Daniel Santoro: “Al atravesar el Riachuelo para pedir la liberación de Perón, en el 45, los obreros cruzaron el límite”

Entrevista de Lorena Suárez

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Daniel Santoro es artista plástico, pensador y militante peronista. Su obra se caracteriza por una fuerte iconografía política. Sus posiciones son fuertes e interpelantes. Cuando da su opinión, no duda. Charlé con él en su taller del barrio de Congreso sobre las huellas del peronismo en el Riachuelo, el significado del Coloso de Avellaneda o “Descamisado” (escultura de hierro emplazada junto al Puente Pueyrredón Viejo, que contó con su participación en la etapa de diseño) y la importancia histórica de ese movimiento político que nombra y da sentido a diferentes aspectos del transcurrir del río y sus habitantes. ¡Antiperonistas, abstenerse!

–Quería charlar con vos específicamente en relación a tu experiencia y tu saber sobre el peronismo. Me parece que el Riachuelo es un lugar muy interesante para leer el peronismo desde el territorio.

–Justo estoy trabajando en un libro que está por salir, que se llama Peronismo, entre la severidad y la misericordia. Tiene de todo: es como un ensayo iconográfico. Y en un capítulo hablo del Riachuelo y de la relación del peronismo con el agua. Es un diálogo con Julián Fava, que es filósofo. Si querés te leo un poco…

–Sí, dale, genial.

–“Si pensamos en el río, las fuentes, las piletas, los balnearios, vemos que el agua es un elemento esencial en la ontología del peronismo. El río como límite es el emblema fundacional. Al cruzar un cauce de agua, se produce una irrupción en la historia. El agua es un vehículo doble, de vida y de muerte, según sus condiciones. Las aguas contaminadas como perímetro protector contrastan con las aguas puras que se encuentran en el centro de la Ciudad, siempre junto al palacio. Pensemos en ese pueblo esclavo que cuando cruza el curso de agua llega a la Tierra Prometida y se libera. Todos los ríos simbólicos constituyen un corte que define la vida del que realiza el cruce. Por ejemplo, Jesucristo se revela como lo conocemos después de su bautismo en el Río Jordán. Son los últimos tres años de su vida. Los treinta anteriores los desconocemos, porque quedaron del otro lado del río”.

–Muy claro el paralelismo con el cruce de los obreros de la provincia en el año 45, cuando se movilizan para pedir la liberación de Perón y cruzan a nado o caminando el Riachuelo porque les habían levantado los puentes para que no ingresaran a la Ciudad.

–Y sí, porque ese cruce simbólico de las aguas contaminadas que hace el peronismo, accediendo a la Ciudad Blanca, lo convierte en un actor político ineludible que transforma la ciudad que fue penetrada con ese cruce. Pero lo fundamental está en la manera en la que lo hace. Cuando va a cruzar están los puentes levantados para impedirlo. La memoria custodia esa imagen del puente levantado, tratando de impedir que la turba ingrese a la ciudad. Se pretendió que no cruzaran el río pero de todas maneras lo hicieron, incluso contaminándose con esas aguas… Como hecho simbólico fue un: “estamos acá y ya no nos podrán ignorar”.

Muy interesante. Bueno, ya está, me respondiste todo lo que te quería preguntar… (risas)

–Y acá hay un apartado especial del Riachuelo. “Hay una cierta ilusión conservadora en la vocación por regresar a un pasado incontaminado, y por otro lado el mandato de no seguir contaminando. Negar los restos materiales de una cultura, aunque esos restos sean lo oscuro que no se quiere ver, supone negar la memoria, implica negar las formas innumerables de habitar el suelo. Y por otro lado me pregunto si este gesto no expresa quizás un miedo constitutivo frente a lo que puede venir. Siempre estuve cruzando de un lado al otro el Riachuelo. Usé muchas camperas de cuero en la vida. Eran como un emblema generacional. Entonces pienso, ¿cuánto hay de esas camperas en el fondo del Riachuelo, cuánto de cromo, de metales pesados que han quedado ahí para siempre incrustados en el lodo? Restos de mis zapatillas, los zapatos y las pelotas de cuero, o sea gran parte de mi vida en sus sedimentos. Sí, están ahí abajo, en el fondo del Riachuelo. Yo también construí ese río y ahora el río está malogrado, está con problemas. Por eso tengo una relación con él, pero lo que no termino de entender es por qué ese río no es natural”.

–Percibo una confrontación con las posturas ecologistas.

–Los ecologistas dicen que hay que recuperar la naturaleza, volver la flora y la fauna a su estado primitivo. Ese sería su ideal, ¿pero por qué deberían volver? Si ese río está construido también por nosotros, por nuestra historia, por nuestras cosas, nuestros desechos… Los ecologistas ven en la tarea humana algo artificial que podría contaminar y destruir la naturaleza. Yo no lo vería exactamente así. El hombre puede construir otras formas de río con su intervención. Admito que esta tarea puede ser vandálica o abusiva. El problema siempre es de armonía. Hay una frontera que, si la pasamos, el río colapsa y se destruye. Eso puede pasar, pero manteniendo esa relación yo no tengo por qué ver a ese río contaminado como ajeno a mí. Me es exterior e íntimo a la vez. De última, el objetivo del ecologismo es hacer que las cosas duren más. Cabe la sospecha de que detrás de la ecología puede haber una ambición avara, como diciendo: “cuidemos esto porque todavía no obtuve lo suficiente”. La contaminación, en cambio, nos obliga a parar. Cosa que el sistema no tolera. Dejar el Riachuelo con huellas prudentes de contaminación es apelar a una memoria de la cual otras generaciones sacaron enseñanzas y asumirán con los hechos que es mejor detenerse un poco porque todo se termina. También se mueren los ríos, se muere la gente, se destruyen las camperas de cuero. Todo llega a su fin. La ecología tiene la ilusión de la eternidad y esa ilusión es el paraíso del codicioso, el que nunca va a parar. El cuidado de la casa común incluye la historia y las marcas de los desatinos que sus ocupantes nos legaron. En definitiva, nunca es la misma naturaleza la que se da en herencia.

–Vos planteás la imposibilidad de un momento original, puro, incontaminado.

–Ellos creen que el hombre no es parte de la naturaleza. Yo no estoy de acuerdo con volver a un momento originario, ¿porque cuál es ese momento? El problema es de qué manera se tramita con la naturaleza que viene dada, el saqueo. La ecología tiene que estar ahí como un garante. Si no, me parece una desgracia. Es distorsionador. Impone una lógica porque se cree que tiene una relación de saber por sobre la naturaleza que es superior al tipo que vive en la naturaleza. ¡Es un pelotudo!

¿Lo tuyo es una especie de defensa de la presencia obrera, trabajadora, peronista, en el Riachuelo, aunque un poco contamine?

–(Se ríe) Es una defensa al río contaminado. En el 55, cuando se hace el golpe, tiran al Riachuelo las esculturas y los restos de peronismo que no querían que fuera reconocido. Es el límite: “bueno, hasta acá llegaron”. Como si haber decapitado a las estatuas fuera una consecuencia de haber cruzado el Riachuelo.

–¿Y el Coloso recupera esa Historia, no?

–El Coloso era una vieja idea mía, que con Arte en las Fábricas lo hizo Alejandro Marmo. La estética no me gustó tanto, pero bueno, recupera esa cosa monumental, esa amenaza permanente: “siempre estamos cruzando”. Es al pedo restablecer un límite que ya fue cruzado. Yo incluso lo quería hacer con un pie en el agua, pero bueno, no se pudo, por esta cosa de que contamina…

–Es curiosa la figura de Evita en el Coloso, porque es como una interpretación artística de la historia, porque los descamisados cruzando no son contemporáneos a la figura de Eva: ella vino después…

–Claro, no era una figura todavía relevante. Está historizado. Lo que vuelve es el retrato de Eva, recordando todo lo que vuelve. Volvemos con una memoria, pero hay también una maniobra conceptual. La vuelta del malón, el temor al descontrol en el territorio. El miedo al otro que está ahí y que nunca sabés… que siempre vuelven. Lo que angustia para el hombre blanco es que se lleven a la chica y se practique el mestizaje, es meter las patas en la fuente, es contaminarse, perder la blancura. Perder la identidad.

–En ese esquema, el Riachuelo contaminado cumple su rol de barrera que no se puede pasar.

–Y sí, porque actúa como barrera. Justifica que de un lado no es lo mismo que del otro, y todavía opera en cierta forma. Hay un tema con el ritual del cruce de un río.

–Y para terminar: ¿cómo creés que debería expresarse el peronismo en el Riachuelo hoy?

–Yo no soy muy adepto de producir transformaciones por fuera de la tendencia que eso tiene. El Riachuelo es un lugar fabriquero. A mí me gusta verlo así. Creo que los pequeños talleres tienen todavía un rol y que lo van a tener mucho más en el futuro, cuando toda esta ola hipertecnológica llegue a un punto culminante que es inevitable: va a volver una cuestión más artesanal, un reflujo que empieza a verse, sobre todo entre los más pudientes. Todo va a ir hacia eso, porque hay un gusto en la producción de las cosas. Y ese lugar va a ser de talleres, repoblado, con una conciencia en relación al ambiente. No soy adepto a forzar los paseos, porque no resultan. Me parece que el tema de los paseos es forzado, cosa de urbanistas… que de todo depósito se haga un museo de arte contemporáneo. Qué sé yo. Me parece que habría que direccionar menos las cosas, que las cosas se produzcan. No sé si hay que hacerle parques a la gente, quizá más puentes, clubes de barrio, pero no sé por qué hay que hacer paseos. Mantener el misterio es algo que me gusta. No se puede civilizar todo, que todo esté contabilizado. Hay cosas que no se sabe qué son. Me gustan los lugares intermedios, los callejones que no van a ningún lado. A mí me atrae mucho más. Le das lugar a que decida la gente. Hay que tener tranquilidad, y las cosas prosperan. Uno no puede ir a decir: “hagamos un paseo al lado del Riachuelo”. Yo qué sé si hay que hacer un paseo. Dejá que la gente vea lo que tiene que hacer: una canchita… Hay una tiniebla que ya se verá. La gente arma una trama urbana. Me gusta más la incógnita. Y bueno, por ahí vas y te asesinan, y bueno, mala suerte…

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