Apuntes para una perspectiva feminista emancipatoria: una lectura sociohistórica de las luchas sociales

Jorgelina Farré

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“Yo sé que, para nosotras, las mujeres de mi Patria, el problema no es grave ni urgente. Por eso no quiero llevar todavía esta idea al terreno de las realizaciones. Será mejor que la idea sea meditada por todas. Cuando llegue el momento, la idea estará madura. La solución que yo aporto es para que no se sienta menos la mujer que funda un hogar que la mujer que gana su vida en una fábrica o en una oficina” (Eva Perón, La razón de mi vida, 1951).[1]

En la obra de la socióloga italiana Silvia Federici Calibán y la Bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria[2] se reconstruyen las luchas anti-feudales de la Edad Media con las que el proletariado europeo resistió a la llegada del capitalismo, aportando la perspectiva de nuevos sujetos sociales y descubriendo terrenos de resistencia.

Las determinaciones de los procesos de acumulación primitiva –ya estudiados por las teorías sociales marxistas– son re-conceptualizados por la autora desde un punto de vista de las mujeres no-separado del sector masculino de la clase trabajadora, para dar cuenta –entre otras cosas– de las raíces de los movimientos feministas mundiales, en la medida que estas han sido las productoras y reproductoras de una mercancía capitalista esencial: la fuerza de trabajo.

A partir de estas referencias se ensaya un abordaje en clave socio-histórica de la transformación de la función social de las mujeres trabajadoras. De este modo, se propone una recuperación de lecturas, a partir de un posicionamiento crítico acerca de las formas sintomáticas actuales de disciplinamiento, explotación y esclavitud posmodernas, resignificadas a la luz de los desarrollos de la autora, y a los fines de promover líneas de reflexión complementarias al abordaje clásico del pensamiento marxista.

 

El pasaje del feudalismo al capitalismo. Las brujas como símbolo de resistencia. Condiciones de posibilidad para la emergencia de los movimientos feministas como síntoma social

Una mirada psicosocial acerca del contexto de transición del feudalismo al capitalismo nos interpela sobre el papel que históricamente han tenido las mujeres en la génesis de los movimientos de lucha y resistencia social unidos a la construcción de su subjetividad. En aquel contexto se sitúan la crisis del orden feudal[3] y la comprensión de los motivos por los cuales debía ser destruido el poder que éstas habían adquirido en las esferas sociales, a los fines de permitir el desarrollo del incipiente capitalismo. Pero, tal como afirma la pensadora italiana, el desarrollo del capitalismo no sería la única respuesta a la crisis del poder feudal.

La expropiación a nivel global de los medios de producción y de subsistencia de las y los trabajadores, junto a una paralela esclavización de los pueblos originarios de América Latina y África, serían solo algunos de los medios para la conformación del proletariado mundial, tal como afirma el marxismo clásico.

Una segunda expropiación de las mujeres de sus múltiples roles comunitarios –los que suponían saberes ancestrales heredados sobre la atención de la salud y la enfermedad que las ubicaban en lugares sociales valorados por la comunidad– se llevaría a cabo a través de la persecución sistemática a los llamados grupos de herejes y mediante la “Cacería de Brujas”.[4] La cuestión social cambiaría drásticamente, tan pronto como el control de las mujeres sobre la reproducción comenzara a ser percibido como una amenaza a la estabilidad socioeconómica y política.

El fenómeno secular de la “Caza de Brujas”, dirá Federici, se erigiría como un dispositivo instrumental a la construcción de un orden patriarcal en el que los cuerpos de las mujeres, su trabajo, sus poderes sexuales y reproductivos, serían colocados bajo el control del Estado y transformados en recursos económicos. Esta persecución destruiría todo un mundo matriarcal de prácticas femeninas, relaciones colectivas y sistemas de conocimiento que habían sido la base del poder de las mujeres en la Europa precapitalista, así como la condición necesaria para su resistencia en la lucha contra el feudalismo.[5]

El capitalismo emergerá, entonces, como respuesta de los señores feudales y demás grupos de poder político-religioso a un conflicto social signado por las luchas anti-feudales, representadas por la serie de movimientos comunales de mujeres opositores al orden establecido, tributarios de modelos alternativos al orden feudal construidos a partir de la igualdad y la cooperación.

Actualmente, en el marco del apogeo del capitalismo financiero global en su mutación neoliberal –al decir de Jorge Alemán–, asistimos a un retorno de ciertos síntomas sociales[6] propios de la expansión ilimitada de las relaciones mercantilistas y de la fetichización del salario para regir el trabajo: la pauperización masiva de trabajadoras y trabajadores, la creciente persecución, explotación y criminalización de los sujetos migrantes pobres, y la intensificación de múltiples formas de violencia contra la mujer trabajadora, entre otros fenómenos sociales sintomáticos.[7] A su vez, es lícito preguntarnos de qué modo estos mismos condicionantes objetivos en lo social operan de manera que, en determinados escenarios políticos, producen subjetividades en lucha y resistencia frente a estos sometimientos históricos.

 

El disciplinamiento de la fuerza de trabajo en la génesis del sistema capitalista: los desplazamientos del Discurso del Amo

Pero los campesinos trabajadores y artesanos expropiados de las tierras comunes no aceptarían de forma pacífica trabajar por un salario. La mayor parte de las veces se convertirían en mendigos, vagabundos o criminales. Haría falta un largo proceso para producir una fuerza de trabajo disciplinada, que Marx adoptaría como punto de referencia del sujeto histórico. Durante los siglos XVI y XVII, el odio hacia el trabajo asalariado sería tan intenso que muchos proletarios preferían arriesgarse a terminar en la horca que subordinarse a las nuevas condiciones de trabajo.

Los fenómenos asociados a la pauperización de la mano de obra que tuvieron lugar en la época medieval –como las migraciones, los vagabundeos, el aumento de los crímenes contra la propiedad, los periodos de hambruna y las pestes– estuvieron signados por verdaderas luchas sociales llevadas a cabo por hombres y mujeres comunes que se oponían a la injusticia y la desigualdad.

Con la desaparición de la economía de subsistencia predominante en la Europa precapitalista, la producción-para-el-uso finalizó.[8] En el nuevo régimen monetario la producción-para-el-mercado sería la única actividad creadora de valor de cambio, mientras que la reproducción del trabajador comenzaría a ser considerada un trabajo de mujeres, invisibilizándose bajo una forma de vocación natural.[9] Este proceso requeriría la transformación del cuerpo en una máquina, con el consecuente sometimiento de las mujeres para la reproducción de esa fuerza de trabajo, permaneciendo en condición de esclavitud. Su nuevo reclutamiento en el seno de la familia como amas de casa de tiempo completo sería uno de los resultados sintomáticos de la transición a un nuevo tipo de bienestar económico capitalista.

 

La Caza de Brujas o el disciplinamiento de los cuerpos femeninos. El cuerpo como condición de existencia de la fuerza de trabajo

Las feministas reconocieron rápidamente que cientos de miles de mujeres no podrían haber sido masacradas y sometidas a las torturas más crueles, de no haber sido porque planteaban un desafío a la estructura de poder. También se dieron cuenta de que tal guerra contra las mujeres, que se sostendría durante un periodo de al menos dos siglos, constituyó un punto de quiebre decisivo en la historia de las mujeres en Europa.

El “pecado original” por el cual se acusaba a las mujeres medievales, campesinas trabajadoras, residía en este saber-poder de lo femenino acerca de la sexualidad, de la vida, de la concepción y de los cuidados de la salud. Una forma de pecado original que tenía que ser combatido, subyugado, exorcizado (Federici, 2010: 214). En tanto “crimen de resistencia femenina” desató la serie de castigos que fueron representados por la Caza de Brujas, el confinamiento al ámbito de lo doméstico, el trabajo no-pago y la naturalización de la reproducción, iniciados con el proceso de degradación social que sufrieron las mujeres a partir de la llegada del capitalismo.

Sobre este trasfondo parece plausible que la Caza de Brujas fuera, al menos en parte, un intento de criminalizar el control de la natalidad y de poner el cuerpo femenino, o el útero, al servicio del incremento de la población y la acumulación de la fuerza de trabajo. Al negarles a las mujeres el control sobre sus cuerpos, el Estado las privó de la condición fundamental de su integridad física y psicológica, degradando la maternidad a la condición de trabajo forzado, además de confinar a las mujeres al trabajo reproductivo de una manera desconocida en sociedades anteriores.

Debemos subrayar estas cuestiones, porque en cierta medida ayudan a darnos cuenta de la importancia que ha tenido la esclavitud para el capitalismo, y a entender por qué, aún en nuestros días, cada vez que surgen crisis sistemáticas económico-financieras resurgen sintomáticamente procesos de colonización y matanzas a gran escala, como los representados por las oleadas inmigratorias de refugiados en Europa y en América.

 

Convergencias y paralelismos entre Europa y América Latina

Con la llegada de los españoles a América, éstos trajeron consigo su bagaje de creencias misóginas y reestructuraron la economía y el poder político a favor de los hombres. Las mujeres sufrirían también por obra de los jefes tradicionales que, a fin de mantener su poder, comenzaron a asumir la propiedad de las tierras comunales y a expropiar a las integrantes femeninas del uso de la tierra y de sus derechos sobre el agua.

En la economía colonial, las mujeres fueron reducidas a la condición de siervas que trabajaban como sirvientas para los encomenderos, sacerdotes y corregidores, o como tejedoras en los obrajes. Las mujeres también fueron forzadas a seguir a sus maridos cuando tenían que hacer el trabajo de mita en las minas –un destino que la gente consideraba peor que la muerte–, dado que en 1528 las autoridades establecieron que los cónyuges no podían ser alejados, con el fin de que, en adelante, las mujeres y los niños pudieran ser obligados a trabajar en las minas, además de tener la obligación de preparar la comida para los trabajadores varones.

No es exagerado decir que las mujeres fueron tratadas con la misma hostilidad y sentido de distanciamiento que se impartía a los “salvajes indios” en la literatura que se produjo después de la conquista.[10] El paralelismo espacio-temporal no es casual. En ambos casos la denigración literaria y cultural estaba al servicio de un proyecto de expropiación.[11] La demonización de los aborígenes americanos sirvió para justificar su esclavización y el saqueo de sus recursos. En Europa, el ataque librado contra las mujeres justificaba la apropiación de su trabajo por parte de los hombres y la criminalización de su control sobre la reproducción.

De este modo, ambos procesos sociales fueron sucedáneos: en Europa la Caza de Brujas y en América el exterminio biocultural y la colonización, los cercamientos ingleses, y la trata de esclavos. Siempre, el precio de la resistencia sería el extermino. Ninguna de las tácticas desplegadas contra las mujeres europeas y los súbditos coloniales habría podido tener éxito si no hubieran estado apoyadas por una campaña de terror. En el caso de las mujeres europeas, la Caza de Brujas jugó el papel principal en la construcción de su nueva función social y en la degradación de su identidad social (Federici, 2010: 157).

 

Los movimientos feministas como síntomas sociales. Condicionamientos sociohistóricos y producción de subjetividad en el imaginario social

La conceptualización de los movimientos feministas como síntomas sociales, de la mano de las lecturas de Federici, da cuenta de que su principal contribución radica en la posibilidad de ampliar nuestra conciencia sobre el carácter global del desarrollo capitalista y ayudarnos a entender que, en el siglo XVI, ya existía en Europa una clase dominante que estaba desde todo punto de vista –en términos prácticos, políticos e ideológicos– implicada en la formación de una mano de obra a nivel mundial y que, por lo tanto, actuaba continuamente a partir del conocimiento que recogía a nivel internacional para la elaboración de sus modelos de dominación. Modelos que, paralelamente con el desarrollo del incipiente capitalismo, se volcaron a la conquista y el genocidio de las poblaciones originarias de América Latina.

El objetivo de la Caza de Brujas –como ocurre frecuentemente en la actualidad a través de la represión política en épocas de intenso cambio y conflicto social– no sería juzgar crímenes socialmente reconocidos, sino erradicar prácticas y grupos de individuos previamente aceptados por la comunidad por medio del terror y la criminalización. En este sentido, la acusación de brujería cumpliría una función similar a la que cumple la figura de “traición”.

Podemos entender, entonces, cómo el ataque a determinadas prácticas populares y sujetos sociales posibilitaron la entronización de otros saberes jurídico-científicos. Su erradicación –cuya existencia contradecía la regulación del comportamiento por parte del Estado y la Iglesia– era una condición necesaria para la racionalización del capitalismo moderno.

Desde una perspectiva psicosocial, resulta inevitable considerar los efectos en la posición social de las mujeres y, por ende, en la producción social de subjetividad en el resto de las comunidades a las que pertenecían, en cuanto a los modos de pensar, sentir y actuar a partir de los dispositivos de ataque[12] desplegados en su contra.

Esos efectos de subjetivación además forjarían los ideales burgueses de feminidad y domesticidad, que servirían para justificar ideológicamente el control masculino y el nuevo orden patriarcal legitimado por los debates de la época sobre la diferencia sexual. Asimismo, estos años de propaganda de terror también tuvieron resonancias en los hombres, generando una profunda alienación respecto de las mujeres, quebrando la solidaridad de clase y el propio poder colectivo. La represión de las mujeres en manos de las clases dominantes sometió eficazmente a la totalidad del proletariado.

 

Viejos discursos, luchas renovadas

La Caza de Brujas ahondó las divisiones entre mujeres y hombres, inculcando a estos últimos el miedo al poder de las primeras y destruyendo un universo de prácticas, creencias y sujetos sociales cuya existencia era incompatible con la disciplina del trabajo capitalista. Estos fenómenos macrosociales no sólo condujeron al crecimiento de la pobreza, el hambre y la dislocación social, sino que también transfirieron el poder a manos de una nueva clase de modernizadores encarnados por una ascendente burguesía validada por la Razón, que vieron con miedo y repulsión las formas de vida comunales que habían sido típicas de la Europa pre-capitalista.

Cuando se revisan estos fenómenos desde el presente, en el marco del disciplinamiento capitalista de las mujeres, estamos en posición de conectar la discriminación que han sufrido y sufren como mano de obra asalariada, con su paradójica función de trabajadoras no-asalariadas en el hogar. De esta misma manera, podemos vincular la expulsión de las mujeres del lugar de trabajo organizado con la aparición de la figura del ama de casa y la reconfiguración de la familia como lugar para la reproducción de la fuerza de trabajo.

En la actualidad, ante ciertas problemáticas psicosociales complejas que interpelan al ser social, observamos la pérdida de aquellas posiciones valoradas de las mujeres provocada por la expansión del capitalismo y la intensificación de la lucha por los recursos que, en los últimos años, se ha venido agravando por la imposición de la agenda neoliberal. Como consecuencia de la competencia de vida o muerte por unos recursos cada vez más escasos, una gran cantidad de mujeres –en su mayoría migrantes ancianas y pobres– han sido perseguidas, coincidiendo con la imposición de las políticas de ajuste estructural del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, lo que ha conducido a una nueva serie de cercamientos causales de un empobrecimiento de la población sin precedentes.

Los debates actuales en torno al aborto, a la maternidad, a las prácticas sexuales libres, a las condiciones sociolaborales igualitarias y a la doble explotación de la jornada de trabajo, poseen la marca reproductiva de aquellos discursos medievales dominantes, que además del objetivo de penalizar el crimen efectivamente ocurrido, pretenden erradicar las prácticas contrahegemónicas y los grupos de sujetos previamente aceptados socialmente por la comunidad. Reediciones de una nueva disciplina biopolítica sobre los cuerpos que retorna negando el derecho a una vida sexual libremente decidida y más cercana a los anudamientos propios del goce, del deseo y el amor.

[1] Agradezco a la compañera Azul Mateo por acercarme tan oportunamente esta cita.

[2] Federici, Silvia (2010): Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Madrid, Traficantes de Sueños. Edición original: Caliban and the Witch. Women, The Body and Primitive Accumulation. Brooklin, Autonomedia, 2004.

[3] Uno de los aspectos más importantes del feudalismo, en cuanto a las relaciones sociales de servidumbre, fue la concesión a los siervos del acceso directo a los medios de re-producción de sus modos de vida material. Mientras que en la Europa precapitalista la subordinación de las mujeres a los hombres era atenuada por el acceso común a las tierras y otros bienes –mediante la participación en los roles comunitarios como trabajadoras y portadoras de un saber-hacer valorado–, en el nuevo régimen capitalista, atravesado por la expropiación de recursos materiales y simbólicos, la mujer y su cuerpo-fábrica se convertirían en bienes comunes, tanto como su trabajo doméstico real sería puesto por fuera, abstraído, de las relaciones de mercado. Por ende, este trabajo no-pago tendrá como consecuencia la progresiva devaluación de su posición social como trabajadoras no-asalariadas.

[4] La Caza de Brujas alcanzó su punto máximo entre 1580 y 1630, es decir, en la época en la que las relaciones feudales ya estaban dando paso a las instituciones económicas y políticas típicas del capitalismo mercantil. Fue en este largo “Siglo de Hierro” cuando, prácticamente por medio de un acuerdo tácito entre países a menudo en guerra entre sí, se multiplicaron las hogueras, al tiempo que el Estado comenzó a denunciar la existencia de brujas y a tomar la iniciativa en su persecución (Federici, 2010: 226).

[5] La criminalización y demonización de la anticoncepción expropió a las mujeres de este saber transmitido de generación en generación, pasando a la clandestinidad para su preservación.

[6] En nuestra perspectiva de análisis, la categoría de síntoma social potencialmente psicosocial adquiere sentido desde el campo epistémico de la Psicología Social crítico-dialéctica, en tanto formas actualizadas de sometimiento de la fuerza de trabajo femenina, productoras de potenciales padecimientos sintomáticos subjetivos que presentifican el actual malestar sociocultural.

[7] No es casualidad que, ante cada oleada de grandes crisis capitalistas, sean relanzadas de diferentes maneras las múltiples formas sintomáticas de explotación de mujeres y hombres inmigrantes pobres con el fin de abaratar el costo del trabajo. En este punto podemos preguntarnos por las similitudes que guardan la realidad del trabajo doméstico precarizado o los conocidos talleres textiles clandestinos, con los vínculos laborales de la antigua esclavitud.

[8] De esta manera se produjo una separación entre la producción de mercancías y la reproducción de la fuerza de trabajo, que hizo posible un uso capitalista del salario.

[9] Como plantea Mariarosa Dalla Costa (1972), el trabajo no-pagado de las mujeres en el hogar fue el pilar sobre el cual se construyó la explotación de los trabajadores asalariados, “la esclavitud del salario”, así como también ha sido el secreto de su productividad.

[10] En relación a si los indios debían ser considerados humanos, existió toda una campaña ideológica de degradación a su alrededor que los representó como animales y demonios. Las ilustraciones que comenzaron a circular sobre ellos, retratando la vida en el Nuevo Mundo, exhibieron reminiscencias de los llamados aquelarres de las brujas, favoreciendo la producción de subjetividad de los amerindios como bestias.

[11] La Caza de Brujas fue también la primera persecución, en Europa, que usó propaganda mediática con el fin de generar una psicosis de masas entre la población. De hecho, la figura de la bruja que acecha a niños inocentes fue plasmada en la literatura infantil como un estereotipo que predomina en estos cuentos. Una de las primeras tareas de la imprenta fue alertar al público sobre los peligros que éstas suponían, a través de panfletos que publicitaban los juicios más famosos y los detalles de sus hechos más atroces.

[12] Es necesario señalar, tal como lo presenta Federici, que las ejecuciones eran importantes eventos públicos que todos los miembros de la comunidad debían presenciar, incluidos los hijos de las consideradas brujas. Esta cuestión presenta un paralelismo con ciertas consideraciones realizadas actualmente por la antropóloga feminista argentina Rita Segato, en cuanto a reflexiones en torno a los femicidios presentados como espectáculos a ver.

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