Género y Peronismo: notas para una epistemología política de las clases cuidadoras

Julieta Gaztañaga

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Como si una pudiera hablarle a un año, en una especie de animismo banal y desesperado, quiero pedir algo al 2020.

Estimado 2020: ya que tantas cosas parecen romperse, deformarse, transformarse, ¿podrían también hacerlo los cimientos que sostienen nuestras certezas parmenideanas, o al menos algunas de ellas, por ejemplo, la seguridad ontológica de las cosas –si se compran, mejor–, la verdad de las noticias –que no notician nada–, la de que el mundo requiere de cierto orden –violento–, la de que somos codicia contenida –como naturaleza– y la del individuo –varón, aislado y peleador?

En estas líneas haré dos ejercicios para abordar la relación entre género(s) y peronismo(s). No soy una especialista de esta relación ni mucho menos. Por lo tanto, quizás estos pasos serán patinazos, o ensayos para darlos más tarde. Por un lado, presentaré tres situaciones aparentemente inconexas, donde entiendo que se expresa dicha relación en su forma plural. Por otro lado, reflexiono sobre el género como un problema de desigualdad estructural. El objetivo último es contribuir al debate contemporáneo de las reacciones y respuestas a un problema tan medular como es el valor de la política y la politización de la vida.

 

Interpretar a las bases

Entre fines de los noventa y mediados del 2000 etnografié la militancia peronista –menemista– en una pequeña ciudad entrerriana a la vera del río Paraná. La observación con participación en el trabajo político local durante momentos y tiempos electorales –elecciones internas y generales– me fue facilitada por participar de un equipo de investigación que llevaba varias décadas en la zona y había construido un compromiso sólido con la investigación y, sobre todo, con las personas y organizaciones involucradas. En ese contexto, una imagen recurrente me acechó e impactó por largo tiempo: los candidatos locales “tenían” siempre un grupo de mujeres que trabajaban incansablemente con y para ellos. Algunas eran militantes de la rama femenina, peronistas de toda la vida, y otras eran nuevas, que se acercaban por gratitud a algún candidato o candidata, o por amigas, parientes y vecinas. En las recorridas de campaña, el candidato iba siempre delante y nosotras detrás. Alguna le sostenía el celular, otra le festejaba y replicaba las bromas, otra iba tomando notas de las “cosas que pasaban” para luego difundirlas, y así sucedían las semanas previas. Al entrar a las casas, el candidato nunca lo hacía solo y a veces ni siquiera primero. Era la militante de mayor experiencia la que abría ese portal –en esa época no estaba tan instalada la palabra, saturada de conurbano, de “referente”, y no tengo registro de que las “militantes históricas” que conocí se hayan autodenominado como tales, pero podría ser. Esas dos imágenes me acompañaron mucho tiempo, aún cuando mi investigación fue virando a otros temas, tales como infraestructura vial e integración subnacional, donde la presencia femenina fue escaseando cada vez más y comencé a pensarme como mujer en el terreno, en terrenos hegemonizados por hombres y lógicas patriarcales. Tiempo después acomodé mis reacciones en un esquema relativamente conocido y generalizado. División del trabajo: la calle, un espacio masculino; las casas, uno femenino; lo público y lo doméstico, no había mucho más que división y desigualdad de género, reforzadas.

Ahora bien, el escenario “de campaña” al que me referí pertenece a un contexto espacial y temporal más abarcador. No solamente porque toda elección comienza en la anterior y establece condiciones para la siguiente, sino porque las formas territoriales del trabajo político son múltiples y se juegan en varias escalas traslapadas. En aquellas reuniones chicas previas a las recorridas, el candidato nunca proponía caminos. Más bien escuchaba a las compañeras y en base a sus impresiones se iba construyendo la presencia territorial y la estrategia para llevar el mensaje del partido o la lista. Al mismo tiempo, en las reuniones grandes –esas instancias donde los principales candidatos bajaban los lineamientos organizativos generales– los y las militantes no solo escuchaban y acaso preguntaban algo, sino también escudriñaban, controlaban y corroboraban haber sido escuchados –o no– en esas otras instancias previas más íntimas. Se me dirá que “eran los noventa”, “en el interior”. A esto solo podría responder con más prejuicios. En cambio, prefiero mencionar que durante los actos públicos el principal candidato solía decir que conducir era saber interpretar a las bases, y nunca al revés. Tomado fuera de contexto –del contexto del proceso electoral como tal, y no como una cosa, un resultado– y desde una mirada superficial –la de un observador externo y frugal en la calle–, semejante afirmación podría parecer cinismo. Pero en el contexto del trabajo político, de sus productores y reproductores, animaba el funcionamiento local y medía los triunfos y las derrotas. Obviamente esta dinámica no estaba exenta de conflictos, en principio porque toda interpretación está sujeta al error, a la omisión voluntaria, a la ceguera, la negación y el olvido. Pero a nadie se le ocurría que militar fuese obedecer y que liderar significara mandar. Las cosas no siempre son lo que parecen.

 

Explicando el peronismo en Moscú

De lo local y cotidiano hagamos un salto de realismo mágico hasta la capital rusa. En 2017 me invitaron a un congreso internacional que tenía como tema “La Dignidad”. Aplicamos muchísimas personas y seleccionaron un par de puñados. Me tocó ser la única latinoamericana y la única de habla castellana. Presenté un trabajo titulado “Navegando la dignidad a través del trabajo político”, en el cual abordé dicho concepto en el peronismo histórico y en las formas contemporáneas, situadas, contingentes, en que las personas producen y reproducen este valor al trabajar en política. La dignidad satura todo tipo de dramas nacionales y personales, pero el peronismo parece ser el único movimiento que ha hecho un uso productivo, generativo, del término, a través de politizar su base religiosa, moral y ética, y desplegarlo en una gama de campos de poder social. En otras palabras, si bien la trinidad Dignidad, Justicia Social y Trabajo no ha sido acuñada por el peronismo, éste los colocó en una relación particular con la praxis política y los objetivos y funciones del Estado que transformaron a nuestro país para siempre. En este sentido, muchos discursos de Evita y Juan Perón, aún citados hoy en todo el espectro peronista, a menudo refieren a la dignidad de todos los compatriotas y especialmente de los empobrecidos. Pero lo más interesante no es su permanencia inherte en el tiempo como un ethos genetizado, sino su continuidad en la transformación. Así, terminé argumentando que, para comprender la idea de que hay una dignidad del trabajo político, se requiere un enfoque que no privilegie los dichos, las declaraciones, las citas, sino uno comprometido con las acciones reales de las personas, incluso aquellas que quedan en la nada.

La exposición fue bien. Me hicieron algunas preguntas, pero al volver a sentarme entre el público, me inundó una sensación de extrañeza, o no me había explicado, o no me habían comprendido, o ambas cosas a la vez. Un funcionario de la embajada argentina que acudió a escucharme intentó animarme, aconsejándome que bajara mis expectativas de poder explicar al peronismo. Supuse que tenía razón: se la di.

Era 2017, el centenario de la Revolución Rusa y en Argentina un año de elecciones que nos seguían doliendo desde 2015, del mismo modo que dolía la política de shock de decretos y fórmulas con las que el gobierno de turno destrozaba los derechos y las conquistas antes generadas. Con pocas ganas de regresar, no habiendo gastado un centavo hasta entonces y mis ahorros a cuestas, me quedé unos días más para conocer la maravillosa Moscú. La capital rusa es infinita, sinuosa, contrastante. Me había llevado Diario de Moscú de Benjamin, pero sostuve apenas un par de sus recorridos. ¡Tanto había cambiado! El centro moscovita es repulsivamente brillante, fastuoso y carísimo, de calles que se cruzan subterráneas y autos espejados como los anteojos coquetos de los ricos, que apenas se dejan ver. Los barrios parecen un plan FONAVI a escala rusa, con jardincitos y mascotas, y donde confluyen eslavos de todas partes. Me impacta la suavidad de esta gente y sus ganas de conversar. Para recorrer la ciudad usé el metro, esa majestuosa infraestructura subterránea repleta de joyas de arte, supersticiones y personas que no parecen dispuestas a agolparse entre sí.

En el subte de cualquier ciudad desconocida lo más fácil es perderse. En el moscovita, la sumatoria de 14 líneas y sus combinaciones de escaleras que parecen llegar al centro de la tierra, con una frecuencia de entre 2 y 3 minutos por formación durante el día y 6 minutos cerca de la medianoche, son una invitación indeclinable. Así lo hice: me perdí, y los escasos carteles en cirílico parecían una profecía cada vez más oscura. Pregunté a una persona que pasaba para dónde caminar para encontrar mi combinación. Le enseñé mi plano impreso. ¡No english, no english! Y se alejó sonriendo con culpa. Una y otra vez. Hasta que a lo lejos divisé lo que parecía ser un trabajador del metro, por su uniforme. Me acerqué casi corriendo, como quien ve un oasis en el desierto. El hombre me sonrió. Repetí –en inglés– mi pregunta. Su disposición a ayudar le ganó a la barrera idiomática. Miró el mapa, miró a su alrededor y me hizo una serie de ademanes que acompañó con un inglés en infinitivo: derecho, subir, izquierda –o algo así. Luego de agradecerle, me preguntó de dónde era. Argentina. Sus ojos se iluminaron –ahí viene el comentario de Maradona o Messi, pensé. Metió su mano en el bolsillo, buscando algo –reprimí mi miedo con una sonrisa leve. Sacó un manojo de llaves y me las enseñó: ¡my lucky peso! Una moneda de un peso, de las plateadas con bordes dorados, prolijamente agujereada, sostenía la arandela con las llaves. Quedé muda. En un inglés confuso y entusiasta, me dijo que se la había regalado un vecino del barrio, un argentino. También dijo algo de Maradona y del kirchnerismo con una mirada de pena. Quise abrazarlo, pero pensé que no era una buena idea, y me alejé conmocionada, temiendo olvidar la explicación de la combinación del metro. De lejos en un semi-gritar me la recordó: ¡¡por allá, derecho, subir, a la izquierda!! ¡Spasiva! Respondí sonriente. A veces no hay que explicar al mundo, a veces hay que generar las condiciones para comprenderlo. A veces las cosas no se aprenden ni se proclaman, se sienten y se comprenden.

 

Conversando sobre política, el futuro ya está aquí

En estos tiempos de pandemia, con la mitad de la familia a 700 kilometros, nos hemos vuelto más comunicativos y las sobrinas crecen en digitalidad y cosas bellas. Mi hermana y mi cuñado las educan amorosamente, saben de historia y de feminismo más que nosotras: son la generación Pakapaka. Emi, la mayor, es una gran lectora y va a participar en un concurso de cuentos sobre cientichicas, mujeres que hacen ciencia. Nos cuenta en el chat familiar que va a entrevistar a una famosa bióloga local. La festejamos y animamos. Al cabo de dos horas, me llama. Tía, yo pensaba que vos también sos una cientichica, y por ahí puedo hacer el cuento sobre vos. ¿Te puedo entrevistar? Obviamente si te parece bien. Emocionada, contengo la lágrima para que no se asuste, y le respondo que por supuesto, que con todo gusto. Me videollama a los pocos días, junto con su amiga, con quien co-autorea el cuento. Cada una en su casa, con un cuaderno, y una lista de preguntas que habían preparado con antelación. La entrevista fue deliciosa y me llenó de preguntas. Me había hecho un machete niñes-friendly sobre mis temas de investigación, pero enseguida la conversación viró para otros rumbos, más interesantes, más esperanzadores. Mencionaré algunos de ellos.

¿Y qué es la antropología, entonces? Bueno, es una ciencia que estudia muchas cosas diferentes, algunes antropólogues –ellas hablan en inclusivo, respondo igual– estudian idiomas; otres, religión, economía, ciudades, viviendas, mitos y leyendas, formas de vestirse, de comer; otres los huesos, como les forenses; les arqueólogues, las cosas muy antiguas; y otres, como yo, la política. Lo que tenemos en común es que investigamos las posibilidades humanas, es decir que lo que nos parece normal acá no es igual en otros lados. Las maneras en las que vivimos, nuestras familias, amigues, las cosas que nos gustan y las que no nos gustan, no son las mismas en todos lados… Hablamos de cosas exóticas, como una tribu tailandesa donde la belleza consiste en tener los dientes negros, y las mujeres más hermosas los llevan así pintados con un fruto.

No hay una sola manera de ser humanes, niñes y adultes, de formar y vivir en familias, ni de noviazgos, ni de matrimonios, ni de casas. ¿Conocen a los esquimales? ¡Sííí! Gracias, Boas. Bueno, a los esquimales les decimos así, pero para ellos es un nombre despectivo y racista. Ellos se llaman innuits, que significa “la gente”. ¡Igual que acá! Claro, como con los tobas o matacos. Bueno, muchos esquimales no viven en iglús. Algunos tenían dos casas, unas grandes, donde vivían muchas familias juntas en el invierno, y unas casas más chicas, como tolderías, durante el verano. Hablamos mucho de los innuits, los colores de la nieve, las formas de decir foca, pero me quedó picando lo de los países. ¿Vieron que hay países que tienen dentro otros? Se les dice naciones, como en el nuestro y en muchos otros, en España también. “Los vascos”, dice mi sobrina –que conoce mi tema de investigación actual sobre el independentismo.

Podemos pensar también que los países hacen papeles, documentos, con los cuales las personas hacen trámites, como por ejemplo el DNI, o el pasaporte, si una viaja lejos. ¿Por qué todes tenemos un número de DNI? ¿Porque es obligatorio? Sí, pero además hay otras razones. Son bastantes números, sí, hay gente que no lo sabe de memoria. El DNI nos hace únicos, nadie tiene el mismo DNI que otra persona. Ustedes, si pudieran elegir un DNI diferente, ¿qué eligirían poner que las hace únicas? ¿La comida favorita de los martes? ¿El color preferido de ropa para ir a una fiesta de cumpleaños? ¿El lugar al que más les gustó viajar? ¿El nombre de su mascota, una canción, una persona o personaje que admiren, un sobrenombre? Ah, pero hay algunas cosas que son iguales a las de otros. ¿Vale elegir otro número? Sí, claro, lo que vale es elegir, eso es la democracia. Pero no hace falta irse lejos, ni hacer ejercicios locos de imaginación. Las cosas que hoy nos parecen “normales” tampoco han sido siempre las mismas acá, en nuestro propio país, en nuestro Estado-Nación. Cuando hay democracia, hay elecciones, y se puede protestar para reclamar derechos. Como con el aborto –legal, seguro, gratuito. ¡Claro! Como cuando las mujeres pudieron votar desde 1947. O ir a la universidad, que recién fue posible en la década de 1880. Antes sólo los hombres tenían derecho a ser científicos.

 

El género de la desigualdad

Estas tres situaciones aparentemente inconexas están delicadamente conectadas por la genealogía de la palabra Gens, la raíz etimológica de las palabras género, generar y generaciones. Cada una de las historias que resumí apunta a estas dimensiones. Usualmente pensamos al género separado de esa constelación de sentido más amplia. Posiblemente –y con razón– porque entre las formas de desigualdad, la contraposición entre autoridad masculina y familia-parentesco femenino es su expresión arquetípica. Pero el género impregna todas las formas de poder social. De hecho, cuando Lewis H. Morgan fundó los estudios antropológicos de parentesco en el siglo XIX, lo hizo sobre una ruptura: usó el concepto romano de gens –unidad familiar descendiente de un ancestro masculino común– para plantear el origen matriarcal de la noción de comunidad.[1]

Desde esta referencia etimológica, quisiera volver a enhebrar las tres historias antes mencionadas para resignificarlas, respectivamente, de la siguiente manera: el género del trabajo político es valor de puente entre lo productivo y lo reproductivo. La única pérdida de sentido –y comprensión– es la que no genera conocimiento mutuo, y las generaciones son el principio activo, vital, de nuestras instituciones. Así resignificadas, quiero conducirlas hacia una pregunta: ¿es posible referir a la relación entre Género(s) y Peronismo(s) sin asfixiarla en la relación entre mujer y peronismo, o mujeres, diversidades y peronismo? Por supuesto, esto no significa desestimar la referencia vertebral que han tenido “las mujeres” –sus roles, participaciones, formas organizativas, de trabajo, de cuidado, de acompañamiento– dentro del Movimiento, o por ejemplo las transformaciones históricas de la rama femenina y sus tensiones más o menos visibles con la sindical. Del mismo modo, no es posible referir a la relación entre género y peronismo sin sus varones y “masculinidades” –los muchachos, las jerarquías políticas, sindicales y armadas en los 70–, la militancia como “pelear cuerpo a cuerpo”, la comensalidad popular de las manifestaciones donde las mujeres quedan excluidas del espacio parrillero-callejero, etcétera. Estos temas han sido abordados por diferentes colegas, con maestría y dedicación.

Los encuentros y desencuentros entre el peronismo y el movimiento feminista de Argentina han sido vitales dentro del proceso de conquista de derechos políticos para las mujeres. A estas tensiones productivas, generativas, debemos la institucionalización de espacios para políticas de género, tales como la creciente implementación del ámbito público y privado de la Ley Micaela, al igual que la necesaria producción jurídica dedicada a la Violencia de Género, Identidad, Cupo, Matrimonio Igualitario, Fertilización Asistida, Jubilación de Amas de Casa, Educación Sexual Integral, Salud Reproductiva, Trata de Personas y Régimen Especial de Contrato de Trabajo para el personal de casas particulares. Estos pasos, los pequeños y los grandes, permiten modificar la pregunta anterior: ¿es posible abordar la relación entre género(s) y peronismo(s) sin feminismo? Claramente no. Y acá quiero regresar al planteo inicial: las grietas que merecen estallar.

 

Vivas, libres y desendeudadas nos queremos

La economía feminista ha iluminado con detalle las maneras en que la desigualdad de género ha sido crucial para la constitución del capitalismo, desde la acumulación originaria entendida como proceso histórico y como uno permanentemente en marcha, hasta las formas de sortear sus crisis y erigirse como proyecto posible, pese a sus contradicciones inmanentes. En este sentido, la capacidad “productiva” de los hombres está sobrerrepresentada en el mundo del empleo, y la capacidad “reproductiva” lo está en su contraparte negativa, para las mujeres. Pero en realidad ambas son las dos caras de la misma moneda. Como el dinero, que es una idea y una cosa, o como la deuda, que es una promesa de lazo social y su sueño corrompido por la cuantificación. Si las responsabilidades de ambos mundos también están desigualmente representadas y distribuidas entre sus espacios de acción –estados, mercados, hogares, barrios, comunidades, organizaciones, etcétera–, su corolario: la “feminización de la pobreza”, es también un problema de todes, porque es un problema de clase. Y un problema más acuciante entre las clases trabajadoras. Los pobres no pueden comprar cuidado y liberar tiempo (libre).

Discutir la separación de lo que ocurre “en” el mercado de los procesos sociales que tienen como gran interlocutor al Estado y los gobiernos es una deuda pendiente que atañe a las relaciones entre género y peronismo. El peronismo, todos los peronismos, lo saben a la perfección. No es lo mismo lo que se gesta dentro de un movimiento o una fuerza política, que lo que se gesta cuando esa fuerza política, o parte de ella, es el Estado o el gobierno o administración del Estado. Contra el “desahogo sexual”, “no fueron treinta mil”, o la “infectadura” –apenas puedo tipear estas palabras– solo puede haber una respuesta generativa, y no una reacción moral o material que subraye –y mantenga– los términos impuestos por los apologetas de esa separación. Es la misma batalla contra despidos, desalojos, flexibilización laboral, impuestos…

Ha quedado al descubierto que la neutralidad de género es ceguera. El género es un problema de todxs. Su forma relacional –que lo hace posible– es también la que torna palpables –denunciables– a las desigualdades que operan en su seno. Estas desigualdades pertenecen a varios órdenes relacionados y distinguibles. El género es una “categoría” que remite a las formas en que valoramos la “diferencia sexual”, como si estuviera anclada en una naturaleza que escapa a las voluntades de las personas, o como un código binario –que la propia naturaleza desmiente. También están las “relaciones de género”, como trama de sociabilidad y legitimidad donde la “diferencia subordinada” apuntala el poder social que significa tener la capacidad de definirlas y moldearlas. Y finalmente están sus manifestaciones institucionales, “el orden de género”.[2]

Ahora bien, esas tres dimensiones se sostienen unidas, tensamente, por la desigualdad estructural.

 

El género es un problema de desigualdad estructural

La desigualdad estructural es esa violencia que une de cierta manera y no de otras a la política y la economía como producción y reproducción de lo social –incluyendo aquí nuestras construcciones de la “naturaleza” que estos tiempos de pandemia parecen poner a prueba. Es en el campo de la desigualdad estructural que las brechas de género están imbricadas en la politización de la vida y en las diferentes formas que adopte –incluso su negación o pretendida apoliticidad. De aquí la importancia de “Lo personal es político”: porque es personal, no individual.

La desigualdad estructural implica que los dominados hacen un trabajo –interpretativo, además de material– mucho mayor que los dominantes: las mujeres tienden a pensar y a saber más sobre la vida de los hombres, que los hombres sobre las mujeres; los empleados saben más de sus patrones; los pobres respecto de los ricos; y los negros –en Argentina podemos agregar un plural a este plural– de los blancos. “Ser poderoso” es no tener que prestar atención a lo que piensan o sienten los demás, los de abajo, porque para eso se puede contratar a otrxs. A veces estamos tan aferradxs al empleo como paradigma de “trabajo real” que nos olvidamos de que la mayor parte de las cosas que hacemos –incluso para poder tener empleo– consiste en el trabajo arquetípico de la mujer: cuidar a lxs otrxs, velar por sus necesidades, explicar, tranquilizar, anticipar, mantener cosas, plantas, animales, etcétera. Tenemos una visión distorsionada de lo que hacen los hombres, también.[3] Trabajadores de “servicios esenciales” –y esto es una discusión que va al meollo de la relación entre género y peronismo– pasan la mayor parte de su tiempo explicando cosas, solucionando problemas, ayudando a lxs ancianxs, lxs enfermxs y lxs desorientadxs. Esta es la mayor parte de nuestro trabajo, porque somos las clases cuidadoras, producidas en el seno de dinámicas históricamente cambiantes de género, raza, sexualidad y parentesco.

Este 2020 al que le pido deseos es el mismo de la creación de un Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad nacional y en la provincia de Buenos Aires. También conmemoramos cinco años del surgimiento de Ni Una Menos, y gritamos la devastadora cifra de 1.450 femicidios cometidos entre el 3 de junio de 2015 y el 25 de mayo de 2020. Los nuevos paradigmas del peronismo ligados al rol social de la mujer, las diversidades y las masculinidades están en proceso de construcción. Las clases sociales también.

Año 2020: ¿podremos comenzar a desconfiar de los cimientos de nuestras certezas parmenideanas? No quiero decir con esto que salgamos todxs a postear “Aguante Heráclito!” –ese chivo expiatorio de la filosofía occidental, tristemente apodado el oscuro, el llorón, el melancólico– ni que sumemos a nuestras deconstrucciones la frase de que nunca has de bañarte dos veces en el mismo río –una de las primeras fake news de Occidente, dicho sea de paso, ya que la metáfora del río cambiante pertenece en realidad al Panta rei platónico. Me refiero a las certezas que sostienen la vitalidad de varias grietas de nuestras tragedias nacionales: unitarios-federales, negros-blancos, vagos-trabajadores, peronismo-anti, civilización-barbarie, y varias otras. Estas grietas son los signos de género donde se amontonan onomatopeyas para no mencionar las múltiples tragedias (re)descubiertas, vistas, televisadas, circuladas en esta epi-pandemia de COVID-19: ah, ¿estos excesos pasan de verdad? ¿Eh? ¿Barrios sin agua? Uff, ¡ese hacinamiento! Ay, ¡mujeres y niñes tienen que cuarentenar con sus violentadores! Oh, ¿la mató su pareja? Etcétera, etcétera, etcétera. Estas grietas no merecen saturar. Merecen estallar. No se me ocurre qué posibilidad generativa puede abrir una “pandemia” que no estuviera, o debiera habitar, previamente en nuestros horizontes: laburar, amorosa, política y conceptualmente, en pinchar el globo de las diferencias como guerra de exterminio y las tragedias como datos tan tabulables como inmodificables. En una paráfrasis irreverente de la famosa frase de Virginia Woolf, podría ser algo como lo que sigue: una sociedad debe tener dignidad para poder escribir su historia. Y esto, como veis, deja sin resolver el gran problema de la verdadera naturaleza de la desigualdad y la verdadera naturaleza de la historia.[4] Pequeños pasos, pero firmes, honestos, amorosos, cuidados.

 

Julieta Gaztañaga es doctora en Antropología (UBA/CONICET).

[1] Véase Laura Bear, Karen Ho, Anna Tsing y Sylvia Yanagisako: www.antropologiaabierta.org/gens?fbclid=IwAR2RSekOTA2cKKMOmnQCUbvcYJE3r21jx9JCMFW1sni5vKRGNzW1ecwyMK8.

[2] Véase Rodríguez Enríquez C (2012): “La cuestión del cuidado. ¿El eslabón perdido del análisis económico?”. Revista CEPAL, 106, 23-36.

[3] Estas ideas las debo al artículo de Graeber (www.theguardian.com/commentisfree/2014/mar/26/caring-curse-working-class-austerity-solidarity-scourge) que traduje y ofrecí a mis estudiantes entre 2014 y 2018, como consigna para el trabajo final de Teoría Antropológica de la Maestría en Antropología Social (IDES/IDAES-UNSAM).

[4] “A woman must have money and a room of her own if she is to write fiction; and that, as you will see, leaves the great problem of the true nature of women and the true nature of fiction unsolved” (A Room of One’s Own). Gracias a Samanta Doudtchitzky y a Julia Piñeiro, por la inspiración de este pasaje y llevarme a su fuente original.

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