25 años sin Germán

Diego Gómez

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Todos podemos, en estos días, ver y releer a Germán Abdala. Y admirarnos, sonreír o lagrimear. Pero, además, muchos tuvimos el privilegio de militar a su lado y compartirlo en presencia y sensaciones.

Entraría de colado en Diputados, en 1989. El subcomandante Grosso argumentó que necesitaba de un perfil sindical más progresista para la lista, cuando en realidad buscaba contrarrestar la presión de la UOM. En la Bicameral del desguace y la entrega, la Gurdulich de Correa apilaba sobre la mesa los inmensos pliegos de las privatizaciones, perpetrados por Dromi y Barra. Germán decía que le era casi imposible comprenderlos, pero que en la duda se ponía siempre del lado de la gente.

Su capacidad política podía superar algunas estrecheces de su pertenencia gremial. En el resguardo de nuestras construcciones, aún podía llegar a desautorizar pretensiones de quienes esgrimían su supuesto respaldo. Pero coronaría su abnegada defensa de los trabajadores, a quienes representaba cuando –portando su maltrecha humanidad en silla de ruedas– iría a defender su primer proyecto de ley de Convenciones Colectivas de Trabajo para trabajadores del Estado, sancionada en diciembre de 1992.

Hablaba simple, pero con un profundo anclaje en las verdades del campo popular, sorteando la advertencia del viejo Jauretche sobre los falsarios de repetido lenguaje engañoso. Con los compañeros más cercanos a veces ni siquiera tenía que expresarse. Nos diría uno de ellos, aun de más edad y con tanta o mayor experiencia: “con Germán muchas veces nos entendemos sin hablarnos. Además, no te das cuenta y el Negro te está conduciendo”.

Para quienes militamos viejos buenos tiempos, de la política boca a boca y del valor de una mirada, hubo muchos buenos compañeros de militancia y referentes que podían incidir en nosotros respecto de convicciones y rumbos. Pero hubo escasos, como nuestro Germán, que se nos impregnaban en el pensar, en el sentir y en las concepciones y la alegría militante. Cosas que forman parte inseparable de lo que somos y hacemos, en política y en la vida. Por eso hay que machacar con los buenos, porque cuando no se sabe lo que se tiene, no se valora lo que se pierde.

Cuando –pronto– termine el saqueo y debamos emprender la reconstrucción, cuando se vayan los fariseos de recintos y despachos, deberemos ser capaces de decir y hacer lo necesario para que no vuelvan. A muchos nos rondará en mente y alma el legado de Germán. Mientras ande allá arriba, carcajeando con Marcela.

Gracias, Germán, te sentimos a nuestro lado y seguimos tu lucha.

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