La Reconquista de Buenos Aires de 1806 como numen de la nacionalidad

Facundo Di Vincenzo

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“Entretanto, el enemigo nos hacía fuego desde cada ventana o agujero, hiriendo a muchos de los nuestros” (del diario del soldado inglés Lancelot Holland, 1975).

 

Invasión y Reconquista

Hace doscientos catorce años, cuando aún estas tierras pertenecían a la corona española, un 12 de agosto las tropas comandadas por el jefe de la Estación Naval de Buenos Aires, Santiago de Liniers (Niort, Francia, 1753-1810) vencieron a más de 1.660 ingleses que habían desembarcado el 25 de junio desde cinco navíos de guerra y cinco buques de transporte para invadir Buenos Aires.

La Reconquista de la ciudad se realizó bajo condiciones y características extraordinarias. La máxima autoridad del Virreinato del Río de la Plata, el virrey Sobremonte (Sevilla, 1745-1827) tomó una serie de malas decisiones, como por ejemplo: replegar a los veteranos de armas y a las milicias a la fortaleza, sin siquiera saber el número de las fuerzas invasoras; o retirarse apresuradamente del escenario hacia la campaña sur, más precisamente a Monte Grande (Garzón, 2000). Por otra parte, el virrey cumplió con las disposiciones establecidas por la corona española frente a una posible invasión: proteger el tesoro y retirarse hacia la ciudad de Córdoba para preparar una reconquista con las fuerzas armadas de allí (Cutolo, 1930).

En consecuencia, los habitantes de Buenos Aires, sin la autoridad máxima presente, tenían tres opciones para decidir sobre sus destinos. La primera era la de aceptar el dominio inglés: más de un habitante embelesado por las supuestas bondades del libre comercio y la revolución industrial –como Mariquita Sánchez de Thompson– eligió esta opción (Mizraje, 2003). La segunda consistía en esperar la reconquista que iba a venir desde la hermana provincia de Córdoba. La tercera era conformar milicias con vecinos, orilleros y otros hombres y mujeres del Río de la Plata, dispuestos y dispuestas a sacar de estas tierras a los anglosajones.

Un catalán, José Fornaguera, sería el primero en planear la reconquista al día siguiente de la entrada de los ingleses (Rosa, 1964). Le presentó el plan a uno de los vecinos más respetados de la ciudad, el comerciante español Martín de Álzaga (Álava, 1755-1812). Según el catalán, había que juntar 700 a 800 voluntarios, simplemente entrar a la noche al “Cuartel de la Ranchería” donde dormían los invasores, y pasarlos “a cuchillo”. Otros dos vascos mejoran el plan: Felipe Sentenach y Gerardo Esteve y Llach sumaron la idea de traer mil veteranos de Montevideo y “otros orilleros”. Además, entre todos consideran la posibilidad de aprovechar el tiempo de bajamar, que imposibilitaría a los navíos ingleses acercarse a la ribera y, a la vez, permitiría que las cañoneras de Montevideo pudieran bombardear a los ingleses sin problemas. También se propusieron juntar 500 orilleros que conformaría “un ejército invisible” dentro de la ciudad, para ayudar de múltiples maneras durante el combate.

En resumen, a los pocos días de la invasión de los ingleses, el plan de la Reconquista ya estaba en marcha. Álzaga se reunió con el comerciante porteño Juan Martín de Pueyrredón (Buenos Aires, 1777-1850) y con Santiago de Liniers. Pueyrredón hizo correr la voz en la campaña y en poco tiempo logró reunir a los “orilleros”.

¿Quiénes eran los orilleros? Diferentes estudios han mostrado que eran quienes vivían en los bordes de la ciudad: algunos eran peones de estancia, otros tenían una pequeña vivienda con alguna huerta y animales de corral. En muchos casos, con mujer e hijos eran “conchabados” –viviendo en la propiedad de otro (Pomer, 1971; Rosa, 1974; Mayo, 2004). Subsistían penosamente con el trabajo “por temporada”, no permanente, que requerían las estancias (Mayo, 1987; Sabato y Romero, 1992). En pocas palabras, gente que estaba a la orilla de la civilización, pero que no vivía fuera de ella, como es el caso de las tolderías de los “indios”, por ejemplo. Para los porteños, eran quienes vivían en el confín. La mirada citadina de esta gente se encuentra en los cuentos y poemas de Jorge Luis Borges, llenos de cuchilleros, gauchos perseguidos, indios y cautivas, o en el Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes. Algo de la mirada de la campaña se puede encontrar en las novelas por entregas de Eduardo Gutiérrez o Hilario Ascasubi –Santos Vega, Juan Moreira– y, sin dudas, en La Guerra Gaucha o El Payador de Leopoldo Lugones, y en El Martín Fierro de José Hernández (Buela, 1998).

La gran figura de la Reconquista es Santiago de Liniers. El francés ya había intercambiado unos tiros con los ingleses en Ensenada, aunque no llegó a luchar. Siguiendo la decisión del virrey Sobremonte, Liniers se quedó a la espera en su fortín. No lo comprometió la capitulación, porque se presentó como francés, demostrando su pasaporte y aludiendo que estaba en Buenos Aires para visitar a su familia. En consecuencia, pudo cruzar el río para reunirse con Ruiz Huidobro, el gobernador español civil y militar de Montevideo, quien le dispuso unos 900 hombres –528 veteranos y 372 milicianos. Luego se sumaron 73 marineros del corsario El Dromedario, propiedad del francés Hipólito Mordeille y otros 300 más de la escuadrilla fluvial comandada por el español Juan Gutiérrez de la Concha.

Aprovechando la sudestada que agitó el río entre el 3 y el 4 de agosto, Liniers con sus tropas llegó a El Tigre. Las altas olas no dejaron que los navíos desembarcaran en Olivos, como estaba previsto. Desde allí, con unos 1.300 hombres toma recorrido a San Isidro, donde el pueblo lo aclama. La sudestada no deja que las cañoneras de Montevideo comiencen el enfrentamiento, mientras en San Isidro se le suman a Liniers otros orilleros del Perdriel, los húsares de Pueyrredón y unos cincuenta voluntarios más. El 8 de agosto las tropas de Liniers comienzan la marcha. El 9 están en Chacarita de los Colegiales. El 10 en los corrales de Miserere. Desde allí le envía una intimidación a William Carr Beresford, quien comandaba las tropas de los invasores. El inglés rechaza la intimidación y se dispone para la defensa. Ya Liniers tiene más de 3.000 hombres, entre ellos los reunidos por Álzaga, que eran unos 600 bien armados. En los rioplatenses hay gente de a caballo y a pie, armados con viejos trabucos o de chuzas improvisadas –palos armados con pinchos de hierro. Hay también niños destinados a servicios auxiliares: entre estos se encuentra Juan Manuel de Rosas, con 13 años. El día 11 de agosto Liniers prepara la Reconquista, monta los cañones y plantea algunas escaramuzas. Un joven salteño, Juan Martín de Güemes (Salta, 1785-1821), con otros hombres de a caballo toma la cañonera inglesa Justine, que había encallado por una bajante repentina del río. Güemes marca un hito, ya que muy pocas veces en la historia de las batallas de la humanidad un buque de guerra fue capturado por una partida de caballería.

El 12 de agosto se fija el ataque a la Plaza Mayor. Se plantea en tres columnas. La de Santiago de Liniers atacaría por la calle San Martín –hoy Reconquista–; la del centro, comandada por Gutiérrez de la Concha, entraría por la actual calle San Martín; y la de la derecha avanzaría por la actual calle Florida al mando del coronel porteño de dragones, Agustín de Pinedo. Todo el avance es interrumpido por algunos integrantes del “ejército invisible” que se precipitan y comienzan la batalla. Se lucha fuertemente en las calles hoy llamadas 25 de mayo, Reconquista, San Martín, Rivadavia e Hipólito Yrigoyen. El “ejército invisible” va y viene, y ataca desde todas las casas, ventanas, puertas y techos. Los proyectiles caen por centenares sobre los anglosajones. Beresford ordena el repliegue, y los sobrevivientes de su tropa vuelven como pueden a la fortaleza. Los y las habitantes de la ciudad rodean la muralla: adentro los ingleses ya están sitiados. Cuando comienzan los movimientos para abordar el fuerte, Beresford pide parlamentar. Un primer intento del inglés por retirarse con sus hombres en sus buques, sin aceptar la rendición, es rechazado. Beresford, sin otra escapatoria, se rinde, baja la bandera inglesa e iza la española en el fuerte. Debe salir con sus hombres y rendirse, no hay otra salida, pero la gran multitud agolpada lo llena de insultos, haciendo prever el peor destino para los ingleses. Liniers lo observa y se adelanta, abraza a Beresford y lo felicita por su valerosa defensa. Le dice que, debido a su valentía, los dejarán salir del fuerte para que depositen sus armas en el Cabildo, sin sufrir ninguna agresión. Beresford quedará prisionero para ser canjeado al virrey del Perú, supuestamente en poder de los ingleses.

Mientras se rinde Beresford, en las calles de Buenos Aires quedan unos 400 ingleses muertos y heridos, en la tarde del 12 de agosto de 1806.

 

La Reconquista como numen de la nacionalidad

Varios estudiosos y estudiosas han tomado a la Reconquista como punto de inicio de la idea de nacionalidad argentina. En otros casos se ha señalado que sería otra la historia de la Nación si los ingleses se hubieran quedado con el Río de la Plata. El filósofo argentino Alberto Caturelli (Córdoba, 1927-2006) en su libro América bifronte escribe: “Muchos nacen y mueren sin que jamás hayan tenido conciencia de la presencia del ser qué son y de lo que hay además en ellos. Para tal género de hombres, la presencia del ser es una presencia ignorada, una presencia muda de cuyo llamado no se hacen jamás cargo. América tiene todos los caracteres de una cosa simplemente ahí presente y nada más” (Canturelli, 1961: 49).

En la Reconquista, tal como señalan las investigaciones, las autoridades españolas cometieron varios errores. Sin embargo, sería un profundo error plantear que la Reconquista careció de elementos hispanos. Los vascos, sevillanos y catalanes, pero también los orilleros, criollos, mestizos, mulatos y franceses que vivían en el Río de la Plata, compartían historias, un mismo idioma, una misma religión, o al menos hábitos, prácticas y rituales católicos que se ensamblaban con otras costumbres y vivencias de estas tierras, condensándose en aquello que algunos autores y autoras llaman el catolicismo plebeyo (Buela, 1990; Kusch, 1976). Existía una tradición, palabra que deriva del latín traditio, que quiere decir “entregar” o “trasmitir”. Con los europeos vino el afán del lucro mercantil y la violencia que emanan de la fiebre del oro y plata, claro está, pero también llegó a estas tierras un humanismo surgido de una cosmovisión medieval –no moderna, no material– que no había transitado la Revolución Industrial ni la Reforma. De alguna manera los sacerdotes lo transmitieron a los habitantes y pudo ensamblarse con otros humanismos de estas tierras –que dialogaban directamente con el suelo y la naturaleza–, como el de los guaraníes o los gauchos, logrando mantener un vínculo espiritual o metafísico entre las y los habitantes del Río de la Plata. Los anglosajones, por el contrario, invadieron portando otra cosmovisión –materialista, racionalista, liberal, protestante, individualista: moderna– que nada tiene que ver con la idea de transmitir. Llegaron con otra idea de guerra, ya que no querían apropiarse del Río de la Plata por necesidad –no era una guerra por alimento o por subsistencia, como era el caso del enfrentamiento recurrente en la frontera entre “estancieros” e “indios”–, sino por afán de obtener mayores beneficios: estas tierras eran concebidas por los ingleses como una mercancía más.

En pocas palabras, aquello que se entiende por Nación, o nacionalismo, no surge de las instituciones ni de los próceres, más bien todo lo contrario: nace de acciones, movilizaciones o acontecimientos colectivos de liberación, como aquella Reconquista de Buenos Aires de 1806.

 

Bibliografía

Buela A (1990): El sentido de América. Seis ensayos en busca de nuestra identidad. Buenos Aires, Theoría.

Buela A (1998): Aportes a la tradición nacional. Buenos Aires, Theoría.

Caturelli A (1961): América bifronte. Buenos Aires, Troquel.

Cutolo VO (1930): Nuevo diccionario biográfico argentino (1750-1930). Buenos Aires, Elche.

Garzón R (2000): Sobremonte y Córdoba en las Invasiones Inglesas. Córdoba, del Corredor Austral.

Holland L (1975): Expedición al Río de la Plata. Buenos Aires, EUDEBA.

Kusch R (1976): Geocultura del hombre americano. Buenos Aires, García Cambeiro.

Mayo C (1987): “Sobre peones, vagos y malentretenidos, el dilema de la economía rural rioplatense durante la época colonial”. Anuario IEHS, 2, Tandil, UNICEN.

Mayo C (2004): Estancia y sociedad en La Pampa 1740-1830. Buenos Aires, Biblos.

Mizraje MG (2003): Mariquita Sánchez de Thompson. Buenos Aires, Adriana Hidalgo.

Pomer L (1971): El soldado criollo. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina.

Rosa JM (1964): “Las invasiones inglesas”. En Historia Argentina, Tomo II, Buenos Aires, Oriente.

Rosa JM (1974): Del municipio indiano a la provincia argentina. Buenos Aires, Peña Lillo.

Sábato H y LA Romero (1992): Los trabajadores de Buenos Aires. La experiencia de mercado 1850-1880. Buenos Aires, Sudamericana.

 

Facundo Di Vincenzo es profesor de Historia (UBA), doctorando en Historia (USAL), especialista en Pensamiento Nacional y Latinoamericano (UNLa), docente e investigador del Centro de Estudios de Integración Latinoamericana “Manuel Ugarte”, del Instituto de Problemas Nacionales y del Instituto de Cultura y Comunicación. Columnista del programa radial Malvinas Causa Central, Megafón FM 92.1, Universidad Nacional de Lanús.

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