Cóndores en Malvinas: los muchachos peronistas y la soberanía nacional (28-9-1966)

Luis Fernando Beraza y Mario Granero

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La cuestión Malvinas (1965-1966)

Para entender el operativo Cóndor es menester ante todo conocer el problema Malvinas, y la situación en que este tema se encontraba en dichos años. En principio digamos que los años sesenta fueron “la década de la descolonización”. Basta ver textos de esos días para observar la velocidad con que países asiáticos y africanos lograban su independencia y autodeterminación. En algunas oportunidades en forma pacífica y en otras violenta. Para citar sólo un caso de los últimos, conmocionaron al mundo los sucesos del Congo y el asesinato de Patrice Lumumba en 1961. Fue en tal sentido impresionante el discurso que hizo el Che Guevara en la Plaza de la Revolución de La Habana en homenaje a su figura y su lucha, o las actividades guerrilleras del ejército de liberación de Argelia contra Francia, o del Vietcong en Vietnam del Sur contra los Estados Unidos.

Las Naciones Unidas, fieles a una nueva doctrina acerca de la descolonización de territorios, habían primero sancionado la Resolución 1514 en el año 1960, la cual determinó las condiciones y requisitos que debían cumplirse para la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales. Pero el problema era que el caso de Malvinas resultaba atípico frente a esta medida. Entonces en 1964 se discutió en el Subcomité de Descolonización de la ONU la aplicabilidad de la resolución 1514 al problema Malvinas. Allí se planteó la divergencia por la interpretación de la 1514. Por supuesto, Gran Bretaña sostuvo que debía admitirse el principio de autodeterminación y la Argentina lo contrario, entendiendo que en Malvinas no existía un pueblo de acuerdo a las exigencias para la conformación de un Estado moderno. Por otra parte, los ingleses argumentaron que la ONU no hablaba de desmembraciones producidas antes o en la historia.

La resolución 2065 del 16 de diciembre de 1965, aprobada por la Asamblea General de la ONU, declaró que el caso de las Malvinas se encuentra dentro de las disposiciones de la Resolución 1514, o sea que se trata de un problema de una colonización realizada por Gran Bretaña en el siglo XIX. En segundo lugar, reconoció la existencia de una disputa sobre la soberanía de las islas entre Argentina y Gran Bretaña, invitando a ambos gobiernos a resolverla pacíficamente. Finalmente, recomendó arreglar el tema de la soberanía de acuerdo a los intereses de los pobladores. Este era el punto más importante, puesto que nada decía de “los deseos” de los habitantes (argumento de Gran Bretaña). El principio de autodeterminación quedaba excluido. La resolución 2065 fue aprobada por gran mayoría (94 votos a favor y 14 abstenciones) y sin ningún voto en contra. En enero de 1966 el canciller británico Michel Stewart vino a Buenos Aires para conversar del tema con su par argentino. En aquel momento fue considerado un triunfo de la diplomacia argentina, abriendo un optimismo –quizás un poco exagerado– sobre las posibilidades que después de tantos años se abrían para nuestro país en el tema Malvinas.

 

La Revolución Argentina (junio de 1966)

Pero la situación internacional aparentemente favorable no se correspondía con los problemas internos del gobierno radical de Arturo Illia. En realidad este médico de Cruz del Eje, Córdoba, había quedado encerrado en su incapacidad para resolver las contradicciones planteadas por la interna militar y las reivindicaciones de los sindicatos peronistas. Éstos últimos, comandados por el metalúrgico Augusto Vandor, planteaban una reivindicación económica y una neutralización de los efectos de la modernización tecnológica y productiva que comenzaba a insinuarse durante aquellos años. Por supuesto, no era un detalle menor la interna peronista que, luego del fracaso del retorno de Juan Domingo Perón a fines de 1964, se había recalentado con el enfrentamiento entre éste y Vandor. En este marco de movilización sindical (tomas de fábricas), conciliábulos militares y campañas periodísticas desatadas contra el gobierno, transcurrieron estos años, los cuales hacían más que previsible una nueva frustración y por consecuencia otro golpe de Estado. Ni los retiros de algunos militares, ni las medidas contra los sindicatos (permisos para constituir sindicatos de fábrica, autonomía de seccionales y descentralización de fondos sindicales) permitieron modificar el final inexorable del gobierno radical. La crisis militar de junio de 1966 terminó con el espectáculo lamentable de un presidente civil expulsado de la presidencia por la Guardia de Infantería de la Policía Federal. Otra vez un presidente radical no había podido cumplir su mandato.

Esto ocurría cuando se estaba organizando el “Operativo Cóndor”. En junio, precisamente, había asumido un presidente militar, retirado tiempo antes por el ex presidente Illia: el general Juan Carlos Onganía.

La mayoría de los que hoy escriben sobre ese período lo hacen bajo la impresión post-cordobazo. No es la manera de enfocarlo históricamente. Si nos remitimos a esos primeros momentos se puede observar fácilmente que tanto los factores de poder como la clase media de las grandes ciudades consideraban que por fin se lograrían buenos negocios para los primeros y el fin de la demagogia y la corrupción para los segundos. La recepción de Onganía en la ciudad de Tucumán a poco de asumido fue –aunque parezca exagerado decirlo hoy– apoteótica. Los gremialistas también pensaban que una época nueva y distinta comenzaba. Su apoyo –al decir de Augusto Vandor, “crítico”– se había vuelto ostensible, con su presencia durante la jura de Onganía como presidente. Tal era ese clima que Perón debió recomendar “desensillar hasta que aclare”. La sociedad parecía creer más que nunca en este militar devenido en nueva esperanza de muchos argentinos. Los intelectuales también en ese momento se sumaban. Por ejemplo, Ernesto Sábato declaraba a la revista Gente sobre el derrocamiento de Illia a José Ricardo Eliaschev: “Creo que es el fin de una era. Llegó el momento de barrer con prejuicios y valores apócrifos que no responden a la realidad. Debemos tener el coraje para comprender (y ver) que han acabado instituciones en las que nadie cree seriamente. ¿Vos creés en la Cámara de Diputados? ¿Conocés mucha gente que crea en esa clase de farsa? Por eso la gente común de la calle ha sentido un profundo sentimiento de liberación. (…..) Se trata de que estamos hartos de mistificaciones, hartos de politiquerías, de comités, de combinaciones astutas para ganar tal o cual elección” (Gente, 53, 28-7-66).

Si bien este consenso duró pocos meses y muchos de los que opinaban como Ernesto Sábato cambiaron de posición (por ejemplo, Augusto Vandor), éste era el ambiente social del momento. Como decía un viejo comentarista deportivo, Dante Panzeri, los gobiernos militares cuando llegaban eran el “régimen de facto que iba a poner en orden al país”, y cuando se iban se transformaban en una odiosa “dictadura militar”.

 

Dardo Cabo

El jefe del Operativo Cóndor ya era un militante conocido en los círculos políticos de esa época. Aunque había nacido en Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires, el 1 de enero de 1941, casi toda su infancia había transcurrido en Buenos Aires. Su relación con la política se inició desde muy pequeño, ya que su padre era un prominente dirigente metalúrgico, anteriormente trabajador de la fábrica Istilart, colaborador de Eva Perón y hombre de confianza de Augusto Timoteo Vandor. Desde muy pequeño comenzó a militar en política. En principio, acompañando a su padre en las acciones de la Resistencia Peronista. Fue vendedor de libros y periodista. Entre 1960 y 1961 estuvo detenido en la cárcel de Caseros por aplicación del plan CONINTES, durante el gobierno de Arturo Frondizi. Su militancia había comenzado en organizaciones de cuño nacionalista, como Tacuara, y luego en la escisión de ésta denominada Nueva Argentina (fundada el 9 de junio de 1961). Entre sus compañeros de ese espacio peronista figuraban: Andrés Castillo, Rodolfo Pfaffendorf, Rodolfo Verona, Mario Granero, Américo Rial, Edmundo Calabró, Jorge Quiroga y José Pinachio (los tres últimos provenían de las brigadas sindicales de Tacuara).

Pero Dardo Cabo y Nueva Argentina volverían a ser noticia en 1964 a raíz de un supuesto atentado –en realidad, un acto propagandístico– contra Arturo Frondizi. Cabo fue nuevamente detenido y reconocido por un testigo en una ronda de presos como el autor de los disparos. Declaraciones del dirigente metalúrgico Paulino Niembro y del abogado de la CGT Fernando Torres parecieron desvirtuar el testimonio. El juez Luis María Rodríguez ordenó su libertad. De esa manera pudo durante el año 1965 ser el jefe de la “guardia de corps” que protegió a Isabel Martínez de Perón durante su visita a la Argentina. Recordemos que fue el momento de mayor ebullición por la pelea dentro del peronismo entre Juan Domingo Perón y Augusto Vandor.

Alejado de Nueva Argentina por la línea política que ésta tomaba a fines de 1965 –contraria al sindicalismo vandorista– no fundó una nueva línea interna, y empezó a dar rienda suelta a un viejo sueño de los grupos nacionalistas que años antes habían proyectado alguna acción reivindicativa sobre las Malvinas. Ya en el mismo MNRT (Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara), entre otros, pensaron en ocupar simbólicamente las islas Malvinas en barco. Pero todo no había sido más que proyectos o expresiones de deseo.

No está de más aclarar que los muchachos de aquellos años –Dardo Cabo era uno de ellos– guardaban un idealismo a toda prueba, que tenía como mayor capital el considerar a los actos patrióticos como un deber impostergable, sin importar los sacrificios. Como más adelante dijeran los integrantes del grupo Cóndor en su proclama: “Estamos unidos porque creemos que eludir el compromiso es cobardía. Estamos luchando y lucharemos. O concretamos nuestro futuro o moriremos con el pasado”.

 

Los preparativos

Para realizar el Operativo Cóndor, Dardo Cabo debía buscar los recursos materiales y humanos, además de realizar una inteligencia previa que permitiera concretarla. De ellas, la última cuestión parecía la más difícil: ¿cómo organizar una toma aunque sea simbólica de las Malvinas sin conocer perfectamente el plano de la ciudad a tomar? ¿Cómo aprovechar el factor sorpresa para instalar una bandera argentina, concretar la toma de la casa del gobernador, neutralizar a los infantes ingleses y difundir una proclama?

Antes o después de comenzar esta tarea, Dardo tuvo un encuentro inesperado que le cambiaría la vida. A través de Emilio Berra Alemán –por entonces jefe de lo que quedaba de la vieja Tacuara– le fue presentada una periodista que estaba interesada en hacer una nota para la revista Panorama sobre los grupos nacionalistas: María Cristina Verrier, por entonces de 27 años (Dardo tenía 25), rubia, linda y talentosa. Tenía un origen absolutamente opuesto a su entrevistado. Su padre era el doctor César Verrier, ex miembro de la Corte Suprema. Su tío Roberto Verrier había sido ministro nada menos que de la Revolución Libertadora. Además de sus actividades periodísticas, ya había realizado desde 1960 siete obras teatrales. Una de ellas, Los viajeros del tren a la luna, había sido premiada. También había alcanzado renombre como promotora de teatro de Vanguardia en el llamado Teatro del Altillo, en la calle Florida de la ciudad de Buenos Aires. En el momento del encuentro vivía en la mansión de su familia en el coqueto barrio de Belgrano. La nota salió en el número de Panorama correspondiente al mes de febrero de 1966. Por supuesto, en la misma Dardo Cabo aclaraba –por si hacía falta– su fe peronista y no mucho más. Existe otra versión que indica que el primer encuentro entre ambos tuvo lugar cuando María Cristina Verrier investigaba para Panorama el destino del cadáver de Evita. Sea por una u otra nota, lo cierto es que por este motivo se conocieron. Aunque en una lectura superficial parecían María Cristina y Dardo el aceite y el agua, ambos compartían la pasión por las cosas de la Patria, y por supuesto el amor. Justamente el romance que surgió entre ellos terminó uniéndolos también en el Operativo Cóndor.

Pero –como decíamos arriba– la inteligencia era complicada. Se debía hacer una cartografía completa y Dardo Cabo recolectó también innumerable cantidad de fotografías de las islas. María Cristina voló varias veces a Río Gallegos para reconocer a tripulantes y pilotos, fingiendo tener que dictar conferencias sobre su especialidad teatral. Saber el rumbo a tomar era el punto más importante. También María Cristina Verrier había estado en las Malvinas para su trabajo periodístico en Panorama, y le transmitió muchos otros datos de lugares y contactos a su novio para poder preparar la operación. Por su condición de clase, tenía contactos con militares –especialmente de Aeronáutica– que le proveyeron informes sobre el rumbo que debía seguir el avión. Por otra parte, al parecer Dardo Cabo también tenía contactos con militares del sector nacionalista de las Fuerzas Armadas que lo deben haber ayudado.

Justamente con toda la información disponible confeccionó Dardo Cabo el plan del operativo y su secuencia: desviar el avión, aterrizar en Malvinas lo más cerca posible de la Casa del Gobernador y de una especie de drugstore que se encontraba allí, colocar banderas argentinas y tomar la Casa y los vehículos allí apostados. Otro grupo se dirigiría a ese lugar de reunión y, aprovechando el factor sorpresa, reducirían a los infantes británicos, tomarían el arsenal y lanzarían una proclama a través de la radio local. Luego de cumplido todo esto, se esperaría una reacción positiva en la Argentina para seguir adelante. Como estamos hablando de los años sesenta, es posible que en la cabeza de Dardo Cabo estuviera como objetivo de máxima la idea de que este accionar de un pequeño grupo podía ser –para usar una metáfora de la época– “la chispa que encendiera la pradera”. Desde aquella lógica no era alocado, aunque parecía improbable.

Superada la labor de inteligencia, paralelamente emprendieron la tarea de conseguir los fondos necesarios. Según uno de los muchachos que participaron en el operativo, la plata la facilitó el empresario metalúrgico Cesar Cao Saravia, quien construía con su empresa vagones de ferrocarril. Seguramente Dardo Cabo lo conocía por los vínculos que tanto él como su padre Armando tenían con la UOM. Cao Saravia era un empresario de esos que hoy casi no existen. Trabajaba y producía para el país. Debió haber sido un hombre muy querido, puesto que hasta sus mismos obreros lo nombraron delegado de la fábrica. Con los fondos aportados por Cao Saravia se adquirió la ropa para la tarea (borceguíes, pantalones y camperas beige de fajina, y un único distintivo en el pecho: en un rombo blanco la figura enhiesta de un cóndor, símbolo de la soberanía) y se compraron los pasajes de los componentes del grupo para el vuelo 648 de Aerolíneas Argentinas hacia Río Gallegos. Por supuesto, también en el operativo se iban a poner en la bodega del avión las armas necesarias (pistolas-ametralladora Pam y ametralladoras livianas Halcón).

El grupo Cóndor se conformó con jóvenes entre 18 y 32 años, de diversos grupos peronistas y nacionalistas, como el Frente Revolucionario nacionalista (por ejemplo, Ricardo Ahe), muchachos del Comando Revolucionario Peronista de la juventud peronista de Merlo (Juan Carlos Rodríguez, Pedro Tursi, Fernando Aguirre, Luis F. Caprara) y algunos otros vinculados a la Unión Obrera Metalúrgica, de amplia militancia también en organizaciones juveniles de la resistencia peronista. Como subjefe del operativo fue nombrado Alejandro Giovenco. La frutilla del postre fue la invitación que Dardo Cabo le hizo a Héctor Ricardo García –dueño de Crónica y Radio Colonia– para que viajara con ellos sin saber el motivo, a cambio de una nota “sensacional” para el diario.

Conformado el grupo Cóndor, Dardo Cabo los reunió faltando un mes y medio para la operación, en una confitería de Santa Fe y Libertad. Allí se repartieron los boletos de avión. La mayoría de los distintos grupos del Operativo Cóndor no se conocían entre sí. Posteriormente se reunieron en un country de la Unión Tranviarios Automotor en Puente Márquez, en la zona oeste del Gran Buenos Aires. Casi sobre la fecha del viaje se juntaron en Munro en la sede de la UOM, en la calle Vélez Sarsfield, y luego de ir a la Iglesia –donde varios se confesaron– partieron a Aeroparque para tomar el vuelo 648 de Aerolíneas Argentinas, que supuestamente iba a Río Gallegos y Ushuaia. En la sede metalúrgica, justamente en el bar de la esquina, Andrés Castillo se reunió con Dardo Cabo y en ese momento le manifestó su intención de participar. Por entonces trabajaba en la Caja Nacional de Ahorro y Seguros. En ropa de trabajo (camisa, pantalón de vestir y mocasines), Castillo recibió un par de zapatos de goma y se sumó al increíble viaje. Dardo le explicó algunas cosas y sumó a este compañero de Nueva Argentina.

 

Un viaje increíble

Así, a las 0:28 horas del miércoles 28 de septiembre de 1966, partió el avión de Aerolíneas Argentinas: se ponía en marcha el Operativo Cóndor. En él viajaban los 18 integrantes del grupo como pasajeros comunes, excepto Edgardo J. Salcedo, que llevaba el cuello de sacerdote. La única mujer, Cristina Verrier, quien frecuentaba esta ruta al sur, simulaba ir por tareas profesionales. Por sus viajes anteriores a la Patagonia era una vieja conocida del personal aeronáutico. En el avión viajaba también –aunque nadie lo tenía previsto– el gobernador de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, el almirante José María Guzmán. También a último momento se subió al avión el periodista y dueño de Crónica, Héctor Ricardo García.

El viaje al extremo austral transcurrió normalmente. Pero al despuntar el día, más o menos cerca de las 6 de la mañana, se puso en marcha el secuestro del avión. Se cambiaron la ropa en el toilette, trastocándola por camperas beiges y demás equipo de tareas. El primer trabajo fue forzar la tapa de las bodegas de la máquina, ubicada debajo de los asientos delanteros. Allí estaban las armas. Para ello debieron ser alejados varios pasajeros. El comisario de a bordo fue encerrado en el baño por Juan Carlos Rodríguez y Pedro Tursi. El pasaje se inquietó, pero no hubo ninguna reacción negativa que produjera hechos de violencia. Poco después, Dardo Cabo, Alejandro Giovenco y Andrés Castillo se apersonaron en la cabina del comandante Ernesto Fernández García y su copiloto Silvio Sosa Laprida. Estaban sobrevolando Puerto Deseado en la provincia de Santa Cruz. Andrés Castillo redujo al radiooperador. A las azafatas se les pidió que siguieran el servicio normal del pasaje. En principio, Dardo Cabo (que llevaba una chaqueta “tipo garibaldino”, marrón tierra) con una pistola Luger (Alejandro Giovenco tenía una 45) amenazó al comandante para que obedeciera la orden de cambiar el rumbo por el “105”. Seguramente el piloto creyó que era una broma. Viendo que no lo era, trató de persuadir a Dardo Cabo para que desistiera del intento. Como el pedido del rumbo “105” involucraba a toda la tripulación, Cabo avanzó hacia el copiloto Sosa Laprida –quien estaba con auriculares– y lo amenazó con el arma. Sosa Laprida pensó que era una broma de mal gusto. Sin embargo, al colocarle nuevamente el arma de fuego en la cabeza comprendió que no era así.

La situación no era sencilla. El Aeropuerto de Río Gallegos estaba cerrando por la niebla y la misma estaba progresivamente cubriendo al avión. En medio de la charla entre pilotos y visitantes, el DC4 de Aerolíneas estaba empezando a cubrirse por una sábana de nubes. Sobrevolaban San Julián. La radio llamaba al avión pidiendo la posición y por orden de Dardo Cabo nadie contestaba. Comandante y copiloto le explicaron a Cabo que no bastaba tener el rumbo, sino que había que saber cómo llegar hacia allí. Como último intento, ambos le preguntaron: “¿por qué no vamos hasta Punta Arenas en Chile y se asilan allí? Ese aeropuerto está funcionando normalmente”.1 Dardo Cabo les contestó: “acá estamos decididos a morir, hay que llegar a Malvinas”. Los pilotos le pidieron más información, además del rumbo. Cabo les mostró un plano de la ciudad de Puerto Stanley. “No, esto no sirve, contestaron ambos”. Como el avión seguía avanzando y los pilotos no cambiaban el rumbo, Dardo Cabo volvió a amenazarlos para que obedecieran. Mientras la radio seguía llamando al avión, el comandante dio orden de hacer la maniobra. Entonces, utilizando el “radiofaro” de cola (es un sistema de navegación y acercamiento electrónico de aquella época que siguiendo una aguja se la puede tomar para orientarse) encararon desde Puerto Deseado el rumbo “105” hacia las Malvinas.

El avión de Aerolíneas se fue alejando por una capa de nubes, casi una sábana, hacia las islas. A los 45 minutos la máquina perdió la marcación de cola. Los pilotos trataron de corregirla, para que no se desviara el rumbo por efecto del viento. Como no podían hablar entre ellos, cada uno hacía sus cálculos. Sosa Laprida pensaba que si en diez minutos no volvían, el avión se caería por falta de combustible, aunque llegaran a la costa. Decía para sí: “no sabemos dónde estamos. El viento nos va a jugar en contra. Habíamos gastado más combustible que el necesario porque encontramos dos frentes de tormenta. Nos habíamos desviado, subido y bajado”. ¿Cómo evitar la tragedia? De repente, volando sobre una capa de nubes a 2.500 metros de altura para ahorrar combustible, al copiloto le pareció ver espuma en un agujero entre las nubes: abajo debía haber una rompiente. Poco después observaron a la derecha que la capa de nubes se ondulaba. Los que vuelan habitualmente saben que generalmente las nubes siguen el contorno de la tierra. El problema era ahora bajar sin pista de aterrizaje y sin que nadie les pudiera dar indicaciones. En Malvinas no existía ninguna radio aeronáutica.

El avión comenzó el descenso. Eran las ocho y media de la mañana del 28 de septiembre. Se acercaron a algunas elevaciones. Mientras tanto, fueron peinando las nubes. No podían calcular la altitud, porque eso lo marca la torre de control. Ya veían la playa. Suponían, por sus recuerdos de infancia, que Puerto Stanley estaba sobre la misma. En un agujero observaron calles asfaltadas y techos de colores. Volando a 500 metros de altitud siguieron tratando de descender. Al no observar más altitudes y sobrevolando el embravecido Océano Atlántico, prepararon el descenso. En un agujero se tiraron de cabeza. El mar parecía negro y estaba picado. El limpiaparabrisas trabajaba a pleno debido a la espuma del mar. En ese trance apareció una rompiente, una pequeña pared, unas antenas y unas casas. Estaban volando sobre Puerto Stanley. La ciudad entonces tenía diez cuadras por seis. Buscando el hueco para aterrizar vieron una franja verde que hacía una curva, siguiendo el contorno de la bahía. Pero en ese momento el suelo subió. ¡Había una sierra! Los pilotos, rápidos de reflejos, a todo motor y al máximo de trepada, ensayaron una maniobra acrobática llamada “candela”, la cual consiste en levantar verticalmente el avión para retomar la posición: se conocía desde la Primera Guerra Mundial. Al retomar la horizontal, los pilotos pudieron ver animales –que les permitieron apreciar la dirección del viento– y ropa tendida. El tema era dónde aterrizar: ¿en esa mancha verde? El técnico de vuelo informó que quedaba combustible para 20 minutos. Andrés Castillo –que también estaba en la cabina– escuchó que había dos minutos para aterrizar, teniendo en cuenta que luego había que volver.

El técnico exclamó: “hay un faro”. En realidad, era un rayo de sol que pegaba en los tanques de petróleo del puerto. En esa circunstancia rompieron una antena con una rueda del avión. Ya no quedaban opciones, decidieron bajar en esa mancha verde. “Íbamos como el ternero a la teta”, recordaría años después el copiloto. Mientras tanto, nadie del pasaje hablaba. El clima era de una enorme tensión. La mancha verde era una pista de cuadreras, en la cual aterrizaron perdiendo velocidad por el piso de turba. Patinaron un poco, hasta que el avión se detuvo, para después empezar a hundirse. Alcanzaron a romper las pasarelas de la pista pero… ¿qué importaba? ¡Estaban vivos!

Al detenerse el avión, un silencio sepulcral producto de la tensión invadió la máquina. Instantes después, se produjo un griterío de alegría y de desahogo. Los pilotos y el personal de la máquina se abrazaron. Habían llegado a las Malvinas. Estaban a dos mil metros de la Casa del Gobernador. Eran las 9:57 cuando el avión tocó tierra malvinense. Un hecho inédito se producía: después de casi un siglo, argentinos llegaban allí para realizar un acto de soberanía.

 

Cóndores y kelpers

Los cóndores “saltaron” del avión por una escalera de mano y la soga de las salidas de emergencia. Los jóvenes se quedaron en principio debajo del avión e intentaron alejar a los kelpers que se les acercaban. Un malvinense incluso, al ver que bajaba del avión gente armada, salió corriendo del susto. Los kelpers estaban enterados por el intercomunicador de las estancias de la presencia del avión, y también por su sobrevuelo sobre Stanley. Creían que el avión se había perdido. Los cóndores entregaron panfletos donde explicaban la causa del viaje. En ese trance tomaron como rehén al jefe de Policía y a algunos infantes: en total siete. Paralelamente, se enarbolaron cinco banderas argentinas. Otras dos ondearían en Malvinas en la parte superior del avión y en un mástil cercano durante 36 horas. Puerto Stanley fue bautizada como Puerto Rivero, en homenaje al gaucho argentino que se rebeló contra los ingleses luego de la invasión de 1833.

Para romper el aislamiento, Dardo Cabo y María Cristina Verrier fueron hasta la Casa del Gobernador. Esta última fue en calidad de intérprete, ya que era la única que sabía inglés. Le indicarían allí que estaba en su tierra, intimándolo a plegarse a la autoridad argentina. Algún testigo recordaría después que Dardo Cabo dijo antes de partir: “voy a tomar el gobierno”. El almirante Guzmán, que se encontraba dentro del pasaje, comentó: “si toman el gobierno, como esta tierra es nuestra, yo veo cómo organizarlo”.2

Al llegar a la Casa del Gobernador en uno de los jeeps que habían llevado los kelpers que se acercaron al avión, intentaron que las autoridades inglesas reconocieran la soberanía argentina y se plegaran a ella. Como era de prever, el gobernador inglés en ejercicio –en realidad era un contador que había quedado ahí por la ausencia del gobernador y del vice– Leslie Charles Gleadell, les dijo: “váyanse de aquí. Esta no es su casa. Ustedes son unos bandidos y se tienen que entregar”. Dardo Cabo entonces decidió volver al avión para evitar el derramamiento de sangre. Esta decisión de Cabo de ir con María Cristina a la Casa del Gobernador generó uno de los asuntos controvertidos dentro del grupo. Según algunos –como por ejemplo Pedro Tursi, Alejandro Giovenco, Juan Carlos Rodríguez o Fernando Aguirre– se debía seguir con el plan original, utilizando los vehículos que habían traído los primeros kelpers que se acercaron a la máquina. Dardo Cabo entendió que, al haberse alejado el avión de la Casa del Gobernador, si utilizaban los vehículos iba a haber hechos de violencia de imprevisibles consecuencias que empañarían todo el operativo. Por supuesto que los descontentos con el cambio de planes no lo hicieron público en ese momento, sino mucho después, cuando ya se encontraban en la cárcel. Al parecer, “el sector del oeste” y Giovenco eran los más descontentos con este curso de acción. “Es que nos sentíamos un poco defraudados, incluso cuando volvimos al Continente algunos compañeros –no el público en general, que nos felicitaba– preguntaban: ¿cómo? ¿Qué pasó que no tomaron nada?3

Cuando retornaron al avión, los kelpers se habían acercado más. Todos estaban armados. Los cóndores desconocían que los malvinenses varones tenían instrucción militar obligatoria. “Había como unos doscientos apuntándonos en las estribaciones cercanas al avión”, afirmaría muchos años después uno de los cóndores.4 Todos tenían un arma, corta o larga. El almirante Guzmán, al ver que no se había tomado el gobierno, dijo: “esto es un papelón. ¿Dónde me ubico?”. Llamó a un infante inglés y fue luego alojado en la mejor casa de Puerto Stanley.5 En esas posiciones transcurrieron las primeras horas. Sobre el mediodía, Dardo Cabo utilizó los motores del avión para irradiar una proclama, donde reiteraba que habían ido a las Malvinas para que se reconociera la soberanía argentina sobre las islas. Pocos minutos después fue leído el mismo texto por la voz de María Cristina Verrier. Contrastando con estos mensajes patrióticos, el almirante Guzmán sólo transmitió un pedido de auxilio, pidiendo frazadas y comida para los pasajeros de la máquina.

En tan críticos instantes apareció en el avión un personaje que tomaría a partir de ese momento un protagonismo imprevisto: el sacerdote católico salesiano Rodolfo Roel. El cura, dándose cuenta de que se hacía necesario un mediador que protegiera a los muchachos y evitara un derramamiento de sangre, se ofreció a colaborar. En la primera conversación con los argentinos se acordó que los pasajeros abandonaran la máquina. Poco después, conducidos por el comandante de la nave, se los llevaron a Puerto Stanley, en busca de alojamiento y comida. La mayoría fue ubicada en casas particulares, ya que no había por entonces hotel en las Malvinas.

A partir de ese momento, los cóndores quedaron solos. Dardo Cabo, imbuido de los altos ideales que representaba, les habló a sus hombres para que siguieran manteniéndose unidos en el propósito que traían. Poco después le pidió al sacerdote que oficiara una misa allí, en el avión. En ese clima inhóspito, lejos de todo, los cóndores y los rehenes ingleses (el jefe de policía y algunos infantes y kelpers, en total siete) escucharon la misa. En pocas circunstancias la mayoría de ellos habrá percibido más oportuna la palabra de Dios.

Progresivamente y con el correr de las horas, Dardo Cabo y sus hombres fueron liberando a los rehenes. Por su parte, al caer la tarde los kelpers colocaron reflectores para no perderles pisada a los argentinos. Aproximadamente cien hombres armados, entre policías, infantes y simples pobladores, rodeaban la máquina en actitud vigilante. Esto ocurría cerca de las 18:00 horas, en medio de una temperatura de un grado, lluvia y un viento que cortaba a cualquiera. Los cóndores, ya agotadas las existencias alimenticias dentro del avión, comieron tres galletitas, dos tapas de pan y las bebidas que restaba tomar del servicio del avión.

En la madrugada, un integrante del pasaje se acercó a la máquina para pedirles que se rindieran. Dardo Cabo rechazó la solicitud. Durante la mañana, mientras los cóndores padecían hambre y frío, el gobernador inglés de Malvinas reunió a los pasajeros del avión, ofreciéndoles la mayor hospitalidad. El almirante Guzmán –mientras tomaba whisky para combatir el frío– agradeció y exaltó la hospitalidad ofrecida. Algunos dicen que “en nombre del pueblo argentino” prometió un obsequio para los kelpers. Todos fueron agasajados con café y bizcochos.6

Los cóndores ya no comían. El padre Roel con todo aprecio les pidió que por favor entregaran las armas, que él les daba todas las garantías. Dardo Cabo comprendió que el Padre era el único medio para llegar a un acuerdo que impidiera un derramamiento de sangre. El trato fue el siguiente: entregarían las armas al comandante de la aeronave, no a los ingleses, y quedarían bajo la protección de la Iglesia Católica. Todo ello sería firmado en una carta-acuerdo por ellos y el gobernador en ejercicio de Malvinas. Aceptado el procedimiento, sobre la tarde se retiraron las banderas y, en ese adverso clima, con las fuerzas que quedaban, entonaron las estrofas del himno nacional argentino. Mientras tanto, los ingleses los observaban sin comprender la emoción de estos muchachos argentinos.

Ya depuestas las armas y palpados por los ingleses, fueron conducidos en varios jeeps a la iglesia. Fueron alojados en un local anexo. Era un pequeño espacio que tenía varios ventanales que daban a un jardín. Allí los ingleses apostaron los mismos reflectores utilizados anteriormente para vigilar a los ya desarmados y hambrientos argentinos. Su condición no podía ser más precaria. Algunos se preguntaban hasta cuándo podría el padre Roel sostener su protección. En ese piso de baldosas, en una especie de salón multipropósito de la iglesia, pasaron la noche del 29 de septiembre. Los cóndores cantaban el himno y marchas patrióticas aprendidas en la infancia, para confundir a los ingleses. Pero éstos no estaban conformes. Irrumpieron en el salón para hacer una requisa. Entre los elementos incautados estaban los medicamentos que llevaban encima. En estas circunstancias se produjo un pequeño episodio de tensión, cuando quisieron despojar a varios cóndores de las banderas argentinas que tenían en sus cuerpos. Dardo Cabo y Andrés Castillo (quien la tenía dentro del pantalón, como un chiripá), entre otros, se resistieron. Rápidamente los fornidos británicos desistieron del intento: una pequeña victoria del grupo y de su jefe. Este último también guardó en un tarro de azúcar o de café el acuerdo con los ingleses, para que no se lo arrebataran.

 

Repercusiones en la Argentina

¿Qué pasaba mientras tanto en nuestro país? Las 62 organizaciones peronistas, orientadas por Augusto Vandor, se habían pronunciado a favor del Operativo Cóndor. Decía el comunicado: “tengan la seguridad de que los trabajadores argentinos los acompañan en esta patriótica acción”. Miles de volantes impresos fueron arrojados por las 62 en todo Buenos Aires, 12 horas después de la partida del avión. Los gremios portuarios, Molineros, Petroleros y de la Carne (de tendencia vandorista) y la Confederación de Trabajadores del Transporte (de la misma línea) apoyaron al unísono la ocupación simbólica de las Malvinas. Por su parte, las antivandoristas Organizaciones Sindicales De Pie dijeron, tomando cierta distancia: “la actitud en sí nos merece simpatía, sin entrar en los demás detalles que no queremos comentar, para no empañar lo que fue intención de un grupo de muchachos argentinos que quiso crearnos la ilusión de que con esa acción queda reconquistado lo que ya es nuestro”. Mientras tanto, en Rosario el Consulado de Inglaterra fue ocupado durante 15 minutos. En la esquina de Corrientes y Florida en la Capital Federal era quemada una bandera británica, mientras que al mismo tiempo dos ráfagas de balas, disparadas desde sendos automóviles, destrozaban las ventanas de la Embajada Británica y causaban el terror entre sus funcionarios.

¿Y los diarios y revistas? La Razón de Buenos Aires insistió durante tres días en agotar los costados más sensacionalistas del Operativo Cóndor, mientras Crónica, en cambio, llamaba a los muchachos “héroes”, exaltaba su arrojo y se convertía en el único medio que apoyaba decididamente la operación.

Pero este entusiasmo de los militantes contrastó con la actitud del gobierno de Onganía. Éste llamó “facciosos e irresponsables” a los miembros del Operativo Cóndor. El comunicado oficial los acusaba de “darse una representatividad que no tenían” y “lesionar el prestigio del país y su tradición”, y afirmaba que ello configuraba “un grave alzamiento”, cuya ignorancia por parte del gobierno implicaría “una cesión inadmisible de sus responsabilidades”, por lo que correspondería aplicar a los responsables “todo el rigor de la ley”, a fin de que quede probada “la seriedad con que el gobierno nacional ratifica el derecho argentino”. Así el gobierno se diferenciaba de este “atentado”. El general Onganía y su canciller Nicanor Costa Méndez consideraron que el Operativo Cóndor entorpecía las negociaciones con el gobierno inglés y daba razones a los kelpers para profundizar su alejamiento y animadversión hacia la Argentina. Hasta el Foreign Office se dio por satisfecho ante la andanada de injurias que contenía el comunicado oficial contra los muchachos de Malvinas. El tradicional diario La Nación de Buenos Aires aprobaba el viernes 30 en un editorial la actitud condenatoria del gobierno de Onganía. La Prensa, por su parte, minimizaba el hecho en cuatro columnas en la primera página y con un título corto, casi burlón: “un avión comercial fue desviado y aterrizó en las Islas Malvinas”.

Las revistas de aquella época reaccionaron en forma dispar. Avisada de antemano, Panorama sacaba en la noche del viernes 30 de septiembre una edición o separata especial sobre el Operativo Cóndor. Pero el director de la Inspección General de la Comuna, comisario retirado Luis Margaride, ordenó suspender las pegatinas de afiches de la revista, cuando ya se habían colocado 800 de los 10.000 previstos. Por su parte, Primera Plana, quizás resentida por la primicia de su competidora, no sacó en tapa el tema y en páginas interiores dedicó tres para comentarlo en tono burlón y malintencionado. Ya el título lo decía todo: “La invasión de las Malvinas”. En el artículo daba detalles, ridiculizando la experiencia del operativo Cóndor y comentando la poca incidencia que en la vida provinciana de Puerto Stanley tuvo el hecho. Para mayor sorna, contaba que los kelpers estaban más interesados en ir a la salita de la Catedral Anglicana a ver los noticieros de la época y después presenciar la película Bomba, el hijo de Tarzán, que en prestarle atención a los argentinos que se morían de frío en el avión de Aerolíneas Argentinas. Primera Plana llamaba –en coincidencia con el gobierno de entonces– a los argentinos “invasores” y “guerrilleros”, y al operativo “aventura”, y en forma de burla, “invasión”. Finalmente, sostenía que el hecho era un ataque del sector gremial contra la Casa Rosada. Parecían –por sus dichos– argumentos de un medio británico.

 

Regreso y castigo

Las horas pasaban y los cóndores seguían en una situación precaria. Todos sus integrantes y el periodista Héctor Ricardo García –al cual habían detenido por sacar fotos– no sabían qué iba a ser de ellos. A las 11 de la mañana, el padre Roel avisó que debían prepararse para partir. Los cóndores rezaron el Padre Nuestro y fueron bendecidos por el sacerdote. Al salir hacia el muelle, los infantes ingleses intentaron hacerse cargo de los intrusos. Los argentinos recuerdan que en ese momento el sacerdote les dijo con voz clara: “los chicos vienen conmigo”. Los ingleses desistieron de forzar la situación y permitieron que la salida se desarrollara sin problemas.

Todos los cóndores, más Héctor Ricardo García, fueron depositados en la bodega de una vieja carbonera. En este sucio lugar se los intentó llevar a un barco argentino. El almirante Guzmán, el padre Roel y el comandante del avión de Aerolíneas viajaban en la cubierta. Los cóndores –muchos de ellos descompuestos por la travesía oceánica– cantaban marchas argentinas: Aurora, o la Marcha de San Lorenzo, mientras varios infantes ingleses apuntaban con metralletas a los argentinos. Pero el estado del tiempo no permitió el trasbordo al barco argentino “Bahía Buen Suceso”. Debieron volver a Puerto Stanley. Horas después volvieron a partir. Dardo Cabo fue requerido por el Padre –ya que los ingleses no lo habían logrado– para que entregara las banderas argentinas. Seguramente los ingleses temían que fueran consideradas en la Argentina como trofeos de esta empresa. Cabo finalmente entregó las banderas al almirante Guzmán, como reconocimiento de su condición de gobernador de la zona. Mientras el idealismo del jefe del Operativo Cóndor hacía un alegato patriótico, comentando la importancia de una enseña que había flameado en territorios irredentos, el militar argentino sólo dijo “gracias”.

El padre Roel volvió a salir con los cóndores y, pese a las injurias que recibía de los ingleses, siguió imperturbable la tarea de proteger a los jóvenes. Finalmente, tanto ellos como el resto del pasaje de Aerolíneas pudieron subir al buque argentino y regresar a Tierra del Fuego. En Ushuaia fueron alojados en calabozos de la Jefatura de Policía. El juez argentino que los interrogó allí recibió como única respuesta por parte de los cóndores “yo fui a Malvinas a defender la soberanía argentina”.

El 22 de noviembre de 1966 los integrantes del Operativo Cóndor fueron juzgados en Bahía Blanca por “privación de la libertad”, “tenencia de armas de guerra”, “asociación ilícita”, “robo calificado”, “asalto en banda” y “atentado a la propiedad”. La mayoría fue condenada a dos años de prisión, sanción que cumplieron en Ushuaia y Río Grande. Muchos salieron en libertad condicional a los nueve meses. Dardo Cabo, Alejandro Giovenco y Juan Carlos Rodríguez permanecieron tres años de prisión, por tener antecedentes por su militancia en el peronismo. En un gesto que la enaltece, Cristina Verrier fue dejada en libertad, pero decidió quedarse con Dardo Cabo hasta el final de su detención.

Las banderas argentinas que ondearon en Malvinas fueron devueltas a Dardo Cabo por el juez, y fueron entregadas en 1971 en Madrid por él mismo al general Juan Domingo Perón.7

 

¿Sirvió?

Los cóndores pasaron meses en prisión, y algunos años. Esa experiencia los dejó marcados para siempre. Recibieron en ese momento muestras de simpatía, tanto personales como a través de cartas. En prisión les llegaban misivas de personas anónimas de toda la Argentina, Latinoamérica y el mundo, haciéndoles saber sus simpatías ante la hazaña realizada. La bandera de Malvinas, que estaba en el corazón de toda esa generación, palpitó como nunca. Pero ese espíritu debió haber sido complementado con un marco político que en ese entonces no existía. Peor aún, ni siquiera el gobierno de Onganía utilizó para la negociación el error cometido por los ingleses al aceptar que un supuesto delito cometido en territorio de las Malvinas fuera juzgado por la justicia argentina. Al contrario: meses antes se había aceptado en una conversación entre Alejandro Lastra (embajador argentino en Londres) y Henry Hohler (subsecretario del Foreign Office) que no debía considerarse la cuestión de la soberanía y se habló sobre temas de derecho privado, tales como “liberalizar” el comercio y las comunicaciones entre Puerto Stanley y la Argentina. Peor aún, las “conversaciones”, no negociaciones de fondo, debían ser trasladadas a octubre. La delegación argentina increíblemente aceptó. Así pues, en aquel octubre de 1966 no se iba a tratar el tema de la soberanía sobre Malvinas. El gobierno de entonces defendía los derechos argentinos sobre las islas. Era imposible que aceptara el Operativo Cóndor en función de una estrategia por la recuperación de las islas.

El espíritu que campeó en el Operativo Cóndor reapareció fugazmente en otro contexto en 1982. Ese clima duró muy poco tiempo, ya que los gobiernos posteriores tuvieron otras prioridades, no precisamente Malvinas. Hubo actitudes contrapuestas entre la gente y la clase dirigente que fueron aprovechadas por los ingleses.

En cuanto a la generación que produjo el hecho, su destino fue durísimo. Dardo Cabo, por ejemplo, fue detenido por su militancia montonera y asesinado por los militares en La Plata. Andrés Castillo estuvo en la ESMA y fue liberado. Alejandro Giovenco murió trágicamente en un atentado. Otros sobrevivieron penosamente y de a poco intentaron restañar sus heridas. Quizás su mayor tributo esté contenido en una frase que uno de ellos (Ricardo Ahe) nos dijo, y que es más o menos el resumen del espíritu de su generación: “mi mayor capital era mi inocencia. Terminó privando en el Operativo Cóndor la inocencia linda del patriotismo”. Es preciso enaltecer este espíritu desinteresado y heroico –hoy, a más de cincuenta años–, pero al mismo tiempo revisarlo, a efectos de que los pasos a seguir nos permitan algún día recuperar la soberanía en nuestras islas Malvinas.


1 Diálogo extraído de la entrevista de los autores con el comandante Silvio Sosa Laprida, copiloto del avión, 16-3-2006.

2 Entrevista con Silvio Sosa Laprida.

3 Entrevista con Fernando Aguirre, integrante del Grupo Cóndor, 14-3-2006.

4 Entrevista con Ricardo Ahe, integrante del Grupo Cóndor, 22-12-2005.

5 Entrevista con el comandante Silvio Sosa Laprida.

6 Héctor Ricardo García: Cien veces me quisieron matar. Buenos Aires, Planeta, 1994, página167.

7 Entrevista con Andrés Castillo, 10-4-2006.

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