Notas sobre la prensa de la(s) resistencia(s): El Descamisado y El Proletario

Darío Pulfer y Julio Melon Pirro

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Tras el Golpe de Estado del 16 de septiembre continúan circulando El Líder y De Frente. Cuando el primero es intervenido junto con la CGT, salen a la palestra El 45, orientado por Jauretche, y Federalista, dirigido por José A. Güemes, desprendimientos de El Líder. Asimismo, aparece Lucha Obrera, dirigido por Esteban Rey, sosteniendo las posiciones de la “izquierda nacional”.[1] Junto con estas expresiones del periodismo de la primera “resistencia” aparecen manifestaciones más artesanales y espontáneas. Aparecen El Grasita, hoja orientada por Enrique Oliva que expresa la voz de los Comandos Coronel Perón, así como Doctrina que protesta por la disolución del Partido Peronista, o Momento Argentino que plantea posiciones terminantes de ataque a la dictadura militar.[2] Otra publicación de la época es El Descamisado, de accidentada vida y que por imperio de la detención de su animador, la censura y las circunstancias políticas fue rebautizado con el título de El Proletario para continuar con su prédica.

En estos emprendimientos rudimentarios, de corta vida, que buscan dar voz a sectores militantes o agrupamientos sindicales, aparecen figuras de segunda o tercera línea con actuación previa.[3] Nos referimos a un saber que los habilita para la organización de una hoja, un semanario o simplemente panfletos para agitar el ambiente próximo. El trabajo en el ámbito periodístico o académico, la dirección de revistas o la militancia en organizaciones políticas que hacen culto del medio escrito, se constituyen, entonces, en marcas o experiencias que se activan en las circunstancias complejas que deben afrontar ante el desplazamiento de las posiciones de gobierno del movimiento peronista y de la creciente animadversión que toman hacia sus instituciones y representaciones los elencos que se suceden en el mando de la denominada “Revolución Libertadora”. La importancia de esta prensa puede ponderarse y entenderse si tenemos en cuenta que la gráfica era, además, el único espacio en que –con las dificultades del caso– podían aparecer informaciones e interpelaciones alternativas. Ni la radio –cuyos espacios pertenecían al Estado que las concesionaba– ni mucho menos aun la incipiente televisión eran, en este sentido, permeables, y no existía además tradición de programas de discusión política.

 

De Descamisado a Proletario

El 30 de noviembre de 1955 apareció en Buenos Aires un periódico modestamente editado y cuya denominación sorprendió, en plena radicalización “libertadora”. Anunciado en tipografía de gran tamaño, El Descamisado era un verdadero desafío de palabras y símbolos asociados al “régimen depuesto”. Pero el propósito de este medio no fue el de escandalizar a la opinión pública en un momento de fortaleza “libertadora”, sino, por el contrario, generar una información alternativa y, sobre todo, establecer un contacto con sus eventuales lectores en un contexto en que los “descamisados” no contaban, por cierto, con canales de expresión identitaria. Hubo –como sabemos– durante la dictadura militar que derrocó a Perón una verdadera eclosión de prensa política que llevó a que en los puestos de venta compitieran voces ávidas de informar –y de formar, cuando no de regenerar– al ciudadano argentino. En este sentido, la dictadura tuvo una prensa que no solo fue la de los grandes diarios nacionales, la cual –al amparo de la intervención y confiscación de las editoriales y medios simpatizantes del movimiento derrocado y del partido disuelto– expresó, de modo a veces virulento, lo más granado del antiperonismo (Spinelli, 2013).

También, como sabemos, comenzó a aparecer luego una prensa disidente de corte nacionalista que, como hiciera la revista Qué para el frondicismo, interpeló oblicuamente al peronismo proscripto y desolado.[4] En cuanto a los medios de corte peronista, luego de que se acallaran las voces remanentes de De Frente y El Líder, se conocieron también emprendimientos periodísticos sorprendentes como El 45, que dirigido por Arturo Jauretche apareció apenas caído Lonardi y que en la fecha de referencia publicó su segundo y postrer número,[5] o Federalista,[6] que se extendió por ocho números. Desde tal óptica El Descamisado fue, también, un pionero entre los que se atrevieron a desafiar la hegemonía creciente del ala radicalizada de la dictadura militar.

Unos días después, el 8 de diciembre de 1955, se conoció Doctrina, con una frase incrustada en el logotipo que decía “Es Verdad y Nuestra Guía”. Estaba dirigido por José Rubén García Marín y protestaba por la disolución del Partido Peronista con el título catástrofe “¡Muerte Civil!” y agregaba que “La conciencia no se disuelve con decretos”. Afirmaban una identidad y desafiaban: “Somos y no somos a la vez. No tenemos nombre y todo el mundo nos nombra. Cuanto más se nos quiere ocultar, más se nos pone en evidencia, y cuanto más se nos quiere cortar la respiración, respiramos con más fuerza” (Doctrina, 15-12-1955, en Scoufalos, 2005).

El mismo día salía en la ciudad de Rosario el periódico La Argentina, dirigido por Nora Lagos, nieta de Ovidio Lagos, fundador de La Capital que había dirigido el medio durante el tiempo del peronismo en el poder. Fueron colaboradores de La Argentina: Miguel Ángel Neyra, Raúl Scalabrini Ortiz, Ignacio Villamil, Luis Rueda y Roberto Moya. En su salida incluyeron la protesta de Alejandro H. Leloir por la disolución del partido (Gambini, 2008: 20). Bajo la dirección de Lagos, quien fue apresada y pasó 150 días en la cárcel, salieron siete números y fue reemplazada por Luis Sobrino Aranda y Miguel Ángel Neyra hasta su clausura definitiva (Sobrino Aranda, 1959: 20).[7] Por ese tiempo también, como hemos visto, salían Palabra Argentina de Olmos (Melon Pirro y Pulfer, 2018) y Norte de Alberto M. Campos (Melon Pirro y Pulfer, 2019), sufriendo secuestros y detenciones.

Aunque los peronistas no debían, podían tener su prensa. Allí se jugaba el valor otorgado a la palabra escrita.[8] De todos modos, como hemos visto y veremos, ésta desaparecía más rápidamente de lo que se gestaba, en el árido desierto de los años 1955-1956. El papel mismo de El Descamisado, aquellas dos páginas que han llegado a nosotros, nos ilustra de tales circunstancias.

Datos periféricos apretados en la primera edición permiten concluir que se trataba de una prensa que postulaba el deseo de seguir apareciendo y que era por demás consciente de su inermidad. “Por qué tenemos una sola hoja”, titulaba la nota que, arrinconada en el ángulo inferior derecho de su segunda y última página, finalizaba el número inaugural. “Los hombres que llevamos adelante el enorme esfuerzo de lanzar a la venta El Descamisado somos, como es natural, descamisados. Tenemos poca plata, y esta simple hoja cuesta miles de pesos” (El Descamisado, 1, 30-11-1955: 2).

La publicación, que salía bajo la dirección de Manfredo Sawady y que refería su “administración” en el departamento 2 de Grecia 3361, Avellaneda, se vendía a un peso por ejemplar, un precio “relativamente alto”,[9] como ellos mismos reconocían, pero impuesto por los costos de impresión. La hoja, que se proyectaba como quincenario, postulaba la necesidad de duplicar sus dimensiones a cuatro páginas y de convertir en semanales sus ediciones. La clave de su esperada expansión era, esencialmente, el concurso de los “descamisados”, a quienes se llamaba a colaborar organizándose en cada barrio para distribuir el periódico y recoger contribuciones para asegurar la continuidad. El primer número tuvo un éxito inmediato, desapareciendo a los tres días, y por tal motivo se “reimprimieron varios miles más” (Carman, 2014: 238). Luego dirán que tuvieron que pasar de una tirada de 40.000 a la salida de 52.000 ejemplares, “debido a la demanda de los descamisados” y de un llamado al concurso de colaboradores y distribuidores en todos los barrios (El Proletario, 2: 3).

Las notas de este, que en rigor sería el primer y único número de El Descamisado, son representativas –aunque pioneras y en algún sentido singulares– del tono que tendría la prensa peronista en esos duros años. Comienzan con una fuerte crítica al Plan Prebisch e incluyen notas de actualidad sobre temas diversos pero concurrentes, todos, en el señalamiento de un contraste significativo con las políticas de la década precedente. “Prebisch y la vuelta de Braden significan la pobreza del pueblo”, titulan, decantando en el argumento de que la devaluación salvará a la oligarquía exportadora y deprimirá el salario de los trabajadores.

Otra importante pero menos extensa nota analiza uno de los correlatos de la nueva política económica con el sugestivo título de “El funeral del IAPI” y varios apartados informativos se dedican a las luchas gremiales que repudian las intervenciones y realizan distintas acciones tendientes a lo que –ya en esta temprana época– definen como la recuperación de las representaciones sindicales.[10] Ahora bien, en ese análisis de los conflictos gremiales no prevalece el cuestionamiento a la dictadura o a las patronales, sino, por el contrario, una dimensión crítica que apunta a la dirección de la clase obrera. En la nota referida a los ferroviarios, por ejemplo, afirman que –luego de algunos intentos– la Comisión encargada de recuperar el sindicato sencillamente “ha perdido el rumbo”, en beneficio de una tendencia a la conciliación con el Ejecutivo y el Ministerio de Trabajo que “telegrama va y telegrama viene” comenzó durante el período lonardista. En el análisis el periódico considera que este proceso licuó y desalentó el amplio respaldo inicial que se había obtenido de las bases en cada asamblea. A medida que leemos estas notas nos percatamos también de que esta consideración, atenta a lo que acontece en el movimiento obrero durante los primeros tiempos de la “revolución libertadora”, se hace extensiva a lo ocurrido durante el peronismo gobernante y particularmente involucra al momento de la caída. Para El Descamisado la crisis sindical tiene íntima relación con la crisis nacional que se está viviendo y que en lo inmediato remite al 16 de setiembre, “fecha en que empieza la caída del gobierno de Perón”. Contrariamente a lo esperado entonces por los obreros, argumentan, la CGT no se movió ni en ese momento ni durante los días siguientes y, por el contrario, cuando el golpe se definió a favor de los insurrectos su máxima dirigencia llamó a la tranquilidad. Así “el triunfo de la contrarrevolución oligárquica e imperialista” colocó a la central obrera en una posición de inferioridad que, recuerdan, comenzó con el llamado a la paz de los espíritus de parte del secretario general Hugo Di Pietro y se perpetuó en pleno lonardismo, cuando Andrés Framini y Luis Natalini –los sucesores antes de la intervención– instaron a dar cumplimiento al decreto ley que estableció el 17 de octubre como día laborable.

Según El Descamisado, en el aniversario de la fecha fundacional del peronismo se registró un importante ausentismo pese a una dirigencia que –no obstante o, a entender del periódico, precisamente a raíz de su actitud claudicante– debió soportar luego una nueva embestida gubernamental. En tales circunstancias resultaron estériles las vacilantes medidas tomadas a destiempo por una central obrera que, pese a todos sus retrocesos, terminó intervenida.[11]

Si la lectura e interpretación de los hechos resultan compatibles con los discursos y relatos de un peronismo duro y con la lógica de la resistencia, a todas luces la matriz teórica contiene, empero, ingredientes que no suelen encontrarse en la superficie de la identidad, de la práctica y del lenguaje peronista al uso por entonces. Así lo anticipa el título de la nota “Contra los explotadores: ¿Política oportunista o política de clase?”, donde los “oportunistas” no son sino los máximos dirigentes sindicales de extracción peronista (El Descamisado, 1, 30-11-1955: 2).

Otros apartados, dedicados a satirizar a la dictadura y sus partidarios y, particularmente, a marcar la paradoja de la libertad de prensa, encuadran mucho mejor en lo que sería la impronta de toda la prensa peronista del período, víctima principal de una libertad que excluía a muchos. En este caso se trata de una sátira a la Junta Consultiva y a los partidos que la integran, figuras “patricias y respetables” que gustan fabricar la “democracia”. Conservadores, radicales y demócratas progresistas, y hasta un reptante partido comunista que pugna por ingresar al nuevo-viejo círculo en el que se proclaman palabras como “libertad”, “democracia”, “honor”, “moral”, etcétera, son representados en un dibujo en el que no falta una bandera inglesa que acompaña a los asesores económicos del nuevo rumbo: “Un plato conocido que la clase obrera no se tragará”.

Pero si esto último –la caricaturización de un escenario falsamente democrático y liberal– será una constante en toda la prensa de la resistencia, El Descamisado se singulariza, como decíamos, por un cuestionamiento que se dirige al interior del peronismo y que se focaliza particularmente en el sindicalismo. No se trata, como ocurriría con otros medios, de una crítica de “interna partidaria”, toda vez que no se habla aún de apertura política alguna, ni tampoco de alternativas “neoperonistas”. Por el contrario, en el momento en que se proscribe y se conculca la posibilidad de actuación y de expresión partidaria de los peronistas, El Descamisado la emprende, como acabamos de observar, con las razones que llevaron a la defección peronista en el momento del golpe, y a la perpetuación de actitudes y políticas que juzga equivocadas, y que centra esencialmente en el papel de la CGT y de la máxima dirigencia de los trabajadores organizados.

El Descamisado afirma en tono más contundente que el del resto de la incipiente prensa resistente que el 16 de setiembre de 1955 se había restituido “la democracia y la libertad” que “en parte habían perdido los oligarcas e imperialistas bajo el gobierno de Perón”, donde el aparato del Estado pasó a ser dirigido entonces “directamente” por esas clases sociales. El “gobierno” de Lonardi, argumenta, fue el del “tanteo” de la situación de la clase obrera, pero el de Aramburu será menos contemplativo, ya que –a diferencia del anterior, que implicaba todavía la posibilidad de un equilibrio reaccionario entre “la oligarquía nazifascista y la burocracia cegetista”– ahora “la oligarquía lleva de las narices a la burguesía industrial” que “teme más a las movilizaciones proletarias que a las imposiciones de su ‘aliada’” (“El fondo real de los últimos golpes y contragolpes políticos”, El Descamisado, 1, 30-11-1955: 2).

El lenguaje y la crítica parecen, pues, sensiblemente afines a los núcleos de izquierda de filiación trotskista que acompañó con distinta argumentación el desarrollo del peronismo y más orgánicamente y en una alianza más vasta –desde el Partido Socialista de la Revolución Nacional– los tramos finales de esa experiencia. La identidad señalada, subrayaba, no obstante, parte de una interpelación que se formula en términos peronistas: “Buscamos un nombre y dimos con este: El Descamisado. Tajante como una navaja, explosivo como una bomba, claro como una bandera y un programa”.[12] La identidad cultivada, en otro nivel, no es tanto la que hunde sus raíces en la experiencia del peronismo, sino una que tiene una sombra más larga: los antecedentes del “descamisado” se remontan muy atrás en la historia y se identifican con los primeros sindicatos organizados hacia medio siglo, pasando por la “Semana Trágica” y todas las instancias de lucha del movimiento obrero. En esa saga, el peronismo había sido “el ensayo general en que la clase obrera argentina probó su fuerza”. La identidad buscada, es, precisamente, la de la clase. Es que a juicio de El Descamisado aquel “ensayo” fue contradictorio, ya que implicó “el contubernio entre explotadores y explotados”, algo que solo podía resultar en “la quiebra general del movimiento”. Si el peronismo, pues, “ha sido”, es claro que El Descamisado procure aparecer como la voz de “una nueva etapa en la que la clase obrera organizará su propio partido”. El remate “teórico” de tal proyección, pese a todo, sigue concediendo un lugar a las formulaciones doctrinarias peronistas cuando, pese al afirmado “clasismo”, por momentos concluye que “entramos en la época de la preparación y la lucha de la clase obrera con el fin de reorganizar la Nación según los intereses de quienes trabajan y producen”.[13]

Cuando iniciamos esta pesquisa nos demoramos en la búsqueda del primer ejemplar de El Proletario y en la de información sobre el director de El Descamisado. Al cabo de un tiempo concluimos en que ni el primero ni el segundo existían, esto es, que El Proletario había continuado más que sucedido a El Descamisado. Tanto la dirección administrativa como la imprenta eran idénticas, y pronto concluimos que también lo era la figura de su director, solo que ahora aparecía con su nombre real en lugar del seudónimo que había usado precedentemente. Volveremos sobre eso y sobre las razones que llevaron al cambio de denominación de la publicación, pero sepamos por ahora que se trata, esencialmente, del mismo tipo de periódico, con la salvedad, también inscripta en la continuidad desiderativa del precedente, de llegar a las cuatro páginas.

La edición de El Proletario del miércoles 21 de diciembre de 1955 es tan pródiga en información y definiciones como la anterior de El Descamisado. Continúa con la línea de crítica fuerte a la dictadura militar y sus cómplices políticos, pero desarrolla en una medida no menos significativa la del movimiento derrocado. Si en el número anterior el tema en este sentido había sido, digamos, la “defección” de la CGT en la hora decisiva, en este lo es la aceptación del paternalismo peronista –que dicen haber cuestionado– y la aceptación de que el gobierno que cayó en 1955 fue nada menos que “una dictadura”, como lo es la del nuevo “gobierno” militar. Este es un tema que editorializan al momento de anunciar, precisamente, la prisión del director.

Para entonces la situación ha empeorado decididamente para el peronismo y, en lo que focaliza el periódico, para el movimiento obrero. A un mes de la intervención de la CGT y de casi todos los sindicatos, lo que cabe –proclamado en grandes titulares– es “organizarse en las fábricas”. Nuevamente, la lectura de la siguiente nota es la que explica el tono de la información que se proporciona y la postura de los animadores del periódico. El hecho de que la dictadura militar haya conculcado la legalidad del Partido Peronista no es motivo de queja o condena, y menos ocasión de señalar que la medida había sido tomada por un gobierno de facto, ya que, “a fin de cuentas, cuatro quintas partes de la humanidad viven bajo una dictadura, y todos nos hemos acostumbrado a interesarnos más por el contenido social de la dictadura que por la forma misma”.

El conjunto de las fuerzas políticas que, con sus particularidades, brega cada una por contar con parte de la “herencia” peronista, alcanza aun al Partido Comunista que pugna por ingresar a la Junta Consultiva, aunque procura granjearse el apoyo de los trabajadores. El periódico, por el contrario, mientras coloca todas sus expectativas en un público obrero y cuestiona severamente lo que considera un patético desfile de antigüedades y de lemas democráticos y liberales, no manifiesta interés alguno en la legalización del partido recientemente proscripto. Es más, cuestiona aquel moderado editorial de De Frente en su edición del 12 de diciembre en el que Cooke argumentara que la proscripción “está echando a las masas peronistas en los brazos del comunismo”. El teorema criticado terminaba en la asunción de que, si se daba legalidad al Partido Peronista, “este hará todo lo posible por portarse bien, y mostrarse un buen chico, educado y correcto” (“Y ahora, ¿Qué?”, El Proletario, 21-12-1955: 1).

Otra nota, referida precisamente a la disolución del partido, en el fondo complementa los énfasis de la citada precedentemente. Respondiendo a quienes sostenían la legitimidad de las medidas en la carencia de participación de las bases de afiliados, argumentaba que “si en la dirección del Partido Peronista la masa hubiera tenido una participación mayor… No habría habido pasividad, ni cruzarse de brazos, ni escondidas debajo de la cama”. Por el contrario, “millones de trabajadores hubieran puesto las cosas en su justo lugar”. La contradicción, pues, no radicaría a ojos del medio en el hecho de que un gobierno emergido de un golpe militar proscribiera a un partido que electoralmente había sido claramente mayoritario sino, por el contrario, en la falsedad del argumento de un déficit de participación, cuando los hechos –esto es, la disolución concreta de la instituciones por parte del gobierno de facto– demuestran que el objetivo no consistía en restablecer la democracia interna, sino sencillamente en eliminarla.[14]

Independientemente de la interpretación y de la ponderación de factores que hiciera, para El Proletario estaba claro que los trabajadores argentinos no reconducirían su participación en las decadentes fuerzas políticas “democráticas”, y que tampoco “se refugiarían en los brazos del comunismo”. En cuanto al peronismo, si su dirección se mostrara “propicia a la inacción, a la pasividad y al compromiso, las masas tomarán otro camino” [resaltado en mayúsculas en el original]. Las masas de descamisados, concreta El Proletario, “construirán su propio partido” (El Proletario, 2, 21-12-1955: 1).

El principal título de El Proletario, no obstante, no es ninguno de los apuntados, sino el que denuncia que el director de El Descamisado había sido detenido el jueves 1 de diciembre por la mañana, exactamente un día después de la aparición del primer número, que es el que hemos comentado precedentemente. En la ocasión consideran que el título del periódico era lo suficientemente provocativo como para ser considerado un “libelo” inadmisible, y relatan los avatares que debió soportar entonces en prisión Aníbal Leal, quien, abandonando el seudónimo de Manfredo Sawady, firma ahora con su propio nombre como director de El Proletario.

En congruencia con otras notas ya citadas, El Proletario aclara que “el régimen anterior fue, efectivamente, una dictadura desde el punto de vista formal. No se expresaba más opinión que la opinión oficial. Pero ocurría que desde el punto de vista social –que es el que realmente interesa– el gobierno peronista tenía tras de sí a la mayoría de la población, la cual, por lo tanto, no se sentía privada de libertad ni sometida a una dictadura. A la inversa, el oligarca, el capitalista o el estudiante ‘democrático’ se sentían ‘oprimidos’ y ahora están ‘liberados’. Desde lo formal, pues, ninguno de los dos regímenes eran democráticos, pero el peronismo llevaba la ventaja de que, desde el punto de vista social, era más popular y democrático que el actual” (El Proletario, 2, 21-12-1955: 1).

No parecía, por cierto, la manera más peronista de comparar ambos “gobiernos”, algo que seguramente se debía a la pluma de Aníbal Leal, que tenía en su haber una trayectoria y un posicionamiento diferenciado, formando parte en ese momento de Forja Obrera, núcleo trotskista proveniente de la UOR (Unión Obrera Revolucionaria) dirigida por Miguel Posse (Carman, 2014: 238).

 

El Director

Aníbal Carlos Timoteo Leal nació en Buenos Aires el 30 de octubre de 1921. “Nace en el seno de una familia de extracción obrera, aunque su madre tendría ascendencia noble; su padre era un inmigrante catalán” (Tarcus, 2007: 359). Estudia abogacía en la UBA, militando en la Federación Juvenil Comunista, de la que se separa por sus simpatías con los planteos trotskistas. Más tarde se orienta hacia estudios de traductorado. Aunque no los concluye, maneja varios idiomas y se desempeña como traductor, fundando un gremio de esta profesión. En octubre de 1945 participa del grupo que editó la revista Octubre bajo la dirección de Jorge Abelardo Ramos y Mauricio Preeloker (Galasso, 2004: 361). Se aleja de este nucleamiento siguiendo a Miguel Posse, quien constituye la Unión Obrera Revolucionaria y edita el periódico El Militante entre los años 1945 y 1949 (Tarcus, 2007: 527). Se desempeña en sus tareas de traducción y hacia 1955 sostiene posiciones independientes en el ámbito de la izquierda que valoriza la experiencia del peronismo. Por su antigua disidencia no forma parte del Partido Socialista de la Revolución Nacional, manteniendo afinidad con los planteos derivados del grupo de Posse-Fossa en el que ocupaban un lugar importante las categorizaciones de bonapartismo, paternalismo y dictadura (Ribadero, 2013).

Estas huellas pueden dar cabida a cierta explicación de los argumentos utilizados para defender la posición de los “hermanos de clase”, aludidos una y otra vez en la publicación.[15]

 

Reflexiones en torno a la democracia y otras coincidencias con la prensa resistente

La falta de consideración al caudal de votos mayoritario que ostentara el peronismo –un activo apetecido por casi todas las fuerzas políticas y especialmente considerado por lo que sería la prensa de oposición a la “revolución libertadora” (Melon Pirro, 2007)– tiene un punto de partida que es el reconocimiento de la democracia electoral como un obstáculo para las verdaderas transformaciones, y un punto de argumentación coyuntural relacionado con la función histórica que a su juicio terminaría teniendo el “gobierno” militar. Leal entendía –o al menos decía– que el nuevo régimen estaba desarrollando una labor revolucionaria de la que no era consciente y que, más bien, era contraria a la que imaginaba. La clave última de esta tarea radicaba en “desprestigiar, a los ojos de las masas, el mecanismo de la democracia formal, con sus distintos partidos, elecciones, respeto por la voluntad popular, etcétera, etcétera”. La antítesis del régimen no sería ya el peronismo, que había hecho lo propio y con esto parecía haber cumplido –esto es, finalizado– su propia misión histórica. Entre las lecciones que el peronismo había empezado a dar a las masas estaba aquello de que “cuando los conflictos de intereses sociales se tornan agudos no hay ni puede haber democracia para todas las clases”. La Revolución Libertadora, pues, estaba completando esa tarea y “nosotros, con o sin libertad de prensa, con o sin detenciones, procuraremos ponerle el almíbar a esa torta que están horneando los expertos gastrónomos que se suceden en la Casa Rosada” (El Proletario, 2, 21-12-1955: 1).

El resto del periódico contenía notas que sí resultaban mucho más homologables a las del resto de la prensa peronista. “Alto los desalojos”; “31 obreros en la calle reclaman justicia” (sobre problemas sociales puntuales); “Constitución de 1853, de 1949 o reinado de la fuerza” (contra la “adoración legalista” y el “cavernario espíritu” de la oligarquía); “El Kremlin habló” (una crítica a los comunistas que celebraron la devolución de La Prensa a la familia Gainza Paz y callaron la intervención de la CGT).

La tirada de este número de El Proletario ascendió a 30.000 ejemplares. Se vendieron 18.000 (Carman, 2014: 238).

 

Final de la experiencia

El tercer y último número del que disponemos salió fechado en la segunda quincena de enero de 1956 y anunciaba un cuarto para el 31 del mismo mes. El formato, tamaño y dirección seguían siendo los mismos. Las notas, mucho más detalladas en términos de información concreta, se centran en los conflictos sindicales y en temas de impugnación a las políticas “libertadoras”, particularmente referidas a la intervención de la CGT y de los sindicatos miembros, abandonándose relativamente el énfasis en la crítica a la dirección obrera (“¡Unidad y acción para defender a los despedidos!”; “La solidaridad obrera detendrá la ola de despidos y represalias patronales”; “¡Que salga la intervención de la UO Metalúrgica!”).

Aparecen también, de modo más insistente que en los números anteriores, cuestionamientos a las medidas concretas que afectan a los sectores sociales más desprotegidos, tales como los desalojos urbanos y los despidos en las empresas, a la vez que las críticas políticas se siguen posando en los partidos de la izquierda que son cómplices de las políticas antiobreras del “gobierno” militar.[16] Se refuerza en este postrer número una tendencia que más de un medio precario jugó en la coyuntura: la búsqueda desesperada de apoyo entre sus lectores. Aparece una sección que en la prensa política del período solía recibir el nombre de “carta de lectores”. Aquí, en El Proletario, se denomina “Escriben los Descamisados”, de modo absolutamente anónimo y en un tono tan congruente y estereotipado con la línea editorial del medio que llevan a dudar sobre su autenticidad.

“Los reyes magos vienen montados en vacas y traen regalos siniestros a los trabajadores argentinos”, es el comentario del precario dibujo que, sin firma, representa a los presentes de “libertad de prensa”, “CGT intervenida”, “Plan Prebisch”, “desalojos” y “empréstitos”.

 

Consideraciones finales

Catalina Scoufalos (2005; 2007), atenta a la luchas por las palabras y sus significados, ha valorado la elección por parte del periódico de un título de inequívoca connotación peronista, como era El Descamisado. Referido peyorativamente al comienzo por los opositores, como tantos otros, el término “descamisado” fue resemantizado y privilegiado en el uso por los peronistas. En particular fue utilizado frecuentemente en las comunicaciones públicas de Eva Perón, junto al de “grasitas”.[17]

¿Cuáles fueron las razones que llevaron al abandono de esa denominación de indudable raigambre peronista? Tenemos que retomar el contenido del número 2 de El Proletario, aquel donde informan la detención del director y en la que consideran que la medida represiva estuvo originada en la sola utilización de la palabra Descamisado, “una clara señal de que estamos en la buena senda”. A continuación abordaron el asunto del cambio de nombre objetado: “Se afirma que si lo cambiamos no se pondrá obstáculos a la aparición de esta hoja. Pues bien, como el contenido es más importante que la forma, y para poder seguir en la calle, aceptamos. En adelante tomamos el nombre de El Proletario, que es como decir ‘el descamisado en difícil’. ¿Para qué negar que le tenemos tanto cariño a este nombre como al anterior?”.

Es probable que además de las cortapisas legales que debía sortear y de los obstáculos económicos que confesaron desde el primer número, el contenido no haya resultado el más atractivo para los lectores peronistas: al decir del mismo periódico, para los “verdaderos descamisados”. El cambio de denominación de Descamisado a Proletario, en un momento en que la Revolución libertadora estaba restringiendo la circulación de expresiones y símbolos asociados al “régimen depuesto”, no debe haber contribuido tampoco a su popularidad y arraigo. Años después, el director diría que el cambio de nombre “por una palabra europea desconectada de las luchas argentinas” (Carman, 2014: 238) había decretado el desenlace de la publicación, aunque el número 3 también había sufrido secuestros y el periódico la clausura. Norberto Galasso escribió su propia versión de aquella referencia de Leal al evocar el trámite que involucró al cambio de nombre frente a Coordinación Policial: “Leal contaba con mucha gracia que, para dejar en descubierto el falso democratismo del policía, le propuso darle el nombre de El Proletario y que éste aprobó la propuesta. Poco después, se publicó en Avellaneda y Lanús El Proletario, nombre ajeno a la tradición de los trabajadores peronistas y resultó un fracaso total” (Galasso, 2005, III: 361).

Más allá de toda evocación, las tensiones que la solución involucraba no podían haber sido expresadas con mayor claridad. Si por un lado el recurso procuró sortear una cortapisa represiva, por la otra ponía en tensión la inteligibilidad de su presentación, algo que ya estaba implícito en el contenido mismo, con sus pliegues, argumentaciones y categorizaciones consignadas a lo largo del texto.

 

Bibliografía

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Scoufalos C (2005): El Decreto 4161: La batalla por la identidad. Tesis de Licenciatura en Historia, UBA.

Scoufalos C (2007): Memoria y resistencia. Buenos Aires, Biblos.

Sobrino Aranda L (1959): Después que se fue Perón. Juicio histórico a los asesinos. Buenos Aires, Trafac.

Spinelli M (2005): Los vencedores vencidos. Buenos Aires, Biblos.

Spinelli M (2013): De antiperonistas a peronistas revolucionarios. Las clases medias en el centro de la crisis política argentina (1955-1973). Buenos Aires, Sudamericana.

Tarcus H (2007): Diccionario biográfico de la izquierda argentina. Buenos Aires, Emecé.

[1] En la próxima entrega abordaremos la salida de este periódico que se extiende por ocho números hasta fin de enero de 1956.

[2] Serán abordados de manera independiente en esta serie de notas.

[3] Varios autores se han interesado en esta prensa. Una de los esfuerzos más atentos a la trayectoria de estos directores-gestores fue la tesis de Laura Ehrlich (2010).

[4] El ex ministro Cerrutti Costa comenzó a publicar Revolución Nacional desde fines del año 1955 y lo seguiría Azul y Blanco orientada por Marcelo Sánchez Sorondo. Frigerio, en acuerdo con sus antiguos dueños, resucita Qué sucedió en siete días. Spinelli (2005) considera a esta prensa como expresión del “antiperonismo tolerante”.

[5] MELON PIRRO, J.; PULFER, Darío. Notas sobre la prensa de la(s) resistencias (s). El 45. En Revista Movimiento Número 4. Sept.2018. pág. 29 y ss. El tercer número fue secuestrado y su director tuvo pedido de captura, según MOYANO LAISSUE, El periodismo de la resistencia. Bs.As., Asociación de Amigos de la Resistencia, 2000. Recuadro sobre El 45.

[6] MELON PIRRO, J.; PULFER, Darío. Notas sobre la prensa de la(s) resistencias (s). Federalista. En Revista Movimiento Número 9. Enero 2019. pág. 60 y ss.

[7] Sobre La Argentina pueden consultarse Capobianco (2003) y Gorza (2016).

[8] Ricardo Guardo (1963: 59) ha testimoniado sobre el valor atribuido por los miembros de los “Comandos de la resistencia” a la posibilidad de difundir la palabra escrita. De allí el recurso al mimeógrafo o sus sucedáneos, el hectógrafo y aun las copias a mano.

[9] Como punto de comparación tenemos que para la misma época El Líder costaba 40 centavos y constaba de muchas más páginas.

[10] Particularmente en Gas del Estado y respecto de la “Comisión Pro recuperación de la Unión Ferroviaria”.

[11] Puede leerse un breve relato de dicho proceso durante el Ministerio a cargo de Luis Cerrutti Costa en Melon Pirro (2009).

[12] “Nosotros, los descamisados”, era el título de la nota de presentación.

[13] Parece obvia la sintonía con el cuarto punto de las veinte verdades peronistas, aquel que afirma que “No existe para el peronismo más que una sola clase de hombres: los que trabajan”.

[14] La versión del Decreto 3855/55 publicada en el Boletín Oficial el 9 de marzo de 1956 establecía la disolución del Partido Peronista en sus dos ramas “en virtud de su desempeño y su vocación liberticida”.

[15] “Nuestro periódico, que será no solo prédica sino también acción y organización, está al lado de sus hermanos de clase” (El Descamisado, 1: 1).

[16] “Liberados los precios, la patronal feliz”; “¡Basta de desalojos y despidos!”; “El partido antisocialista realizó un acto el 22”, a propósito de haber presenciado una manifestación del “viejo, glorioso y putrefacto” Partido Socialista, en la que Nicolás Repetto volvió a caracterizar a las masas peronistas como fascistas y llamó a apoyar la tarea del gobierno nacional (El Proletario, 3: 3).

[17] Otro de los títulos utilizados en la prensa de la época.

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