Evita y el peronismo insolente

Félix Pablo Friggeri

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El peronismo representa el fenómeno político más importante y más original de toda la historia argentina independiente. Significó la transformación social más profunda de la historia con sus primeros gobiernos y el período democratizador más prolongado con Néstor y Cristina. Superado electoralmente por primera vez por una fuerza expresamente oligárquica, vuelve al gobierno para iniciar otra etapa llena de expectativas por los enormes desafíos que enfrenta el país. Las preguntas sobre qué peronismo necesitamos en este momento aparece, entre otras cosas, porque desde su aparición –con contradicciones y dificultades– fue la única organización política que dio respuestas concretas, sobre todo en lo socio-económico, a nuestro pueblo.

En la eterna búsqueda de desentrañar lo que es el movimiento como fenómeno político, hay un aspecto que rescato en este trabajo: el del peronismo insolente. Lo hago desde la figura que representó eminentemente esta característica: Evita Perón. Aunque constituye un componente determinante del fenómeno peronista, no todas sus versiones lo expresaron claramente. Pero sigue siendo clave para entender la constitución y la perdurabilidad del movimiento. Es el aspecto que más claramente expresa el hecho constituyente del fenómeno peronista: el 17 de octubre. Y por eso suscita las mismas actitudes que aquella gesta: amor y odio.

El texto intenta simplemente hacer la memoria de esta presencia del peronismo insolente en el discurso de Evita. Como un sencillo homenaje para ella y como un recordatorio para la comprensión del movimiento desde sus propias historia y mística en la actualidad.

 

Un peronismo revolucionario o de negocios

El peronismo nació atravesado, como muchas organizaciones políticas, por una tensión entre la lucha antagónica y la negociación. Esta última, en lugar de ser para avanzar en la concretización de lo que necesitan las mayorías populares, se realiza para hacer negocios que buscan beneficios privados. En el antagonismo, como expresión de la firmeza de estar del lado de los más pobres, Evita es la figura eminente e insuperable. Por ello fue y es bandera de cada planteo de enfrentamiento expreso con las distintas, pero tan parecidas, oligarquías que se sucedieron en los núcleos de poder del país: con corbata de empresario o de político, con toga de juez, en uniforme militar o atrás de la fachada de un gran “medio de comunicación”. La perdurabilidad de esta ligazón tiene un carácter histórico que la fundamenta, pero sobre todo un carácter mítico que la expande inmensamente.

Sostengo aquí, como uno de los elementos centrales de ese carácter, a la insolencia. Evita es núcleo y bandera de esa característica definitoria del fenómeno peronista. Y sostengo también que esta es parte de la dimensión revolucionaria que este fenómeno tiene.

Un elemento característico de la insolencia era asumir los adjetivos y apelativos peyorativos que se hacían, principalmente, desde las clases dominantes y sus seguidores y asociados, y subvertirlos en nombres de lucha. En objetos de orgullo “plebeyo”. Así pasó con los adjetivos de “cabecitas negras”, “grasitas”, “descamisados” y otros tantos.

Sin embargo, uno no muy recordado, pero llamativamente presente en el discurso de Evita, es la polémica definición de “fanáticos”. Ella retoma este adjetivo denostado y, atrevidamente, lo opone a la mediocridad (2016c: 10) y lo enlaza con su pasión por Perón y las causas populares y con una capacidad heroica: “Solamente los fanáticos –que son idealistas y son sectarios– no se entregan. Los fríos, los indiferentes, no deben servir al pueblo, porque no pueden servirlo aunque quieran. Para servir al pueblo hay que estar dispuestos a todo, incluso a morir. Me gustan los fanáticos y todos los fanatismos de la historia. Me gustan los héroes, y los santos, y los mártires, cualquiera sea la causa y la razón del fanatismo. El fanatismo convierte a la vida en un morir permanente y heroico; pero es el único camino que tiene la vida para vencer a la muerte. Por eso soy fanática. Daría mi vida por Perón y por el pueblo (…) porque estoy segura que solamente dándola me ganaré el derecho de vivir en ellos por toda la eternidad. Así, fanáticas quiero que sean las mujeres de mi pueblo y fanáticos los trabajadores y los descamisados. El fanatismo es la única fuerza que Dios le dejó al corazón para ganar sus batallas. Es la gran fuerza de los pueblos: la única que no poseen sus enemigos, porque ellos han suprimido del mundo todo lo que suene a corazón. Por eso los venceremos. Ellos tienen dinero, privilegios, jerarquías, poder y riquezas (…) pero no podrán ser nunca fanáticos (…) porque no tienen corazón. Nosotros sí. (…) Tenemos que convencernos para siempre. El mundo será de los pueblos si los pueblos decidimos enardecernos en el fuego sagrado del fanatismo, pero enardecernos significa quemarnos para poder quemar, sin escuchar la sirena de los mediocres y de los imbéciles que nos hablan de prudencia. Ellos que hablan de la dulzura y del amor se olvidan que Cristo dijo: ‘¡Fuego he venido a traer sobre la tierra y que más quiero sino que arda!’. El nos dio un ejemplo divino de fanatismo. ¿Qué son a su lado los eternos predicadores de la mediocridad?” (2016b: 11).

Ubica esta actitud, unida a otra, el sectarismo, fundamentalmente en el enfrentamiento con la oligarquía: “Es necesario que los hombres y mujeres del pueblo sean siempre sectarios y fanáticos; que no se entreguen jamás a la oligarquía” (2016b: 36). Suma a esto el asumirse ella misma como “sectaria”. Es interesante cómo, luego de exponer la postura casi “oficial” del justicialismo –que presenta como de “cooperación” en lugar de “lucha”, pero aclarando que “no queremos que nadie explote a nadie y nada más”–, ubica su postura personal y se distingue frente a esto: “Yo, sin embargo, por mi manera de ser, no siempre estoy en ese justo punto de equilibrio. Lo reconozco. Casi siempre para mi la justicia está un poco más allá de la mitad del camino. (…) ¡Más cerca de los trabajadores que de los patrones! Es que para llegar a la única clase de argentinos que quiere Perón, los obreros deben subir todavía un poco más, pero los patrones tienen mucho que bajar. (…) Soy sectaria, sí. No lo niego, y ya lo he dicho. Pero ¿podrá negarme alguien ese derecho? ¿Podrá negarse a los trabajadores el humilde privilegio de que yo esté más con ellos que con sus patrones? (…) Mi sectarismo es además un desagravio y una reparación. Durante un siglo los privilegiados fueron los explotadores de la clase obrera. ¡Hace falta que eso sea equilibrado con otro siglo en que los privilegiados sean los trabajadores!” (1951: 122).

Es que ella sabe que la vida política en la Argentina está marcada por una profunda división y enfrentamiento que se tiene que asumir si se quiere luchar contra la injusticia y ser fiel al sentimiento popular. No sirve copiar la política de otros países: “Acostumbrados a la política de ‘colaboración’ que en otros países es casi una costumbre, no se entiende nuestra división rotunda y terminante” (1951: 297). Esto nace de lo que ella llama su “sentimiento fundamental que domina desde allí, en forma total, mi espíritu y mi vida: ese sentimiento es mi indignación frente a la injusticia” (1951: 16). Pero, unido a esto, nace fundamentalmente de otra actitud básica: la de encarnarse en el pueblo. “Es lindo vivir con el pueblo. Sentirlo de cerca. (…) Sufrir con sus dolores y gozar con la simple alegría de su corazón. Pero nada de todo eso se puede si previamente no se ha decidido definitivamente ‘encarnarse’ en el pueblo (…) hacerse una sola carne con él para que todo dolor y toda tristeza y angustia y toda alegría del pueblo sea lo mismo que si fuese nuestra. (…) Eso es lo que yo hice, poco a poco en mi vida. (…) Por eso el pueblo me alegra y me duele. Me alegra cuando lo veo feliz (…) y cuando yo puedo añadir un poco de mi vida a su felicidad. Y me duele cuando sufre (…) o cuando los hombres del pueblo o quienes tienen obligación de servirlo en vez de buscar la felicidad del pueblo lo traicionan” (2016b: 23).

Evita sostiene lo que dice en una profunda conciencia popular, que ella ya trae por origen, pero que no perdió en medio de los ámbitos de poder: “Yo no me dejé arrancar el alma que traje de la calle. (…) Por eso no me deslumbró jamás la grandeza del poder, y pude ver sus miserias; y por eso nunca me olvidé de las miserias de mi pueblo y pude ver sus grandezas” (2016b: 7). Y vuelve a la táctica de subvertir los insultos en banderas cuando sostiene, en esta misma línea de su conciencia popular: “Yo declaro que pertenezco ineludiblemente y para siempre a la ‘ignominiosa raza de los pueblos’. De mi no se dirá jamás que traicioné a mi pueblo, mareada por las alturas del poder y de la gloria. Eso lo saben todos los pobres y todos los ricos de mi tierra. Por eso me quieren los descamisados y los otros me odian y me calumnian. Nadie niega en mi Patria que para bien o para mal, yo no me dejé arrancar el alma que traje de la calle” (2016b: 18).

Desde esta postura, al entender que “sentirse pueblo” es la actitud más importante y es fuente de un orgullo genuino, critica a los que se dejaron cambiar por el poder: “He tenido una gran desilusión con gente a la que aprecio, cuando la he visto envanecerse como pavos reales, cuando las he visto sentirse importantes. No hay más importancia, más privilegio, ni más orgullo, que el sentirse pueblo” (2016d: 29). Y desde este posicionamiento espiritual y político, entiende su forma de trabajar: “Yo he pretendido que mi despacho sea lo más popular y lo más descamisado; no en sus paredes –porque nosotros no nos vestimos de harapos para recibir al pueblo, sino que nos vestimos de gala para recibirlo con los mejores honores, como se merece–, pero sí descamisado por el cariño, el corazón, la humildad y el espíritu de sacrificio y de renunciamiento” (2016d: 32).

Y también desde aquí entiende el contenido del trabajo del peronismo por la justicia. No puede haber un trabajo popular sin afectar concretamente a los ricos: “el entonces coronel Perón, desde la Secretaría de Trabajo y Previsión tomó para sí la ardua tarea de resentir, tal vez, a los poderosos, no tanto por su doctrina, sino porque les tocó un poco en sus intereses, les tocó el bolsillo, que es la ‘víscera’ que más les duele. Además, les hizo sentir que en nuestra patria debían tratar a todos los argentinos con la dignidad que merecen por el solo hecho de llevar el egregio apellido de argentinos” (2016d: 13).

Hay una verdad fundamental, que es lo que alguien llamó “pobreza dialéctica”. Esta verdad fue una revelación muy fuerte para ella para comprender las raíces de los problemas de su patria: “Un día oí por primera vez de labios de un hombre de trabajo que había pobres porque los ricos eran demasiado ricos; y aquella revelación me produjo una impresión muy fuerte” (1951: 18). Para ella este fue el camino para entender, desde niña, que hay que desnaturalizar la pobreza: “Nunca pude pensar, desde entonces, en esa injusticia sin indignarme, y pensar en ella me produjo siempre una rara sensación de asfixia, como si no pudiendo remediar el mal que yo veía, me faltase el aire necesario para respirar. Ahora pienso que la gente se acostumbra a la injusticia social en los primeros años de la vida. Hasta los pobres creen que la miseria que padecen es natural y lógica. Se acostumbran a verla o a sufrirla como es posible acostumbrarse a un veneno poderoso. Yo no pude acostumbrarme al veneno y nunca, desde los once años, me pareció natural y lógica la injusticia social” (1951: 19).

Lleva esta vivencia personal, por la cual comprende y vive su praxis política, hacia el entendimiento de que lo que afecta profundamente a los pueblos y que debe ser enfrentado es el “imperialismo capitalista”. “A Perón y a nuestro pueblo les ha tocado la desgracia del imperialismo capitalista. Yo lo he visto de cerca en sus miserias y en sus crímenes. Se dice defensor de la justicia mientras extiende las garras de su rapiña sobre los bienes de todos los pueblos sometidos a su omnipotencia. Se proclama defensor de la libertad mientras va encadenando a todos los pueblos que de buena o de mala fe tiene que aceptar sus inapelables exigencias” (2016b: 14).

Desde este enfrentamiento se explica el orden internacional, entendido fundamentalmente por la problemática explotadora que crea el imperialismo, causando desgracia y explotación en su imposición a los distintos pueblos: “Es hora de decir la verdad, cueste lo que cueste y caiga quien caiga. Existen en el mundo naciones explotadoras y naciones explotadas. Yo no diría nada si se tratase solamente de naciones, (…) pero es que detrás de cada nación que someten los imperialismos hay un pueblo de esclavos y de hombres y mujeres explorados. Y aún las mismas naciones imperialistas esconden siempre detrás de sus grandezas y de sus oropeles la realidad amarga y dura de un pueblo sometido. Los imperialismos han sido y son la causa de las más grandes desgracias de la humanidad. (…) ¡De la humanidad que se encarna en los pueblos! Esta es la hora de los pueblos” (2016b: 14).

En la lucha popular contra el imperialismo los pueblos deben valerse de todo: “¿Los procedimientos? Hay mil procedimientos eficaces para vencer: con armas o sin armas, de frente o por la espalda, a la luz del día o a la sombra de la noche, con un gesto de rabia o con una sonrisa, llorando o cantando, por los medios legales o por los medios ilícitos que los mismos imperialismos utilizan en contra de los pueblos. (…) Frente a la explotación inicua y execrable todo es poco (…) y cualquier cosa es importante para vencer” (2016b: 16).

Evita, cerca de la muerte, quiere dejar un mensaje para todos los explotados del mundo, una invitación a la rebelión: “Quiero demasiado a los descamisados, a las mujeres, a los trabajadores de mi pueblo y por extensión quiero demasiado a todos los pueblos del mundo, explotados y condenados a muerte por los imperialismos y los privilegios de la tierra. (…) Me duele demasiado el dolor de los pobres, de los humildes, el gran dolor de tanta humanidad sin sol y sin cielo como para que pueda callar. (…) Quiero rebelar a los pueblos. Quiero incendiarlos con el fuego de mi corazón” (2016b: 8).

Estos son algunos elementos para poder analizar si, sobre todo desde el contenido del mensaje y el trabajo de Evita, hay que ver al peronismo como una revolución. Ella ubica como una revolución única al gran hecho fundacional del peronismo: el 17 de octubre. Sostiene que “el 17 de Octubre es una revolución tal que en el mundo no ha habido otra igual. No puede compararse a ninguna otra revolución que la humanidad haya realizado” (2016d: 48).

 

Evita y el Cristianismo de Liberación

Especialmente en el texto Mi Mensaje que escribió estando enferma, Evita desarrolla una reflexión sobre la fe, la religión y la realidad de la Iglesia, de una inmensa profundidad. Algunos entienden que es justamente por este contenido, principalmente, y por sus críticas al poder militar, que el texto no se difundiera en 1952, sino muchos años más tarde.

Evita hace esta reflexión desde su situación de enfermedad: “la enfermedad y el dolor me han acercado a Dios” (2016b: 31). Se posiciona ante la fe cristiana con mucha claridad: se identifica como cristiana y católica, pero entendiéndolas fundamentalmente desde la igualdad entre los hombres, y rechaza fuertemente las incoherencias en solidaridad con la actitud popular: “Yo soy y me siento cristiana. Soy católica, pero no comprendo que la religión de Cristo sea compatible con la oligarquía y el privilegio. Esto no lo entenderé jamás. Como no lo entiende el pueblo” (2016b).

Entiende que la presencia de Dios en su vida ha estado en la vida de los más pobres: “Dios me perdonará que yo prefiera quedarme con ellos porque él también está con los humildes y yo siempre he visto en cada descamisado un poco de Dios que me pedía un poco de amor que nunca les negué” (2016b: 36) “Lo quiero a Cristo mucho más de lo que usted cree: yo lo quiero en los descamisados. ¿Acaso no dijo Él que estaría en los pobres, en los enfermos, en los que tuviesen hambre y en los que tuviesen sed? Yo no creo que Dios necesite que lo tengamos siempre en los labios. Perón me ha enseñado que más vale llevarlo en el corazón. Yo soy cristiana por ser católica, practico mi religión como puedo y creo firmemente que el primer mandamiento es el del amor. El mismo Cristo dijo que (…) ‘nadie ama más que el que da la vida por su amigos’. Si alguna vez lo molesto a Dios con algún pedido mío es para eso: para que me ayude a dar la vida por mis descamisados” (1951: 218).

Así entiende la Navidad: “La nochebuena es de los pobres, de los humildes, de los descamisados desde que Cristo, despreciado por los ricos que le cerraron todas las puertas, fue a nacer en un establo… y, ¿acaso los ángeles no llamaron a los pastores, a los hombres más humildes y pobres de Belén (…) y únicamente a ellos les comunicaron la buena nueva que venía a alegrar al mundo? Únicamente a los pastores, a los humildes, a los pobres les fue anunciada la ‘paz a los hombres de buena voluntad’ (1951: 217).

Un tiempo antes había afirmado: “Nosotros los peronistas concebimos el cristianismo práctico y no teórico. Por eso, nosotros hemos creado una doctrina que es práctica y no teórica. Yo muchas veces me he dicho, viendo la grandeza extraordinaria de la doctrina de Perón: ¿cómo no va a ser maravillosa si es nada menos que una idea de Dios realizada por un hombre? ¿Y en qué reside? En realizarla como Dios la quiso. Y en eso reside su grandeza: realizarla con los humildes y entre los humildes” (2016d: 15).

Es muy interesante cómo entiende la religión como un instrumento de igualdad y dignidad para los pueblos, como una fuerza revolucionaria y liberadora: “La religión debe levantar la cabeza de los hombres. Yo admiro a la religión que puede hacerle decir a un humilde descamisado frente a un emperador: ‘¡Yo soy lo mismo que usted, hijo de Dios!’. La religión volverá a tener su prestigio entre los pueblos si sus predicadores la enseñan así: como fuerza de rebeldía y de igualdad, no como instrumento de opresión. Predicar la resignación es predicar la esclavitud. Es necesario, en cambio, predicar la libertad y la justicia. ¡Es el amor el único camino por el que la religión podrá llegar a ver el día de los pueblos! (…) Yo no creo, como Lenin, que la religión sea el opio de los pueblos. La religión debe ser, en cambio, la liberación de los pueblos; porque cuando el hombre se enfrenta con Dios alcanza las alturas de su extraordinaria dignidad. Si no hubiese Dios, si no estuviésemos destinados a Dios, si no existiese religión, el hombre sería un poco de polvo derramado en el abismo de la eternidad. Pero Dios existe y por Él somos dignos, y por Él todos somos iguales, y ante Él nadie tiene privilegios sobre nadie. ¡Todos somos iguales! Yo no comprendo entonces por qué, en nombre de la religión y en nombre de Dios, puede predicarse la resignación frente a la injusticia. Ni por qué no puede en cambio reclamarse, en nombre de Dios y en nombre de la religión, esos supremos derechos de todos a la justicia y a la libertad. La religión no ha de ser jamás instrumento de opresión para los pueblos. Tiene que ser bandera de rebeldía. La religión está en el alma de los pueblos porque los pueblos viven cerca de Dios, en contacto con el aire puro de la inmensidad. Nadie puede impedir que los pueblos tengan fe. Si la perdiesen, toda la humanidad estaría perdida para siempre. Yo me rebelo contra las ‘religiones’ que hacen agachar la frente de los hombres y el alma de los pueblos. Eso no puede ser religión” (2016b).

La clave de la vivencia religiosa está unida, para ella, a esa actitud de “encarnación” en el pueblo a la que me refería arriba. “Yo vivo con mi corazón pegado al corazón de mi pueblo y conozco por esto todos sus latidos. Yo sé como siente, como piensa y como sufre. (…) Mi mensaje está destinado a despertar el alma de los pueblos de su modorra frente a las infinitas formas de opresión, y una de esas formas es la que utiliza el profundo sentimiento religioso de los pueblos como instrumento de esclavitud. (…) La religión es para el hombre y no el hombre para la religión, y por eso la religión ha de ser profundamente humana, profundamente popular. Y para que la religión sea así, profundamente popular, debe volver a ser como antes. Ha de volver a hablar en el lenguaje del corazón que es el lenguaje del pueblo, olvidándose de los ritos excesivos y de las complicaciones teológicas también excesivas. Cuando al pueblo se le habla con sencillez y con amor, acepta la verdad que se le ofrece. Y con más fe todavía si se le predica con el ejemplo” (2016b).

Desde esa convicción de la importancia del sentimiento popular para entender la fuerza liberadora de la fe, critica lo que presenta como postura del marxismo: “La doctrina de Marx es, por otra parte, contraria a los sentimientos del pueblo, sentimientos profundamente humanos. Niega el sentimiento religioso y la existencia de Dios. Podrá el clericalismo ser impopular, pero nada es más popular que el sentimiento religioso y la idea de Dios (2016d: 51).

Eva se anima a proponer cómo evangelizar, y, admirablemente, parece anticipar el programa de los Sacerdotes del Tercer Mundo en Argentina: “El clero de los nuevos tiempos, si quiere salvar al mundo de la destrucción espiritual, tiene que convertirse al cristianismo. Empezar por descender al pueblo. Como Cristo, vivir con el pueblo, sufrir con el pueblo, sentir con el pueblo. Porque no viven ni sufren ni sienten ni piensan con el pueblo, estos años de Perón están pesando sobre sus corazones sin despertar una sola resonancia. Tienen el corazón cerrado y frío. ¡Ah, si supieran qué lindo es el pueblo, se lanzarían a conquistarlo para Cristo que hoy, como hace dos mil años, tiene misericordia de las turbas!” (2016b).

Eva tiene una profunda crítica a ciertas jerarquías eclesiásticas de su tiempo asociadas a la oligarquía: “Entre los hombres fríos de mi tiempo señalo a las jerarquías clericales cuya inmensa mayoría padece de una inconcebible indiferencia frente a la realidad sufriente de los pueblos. Declaro con absoluta sinceridad que me duelen como un desengaño estas palabras de mi pura verdad. Yo no he visto sino por excepción entre los altos dignatarios del clero generosidad y amor, (…) como se merecía de ellos la doctrina de Cristo que inspiró la doctrina de Perón. En ellos simplemente he visto mezquinos y egoístas intereses y una sórdida ambición de privilegio. Yo los acuso desde mi indignidad, no para el mal sino para el bien. No les reprocho haberlo combatido sordamente a Perón desde sus conciliábulos con la oligarquía. No les reprocho haber sido ingratos con Perón, que les dio de su corazón cristiano lo mejor de su buena voluntad y de su fe. Les reprocho haber abandonado a los pobres, a los humildes, a los descamisados, a los enfermos, y haber preferido en cambio la gloria y los honores de la oligarquía. Les reprocho haber traicionado a Cristo que tuvo misericordia de las turbas. Les reprocho olvidarse del pueblo y haber hecho todo lo posible por ocultar el nombre y la figura de Cristo tras la cortina de humo con que lo inciensan” (2016b).

En su crítica les contrapone lo central del Evangelio: llevar la Buena Noticia a los pobres, contra el afán de dominación que los termina enlazando con las oligarquías: “Cristo les pidió que evangelizasen a los pobres y ellos no debieron jamás abandonar al pueblo donde está la inmensa masa oprimida de los pobres. Los políticos clericales de todos los tiempos y en todos los países quieren ejercer el dominio y aún la explotación del pueblo por medio de la iglesia y la religión. Muchas veces, para desgracia de la fe, el clero ha servido a los políticos enemigos del pueblo predicando una estúpida resignación… que no sé todavía cómo puede conciliarse con la dignidad humana ni con la sed de Justicia cuya bienaventuranza se canta en el Evangelio. También el clero político pretende ejercer en todos los países el dominio y aún la explotación del pueblo por medio del gobierno, lo que también es peligroso para la felicidad del pueblo. Los dos caminos del clericalismo político y de la política clerical deben ser evitados por los pueblos del mundo si quieren ser alguna vez felices” (2016b).

Distingue distintas actitudes en la Iglesia, y responsabiliza duramente a los que traicionan el mensaje cristiano por su egoísmo y alianza con los poderosos del alejamiento del pueblo de la religión: “El sentimiento religioso debe ser defendido por los pueblos y por eso todas sus deformaciones reclaman una condenación imperdonable. Yo creo que tanto mal han hecho a la humanidad los que creen que la religión es una simple colección de formalidades exteriores como aquellos que no ven otra cosa que principios de absoluta rigidez. (…) Desgraciadamente nuestro pueblo, y acaso todos los pueblos de la tierra, sólo han visto demasiado interés en los predicadores de la fe y acaso por eso mismo, les han cerrado el corazón. (…) Muchas veces, en estos años de mi vida, he pensado qué lejos estaban ciertos predicadores y apóstoles de la religión del corazón del pueblo (…) porque la frialdad y el egoísmo de sus almas no podía contagiar a nadie ni sembrar en las almas el ardor de la fe, que es fuego ardiente. Yo sé –y lo declaro con todas las fuerzas de mi espíritu– que los pueblos tienen sed de Dios. Y sé también cómo trabajan sacerdotes humildes en apagar aquella sed. Mi acusación no va dirigida contra éstos, sino contra quienes, por egoísmo, por vanidad, por soberbia, por interés o por cualquier otra razón indigna a la causa que dicen defender, alejan a los pueblos de la verdad, cerrándoles el camino de Dios. Dios les exigirá algún día la cuenta precisa y meticulosa de sus traiciones con mucho más severidad que a quienes, con menos teología, pero con más amor, nos decidimos a darlo todo por el pueblo. Con toda el alma, con todo el corazón” (2016b).

Entiende su vida como una inmolación por la liberación. Ella afirma tener “un deseo irrefrenable de quemar mi vida para alumbrar el camino de la liberación popular” (2016c: 2). “El amor es sacrificio, y aunque parezca esto el título de una novela sentimental, es una verdad grande como el mundo y como la historia. No hay amor sin sacrificio, pero nadie se sacrifica por algo que no quiera y nadie quiere algo que no conoce. Nosotros decimos muchas veces que estamos dispuestos a morir por el pueblo, por la Patria y por Perón, pero cuando llegue ese momento, si llega –y no seamos traidores, desleales y vendepatrias– tenemos que sentir verdaderamente esos tres grandes amores, y por eso debemos conocerlos íntima y profundamente. Es necesario conocer, sentir y servir al pueblo para ser un buen peronista” (2016d: 24).

 

Evita y la dicotomía PuebloOligarquía.

Para Evita la oligarquía construyó su riqueza y su poder “a fuerza de destruir a los demás, a fuerza de la desgracia ajena” (1951: 201). Para ellos, la patria es solamente “el nombre de una mercadería que se vende al que pague más” (1951: 298). Ese grupo tiene como actitud central su rechazo a lo popular: “les daba repugnancia estar con el pueblo” (1951: 188). Y suma a su descripción: “nos explotó miles de años”, por eso con ellos “no nos entenderemos nunca, porque lo único que ellos quieren es lo único que nosotros no podremos darles jamás: nuestra libertad” (2016b: 36). Por eso, “nada de la oligarquía puede ser bueno” (1951: 297).

Esta oligarquía que “en el gobierno servía los intereses de los ricos y nunca la del pueblo” y que “respetaba y ayudaba la acción de los capitalistas en nombre de la libertad”, se basaba justamente en un concepto de libertad por la cual “una era la libertad de los ricos patrones y otra la libertad de los obreros: la de los patrones, la de enriquecerse, y la de los obreros, la de morirse de hambre. ¡Creo que hay una pequeña diferencia”. Así, respaldaban a un “supracapitalismo que sacaba la riqueza argentina hacia el extranjero” y a un “capitalismo interno que explotaba a los trabajadores directamente” (2016d: 46).

Para Evita, las oligarquías están unidas intrínsecamente al Imperialismo, pero son aún más despreciables que éste: “más abominable que el Imperialismo son los hombres de las oligarquías nacionales que se entregan vendiendo y a veces regalando por monedas o por sonrisas la felicidad de sus pueblos. (…) Frente a los imperialismos no he sentido otra cosa que la indignación del odio, pero frente a los entregadores de sus pueblos a la indignación del odio he sumado la infinita indignación de mi desprecio” (2016b: 15). Sostiene Evita que “oligarquía, imperialismo y monopolios internacionales” son “nada más que tres formas distintas del capitalismo (…) en cuyo sistema lo normal es la explotación del pueblo” (2016d: 37).

Realiza un paralelo entre el “orden interno” y el “orden internacional” del capitalismo. En el interno “hay hombres poseedores de la riqueza, o capitalistas, que ponen el dinero, y hombres desposeídos, que ponen el trabajo”; y en el internacional “hay países supercapitalistas que ponen el capital y países sometidos que ponen el trabajo” (2016d: 43).

Dentro de estas oligarquías, en su último mensaje, identifica dos de los principales enemigos que, posteriormente, serían claves en el derrocamiento de Perón: “Me rebelo con todo el veneno de mi odio o con todo el incendio de mi amor –no lo sé todavía– en contra del privilegio que constituyen todavía los altos círculos de las fuerzas armadas y clericales”. Su crítica es para señalarles el camino del pueblo, que es el camino de su salvación: “Yo no los condeno ‘personalmente’. Aunque ‘personalmente’ me combatieron y me combaten como enemiga declarada de sus propósitos e intenciones. En el fondo de mi corazón yo no deseo otra cosa que salvarlos con mi acusación, señalándoles el camino del pueblo”. Les recuerda que “la Patria es del pueblo lo mismo que la Religión” (2016b: 19).

Advierte que esas mismas Fuerzas Armadas desde donde surgió Perón en ese momento, como lo concretarían poco tiempo después, aparecían como la mayor amenaza del gobierno popular. Entiende que tienen que ser “instrumentos del pueblo”, pero la realidad es que “son casi siempre carne de oligarquía” (2016b: 21). Deja claro que “las fuerzas armadas sirven a la Patria sirviendo al Pueblo”, pero la realidad es que “en aras de lo que ellos creen que es la Patria no les importa sacrificar al pueblo, sometiéndolo a las reglas de la prepotencia militar”, e insiste en que “la grandeza de la nación” es “la felicidad del pueblo” y sentencia: “Las fuerzas armadas del mundo deben convencerse de esta absoluta verdad del peronismo. Si no… los pueblos mismos, por su propia mano, con la conciencia plena de nuestro poderío insuperable, las iremos borrando en la historia de la humanidad” (2016b: 22). Por eso plantea casi como un sueño que no sabe si es posible “que alguna vez el mundo cancele todo cuanto signifique una fuerza de agresión y entonces desaparezcan las necesidades de sostener ejércitos para la defensa”, pero mientras eso no suceda, “los pueblos del mundo deben cuidar que sus fuerzas militares no se conviertan en cadenas o instrumentos de su propia opresión” (2016b: 20). Ella sostiene que, así como hay “hombres honrados que en las fuerzas armadas no han perdido el contacto con el pueblo”, también hay “enemigos del pueblo, metidos a militares”. Es una realidad que ve en todo el mundo, donde “detrás de cada gobierno impopular he aprendido a ver ya la presencia militar” (2016b: 19).

En defensa del capitalismo, la oligarquía usó un instrumento poderoso, los “medios de comunicación”: “Cuando alguien en el gobierno hacía una cosa rara, no muy capitalista, contra ése se lanzaba un instrumento poderoso creado por los supracapitalistas, que lo llamaron –y siguen llamando– ‘el cuarto poder’ y que todos conocemos” (2016d: 46). Pone el ejemplo de La Prensa, “que era un cáncer del capitalismo”, la cual –sostiene– no fue vencida por Perón, sino por “los canillitas y las fuerzas de trabajo… los obreros más humildes del país” que enfrentaron “a ese pulpo poderoso” con apoyo “especialmente de fuerzas extranjeras”, pero que ese triunfo hubiera sido imposible sin “un gobierno que los dejara discutir libremente y de igual a igual con los patrones”. Si no, los “hubieran ametrallado a los pobres canillitas” (2016d: 55).

Habla del “espíritu oligarca” que “se opone completamente al espíritu del pueblo”. El predominio de aquél sobre éste es “la causa de todos los males de la historia de los pueblos”. Ese espíritu oligarca “es el afán de privilegio, es la soberbia, es el orgullo, es la vanidad y es la ambición”. A él adjudica, entre otros hechos históricos, el sufrimiento del pueblo hebreo en Egipto. Sostiene que la “primera victoria real del espíritu del pueblo sobre la oligarquía” es “el peronismo que nace el 17 de octubre”, y sobrepone este hecho a la misma Revolución Francesa que “no fue realizada por pueblo, sino por la burguesía”, aunque esto no sea recordado frecuentemente (2016d: 27).

Pero propone que la solución no es “matar a todos los oligarcas del mundo”, sino que “el camino es convertir a todos los oligarcas del mundo: hacerlos pueblo de nuestra clase y de nuestra raza ¿Cómo? Haciéndolos trabajar para que integren la única clase que reconoce Perón: la de los hombres que trabajan” (2016b: 36). De cualquier forma, violenta o pacíficamente, la oligarquía y sus ideas están destinados a desaparecer: “Con sangre o sin sangre la raza de los oligarcas explotadores del hombre morirá sin duda en este siglo. (…) Y morirán también todos los conceptos que ellos crearon en la estrechez del alma que llevaban dentro, ¡si es que tuvieron alma! A mí me ha tocado el honor de destruir con mi obra algunos de esos viejos conceptos” (1951: 211).

Desde su “encarnación”, su pertenencia al pueblo, desde su “vieja indignación descamisada”, plantea su rechazo a la oligarquía: “porque sigo pensando y sintiendo como pueblo, yo no he podido vencer todavía nuestro ‘resentimiento’ con la oligarquía que nos explotó. ¡Ni quiero vencerlo! Lo digo todos los días con mi vieja indignación descamisada, dura y torpe, pero sincera como la luz que no sabe cuándo alumbra y cuándo quema, o como el viento que no distingue entre borrar las nubes del cielo y sembrar la desolación en su camino. Yo no entiendo los términos medios ni las cosas equilibradas. Yo solo reconozco dos palabras como hijas predilectas de mi corazón: el odio y el amor. Nunca sé cuando odio, ni cuando estoy amando. Y en este encuentro confuso del odio y del amor frente a la oligarquía de mi tierra –y frente a todas las oligarquías del mundo– yo no he podido tampoco encontrar todavía el equilibrio que me reconcilia del todo con las fuerzas que sirvieron antaño entre nosotros a la raza maldita de los explotadores” (2016b: 18).

Desde aquí ella sostiene que conoce “las tragedias íntimas de los pobres, de las víctimas que han hecho los ricos y los poderosos explotadores del pueblo, por eso mis discursos tienen muchas veces veneno y amargura” (1951: 177). Asume, nuevamente, otro insulto oligárquico: el de “resentida social”. Pero dice que llegó a esa actitud, no por el odio, sino “por el camino del amor… del amor por mi pueblo cuyo dolor ha abierto para siempre las puertas de mi corazón”. Por eso ella lucha “contra todo privilegio de poder o de dinero… contra toda oligaquía” y por eso sus obras tienen como sello propio la “indignación ante la injusticia de un siglo amargo para los pobres” (1951: 212). Evita entiende su vida, ahora y en la eternidad, “peleando en contra de todo lo que no sea pueblo puro, en contra de todo lo que no sea la ‘ignominiosa’ raza de los pueblos… para pelear contra la oligarquía vendepatria y farsante, contra la raza maldita de los explotadores y de los mercaderes de los pueblos”. Desde esta oposición pueblo-oligarquía, plantea su amor y su lucha: “me consume el amor de mi raza que es el pueblo. Todo lo que se opone al pueblo me indigna hasta los límites extremos de mi rebeldía y de mis odios” (2016b: 34).

Evita entiende que “sentirse pueblo” es ser “descamisado”, como todos aquellos que estuvieron el 17 de octubre, los que, “dispuestos a todo, incluso a morir… hicieron callar a la oligarquía”, pero incluso en esa “categoría” a todos los que aman, sufran y gocen como pueblo” (1951: 116).

Es importante ver a quién se opone la oligarquía, para discernir quién está trabajando a favor del pueblo, porque “nunca la oligarquía fue hostil con nadie que pudiera serle útil” (1951: 87).

 

El capitalismo

Sostiene Evita que el peronismo “no tiene ningún punto de contacto” con el capitalismo y que toda la lucha de Perón en lo social puede reducirse a una “lucha contra la explotación capitalista” (2016d: 37). Entiende su ser peronista desde una sublevación frente al capitalismo, una sublevación “ante una patria vendida, vilipendiada, mendicante ante los mercaderes del templo de las soberanías y entregada, año tras año, gobierno tras gobierno, a los apetitos foráneos del capitalismo sin patria y sin bandera” (2016c: 1). El “gran instrumento” que crea Perón como “solución” frente a este capitalismo es la “justicia social” que “empieza a destruir el capitalismo”. Mientras “el capitalismo sólo tiene por finalidad aumentar el capital: dinero, dinero y más dinero”, la justicia social “tiene su fin en el hombre” y “exige que ese dinero sea distribuido”. Y sostiene que “en la Argentina justicialista podrá haber capital, pero no capitalismo”, en ella “podrá haber fábricas e industrias, pero no explotación de los trabajadores”. Sostiene que “no estamos contra el capital constructivo, nacional, siempre que éste también sea humanizado”, siendo posible “que gane el capital, pero que el capital sea útil al hombre, al obrero y a la familia” (2016d: 46). Sostiene que Perón “ha vencido al capitalismo suprimiendo la oligarquía, combatiendo las fuerzas económicas, los Bemberg, los trusts” (2016d: 55). Por eso se preocupa de que “pueda renacer el espíritu oligarca entre nosotros; que se pueda engendrar en nosotros en pequeño y que después, en grande, renazca el capitalismo y degenerar este extraordinario movimiento” (2016d:42)

 

Evita y la insolencia del peronismo

La insolencia es expresión de una subversión social, de una sublevación que no acepta el status quo del capitalismo oligárquico. Expresa, principalmente, que los “ganadores” de este sistema no son aceptados como tales en el corazón del pueblo. En este sentido, más allá de las relaciones de fuerza a nivel de poder político o militar, expresa una derrota a los ganadores en su afán de dominación. Por eso expresa una revolución interior, esté o no triunfante en lo “exterior”. Tiene dos grandes elementos: el lenguaje y la ocupación de espacios. Es justamente esta insolencia lo que enamora del peronismo.

Una de las preguntas es si esta insolencia tiene perdurabilidad. Por un lado está toda la presencia simbólica de Evita en las luchas más fuertes del peronismo. Luchas cotidianas y silenciosas, luchas gremiales, de militancia juvenil y hasta lucha armada, simbolizada en el famoso “si Evita viviera sería Montonera”. La dimensión mítica, simbólica, que tiene el peronismo y, sobre todo, la figura de Evita, está asociado a ese carácter insolente.

Es, además, la aparición de la mujer en la política como dirigente y como símbolo, enfrentando mundos de hombres: empresarios, fuerzas armadas, jerarquía eclesiástica; y mundos de mujeres oligárquicas: las Damas de Beneficencia.

Para Evita, y aquí parafraseando a Mariátegui, el camino revolucionario es “creación heroica”: no es “ni calco, ni copia”. Es interesante cómo ella cuenta su desconfianza inicial por los mensajes “de izquierda” que conoce siendo muy joven. Ella ve “la influencia de ideas remotas, muy alejadas de todo lo argentino (…) de hombres extraños a nuestra tierra y a nuestros sentimientos”. Dice que se pone “en guardia” cuando ve “que lo que ellos deseaban para el pueblo argentino no vendría del mismo pueblo”. Y rechaza la pretensión de universalidad de este pensamiento: “me repugnaba (…) que la fórmula para la solución de la injusticia social fuese un sistema igual y común para todos los países y para todos los pueblos”. Pero reconoce que la lectura de esta prensa “me llevó, eso sí, a la conclusión de que la injusticia social de mi Patria sólo podría ser aniquilada por una revolución” (1951: 28).

 

Consideraciones finales

En esta presentación me limité a los textos de Evita. Es solamente a título de memoria y homenaje de lo que es una impronta irrenunciable del peronismo que aparece con nitidez muchas veces, y otras queda opacado y hasta traicionado. Aunque casi fugaz y sin ocupar ningún puesto institucional, Evita es la figura de mayor fuerza simbólica en la historia política argentina. Frente a su figura es difícil no tomar una posición clara. Pero queda la pregunta: ¿actualmente puede el peronismo ser insolente? Las formas de ser y de actuar son necesariamente distintas y la opción por ser abarcativos puede exigir actitudes más diplomáticas. De todas formas, es en las acciones de gobierno, en las adjudicaciones presupuestarias y en las direccionalidades de las mismas adonde se juega lo más profundo. Eso también lo hizo Evita. Aquí sólo destacamos su discurso, que correspondía con sus acciones, y es ahí que aquél gana un valor infinito. Aún en tiempos en que la política exija convivir también con otras maneras, el peronismo deberá seguir siendo insolente ante los atropellos de los más poderosos y ante los que colaboran con el imperialismo. La Abanderada de los Humildes debe seguir siendo inspiración y guía del peronismo.

 

Bibliografía

Duarte de Perón ME (1951): La razón de mi vida. Buenos Aires, Peuser.

Duarte de Perón ME (2016): El peronismo será revolucionario o no será nada. www.elortiba.org.

Duarte de Perón ME (2016b): Mi mensaje. www.elortiba.org/mimen.html.

Duarte de Perón ME (2016c): Por qué soy peronista. www.peronistakirchnerista.com/doc/5.2.pdf.

 

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