Haya de la Torre, el articulador de la unidad continental bolivariana

Julio Mariano Andreis

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El peruano Víctor Raúl Haya de la Torre es uno de los primeros latinoamericanos del siglo XX que toma los planteos realizados en nuestro continente por la llamada “generación del 900” que, basando sus postulados en el pensamiento “martiano-nuestroamericano”, da cuenta de la necesidad de una segunda independencia, retomando el ideal bolivariano de principios del siglo XIX que había quedado inconcluso. Haya se encarga de articular aquel ideal ya planteado por los jóvenes del 900, proponiendo la creación de una Alianza Popular Revolucionaria Americana que termine la tarea inconclusa de Bolívar en el Siglo XX.

Este trabajo pretende traer a este tiempo y a estas latitudes aspectos de la vida, obra y legado de Víctor Raúl Haya de la Torre como creador, mentor y dirigente del APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana). La idea central de este escrito es acercarnos brevemente a los caminos recorridos por Haya de la Torre hasta lograr afianzar el proyecto político de integración latinoamericana más importante del siglo XX.

Para ello, partimos de rescatar el proyecto de unidad de la América hispana propulsado desde Miranda, Bolívar y San Martín, su disolución, y la emergencia de un joven peruano cuya acción y pensamiento, su exilio y retorno, moldearon y consolidaron el APRA. Por último, se sintetizan algunos de sus grandes legados en el continente.

 

El primer proyecto de unión continental post colonial

Luego de las luchas independentistas de principios del siglo XIX en el territorio hispanoamericano y al mismo tiempo que muchas estaban por llegar a su fin, se comienzan a gestar ideas de cómo organizar políticamente este suelo. Específicamente, hacemos referencia a la línea que siguieron personalidades como Miranda, Bolívar, San Martín, Sucre, O’Higgins, entre otros, que pensaron primero en la independencia del imperio español, para la cual estuvieron al servicio, y segundo, una vez finalizada la tarea, en la unión continental como única forma de organización de este territorio.

Francisco de Miranda, ya desde 1790, tal como explicita Robertson, había formulado en su exilio en Inglaterra planes de liberación, en un primer momento, y de unidad luego. Este proyecto tenía prevista una monarquía constitucional “mixta y similar a la de Gran Bretaña” (Robertson, 1947: 97). En la “Proclama” de 1801 diseñaba un proyecto de gobierno federal para la nueva república confederal que proponía llamar “Colombia”, con la capital en Panamá y con dos “Incas” en el ejecutivo (Ferrero, 2015: 2).

Por su parte, Simón Bolívar, quien conoce a Miranda en 1810, toma sus ideas principales sobre la unidad de la América española, dejándolas plasmadas en la “Carta de Jamaica” del 6 de septiembre de 1815 redactada en Kingston. En ella dejará en claro, entre otras cosas, que “Es una idea grandiosa pretender formar de todo el mundo nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería por consiguiente tener un sólo gobierno que confederase los diferentes Estados que hayan de conformarse”. Bolívar tenía en claro que era complicada la unión en toda la extensión del territorio por las “situaciones diversas”, los “climas remotos”, los “intereses opuestos”, aunque entendía por sobre todas las diferencias que la unión era realmente necesaria, no solo para expulsar a los españoles, sino también para que reine el buen vivir en estas tierras. Su interrogante en la propia Carta de Jamaica lo deja bien en claro: “¿no es la unión todo lo que se necesita para ponerlos en estado de expulsar a los españoles, sus tropas, y los partidarios de la corrompida España, para hacerlos capaces de establecer un imperio poderoso, con un gobierno libre, y leyes benévolas?

José de San Martín se inclinaba en el mismo sentido que Bolívar en cuanto a la unidad del suelo hispano. Se ve claro en una de las cartas que envía a Godoy Cruz, referenciada por Ferrero: “Los americanos o Provincias Unidas no han tenido otro objeto en su revolución que librarse del mando del fiero español y formar una nación” (Ferrero, 2015: 7). En noviembre de 1818, San Martín esboza su programa de la “Unión de los tres estados independientes”: Argentina, Chile y Perú. Dirá en su alocución a los peruanos: “Afianzados los primeros pasos de vuestra existencia política, un congreso central compuesto de los representantes de los Tres Estados dará a su respectiva organización una nueva estabilidad”, poniendo de manifiesto una clara idea de funcionamiento a través de la unidad.

Estos breves ejemplos son apenas una muestra de la claridad que San Martín y Bolívar –sólo por mencionar los que consideramos más cerca estuvieron de lograr el ansiado proyecto unionista– tuvieron sobre lo que debía ser una verdadera política continental. No era una hermandad mística o moral. Era una confederación activa y ejecutiva de facto de Estados soberanos en Sudamérica, ligados por pactos multilaterales concretos.

Con el paso del tiempo, la historia misma se encarga de mostrarnos lo que ocurrió con estos grandes proyectos de unidad de los pueblos de “Nuestra América” –en términos de Francisco de Bilbao y de José Martí– y cómo fue que quedaron truncas todas esas iniciativas, contrarias por supuesto, en la mayoría de los casos, a las de muchas elites conservadoras que se encargaron de ocultar los rastros de aquellos libertadores, en beneficio de sus propios intereses, que no en pocas ocasiones coincidían con los de potencias extranjeras.

Entonces, para mediados del siglo XIX, las grandes jurisdicciones se habían convertido en pequeñas unidades regionales o “naciones”, e inclusive algunas comenzaban a tener conflictos entre sí. Con este contexto donde los libertadores que no fueron exiliados fueron asesinados –y con ellos también sus ideales– al menos por el momento que transcurría resulta difícil hilvanar lo que en este ensayo denominamos “nuevo proyecto de unidad continental”, refiriéndonos al APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana), partiendo de este primer proyecto trunco que vino de la mano de los distintos focos independentistas y los posteriores intentos de organización de los territorios libres. Si bien con un considerable tiempo transcurrido y con matices totalmente distintos, propios del cambio de época, de actores y de intereses, veremos cómo el Aprismo se convierte, de la mano de Víctor Raúl Haya de la Torre, en un movimiento que estuvo a la altura de los tiempos como propuesta de unidad continental.

 

Haya de la Torre y su contexto

Víctor Raúl Haya de la Torre nace en 1895 en la ciudad de Trujillo, ubicada al norte de Perú. Estudia en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y al poco tiempo asume la presidencia de la Federación de Estudiantes. Durante su formación, en el mundo se producen acontecimientos muy importantes que marcarán el siglo XX desde su comienzo: nos referimos a la Primera Guerra Mundial, la Revolución Mexicana, la Revolución Rusa y la Reforma Universitaria que se produce en la ciudad de Córdoba en 1918, hechos que inevitablemente influenciaron al –por entonces– joven Haya de la Torre. En palabras de Marcelo Gullo: “De entre aquellos acontecimientos, el que tuvo una importancia capital sobre la vida de Haya de la Torre fue, sin dudas, la Reforma Universitaria protagonizada por los estudiantes argentinos de la ciudad de Córdoba en junio de 1918” (Gullo, 2013).

Merecen mención especial algunos de los personajes latinoamericanos de la llamada “Generación del 900”. Nos referimos principalmente a Manuel Ugarte y a José Enrique Rodó y su trascendente obra Ariel, que supo imprimir en los jóvenes universitarios latinoamericanos un ideario de lucha por la emancipación cultural y política, sobre todo por el avance imperial de Estados Unidos y su doctrina Monroe,[1] reafirmada a principios del siglo XX por el presidente Theodore Roosevelt. En este sentido, Marcelo Gullo refuerza la importancia del Ariel de Rodó: “esa idea iría madurando, paulatinamente, en el pensamiento de Víctor Raúl Haya de la Torre, hasta decidirlo a tomar la responsabilidad de realizar la gran cruzada de la unión continental, propuesta por el uruguayo José Enrique Rodó, el mexicano José Vasconcelos y el argentino Manuel Ugarte: el aprismo fue, en cierta forma, un hijo de ese neo-arielismo” (Planas Silva, citado por Gullo, 2013: 20).

Haya de la Torre, ya indiscutido líder estudiantil, logra uno de sus primeros éxitos políticos en un congreso en Cuzco en el año 1920, con la creación de la Universidad Popular bajo la dirección de la Federación de los Estudiantes del Perú, en la cual él mismo asume como primer rector. Este fue el primer nexo obrero-estudiantil organizado en el Perú, “cuya vivencia, ni dudarlo, determinaría la formación ideológica y organizativa del aprismo” (Planas Silva, 1986: 18). Por su parte y retomando aquella llamada “generación del 900”, es José Martí quien se plantea, antes que cualquier otro intelectual, tratar de culminar lo que había comenzado con Simón Bolívar y los líderes independentistas de América Latina. Por eso es que Martí habla de la segunda independencia de nuestro territorio. Si bien pensadores como Francisco de Bilbao venían esbozando la necesidad de una segunda independencia, ese planteo más bien hacía referencia a la “emancipación mental” en el plano de las ideas, de pensar desde Latinoamérica y para los latinoamericanos (Bilbao, en Zea 1993: 53-66). Martí se encontraba en plena lucha por la liberación cubana, por eso su planteo refiere a superar el yugo que aún estaba presente en el plano de la política territorial. Lo refleja en su excelentísima obra Nuestra América, donde deja plasmado este concepto de segunda independencia: “De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia” (Martí, 1977: 48)

 

Nacimiento del APRA fuera del territorio peruano

Haya de la Torre es deportado a Panamá por Leguía el 9 de octubre de 1923 con 28 años, y no regresaría hasta agosto de 1931, como candidato a la Presidencia de la República. En este lapso de tiempo, fuera de su Perú natal, según coinciden varios autores, comienza el misticismo de su figura, con su persecución.

Quien le dará cobijo y cierto protagonismo en sus filas es José Vasconcelos en México, que por entonces se desempeñaba como secretario de Educación Pública durante la presidencia de Álvaro Obregón. Como consecuencia de su residencia en México, Melgar Bao asevera: “La estadía del joven peruano en suelo azteca es fundamental para comprender buena parte de la formación ideológico política de Haya de la Torre, puesto que Haya, que admiraba profundamente a Vasconcelos (1882-1959), se transformaría, prácticamente, en su discípulo y, a la vez, el gran maestro mexicano lo trataría como tal y compartiría con el joven trujillano, de modo casi permanente, sus reflexiones y pensamientos” (Melgar Bao, 2003: 246).

Vale mencionar que, antes de instalarse en México, Haya de la Torre había recorrido algunos países de Sudamérica, reuniéndose con importantes personalidades del ámbito político y académico. El mismísimo presidente argentino Hipólito Yrigoyen lo recibió, al igual que José Ingenieros, Alfredo Palacios, Gabriela Mistral y otros tantos. También tuvo su paso por Cuba, como Invitado de Honor, a la inauguración de la Universidad Popular José Martí, acompañando a su primer rector, Julio Antonio Mella. Es en la ciudad de México donde inicia el proceso fundacional del APRA, el 7 de mayo de 1924: Haya de la Torre entrega una bandera indoamericana a los estudiantes mexicanos. Era de color rojo, y el perfil del continente latinoamericano era dorado. Este día es considerado por Haya como un hito fundacional en su movimiento: “sin embargo, como quedará demostrado, el ideario y la organización del APRA aún no habían cuajado como una idea articulada y dirigida, de modo definido, a la acción política concreta. Haya se inspiró, para crear la bandera indoamericana, en el escudo de la Universidad Nacional de México –que había sido diseñado por Vasconcelos– y discutió el diseño de la futura divisa de la nación indoamericana con el gran pintor mexicano, Diego Rivera (Gullo, 2013). En palabras del mismo Haya: “La tenéis aquí: el rojo, dirá de las aspiraciones palpitantes de justicia… Sobre el ancho campo, la figura en oro de la nación indoamericana señala las tierras vastas, que unidas y fuertes brindarán hogar sin desigualdades a todos los hijos de la raza humana” (Haya de la Torre, 1985: 6).

Es, paradójicamente, durante una gira que realiza por Europa y Rusia donde el APRA toma su verdadera forma como partido, con sus bases y deberes de cumplimiento para sus miembros. Del análisis del Partido Comunista, su construcción de poder y su accionar –pero sin dejar de lado el legado de la generación del 900 y su sueño de unidad continental– en París durante octubre de 1926 Haya redactó un artículo al que tituló: “What is the APRA?”, publicado en diciembre de ese mismo año en el Labour Monthly, órgano oficial del Partido Laborista inglés. Es aquí donde por primera vez suena el nombre del nuevo partido revolucionario latinoamericano: “APRA”.

El propio Haya de la Torre explica en su artículo que el APRA era: “el Partido Revolucionario Antiimperialista Latinoamericano”, un nuevo “movimiento autóctono latinoamericano sin ninguna intervención o influencia extranjera”. Su programa constaba de cinco puntos fundamentales: a) Acción contra el imperialismo yanqui; b) la unidad política de América latina; c) la nacionalización de las tierras e industrias; d) la internacionalización del Canal de Panamá; y e) la solidaridad con todos los pueblos y clases oprimidas del mundo” (Haya de la Torre, 1927: 23).

 

El APRA en su tierra

La experiencia de Haya en Europa forjó la identidad del APRA. Instituido ideológicamente desde las realidades nacionales del Viejo Continente, se convertiría en una fuerza política organizada, irradiando su fibra en varios países latinoamericanos. “Desde Alemania, Haya recibió, jubilosamente, la noticia de la desaparición política de la dictadura de Augusto Leguía[2] e, inmediatamente, alertó a sus cuadros partidarios, desparramados por Europa y América Latina, para que estuvieran preparados para retornar al Perú, a fin de reforzar la organización del APRA y fomentar la creación del Partido Aprista Peruano, a fin de poder participar en el proceso eleccionario que, inminentemente, se avecinaba” (Gullo, 2013). Con el regreso de Haya de la Torre y de muchos de los “compañeros” de su movimiento, también en el exilio, luego de la caída del gobierno que los había expulsado y su dictador Augusto Leguía, se pone en marcha el movimiento por primera vez en su país.

El 12 de julio de 1931, Víctor Raúl Haya de la Torre regresa a suelo peruano y comienza su campaña presidencial desde el norte del país. Finalmente, ingresa a Lima en agosto, y ante una inmensa multitud reunida en la Plaza de Acho, impulsa el programa mínimo o “plan de acción inmediata” de su partido, una de las claves para comprender la dimensión latinoamericanista del aprismo.

Este plan de gobierno impulsaba la “ciudadanía latinoamericana”, la coordinación de las instituciones educativas latinoamericanas para la formación permanente, promoviendo “el intercambio bibliográfico, de maestros y alumnos, creando becas para éstos, auspiciando el hogar universitario latinoamericano para los estudiantes becados y para los maestros y alumnos visitantes”, la creación de un “tribunal de arbitraje latinoamericano”, un “pacto de defensa” entre los pueblos latinoamericanos (Haya de la Torre, 1931), entre muchos otros puntos que dan sobradas muestras que el aprismo –tomando los postulados de la “generación del 900” mencionados al principio– se convierte en la materialización de un nuevo proyecto de unidad continental.

Haya de la Torre siempre entendió al Perú como una de las partes de un todo que era la Patria Grande latinoamericana, o Indoamérica, como le llamaba. En su propio plan de gobierno está inscrita la consigna de “ser nacionalistas integrales de veras y, juntos así, poder incorporarnos a la marcha de la civilización mundial”. A nuestro entender, el aprismo es la continuidad de aquel proyecto de unidad continental que se propusieron Bolívar y San Martín, apropiado para los tiempos que transcurrían, tal como deja entrever uno de los apartados de ese plan de gobierno aprista de manera textual: “nuestro programa máximo continental no es sino la cristalización modernizada del viejo ideal bolivariano. Nosotros hemos sintetizado en un programa de unidad económica y política las frases inmortales de Bolívar: Unión, Unión, América dorada, que sino la anarquía te va a devorar” (Haya de la Torre, 1931).

 

El legado del APRA

A modo de conclusión, destacamos algunos puntos que consideramos que reflejan la importancia de este movimiento en el siglo XX y que llega hasta nuestros días como el nexo principal entre aquel proyecto de unidad bolivariano y los tiempos venideros.

El APRA es la materialización de los principios de la generación del 900 que desde el territorio peruano promueve la unidad latinoamericana, estimulando a las demás naciones a tomar su bandera en esta lucha que plantea Víctor Raúl Haya de la Torre y que debe llevar adelante el continente contra el imperialismo. Cabe destacar que el Partido Aprista Peruano es el primer partido cuyo plan de gobierno incluye el tema de la “unidad continental”.

Además de la unidad, el APRA en su programa mínimo propone el establecimiento de innumerables derechos para los trabajadores y en materia de educación. Para la época eran realmente revolucionarios en nuestro territorio latinoamericano: un seguro social obligatorio, la erradicación del trabajo gratuito, el establecimiento de un salario mínimo, la educación universal y gratuita, sólo por mencionar algunos y que venían a cuestionar al viejo sistema de dominación. Haya piensa estas reivindicaciones en clave de “Patria Grande”, de aquella “nación inconclusa” de los tiempos de Bolívar.

Este movimiento, que nace a principios del siglo XX, es fundamental para comprender el sello que ha distinguido, entre otros, a Juan Domingo Perón en Argentina, Getulio Vargas en Brasil y, en cierta forma, a Lázaro Cárdenas en México. Cada cual con su impronta, pero haciendo valer mucho de lo trazado anteriormente por Haya de la Torre.

 

Bibliografía y otras fuentes

Enríquez LE (1951): Haya de la Torre. La estafa política más grande de América. Lima, del Pacífico.

Ferrero R (2015): De Murillo al rapto de Panamá. Las luchas por la unidad y la independencia de Latinoamérica (1809- 1903). Buenos Aires. Imago Mundi.

García Pérez A (2008): La revolución constructiva del aprismo: teoría y práctica de la modernidad. Lima, Selbstverl.

Halperin Donghi T (2005): Historia Contemporánea de América Latina. Madrid, Alianza.

Haya de la Torre VR (1985): Obras Completas. Lima, Juan Mejía Baca.

Haya de la Torre VR (1927): Por la Emancipación de América latina (artículos, mensajes, discursos (1923-1927). Buenos Aires, Gleizer.

Haya de la Torre VR (1986): Treinta años de aprismo. Lima, Monterrico.

Martí J (1977): “Congreso internacional de Washington” (Nueva York, 2 de noviembre, 1889). En Nuestra América. Caracas, Ayacucho.

Melgar Bao R (2003): Redes del exilio aprista en México. Buenos Aires, Libros en Red.

Planas Silva P (1986): Los Orígenes del APRA: el joven Haya. Lima, Okura.

Ramos JA (2011): Historia de la nación Latinoamericana. Buenos Aires, Continente.

Robertson WS (1947): La vida de Miranda. Buenos Aires, Anaconda.

Zea L (1993): Sentido y Proyección de la Conquista. México, FCE.

 

Julio Mariano Andreis es licenciado en Ciencia Política (Universidad Nacional de Villa María), autor del libro Política Exterior y Desarrollo Local en Argentina. El caso de Córdoba, y docente de Relaciones Internacionales en la UNVM.

[1] La Doctrina Monroe puede ser sintetizada en la frase “América para los americanos”, atribuida el presidente Monroe en el año 1823. Establecía que cualquier intervención europea en tierra americana sería vista como un acto de agresión que requeriría la injerencia de Estados Unidos.

[2] Con la crisis de 1929, provocada por la caída de la bolsa de valores de Nueva York, entre 1930 y 1931 cayeron los presidentes Augusto Leguía en Perú, Hernando Siles en Bolivia, Hipólito Yrigoyen en Argentina, Washington Luiz en Brasil, Harmonio Arosemena en Panamá, Isidoro Ayora en Ecuador y Carlos Ibáñez del Campo en Chile.

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