoperonismo o de la alianza con Frondizi, por su carácter en principio local y progresivamente regional, y por el hecho siempre determinante de estar relativamente alejado de Buenos Aires –donde comenzó a circular, continuando a Soberanía, luego de otros medios allí editados– no tuvo el mismo peso que Palabra Argentina, Rebeldía, Norte y Línea Dura, entre los peronistas, y, por supuesto estuvo muy lejos de la influencia y consideración que merecieron otros como Mayoría, Azul y Blanco y Qué, que contaron con mayores recursos, permanencia y circulación.

Palabra Prohibida, editada como vimos por buena parte de quienes participaron de Soberanía, implicó un doble salto cualitativo. Menos “populista” que los anteriores en sus referencias al sujeto colectivo de la historia, intervino más definidamente en la política interna del peronismo, filiándose decididamente en la más “dura” de las actitudes. Su principal distinción discursiva parece haber radicado en las referencias a la libertadora como “dictadura” y “tiranía”, dos términos que, como sabemos, habían sido harto utilizados por los partidarios del gobierno militar para referirse a la experiencia peronista. El alejamiento de Sobrino Aranda de la dirección, concomitante a una posterior reorientación del medio por el sendero “neoperonista”, lo llevó a dirigir, en Buenos Aires, la última etapa de Rebeldía y a la posterior edición, también en 1958, de un único número de Volveremos.

Podríamos decir, también, que con esto se cierra un ciclo. Estos medios pasaron de señalar la presencia inerme del “pueblo” a ventilar en sus páginas las diferencias que había en el movimiento respecto de acompañar alguna alternativa peronista u obedecer los lineamientos de Perón. Agotaron en crescendo la lógica de la confrontación con el gobierno –la evolución desde LA hasta Palabra Prohibida es un ejemplo de ello– y vacilaron, o se diferenciaron entre sí, en la hora de las definiciones electorales. Fueron, en suma, pioneros de un género que seguiría protagonizando, por la vía de la palabra escrita, la política nacional por muchos años y que se nutriría esencialmente del gigantesco vacío que, para las nociones republicanas implicaban la consideración del delito de opinión y, por supuesto, la proscripción de la fuerza mayoritaria.

Fueron y deben ser, pues, páginas no olvidadas de esta historia.

 

Bibliografía

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[1] Darío Pulfer y Julio Melon Pirro, “Notas sobre la prensa de la(s) resistencia(s)” publicadas en los números 1 a 18 de Movimiento, entre junio de 2018 y noviembre de 2019.

[2] En Buenos Aires, los diarios La Época, Democracia, Crítica, Noticias Gráficas, El Mundo y La Razón formaban parte de una cadena oficial construida alrededor del grupo editorial Alea, y solo La Nación y Clarín –este último todavía un periódico novel– no estaban relacionados con lo que se dio en llamar “la cadena” de medios del peronismo. La expropiación de La Prensa en 1951, que pasó a ser administrada por la CGT, supuso una amenaza para la sobrevivencia de otros medios que, además, estaban afectados por las limitaciones derivadas de las cuotas de papel, un insumo importado (Sirvén, 1984; Da Orden y Melon Pirro, 2007).

[3] Nacido en Buenos Aires el 9 de diciembre de 1901. Escribió argumentos de cine: Huella (con Homero Manzi), El cura gaucho, Malambo, El viaje sin regreso, Tres hombres del río, Caballito criollo. También guiones para la televisión: Heroínas de Mayo, Los fantasmas y Cuadros de la vida de José Hernández (Chávez, 2003: 53).

[4] Testimonio de Norah Mascías, Patricia Mascías y Oscar De Sanctis (2011) y Luis Sobrino Aranda (2014), en Gorza (2017).

[5] En el análisis de su trayectoria, Roberto Baschetti subraya y celebra algo así como una fuga de clase protagonizada por quien luego estaría al frente de los emprendimientos que ocupan esta nota. “Los mejores colegios, las mejores institutrices, un futuro económico asegurado, criar hijos con algún acaudalado hombre de negocios como marido. Pero nadie contaba con la rebeldía de Nora Lagos… En setiembre de 1953, Nora llega a la dirección del diario, que en 1946 había apostado fuerte por los candidatos de la Unión Democrática y donde además los directivos del periódico hacían a diario fe de su antiperonismo más gutural. Lo primero que hace como directora es cambiar la orientación política del matutino. Con el tiempo, su sobrino segundo (Ovidio Lagos, mismo nombre y apellido del fundador del diario) en el libro Argentinos de raza lamenta que Norita ‘fue infectada por el virus del peronismo’, escandalizando a su familia. A partir de ahí, el diario es un bastión del Movimiento Peronista, toda la obra política y social desplegada por Perón es ponderada y asumida como propia por el periódico. Inclusive en 1954 es invitada y acepta ser parte de la comitiva presidencial que va al Paraguay a devolver a ese pueblo los trofeos indignos de poseer, arrebatados al país hermano en la Guerra de la Triple Alianza” (Baschetti, sd).

[6] James (2010). A través de las crónicas de Roberto Juárez, responsable de la sección gremial del semanario Mayoría, conocemos los asedios y ocupaciones de sindicatos, así como los intentos por “democratizarlos” por parte de la intervención de la CGT o desde el Ministerio de Trabajo.

[7] Si lo hacían marginalmente, lejos estaban de dar un lugar a informaciones que tuvieran que ver con los proscriptos. Antes y después de la “Revolución Libertadora”, el único canal generalmente abierto capaz de contradecir la información oficial era la popular Radio Colonia, que transmitía desde Montevideo.

[8] Obsérvese la similitud de la prosa tomada de Federalista con el estilo de las notas previas que hablan en términos parecidos del “pueblo”. Es probable, deducimos, que algunas de las notas no firmadas hayan pertenecido a José Antonio Güemes, quien, de hecho, tiene una importancia expresa, esto es, con firma, en LA.

[9] LA, 1, 8-12-1955, particularmente la gráfica en dibujo rudimentario sobre los desocupados y cesantes, titulada “Las colas que faltaban”.

[10] “Nora Lagos ha desaparecido”, De Frente, 9-1-1956, 28. Juan Ingallinella fue un médico comunista rosarino que, al ser detenido por la policía en junio de 1955, resultó muerto por las torturas. Los responsables fueron condenados pero su cuerpo nunca fue hallado.

[11] Probablemente el editorial antes citado, titulado “La falsa democracia”, fuera la nota que determinó el secuestro de la edición en la imprenta y la captura de la directora por parte de la Gendarmería (Carman, 2015: 20).

[12] El Federalista, enero y febrero de 1957. Una nota de la revista Dinámica Social de setiembre y octubre de 1957 analizaba el surgimiento de numerosas publicaciones periódicas bajo el denominador común de su oposición al gobierno de facto: El 45, Lucha Obrera, El Federalista, Gaceta Argentina, Resistencia Popular, la frigerista Qué, el nacionalismo católico expresado en Azul y Blanco, Nuestra Palabra, órgano oficial del comunismo; Mayoría, semanario ilustrado editado por el equipo de Esto Es; y Columnas del nacionalismo marxista. Dinámica Social, números 83-84, setiembre y octubre de 1957. Para este medio puede consultarse Girbal (1999: 399-442).

 

[13] La nota habla del “dinámico Méndez”. Osvaldo E. Méndez dirigió este medio de la resistencia que sufrió dos clausuras y que contaba con la colaboración de Juan Cruz Romero (el siempre presente Fermín Chávez), Juan Puigbó, Walter Vezza y Armando Guerra. Según refiere Facundo Carman (2015: 155 y 614) aparecieron seis números entre el 7-12-1956 y el 29-1-1957 y fue reemplazado, efectivamente, por Señal, del que se editó un solo número bajo la dirección de Puigbó.

[14] El trascendido especulaba con que la medida sería propuesta, en pleno recinto, por un diputado constituyente socialista afín a Palacios y Repetto, y para Soberanía se trataba de “repetir el caso de Rivadavia” en 1826.

[15] A través de estas letras parece hablar Nora Lagos.

[16] Hernán Benítez mantenía vínculos y correspondencia con importantes dirigentes, sin excluir a Perón, con quien disintió respecto de varios puntos (Melon Pirro y Pulfer, 2018; Cichero, 1992).

[17] “Recién hoy Soberanía llega al Gran Buenos Aires. Les damos nuestro saludo de pueblo del interior”. La nota: “A los lectores de la capital federal” (Soberanía, 11-3-1957: 3).

[18] El Guerrillero era un periódico dirigido desde la cárcel por Cesar Marcos y en el que Mario Massouh actúa como director en las primeras tres entregas, hasta que cae preso. Soberanía había saludado la salida del nuevo medio, como le hace saber Massouh a su numen Marcos por carta. Citado por Cichero (1992: 220).

[19] Recordemos que, más allá de las amalgamas derivadas del pacto, Rogelio Frigerio llegó a defender esta forma de organizar la representación sindical como preferible a la múltiple, sobre todo por la posibilidad de generar acuerdos más abarcativos y previsibles sobre un continente más vasto.

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