De Frente y El Líder: la transición de los vencidos (II)

Darío Pulfer y Julio Melon Pirro

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El propósito de esta serie de notas es brindar información sobre aquella prensa que actuó –la mayor parte de las veces en situación de clandestinidad– durante los años de la proscripción y que por esta vía llegó a expresar al Movimiento Peronista. Aquí nos referiremos al periódico sindical El Líder, luego de tratar el semanario que dirigiera John William Cooke, De Frente (Movimiento, 2, Julio de 2018). No se trata de un medio clandestino. El hecho de que prolongara sus actividades en el momento inicial de la “Revolución Libertadora” permite considerar su línea editorial en un proceso dinámico, que comenzó con un golpe de Estado portante de un tono que buscaba cierta conciliación con la base social del gobierno derrocado, y que muy pronto mutó a las perspectivas más cerradamente antiperonistas.

 

El Líder ante el golpe del 55

Mientras duró la presidencia de Juan Perón, el periódico El Líder expresó las posiciones del sindicalismo al interior del peronismo. Circulaba como un medio de prensa más en el ámbito de los diarios del país. Al ser propiedad del sindicato de Comercio adherido a la CGT, con el golpe El Líder quedó unido al elenco de gobierno caído en desgracia, y a un movimiento obrero confundido. Era dirigido por José Antonio Güemes,[1] un periodista que tuvo un espacio de elaboración y hasta de intervención política más directa en la coyuntura que precedió al derrocamiento de Lonardi.

La defensa de los intereses sindicales prevaleció una vez pasado el período de declaraciones “heroicas” o “realistas”. Es conocida la torsión discursiva de la central obrera entre la víspera y el desenlace del golpe. El 18 de setiembre de 1955, el secretario general, De Pietro, había advertido por Radio del Estado y la Red Argentina de Radiodifusión que “todo trabajador luchará con las armas y medios que tenga a su alcance para aniquilar definitivamente a los traidores de la causa del pueblo que se han levantado contra el gobierno y los que intentaren hacerlo”. Tres días después recomendó “mantener la más absoluta calma y continuar en sus tareas, recibiendo únicamente directivas de la central obrera” (La Nación, 19-9-1955 y 22-9-1955).

Las páginas de El Líder develan claramente la estrategia del movimiento obrero organizado con respecto al gobierno provisional. El martes 1 de noviembre de 1955, como resultado de la incapacidad del gobierno para frenar la ola de ocupaciones a los locales sindicales, el título más importante anunciaba la huelga general que comenzaría esa misma noche y por tiempo indeterminado. Según el periódico, se trataba de “una decisión extrema y trascendente adoptada por un plenario formado por alrededor de 500 secretarios generales y delegados de sindicatos adheridos a la CGT… en vista de que ningún funcionario del gobierno ha dado cumplimiento a la palabra empeñada… La huelga solo podrá ser levantada una vez que el gobierno de facto satisfaga las aspiraciones de los trabajadores reflejadas en el acta labrada el 6 de octubre”. Se informaba que el Plenario de gremios volvería a reunirse por la tarde en la CGT, y si eso no fuese posible “por detención de los dirigentes Framini y Natalini y demás miembros de la comisión especial u ocupación por la fuerza de la sede de la central obrera y sindicales, la huelga general se concretará sin más reparos… No obstante lo expuesto, los miembros de la comisión especial y los delegados están autorizados a continuar las tratativas con representantes del gobierno de facto” (El Líder, 1-11-1955).

Al día siguiente informaba del “feliz acuerdo” al que se había arribado en horas de la mañana, “por arreglo equitativo de las partes”: los mencionados dirigentes continuarían al frente de la CGT, designando el Ministerio de Trabajo un veedor administrador, y se nombraría en los gremios ocupados un interventor que sería asistido “por una comisión compuesta por compañeros pertenecientes a las dos partes litigantes” (El Líder, 2-11-1955).

El 3 de noviembre El Líder tituló en primera plana: “Resuelven definitivamente el problema planteado por los sindicatos obreros”, reproduciendo el texto del mensaje a los trabajadores que Andrés Framini había dirigido a las 23 horas del día anterior por LRA Radio del Estado y la Red Argentina de Radiodifusión: “Compañeros: con la directa intervención del Excelentísimo señor presidente de la Nación General E. Lonardi, los secretarios generales… resolvieron definitivamente la situación que es de dominio público… Se mantendrá en sus funciones al compañero Natalini y quien les habla, habiéndose designado administrador de los bienes al teniente coronel Manuel Reimundez para una mayor seguridad de su patrimonio económico”.

Al día siguiente volvía a aparecer en sus páginas “Una advertencia a los patronos” formulada ahora por el propio ministro de Trabajo (El Líder, 4-11-1955).

El periódico omitió toda referencia positiva al gobierno de Perón, aunque siguió presentándose, por el tono de sus notas editoriales, por los artículos de opinión que publicaba y hasta por los mismos anuncios publicitarios, como un diario de identidad peronista. Había un “ellos” y un “nosotros” que en los momentos claves se explicitaba, pero que prudentemente procuraba ahora no trascender la reivindicación de una tradición sindical. En la nota editorial del 2 de noviembre de 1955, por ejemplo, contestaron a sus rivales del movimiento obrero y a la pedagogía democrática que –a su juicio– pretendían ejercer los políticos en términos inequívocos: “Ellos nos hablan de un gremialismo ‘libre’ que les preocupa, y nosotros hablamos de una sola CGT, que conocemos: la CGT del Pueblo libre y de la Patria libre. Esa es la que queremos”.

La voz solitaria del gremialismo peronista tenía un interlocutor preferencial y obligado que hacía a su tradición más reciente: el gobierno, pero podía también entrar en diálogo con distintos sectores políticos. El 1 de noviembre celebró la definición de Frondizi a favor de una central única, y hasta el mismo día de su intervención mantuvo dicha premisa en la base de su estrategia. El titular del 12 de noviembre recogía el pronunciamiento de un debilitado Lonardi –“en ningún caso dividiré a la clase obrera”–, tema con el que se insistió al día siguiente, manifestando la preocupación de los dirigentes obreros por la crisis gubernamental.

El 14 de noviembre, cuando ya había nuevo gobierno, se informó en un pequeño recuadro que, en cumplimiento de disposiciones del Ministerio del Interior, se había hecho cargo del periódico “el capitán de fragata Alberto Patrón (sic)”,[2] desplazando a José Antonio Güemes. En los días sucesivos dio cuenta del fracaso de las huelgas convocadas por los dirigentes de una CGT que ya estaba bajo control formal del mismo militar. Cabe recordar que desde las páginas de El Líder Arturo Jauretche había retado a debate al asesor económico de la “Revolución Libertadora”, Raúl Prebisch. El periódico fue entonces intervenido por el gobierno militar.

En la trinchera de la lucha de ideas, El Líder intervenido sería “reemplazado” por otros medios que salían a la luz. El 9 de diciembre Güemes publica Federalista, que también fue rápidamente clausurado. En ese medio colaboran Raúl Scalabrini Ortiz y Bernardo Iturraspe.

Jauretche sale con El 45 y retoma el llamado a debatir a Prebisch. En ese medio recuerda los tiempos de El Líder: “Era un periódico de tantos. De pronto, irrumpió cubriendo toda la escena. Fueron sesenta días gloriosos. Los días más gloriosos que puede vivir un periodista. Cuando él no va a los lectores, sino los lectores vienen a él. Fue alimento de primera necesidad, como el pan, la carne y el vino sobre el mantel de los humildes. Tiró doscientos mil ejemplares que se convertían en 2.000.000, porque había cola para comprarlo delante de los puestos de venta y cola para leerlo detrás de los compradores. El propietario de un ejemplar de ‘El Líder’ adquiría personalidad. Se identificaba con el periódico y se transformaba en periódico él mismo. Ahora está intervenido. Es como si se hubiera muerto. Pero su recuerdo vive, como la brasa en el rescoldo, en el cariño de los argentinos. Un gran abrazo para todos los muchachos que trabajaron en él. Trataremos de que su espíritu trascienda de esas columnas, una tentativa más de libertad de prensa en este régimen de libertad de prensa. De todos modos, ‘El Líder’ es una prueba de que el país tiene un espíritu insobornable y que cualquier rendija por la que se filtre la luz bastará para iluminar la multitud en marcha, con su gran silencio, entre el entramado artificial del resto de la prensa grande”.

Manos anónimas confeccionan El LIDERcito, con dos leyendas: “Yo digo lo que no dice mi papá” y “Soy hijo del casi finadito, salgo yo porque mi papá está preso, ahora le dicen ‘intervenido’”.

 

Consideraciones sobre la trayectoria de De Frente y El Líder

La reconstrucción de estas trayectorias ilustran el margen de actuación que dichos medios concebían para sí mismos, el “juego” de sus chances de sobrevivencia como medios de prensa, así como de lo que querían representar, en el marco de una obligada reubicación. La publicación dirigida por Cooke (De Frente) expresó, al final del primer Peronismo –de modo oscilante como el propio gobierno y el partido–, una actitud de moderación política y, luego de la caída, cierta afirmación legitimante de su existencia. Ante la detención de su director salió en condiciones semi-clandestinas, reclamando por su libertad y reafirmando la identidad con el movimiento vencido. El Líder representó de manera clara los intereses del movimiento obrero organizado en el interregno entre la caída del peronismo y el comienzo del tramo más duro y represivo de la “Revolución Libertadora”, presentándose como un espejo de la función de intermediación que el (nuevo) gobierno y las bases esperaban mantener. Una de las publicaciones fue clausurada y la otra intervenida, en el marco de un gobierno militar que había venido a restaurar la democracia y la libertad de prensa.

[1] Oficial del Ejército Argentino, participó en la conspiración radical del coronel Gregorio Pomar en la década del 30. En esa ocasión fue arrestado y dado de baja en el Ejército. Cumplió funciones diplomáticas en Italia en tiempos del peronismo clásico y luego se desempeñó como secretario general y decano de la Facultad de Humanidades en la Universidad provincial de Neuquén.

[2] Se trataba de una ironía. Alberto Patrón Laplacette era el nombre del marino que desde entonces ocupó el sillón principal en el Ministerio de Trabajo. Ver El Líder, 1, 2, 12 y 14 de noviembre de 1955.

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