Morocha felicidad: crónica de raje de la plaza de Alberto y Cristina

Alejandro Seselovsky

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Mujeres refrescándose como pueden en la agüita mínima de la fuente bajo un sol de 40 grados a las 14:45 de esta tarde, en este día, en esta Plaza, frente a este escenario del que se acaba de bajar Sudor Marika para que suban Los Súper Ratones, y en donde más tarde, tipo siete, Alberto Fernández, presidente de la Nación, y Cristina Fernández, vicepresidenta, van a subir a decirnos de qué se trata. Pero para eso falta un rato. Ahora lo que hay es un caudal de alegría que nos cruza a todos por igual. Esa alegría es un beat, un golpe constante, un compás mudo que no se escucha porque en realidad suena por dentro: no es que estamos todos ahora mismo acá en este mismo lugar, es que ahora, acá, en este lugar, todos somos el mismo. El mismo sujeto de la historia. El mismo pueblo que baila. Soy todos. Soy todas. Todos y todas son yo. Mierda, cómo estamos hoy, eh.

Las mujeres gordas y pobres que se refrescan en la agüita mínima de la fuente van a sacar de quicio al hater del peronismo en las redes. Y cuando las vean ahí, los remerones haciendo vacío contra la panza, sus hijos en símil Crocs chapoteando en este piletón patrio del pobrerío, van a desbloquear un nuevo nivel de rabia y, ofuscadísimos, van a construir su siguiente sintagma del odio: “la grieta es estética”, dirán.

Lo vienen diciendo desde hace rato, por ejemplo, cuando ejecutan la voz “orco” que inmediatamente declara al antiperonista como “elfo”. Bajo una perspectiva tolkieniana, es la condición de lo oscuro frente a la de lo blanco. La sombra frente a la luz. El negro frente al rubio. Por esta autopista del pensamiento llegamos de El Señor de los Anillos a Civilización o Barbarie en 15 minutos. Ahora, “orco” supone lo que abiertamente declara “la grieta es estética”. De golpe, ya no hay que inferir nada. Ha sido enunciada, con todas las letras, la abominación. Por eso han vivado el cáncer, por eso nos lo desean, para conjurar el hecho maldito de la Especie: el peronista es negro y lo negro debe morir.

El odio al peronismo es constitutivo de la Argentina, en general. Y del peronismo, en particular. Es una fuerza en reversa a la que, también, hay que darle gestión. El odio de clase al peronismo es un buen combustible para cualquier proyecto de unidad. Nos odian. Nos quieren comer los ojos. Hay que estar atentos, y que estar atentos nos ponga a gobernar.

Ahora bien, ¿cómo se transforma ese odio en renta electoral? En un punto no hay manera, porque con ese odio no se conversa. ¿Vamos a perder tiempo en explicarle al hater que son gordas porque son pobres, porque no se pueden dar el lujo de los micronutrientes que suponen la fruta y el cereal, ya que solo tienen acceso a comida de olla? ¿Vamos a perder el tiempo explicándoles que, si los alimentan con fruta, en dos horas tienen a los hijos pidiéndoles más, porque la fruta no “llena”? ¿Y que en las vidas de mujeres desclasadas, sin ESI ni educación de calidad, es razonable que los hijos se les amontonen? Para qué, si al final el hater del peronismo va a seguir odiándolas, porque lo que de verdad odia es que arruinen sus estándares imaginarios de la vida bien, su universo de auriculares blancos y La Nación Revista.

No, chikes. Con ese sujeto no hay nada que conversar. Con ese sujeto solo queda alistarse, prepararse y trabajar la unidad para ir y sacarlo de los lugares de decisión, del poder y del gobierno. Que, felizmente, es lo que acaba de pasar. Y es lo que estamos ahora celebrando acá.

Que se fueron. Que volvimos.

Estoy parado en la culata de una Fiorino que tiene stickers del Indio en las puertitas traseras. La visibilidad es de 20 metros. Hago pie en el guardabarros y me aferro como puedo del techo. La visibilidad aumenta a metros 40, que es lo que tarda en llegar el ojo hasta una bandera de la Tupac Amaru flameando allí delante, obturando gloriosamente la única pantalla que nos transmite algo de lo que ocurre en el escenario. Una señora con su hija le dice –le grita– a la columna de la Tupac que baje la bandera. No la escuchan. Le solicita amablemente a un pelado que está unos pasos más cerca que por favor haga llegar su mensaje. El pelado, un paseaperros con brackets y bien curtido por otros soles de otras plazas, le responde que no, que no le pida eso.

–No es un día para bajar las banderas.

Después se da vuelta y me habla bajito:

–Dale media hora más a esa mujer y la tenés diciendo que sí, se puede.

Vuelvo a buscar la altura, ahora pisando sobre el gancho de remolque que sale de la Fiorino por debajo del chasis. Parece que están tocando Los Pericos, parece que dicen no sé qué cosa de la democracia y parece que Casi nunca lo ves.

Un pibe con musculosa de La Renga viene remando en el dulce de leche de multitud y llega hasta donde estoy.

–Permiso.

Mete la llave y abre las puertas de la Fiorino. Adentro hay maples de huevos blancos, heladeritas de camping con bolsas de hielo, una llave cruz. El pibe, que en rigor no tiene una musculosa de La Renga sino una remera con las mangas arrancadas, se va con dos maples encimados arriba de la cabeza, como quien lleva una bandeja sagrada, la santa bandeja del caramelo salado que reinará sobre hamburguesas y bondiolitas.

Sí, por supuesto, tengo un cierto prontuario de marchas y gentíos en los 48 años que me ha tocado vivir acá, en este suelo, en este país. Pero esto es otra cosa, esto no lo vi, no lo viví, jamás. Evalúo durante 30 segundos la posibilidad de abrirme paso por el borde de Hipólito Yrigoyen porque quiero, más que nunca quiero, ver un balcón peronista, ser una de esas cabezas –uno de esos cabezas– que como puntos de morocha felicidad son tomados por la cámara de Sucesos Argentinos. De golpe me sueño aquí mismo, pero es 17 de octubre y es 1951. Eva Duarte inaugura la televisión nacional con una primera transmisión e incendia para siempre la retórica política argentina cuando declara: “Yo no valgo por lo que hice, yo no valgo por lo que he renunciado, no valgo por lo que soy, ni por lo que tengo. Yo tengo una sola cosa que vale, la tengo en mi corazón, me quema en el alma, me duele en mi carne y arde en mis nervios: es el amor por este pueblo y por Juan Perón”.

Abro los ojos y estoy en este 2019: el pibe con el maple de huevos blancos y remera de La Renga. El pelado paseaperros. La bandera de la Tupac. Será imposible avanzar, ni por Yrigoyen, ni por ningún otro lado. Comprendo, entonces, que somos muchos, que somos tantos.

Un sintagma es una palabra o un grupo de palabras que constituyen una unidad sintáctica. Por ejemplo: mi mamá me mima. Por ejemplo: ahí salen Alberto y Cristina para decirnos que.

Este, ahora mismo, es mi año 51.

Esta, ahora mismo, es mi primera televisación.

Esta, ahora mismo, es mi morocha felicidad.

Y entonces Cristina Fernández, que se llama Kirchner, le habla no desde un balcón sino desde un escenario a su designado presidente y le dice algo que va a dejarme atravesado de lado a lado, algo que no esperaba escuchar y que necesitaba escuchar: que no se preocupe por las tapas de los diarios, le dice. Le dice: que mejor se preocupe por llegar hasta el corazón de su pueblo. Hija de puta. Cómo me vas a emocionar así. Sabés las veces que no creí en vos, las veces que te miré de costado como uno mira a sus dioses cuando te matan un hermano, una hermana. Dale, que yo te culpé: de Scioli candidato, de Macri presidente te culpé. Y ahora estoy acá, en esta plaza, en el culo de esta Fiat Fiorino, viendo cómo un chabón se lleva un maple de huevos blancos en mi día personal de la lealtad, y te escucho decirle a mi presidente que las tapas de los diarios no, que la gente sí. Y me dan unas ganas de volver a creer. Viste que cuando estás arañando los 50 el cinismo se queda con vos. Y yo estoy arañando los 50 y necesito que alguien me salve del cinismo.

Nos vamos. Esto va terminando, que es la forma de decir que esto recién comienza. Las Allstars que me puse son de horma cerrada en la punta y ya me duelen los dedos de los pies. Salgo por Corrientes derecho, por el paseíto que Larreta le inventó a la avenida, buscando llegar a Callao para ver si, antes de llegar a casa, me clavo dos de calabresa y un moscato en La Continental. A la altura de Paraná, un caballero vestido íntegramente de Hombre Araña, con una criolla más o menos bien afinada, sentado sobre un container de basura, las patitas colgando, cruzadas, y con dos acordes salidos del especial de Sumo en la Toco&Canto, dice, entona: yo quiero a mi bandera.

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