Sailor Moon

Tomás Rosner

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¿Cómo hago? Fácil: carriles y guiño. Me tocan buenos pasajeros porque respeto a la gente. Si hay amarillo, freno. Si puedo optimizar tu viaje, lo voy a hacer. No me preguntes cuánta ropa tengo en el placard, sino a cuántos ayudé a vestir. ¿Cómo es tu nombre? ¿Germán? Bueno, acá te vas a llamar Pablo. Pablo, ¿querés un caramelo? Yo me voy a clavar uno de estos ácidos, me los encajó un vendedor ambulante que era un campeón: “sabor tradicional y moderno para los hijos, los nietos, los ahijados, para quedar bien en el trabajo y con uno mismo”.

Antes tenía un Siena. Era de gauchito… estaba arriba de los quinientos mil kilómetros. Le metía agua de la canilla y un pocillo de aceite cada cinco horas porque si no, fundía válvulas. Se la bancó hasta el final. Qué capo era el Siena.

Ahora adquirí esta unidad y la disfruto. Lo más importante es que sé que la pasan bien ustedes. Igual, no deja de ser un auto nuevo. Los vehículos son todos diferentes: este frena diferente, dobla diferente, es más grande. Todavía me estoy acostumbrando, falta para fusionarme con el rodado. Con la moto sí estaba fusionado. Lleva tiempo fusionarse, es como con una pareja, ¿viste? En el auto encontré un lugar, pero en la moto… Pablo, en la moto fui muy feliz. Después no me banqué el frío: ir a San Miguel en invierno, en esa época no había GPS, no había nada, ahora es otra música. En la moto llevaba sobres, plata, documentación y comida. Acá llevo vidas. Por eso, no escabio más. Menos que menos blancaflor. Las harinas leudantes facilitan el trabajo de noche, pero en el mediano plazo, te arruinan. Como quiero concientizar, ¿qué hago? Ahí va, estás aprendiendo: carriles y guiño. Y no escabio ni drogas.

Cómo joden con el aparatito ese, por favor. Te pido que, por favor, no atiendas. Estamos en el medio de una conversación importante. Ahí va. Bien. Te decía, en la moto sí hacía cualquiera: era el Capitán Sparrow de las dos ruedas. Ella te da mucho reflejo, no sabés lo que era: TING TING TING, precisión, convicción y llegar en horario. Nunca me la puse, eh. Pero de milagro nomás porque la moto es tramposa, vas zigzagueando por avenida Córdoba, te agrandás y en eso te agarra un Volkswagen Bora que no mira y a otra cosa mariposa. Es estadístico, Pablo: los conductores de Volkswagen Bora son los más mierderos del parque metropolitano. Mucho más que los motoqueros, obvio. La moto es noble. Pero ojo, hoy por hoy no la extraño: a este coche lo disfruto cada vez que lo pongo en marcha, cada vez que activo las balizas, cada vez que pongo el guiño. Es un auto con muy buenas prestaciones.

No pasa nada. No me estoy alejando, Pablo. Tranki Panki. ¿No te gusta pasear?

Mirá este Miyagi de al lado. Les digo Miyagi a los tacheros que tienen cuarenta años arriba del auto y no aprendieron nada. ¡Cómo me tira el auto encima! Le voy a poner guiño a ver si la caza. Estos tipos ponen en riesgo a una familia, votan el cambio, te hablan de Europa y después laburan así. Van de vacaciones a Las Leñas porque los hoteles tienen nombres de los signos del zodíaco. Salvo de cáncer, tenés de todos y son del mismo tipo. Hotel Géminis, Acuario, Capricornio, pero Cáncer no. ¿Sabés por qué? Porque la hija del dueño murió de esa enfermedad. Sí, todo tiene su historia, Pablo. Cómo rompen con el telefonito. No se te ocurra atender, ¡alcanzámelo!

¡Hola! ¡Sí! ¿Con Germán? No conozco ningún Germán. Acá estamos con Pablo paseando. No lo esperen que tenemos para rato. ¡Bueno! ¡Hagan lo que quieran! Chau.

No quieren suspender la reunión aunque les dije que no llegás, ¿podés creer? Es una locura cómo vivimos. Estamos en la carrera de la vida y sólo queremos llegar rápido. Lo mismo con la información que procesamos. Antes, tenías que hacer una cosita al otro día y esperabas tranquilo. Lo ibas asimilando. Imaginabas cómo iba a ser. Lo palpitabas, Pablo. ¿Te acordás lo que era palpitar algo? Ahora, la cabeza dispara para arriba, para abajo, para cualquier lado. Estás desesperado por llegar. No te das cuenta que la historia es el viaje, que no hay ningún apuro. Entonces venís al palo, cambiás de carril sin avisar y chau pinola. Por eso: carriles y guiño, carriles y guiño. La música del océano, la música de las bocacalles.

Yo a la noche pongo la cabecita contra la almohada y duermo joya. Bueno, es un decir. Como todos los que fuimos a la guerra, tengo insomnio. Pero es un insomnio tranquilo, no estoy atormentado. ¿Sabés por qué, Pablo? Cada cosa que pasa en la calle y me genera duda, me hago esta pregunta: ¿estoy haciendo bien o mal? Y ahí aparece la respuesta que me guía. Por eso, si me toca una vieja de ciento cinco años que no puede moverse, que tarda mucho en bajarse y me cagan a bocinazos, me los banco. Me tomo el tiempo que tengo que tomarme, respiro profundo, activo balizas y la ayudo a bajarse. Si me putean de más y me saco, voy para casa: vivo ahí en La Pampa y Cazadores, en los monoblocks. Los de Excursio no, los otros… Tenemos plaza: es un lujo. Me tiro en la reposera, el sol me da en la cara, todo tranqui, todo Sailor Moon.

Esta esquina nos viene bárbaro: no hay nadie. Esto por acá, ahora por allá. No me la hagas difícil, hombre. ¿Te quedó cómodo? Me pidieron el paquete así, qué querés que haga. Ya está, sigamos.

Como te decía, hay mucha mala espina con el manejo, yo sólo quiero mejorar a mis colegas. Velo por la seguridad de la gente. No puedo ponerme a la altura de la señora que me pide que le meta porque quedan tres segundos para que corte el semáforo. Señora, no lo tome a mal: bájese y súbase al auto de cualquier mercenario, vaya en Uber, sea una aliada de la precarización. Conmigo, las cosas son así: actuar a conciencia y carriles. Carriles y guiño. Siempre así.

¡Mirá ese! no pone guiño, después queda estrelladito y yo que soy curioso paso mirando. ¿Sabés lo que pasa, Pablo? Me bajan la mirada. ¿Por qué me bajás la mirada, chupetín de coca? ¿No eras un campeón? ¿No ibas a los volantazos por Rivadavia cambiando de carril sin poner un puto guiño? Por eso te digo: a cada chancho le llega su San Martín.

Hablando de próceres, en el peaje no se te ocurra hacerte el héroe. Hasta ahora venimos bien, no me pongas de mal humor que se me apaga la tele y hago cualquiera. ¡Mirá estos! Ninguno puso guiño, no saben para dónde doblar: están más desorientados que negro en solárium. No saben que no tengo drama, que me meto con todos. Hasta con el patrullero. El otro día en Beruti y Scalabrini Ortiz pasó uno en rojo el semáforo: tres de la mañana y después se me puso adelante. ¿Podés creer? Toda la ciudad libre y los cobanis se me pusieron adelante. Me metí al costado, empecé a poner luces, llegamos a Las Heras, me cambié de carril, les metí guiño: los guanacos se querían matar. Así los llevé hasta Las Cañitas. Se bajaron con dos huevos fritos. ¿Te creés que me dijeron algo? Nada, me miraron mal un toque, ¿por qué no mirás mal a los delincuentes?

Yo sé que pensás que soy como ellos, pero no. A mí no me queda otra. Tuvimos al pibe internado, Pablo. Todo el año en el Pirovano. ¿Sabés lo que se siente? Laburando para cubrir lo que gana mi mujer, que tuvo que mudarse al hospital. Una noche se quedó dormida y le robaron la billetera. Ahí entendí cómo venía la música. Que a mi familia tenía que darle una respuesta adecuada. Que este es un mundo donde te roban en el hospital público. ¿Cómo pasa esa tragedia? ¿Te aprietan los nudos? Respirá profundo un par de veces y se te pasa. Pero profundo eh, concentrate en la nariz. Sentí cómo sale el aire de las fosas nasales y roza tu labio. Mirá que hay gente mala, Pablo. ¿ Pero qué te tiene que estar pasando para robar en un hospital? Hambre no es, siempre se puede elegir a quién chorearle. El chorro ve un santo y, en vez de rezar, le mira los bolsillos: la ciudad es su territorio de batalla, Pablo.

Te tomo prestados diez pesos que ya estamos en la Ricchieri. Como no es hora pico, te sale barato. ¿No te gustaría laburar acá? Ponés música, los turnos son de pocas horas y cada tanto te cruzás algún famoso. Cómo tardan, che. Qué ganas de arrancar y llevarme puesta la barrera. Pero hoy no da, porque estoy con vos y tengo que entregarte en perfecto estado. Pero algún día me voy a dar el gusto. ¡Mirá, ya están tocando bocina! Se piensan que si hacen ruido va a haber más espacio, que los coches van a volar. Si todos pusieran carriles y guiños llegaríamos al centro en media hora. En vez de nafta, los autos funcionarían a miel. Nadie se reiría del chiste propio: sería un mundo perfecto. Porque, Pablo, reírse del chiste de uno es lo peor que puede hacer el ser humano. Me molesta más que la corrupción.

¡Dale! No me la compliqués. Sacate los lienzos que me sirven. La cadenita también. Todo. Todo me sirve. Hasta cambio me dejaste, Pablo. Sos un fenómeno. Yo llegué hasta acá. Ahora se ocupan los muchachos. Me voy a casa, me espera mi jermu para cenar. Claudia es lo mejor que me pasó en toda mi esclava vida. Es una mezcla de amiga, novia y actriz porno. Ella me salvó, Pablo. La vida es un partido que empieza todos los días y uno puede ganarlo o perderlo. Pero con ella tengo un diez crack jugando en mi equipo. Cuando la pelota la tiene Claudia puedo descansar, puedo pensar. Es como el gordo Ortigoza, Pablo. Sin ella no podría llevar adelante esta misión de mejorar la calle. Me ayuda a seguir mientras voy llenando los formularios para la vida que viene después. Vaya a saber en qué voy a reencarnar.

Acá se los dejo, muchachos. Devuélvanlo rápido que es buen pibe. Si lo tienen cortito se va a portar bien. Pablo: si le das a tu familia las instrucciones que te van a pasar los amigos, te sueltan rápido y esta semana ya estás de vuelta en casa. Hacé las cosas bien. Ya vamos a tener tiempo de comernos un churrasco tranquilos. Hablando de carnes: listo el pollo. Chau a todos. No me garquen con la guita: mi parte es mi parte.

Ahora a casa. Voy por el camino corto. Pero esta avenida es la muerte, y encima estoy en la fila de los boludos. Al lado los autos van como trompada y yo en la fila de los boludos. Cómo me pasa esto a mí. Pasa que me quedé enroscado con el asunto de la reencarnación. Supongamos el peor escenario: ¿qué pasa si me toca reencarnar en chofer de bondi? Me pego un tiro. Aunque en realidad no me tengo que hacer drama por eso ahora, es anticiparse. Aparte, de última el chofer de bondi también es un cuadrúpedo. Quizás la fórmula sea la misma: carriles y guiño hasta esfumarme detrás de la media sonrisa que pone Claudia cuando la piropeo y se me hace la difícil.

¡Hola! Estoy yendo a mi casa ya, ¿adónde vas? Ah, Malabia y Padilla, sí. Vamos. Me queda de paso. ¿Cómo te llamás? Graciela, qué lindo nombre. Una lástima. Acá te vas a llamar Pablo.

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