La Recuperación de la Conciencia Nacional

Julio Fernández Baraibar

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Fermín Chávez publicó este pequeño y jugoso libro en 1983. Eran momentos en que los argentinos nos enfrentábamos a un nuevo período constitucional, como consecuencia de dos fuerzas –distintas pero coincidentes en la coyuntura– que habían puesto en retirada a la hasta entonces omnipotente dictadura: por un lado, la derrota militar en el combate de Malvinas y la consecuente imposición de condiciones por parte de la gran potencia victoriosa; y por el otro la presión popular, harta del criminal despotismo de la dictadura y desilusionada con una derrota de la que culpaba a la perversa conducción de los altos mandos, mientras aplaudía el heroísmo de quienes habían combatido en las islas. El establishment político y cultural de la Argentina semicolonial había comenzado a socavar la conciencia nacional y patriótica desplegada durante los días del combate con su efectiva campaña de desmalvinización, que sobrevive y continúa como un nuevo capítulo de la historia oficial, la escrita por los vencedores. En el horizonte, entonces, estaba un proceso electoral que finalizaría con el triunfo del doctor Raúl Alfonsín, convertido ya durante la Guerra en el principal y público desmalvinizador, el hombre que había acuñado, un año después del 2 de Abril, la derrotista y proinglesa definición: “La ocupación de Malvinas fue el carro atmosférico de la dictadura”.
En ese contexto político, de apertura por un lado y de tergiversación por el otro, Fermín Chávez considera necesario escribir un libro –un opúsculo casi– sobre el particular sistema de pensamiento, sus fuentes, orígenes y vertientes a lo largo de nuestra breve historia, que caracterizan lo que el autor llama “pensar periférico”. En primer lugar, detengámonos en este adjetivo: periférico. Chávez se remonta a Fray Antonio de Guevara, el franciscano cantábrico, cortesano de Carlos V, que en su célebre Plática que hizo un villano de las riberas del Danubio a los senadores de Roma se pone en el lugar de la periferia de entonces, donde el villano del Danubio puede reemplazarse por un indio del Orinoco o de Potosí. Y el rústico le dice a su emperador: “En las palabras grosseras que digo y en las vestiduras monstruosas que traygo podréys bien adevinar que soy un muy rústico villano, pero con todo esso no dexo de conocer quién es en lo que tiene justo y quién es en lo que possee tyrano; porque los rústicos de mi professión, aunque no sabemos dezir lo que queremos por buen estilo, no por esso dexamos de conocer quál se ha de aprovar por bueno y quál se ha de condenar por malo. Reo es a los dioses y muy infame entre los hombres el hombre que tiene tan caninos los desseos de su coraçón y tan sueltas las riendas de sus obras, que la miseria agena le parezca riqueza y la riqueza propria le parezca pobreza. Ni me da más que sea griego, que sea bárbaro, que sea romano; que esté absente, que esté presente; digo y afirmo que es y será maldito de los dioses y aborrecido de los hombres el que sin más consideración quiere trocar la fama con la infamia, la justicia con la injusticia, la rectitud con la tiranía, la verdad por la mentira, lo cierto por lo dudoso, teniendo aborrecimiento de lo suyo proprio y estando sospirando por lo que es ajeno. Vosotros, los romanos, en vuestras vanderas traéys por mote estas palabras: ‘Romanorum est debellare superbos et parcere subiectis’ (propio de los romanos es proteger a los dóciles y abatir a los soberbios). Por cierto que dixérades mejor: ‘Romanorum est expoliare innocentes et inquietare quietos’; porque vosotros los romanos no soys sino mollidores de gentes quietas y robadores de sudores ajenos”. Cosa muy parecida podemos decirle hoy los latinoamericanos, y los africanos, y los griegos, y hasta los españoles e irlandeses, a esa nueva Roma cuyas legiones están formadas por el interés compuesto y la pirámide de Ponzi, y cuyo senado se integra con banqueros y tecnócratas “robadores de sudores ajenos”, como dice el vasco Antonio de Guevara.
Periférica es la posición de América Latina, periféricos son los millones de pobres, desposeídos “de palabras grosseras” y “vestiduras monstruossas”, para volver a usar la retórica de aquel franciscano renacentista que nos propone Fermín. La palabra periferia ha vuelto a tomar una especial significación, 30 años después de publicado este libro, cuando un seguro lector de Fermín la convirtió en lema o “motto” de su papado, el vecino de Flores: Jorge Bergoglio.
Será un libro, entonces, dirigido a recorrer el camino intelectual que desde estas tierras logró forjar un punto de vista universal situado –como han dicho los amigos de la Filosofía Latinoamericana– o, como dijera don Arturo Jauretche, “lo universal visto por nosotros”.
Su libro se inicia con una serie de citas, cuyos autores solo se dan a conocer al final, y que recoge un amplio muestrario de reflexiones de autores de muy diversa tradición filosófica, argentinos casi todos, a excepción de Johan Gottfried Herder, el prerromántico alemán, inspirador del “Sturm und Drang”, la revuelta del espíritu creador contra la utopía racionalista del Aufklärung o Iluminismo. Este pensador, en cuyas aguas abrevó el nacionalismo cultural alemán, con su rescate de la tradición popular, de la poesía, la música y los mitos forjados por el Volksgeist o “espíritu del pueblo”, inspira, en cierto sentido, toda la reflexión de Chávez: a lo largo del libro se encarga de rescatar justamente esto último, el Espíritu del Pueblo, por encima del frío racionalismo iluminista al que identifica, en nuestra historia, con los rivadavianos, los unitarios, los mitristas y los liberales oligárquicos de 1880 en adelante. Sorprende, entonces, y revela el fino peine con que Chávez escarba en nuestra historia de las ideas, encontrar en estas citas algunas de Juan Bautista Alberdi, a quien se ha confundido a veces con un adocenado liberal. Voy a mencionar estas citas del tucumano porque iluminan con claridad meridiana el eje filosófico de su pensamiento: “Continuar la vida principiada en Mayo no es hacer lo que hacen Francia o los Estados unidos, sino lo que nos manda la doble ley de nuestra edad y nuestro suelo”. El suelo es para Fermín –y lo era para Herder– la voz histórica del pueblo, el llamado de su espíritu. La otra: “El Sr. Rosas, considerado filosóficamente, no es un déspota que duerme sobre bayonetas mercenarias. Es un representante que descansa sobre la buena fe, sobre el corazón del pueblo”. Otra vez el pueblo en el centro de su reflexión. Y por último: “sólo el pueblo es legítimo revolucionario; lo que el pueblo no pide, no es necesario”. Lo que no pedía el pueblo –demostrará Fermín a lo largo del libro– ha sido el programa histórico de los unitarios y liberales a lo largo de toda nuestra historia, y, si leemos la prensa diaria con esta clave, lo siguen haciendo en la actualidad.
Comienza el libro, entonces, planteando una Epistemología para la Periferia. Dice Fermín: “Desentrañar las ideologías de los sistemas centrales, en cuanto ellas representan fuerzas e instrumentos de dominación, es una de las tareas primordiales de los trabajadores de la cultura en las regiones de la periferia”. Para ello plantea y propone la construcción –y reconstrucción, agrega– de una nueva ciencia del pensar, esa nueva epistemología. Si la “episteme”, en los griegos, se enfrentaba a la “doxa” como un conocimiento no reflexivo, esta nueva “episteme” se enfrenta a un conocimiento considerado como indiscutible, solo a condición de deshistorizar su origen e imposición, solo si se hace abstracción del procedimiento de exportación del centro a la periferia, como modo ideológico de dominación y aceptación de la hegemonía europea, y en particular inglesa, si lo analizamos desde una perspectiva económica. No otra cosa es lo que Jauretche, Ramos y otros han denominado “colonización ideológica”.
Chávez lo explica con claridad. Antropológicamente, el esclavo en cierta manera ignora su propia condición. No tiene conciencia de ella. El poder ha modelado en él la esclavitud como una segunda naturaleza. Su situación se le aparece como un estado natural que el propio sistema esclavista impone sobre él. En nuestro caso, para lograr la aceptación de la dominación como un estado natural, el sistema hegemónico debe ocupar todo el espacio cultural, debe plantear “holísticamente” su modelo global rígido, sin fisuras, para que el objeto original, nuestra conciencia colectiva, desaparezca por completo. Dice textualmente Fermín Chávez, describiendo este proceso que se impuso después de casi doscientos años de desmantelamiento: “Precisa que la conciencia propia, del colonizado, entre en eclipse, luego de cuestionarla como una aberración, una escoria, una rémora del pasado irracional y ‘bárbaro’”.
A partir de este descubrimiento, que es un dispositivo político y antropológico, de desprogramación y reprogramación, como diríamos treinta años después, Chávez expondrá la génesis de un pensamiento, de una visión del mundo que tiende a restaurar, en su actualización histórica, aquella cultura que fue borrada como mera expresión de atraso, primitivismo e ignorancia.
En esto consiste su libro.

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