La palabra ‘revolución’ y los intelectuales, o cuando hacer ciencia es crear silencios: lecturas científico académicas de lo iniciado el 17 de octubre de 1945

Facundo Di Vincenzo

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Luego de explorar los trabajos de ensayistas, politólogos, sociólogos, historiadores y filósofos que se han abocado a estudiar el término revolución o han abordado la historia de las revoluciones, observo que se ha consensuado en señalar que se trata de un concepto instrumental muy vasto, incluso desbordante. Con algunas diferencias –a mi entender mínimas– el mundo de las ciencias sociales ha considerado una definición que se conecta con la desarrollada por el filósofo marxista australiano Eugene Kamenka (Cologne, 1928-1994) en el libro Revolution editado por Carl Friedrich en 1966, donde dice: “Se entiende por revolución todo cambio o intento de cambio brusco y profundo en la ubicación del poder político que implique el uso o la amenaza de la violencia y que, si tiene éxito, se traduce en la transformación manifiesta, y tal vez radical, del proceso de gobierno, de los fundamentos aceptados de la soberanía o la legitimidad y de la concepción del orden político o social”. Como puede observarse, la definición de Kamenka es amplia, y mas aún considerando las históricas discusiones en torno al término. Pero me interesa justamente esta amplitud ya que más o menos logra nuclear distintos intentos por definir el término, tanto por autores extranjeros (Hobsbawm, Arendt, Molnar, Correa de Oliveira, Amon, Ricciardi), como por autores americanos (José María Ramos Mejía, Joaquín V. González, Alfredo Colmo, Leopoldo Lugones, Juan A. Quesada). Kamenka, con su definición, permite considerar como una revolución a una larga lista de acontecimientos generalmente catalogados como revueltas, levantamientos, movilizaciones, alzamientos o tumultos. A pesar de ello, no logra conformarme. Probablemente porque en esa definición no aparecen características que considero indispensables para la comprensión de lo que significa la palabra revolución en este lugar del planeta, en nuestra América. ¿Cómo es esto?

En primera instancia, para nosotros, los habitantes de América Latina y el Caribe, el término revolución no puede –y agregaría: no debe– considerarse de la misma forma que en otras regiones del planeta. Especialmente pienso en revueltas, levantamientos, movilizaciones, alzamientos o tumultos producidos en Europa. No hago referencia aquí al recurrente tema de las características especiales de un “nosotros” respecto de un “ellos”, sino que me interesa subrayar que, en nuestro caso, desde antes de la independencia, todas las revoluciones se encontraban atravesadas por la explotación de sectores vinculados con territorios extranjeros (imperios, coronas, sectores privados) fundamentalmente europeos o norteamericanos. En consecuencia, observo que en esta región del planeta el término revolución –en su naturaleza, en su expresión social, económica, política, en definitiva, en su realidad histórica– se relaciona directamente con las luchas de sectores sociales nacionales contra sectores vinculados a los intereses extranjeros –en su mayoría, Estados imperialistas.[1] Observo que en todos los casos revolucionarios de América Latina y el Caribe, cuando se despliega la lucha de los sectores sociales más relegados contra los sectores del poder hegemónico, esa disputa se encauza en determinado momento en una lucha por lograr la liberación nacional. En pocas palabras, la confrontación interna entre los sectores más relegados y los más encumbrados dilucidan los mecanismos de dominación que subyacen en la profundidad vinculados estrechamente al capital extranjero –europeo o norteamericano. Pero para explicarme mejor: ¿qué quiero decir con la lucha por la liberación nacional? ¿Qué quiero decir cuando hablo de liberación nacional?

Por mencionar los casos más estudiados, como las resistencias y las luchas del último Tlatoani o gobernante Mexica, Cuāuhtémōc contra los invasores y conquistadores españoles; el levantamiento de José Gabriel Condorcarqui Noguera-Tupac Amaru II entre 1780-1781 contra el Imperio Español; la revolución haitiana de 1891-1804 contra el imperialismo francés –el monárquico y el revolucionario-republicano posterior a 1789–; sin pasar por alto las sucesivas invasiones y ocupaciones a Haití realizadas por Estados Unidos en 1915-1933, 1994, 2004 y 2010; las resistencias y la expulsión de las invasiones inglesas en el Río de la Plata de los años 1806 y 1807; las guerras de la emancipación en América Latina y el Caribe contra el Imperio Español durante el siglo XIX; las dos revoluciones mexicanas, la primera de emancipación contra las oligarquías y su sistema de dominación (hacendados, autoridades coloniales españolas, encomenderos y demás), y la segunda contra una dictadura asociada al capital norteamericano, británico y francés, sin olvidar que durante el desarrollo de la revolución mexicana iniciada en 1910 los norteamericanos invadieron con más de 3.000 soldados la ciudad de Veracruz; las luchas de liberación nacional realizadas en Nicaragua contra la ocupación militar norteamericana, primero lideradas por Augusto César Sandino contra la ocupación de territorios nicaragüenses entre 1912 y 1933 por soldados de Estados Unidos, y luego la guerra del Frente Sandinista de Liberación Nacional entre los años 1979 y 1990 contra la familia Somoza, formada, sostenida y apoyada por Estados Unidos; y la Revolución Cubana de 1956-1959, también contra otro dictador formado, sostenido y apoyado por el gobierno imperialista de los Estados Unidos; y la lista sigue…

Pero me interesa tomar otro ejemplo visceral en la historia de los pueblos y sus levantamientos a lo largo de la historia argentina: la movilización del 17 de octubre de 1945. Buena parte de los historiadores más reconocidos por el mundo académico y científico argentino han abordado este acontecimiento. También han escrito sobre Juan Domingo Perón y el peronismo. Sin embargo, estos historiadores no han hablado de la movilización del 17 de octubre como una revolución. Menos aún han relacionado este suceso con la liberación nacional.

El sociólogo italiano Gino Germani, en textos que van desde 1955 hasta 1973 –tales como “El surgimiento del peronismo: el rol de los obreros y de los migrantes internos” (1973)–, ha sido uno de los primeros científicos y académicos en vincular a la movilización del 17 de octubre de 1945 con la irrupción de las masas, a las que calificaba como inorgánicas, conformadas por migrantes internos sin experiencia de organización, o masa analfabeta y dócil a merced de un líder carismático –según Germani, lo fue Perón. El sociólogo exiliado de la Italia de Benito Mussolini poco tuvo que indagar o explorar para elaborar sus hipótesis sobre la aparición de lo que llamó “peronismo” en 1945. Más bien, como es usual en muchas de las indagaciones científicas y académicas de nuestros pagos, la hipótesis central –que es por lo general una idea personal, subjetiva e individual– es coloreada con extensas citas de autores y libros franceses, británicos y norteamericanos, o cruzada por categorías marxistas estructuralistas o post estructuralistas, o –en estos tiempos– parafraseada con ilustres ensayistas de la llamada “corriente del giro lingüístico” (linguistic turn). Lo cierto es que Germani no vio a Perón, sino a Mussolini. Atravesado por su historia personal, elaboró su cruzada antifascista –contra la Italia de Mussolini– en Argentina y contra el peronismo.

Otros autores no menos encumbrados, como José Luis Romero y Tulio Halperín Donghi, también hicieron lo suyo. Pocos estudiosos de su trayectoria y su obra señalan que ambos historiadores fueron militantes antiperonistas cercanos al Partido Socialista Argentino. En una entrevista poco antes de su fallecimiento, Halperín Donghi afirmaba: “Toda mi vida fue afectada por la política. Fui antiperonista casi como un destino; no es que lo eligiera. Nunca se me ocurrió hacer otra cosa” (Página 12, 15-11-2014). En su texto La democracia de masas (1998), escribe: “La campaña moralizadora [peronista] fue modelada sobre la que en Alemania había tenido a su servicio la elocuencia del doctor Goebbels”. En ese texto, Halperín Donghi relativiza el bombardeo de la Plaza de Mayo por la Marina de Guerra, ya que no hace mención a las víctimas civiles –más de 300–, sino que habla de “horas de combate”, transformando el bombardeo del centro de la Capital en un enfrentamiento entre fuerzas oficialistas y antiperonistas del Ejército.

José Luis Romero, militante del Partido Socialista Argentino, se involucró desde el comienzo en la difusión del antiperonismo. Como Germani, no leyó al gobierno de Perón como un gobierno democrático, sino que para él siempre fue un régimen autoritario ligado al fascismo de Mussolini y al nazismo de Adolf Hitler. En un texto que aún es lectura obligatoria de la materia Sociedad y Estado del Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires –el libro Las ideas políticas en Argentina– escribe Romero: “Perón comenzó a utilizar los típicos métodos aconsejados por la tradición nazi fascista y la concepción de la política vigente en ciertos grupos militares”.

En esta brevísima revisión puede observarse que Gino Germani, Tulio Halperín Donghi y José Luis Romero no consideran al peronismo como un movimiento surgido de una revolución. Todo lo contrario, lo leen más como un movimiento conservador, fascista, nazi y contrarrevolucionario. Sin embargo, y tomando la definición de Eugene Kamenka, observo que lo ocurrido el 17 de octubre de 1945 fue una revolución. Y considerando especialmente las características mencionadas para esta clase de acontecimientos en América Latina y el Caribe, también observo que dio inicio a una transformación social, económica y política de liberación nacional, tanto frente al imperialismo norteamericano y europeo, como frente al sistema de dominación oligárquico argentino asociado al capital extranjero. Más allá del contenido popular, plebeyo o masivo del movimiento –único en la historia argentina, surgido de una movilización espontánea–, por sus logros económicos y políticos considero que es un caso de revolución con las características de liberación nacional. ¿Por qué afirmo esto? Por mencionar algunos aspectos relacionados con la liberación nacional y lo desencadenado tras el 17 de octubre, destaco la nacionalización de la industria ferroviaria, los puertos, la telefonía y el gas de consumo doméstico; al mismo tiempo, remarco la realización de más de 70.000 obras públicas en todo el país, en su mayoría orientadas a la puesta en marcha de la industria, con caminos, plantas siderúrgicas, refinerías de petróleo y centrales hidroeléctricas, o la creación de la flota mercante, que durante esos años pasó a ser la tercera en todo el mundo; mientras que en materia social también conquistó espacios con la construcción de más de 8.000 escuelas, reduciendo el analfabetismo al tres por ciento en todo el país y proporcionando viviendas al menos para cinco millones de personas –con la construcción de 500.000 hogares en nueve años de Gobierno. Y como todo hecho revolucionario, sus transformaciones se vieron plasmadas en un texto constitucional: la Constitución Nacional de 1949.

A modo de cierre, creo que ya es hora de que las Ciencias Sociales revisen verdaderamente sus categorías, deslindando los aspectos personales, ideológicos o sentimentales de sus indagaciones científico académicas. El 17 de octubre fue una revolución de liberación nacional, aún no finalizada hoy, pero no por ello irrealizable.

[1] Por imperialistas aludo a los Estados Nación que han ocupado por medio de la violencia territorios ubicados más allá de los límites territoriales establecidos, consensuados y reconocidos por la historia, tradición y costumbres de los habitantes que lo habitan. En síntesis, el imperialismo desde un criterio que remarca la invasión violenta de un territorio ajeno, situación que los estudiosos del tema ubican entre mediados del siglo XIX hasta la actualidad.

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