1955: la renuncia de Perón al gobierno que nunca existió

Norberto Zingoni

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“El Ejército puede hacerse cargo de la situación, el orden y el gobierno, para construir una pacificación entre los argentinos, empleando para ello la forma más adecuada y ecuánime”. Esta es una parte del documento firmado por Juan Perón en los días del golpe de septiembre de 1955. Era un mandato a militares leales para negociar con los rebeldes, mandato que fue violentamente transformado en renuncia. Ni de lejos es una renuncia formal al Congreso Nacional, como marca la Constitución. Y mucho más ilógica es esta supuesta renuncia si se piensa que en las elecciones de 1952 había ganado el peronismo con una mayoría abrumadora. Perón se refiere en distintas oportunidades a este nudo de la historia todavía hoy en penumbras: “Cometí un solo error. Evité el derramamiento de sangre cuando estuve en el poder y traté a mis opositores con suavidad. No volveré a cometer la misma equivocación. Van a caer muchas cabezas cuando yo vuelva a Buenos Aires. Va a ser terrible pero inevitable”, amenaza inútilmente Perón desde el temprano exilio (Joseph Page, Perón, una biografía).

Otro reconocimiento de que el dejar el gobierno “para evitar derramamiento de sangre a los argentinos” había sido un sacrificio inútil para el peronismo y para el país –ya que la violencia y el derramamiento de sangre igual se produjeron– lo hace también Perón en declaraciones a Félix Luna (El 45). Allí Perón reconoce que “yo no caí del gobierno; yo me fui del gobierno para evitar al país una guerra civil. (…) Jamás hubiera querido que pasara en Argentina lo que pasó en España. (…) Yo hubiera podido tomar las medidas represivas del caso y aplastar el sofocón. Creí que el proceso seguiría igual, con algunas modificaciones, aunque yo no estuviera en el poder. Ahora, si hubiera sabido lo que pasó después, ¡entonces sí que hubiera peleado, aunque esa decisión hubiera costado un millón de muertos como en España!”.

La amenaza de los rebeldes de bombardear la destilería de La Plata tampoco es suficiente para renunciar al gobierno: “La idea de que fuera a renunciar a la Presidencia para salvar una refinería de petróleo, a primera vista, es ridícula”, dice Page.

Seguramente pesó en la decisión de Perón de no reprimir el temor a una guerra civil. Por eso no reprimió a los responsables del bombardeo de junio de 1955 –les correspondía pena de muerte, según la ley 14.117– ni a los del golpe de septiembre. Como sea, el dejar el gobierno para evitar una guerra civil es contradicho por el mismo Perón en su vuelta al país: “Estamos viviendo las consecuencias de una posguerra civil que, aunque desarrollada embozadamente, no por eso ha dejado de existir” (21-6-1973).

Hay distintas versiones de las reuniones de esa junta de generales “leales” con los rebeldes, primero en el Ministerio de Guerra y luego en el crucero Argentina, sede del golpista almirante Rojas. Como no hubo acuerdo, la junta se reúne de nuevo en el Ministerio de Guerra y –he aquí uno de los enigmas nunca analizados por los historiadores o politólogos– alguno de los sediciosos, a punta de ametralladora –no es tan extraño esto, luego de que fueran capaces del atroz bombardeo a la población indefensa de dos meses atrás– amedrentó a la junta que representaba supuestamente a Perón y a su comandante en jefe, y transformó ese salvoconducto para negociar… ¡en una verdadera renuncia de Perón! Y lo anuncian por radio. Hecho consumado.

Esto diría –de esa reunión entre la junta comisionada por Perón para negociar y los rebeldes encabezados por el almirante Rojas– el general Fatigati, uno de los testigos de los hechos: “Hubo una claudicación de la Junta Militar, transformando en renuncia lo que era un ofrecimiento de acuerdo de Perón, y al entregar el Gobierno a los rebeldes, éstos de inmediato se hicieron cargo del gobierno civil y militar. Los rebeldes fueron favorecidos por la traición, inigualable en nuestra historia militar, del general Francisco Imaz, quien al frente de un grupo de jefes del Comando, armados con ametralladoras, obligó a la Junta Militar a claudicar, y después él se plegó a los revolucionarios”.

Conclusión: mientras sobrestimaba el daño que podría resultar de su negativa a alejarse del cargo, no hay constancia alguna de que se haya detenido a sopesar los daños que sufriría la Argentina en manos de un gobierno antiperonista.

 

Texto del salvoconducto para negociar, transformado en renuncia al gobierno

“Hace pocos días intenté alejarme del Gobierno [seguramente se refiere al amago de renuncia ante la concentración masiva organizada en Plaza de Mayo por la CGT del 31 de agosto de 1955] si ello era una solución para los actuales problemas políticos. Las circunstancias públicamente conocidas me lo impidieron, aunque sigo pensando e insisto en mi actitud de ofrecer esta solución. (…) No existe un hombre en el país con suficiente predicamento para lograrlo, lo que me impulsa a pensar en que lo realice una institución que ha sido, es y será una garantía de honradez y patriotismo: el Ejército. El Ejército puede hacerse cargo de la situación, el orden y el gobierno, para construir una pacificación entre los argentinos, empleando para ello la forma más adecuada y ecuánime… Ante la amenaza de bombardeos a los bienes inestimables de la Nación y sus poblaciones inocentes, creo que nadie puede dejar de deponer otros intereses y pasiones… Inmediatamente la remití al general Lucero, quien la leyó por radio y la entregó a la publicidad”.

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