Feminismo 2019

Micaela Rodríguez

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El feminismo irrumpió de una forma abrupta, salvaje, gigante, hermosa, avasallante, no porque no tenga una historia de siglos, sino porque esa historia se instaló en lo popular en los últimos años a fuerza de militancia, de masividad y de ganarse un lugar preponderante en la agenda política nacional. Pero llegó el momento de pasar de la irrupción a la instalación –del movimiento más y mejor organizado que existe hoy en la Argentina– como una alternativa política concreta que modifique las lógicas tradicionales y las legitimidades patriarcales.

Cuando el feminismo se subordina a estrategias políticas de estructuras determinadas, como las organizaciones o los partidos políticos, entonces debe dejar de llamarse feminismo. Teniendo en cuenta que se acerca un año electoral, las preguntas son: ¿qué rol va a jugar el feminismo en el proceso pre y post electoral? ¿Es posible pensar en un feminismo que exista dentro de las estructuras que responden a una forma tradicional de hacer política, y que por ser tradicionales son lógicamente patriarcales? Cuando las compañeras que somos parte del Movimiento Nacional y Popular hablamos de dar la pelea desde adentro, ¿no estamos cayendo en la trampa de creer que una revolución que busca romper con todo aquello que limite nuestra libertad se puede hacer con las reglas que impone el opresor? ¿No estamos cayendo en otra trampa cuando nos quedamos al costado de las discusiones políticas que van a definir el rumbo que tome el año que viene el campo popular?

Las mujeres que militamos en el Peronismo tenemos un desafío aún mayor, por comprensión histórica y por ser conscientes de que la salida a esta crisis –en la que en sólo dos años nos metió el gobierno de Cambiemos– se concreta por la vía del Peronismo. “La unidad somos nosotras”, decimos algunas, cuando además sabemos que es fundamental reconstruir el movimiento hacia adentro. Y es cierto, pero si esa unidad no se ve reflejada en una propuesta política concreta, que incluso se atreva a proponer candidatas y plataformas electorales para el año próximo, será una unidad hermosa pero marginada en términos políticos e inútil en términos pragmáticos. La cuestión es: ¿queremos que el feminismo sea el nuevo paradigma en las formas de hacer política y desde el cual se discuta todo, o queremos que sea solamente un esquema más desde el cual se hace política? Para formular la pregunta en otra dirección: ¿queremos discutir feminismo o queremos discutir todo desde una mirada feminista? ¿Es hoy el discurso feminista el camino para romper con todas las estructuras hasta ahora conocidas, o es una forma de posicionarse dentro de ellas?

Si lo que realmente estamos dispuestas a crear son escenarios nuevos que cambien radicalmente la forma de hacer política, es necesario entonces que el feminismo se convierta en la plataforma desde donde discutir qué proyecto de país queremos y qué destino queremos darle al campo nacional y popular como oposición a la derecha que nos gobierna. ¿En cuántos espacios de debate feminista hoy las mujeres del campo nacional y popular discutimos quiénes queremos que sean nuestras candidatas o nuestros candidatos para el año que viene?

¿En cuántos espacios feministas estamos discutiendo por ejemplo qué rumbo creemos que debe tener la economía en nuestro país, o el rol que debe tener el Peronismo y los sectores aliados del campo popular, como oposición frente al avance de la derecha? ¿Cuánto falta para que nos animemos a discutir cuestiones tales como el rol que creemos que desde una mirada feminista deben tener las fuerzas armadas dentro de un proyecto político que enfrente al neoliberalismo en América latina? No podemos caer en la trampa de vernos recluidas a la discusión por el aborto legal. No podemos dejar tan servida en bandeja la reclusión del rol de las mujeres en política a ciertos espacios y debates. Eso es cómodo para quienes necesitan que la política siga siendo el terreno de los varones, porque mientras nosotras discutimos sólo cuestiones vinculadas al género ellos siguen marcando el rumbo de la economía, de las políticas sociales, de las políticas educativas y culturales, etcétera.

Tenemos que pensar seriamente en romper con la lógica de la partidocracia tradicional y lograr una plataforma que discuta transversalmente las necesidades de nuestro pueblo, pero desde una mirada feminista, o sólo seremos feministas discutiendo feminismo.

Es fundamental que el feminismo tenga una mirada transversal a todos los sectores sociales, o al menos eso deberíamos garantizar las mujeres que militamos en el Peronismo, y entender los procesos de cada sector social, sin permitir que el feminismo se convierta en un movimiento de mujeres blancas de clase media hablando en nombre de mujeres pobres, o que desde una banca en Diputados se autoproclamen la voz de las que aún no tienen voz, pero que tampoco hacen nada para que sí la tengan. Debemos militar partiendo de realidades concretas y sin forzar la cabeza al sombrero, aceptando, por ejemplo, que la discusión por la legalidad del aborto es hoy todavía un debate predominantemente de sectores de clase media, pero que eso no le resta legitimidad de ninguna manera. Repito: es un debate de clase media, lo que no significa que sea sólo una realidad de la clase media. El aborto existe en todos los sectores sociales, pero no todos están discutiendo la posibilidad de su legalización, porque para discutir sobre la libertad de elegir sobre nuestros cuerpos y la responsabilidad del Estado es importante por ejemplo tener garantizadas otras libertades, como la de acceder a un trabajo, o una vivienda y una educación dignas.

Volviendo a las preguntas que iniciaron esta nota –sobre qué rol vamos a tener las mujeres el año que viene–, cuesta creer al menos que en tan poco tiempo logremos generar un escenario donde realmente seamos protagonistas. Sepan disculpar el pesimismo, pero si miramos cómo están compuestos los partidos políticos, las organizaciones y los movimientos sociales –y ni hablar de los sectores vinculados al sindicalismo– hoy en nuestro país, queda en claro que son todas estructuras profundamente patriarcales y escandalosamente de mayoría masculinas. No nos confundamos, no van a dejar de serlo por la obligatoriedad del cupo femenino. De hecho, la existencia de esa obligatoriedad deja al desnudo que por la vía “natural” las mujeres no ocupamos espacios de poder, y que son ellos quienes se creen con derecho a “permitirnos” ingresar o no a la representación política.

Seamos conscientes de que posiblemente el año que viene la “rosca” electoral se lleve puesta a la lucha feminista. O lo van a intentar. Dependerá de cada compañera aceptar las condiciones que se nos quieran imponer. Dependerá de hasta dónde vamos a atrevernos a cuestionar a las estructuras en las que militamos, cuando busquen imponernos candidatos hombres, en muchos casos posiblemente violentos, misóginos o con cero perspectiva de género, y cuántas van a aceptar posar al lado de ellos, con tal de “formar parte”. Dependerá también de si caemos en la trampa de pensar que porque las listas se llenan de mujeres estamos “despatriarcalizando” la política, y de cómo nos vamos a plantar frente a esa lógica falsa que tal vez buscan imponer para “conformarnos”. Dependerá, por último, de si el feminismo se subordina a la rosca, o se impone también a ella.

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