Las redes del sueño, un cuento de Mónica Virasoro

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Estaba que me adormilaba con el traqueteo, estado de abandono sin resistencia. Me complacía la marea del sueño que me abrigaba como un paño tibio. Son las cosas que en el tren se hacen posibles tras la monotonía del paisaje y el desgano de las horas, cuando los músculos se aletargan y la escucha se hace más alerta, momento propicio para cazar motivos, ese acechar la realidad para alimentar a la ficción, eterno sueño del artista.

En la estación, antes de subir, había pensado que me quedaba sin asiento. Por suerte conseguí ese último lugar del lado del pasillo. Enfrente tenía a esa pareja madura superando los 64. Seguro habrían bailado al ritmo de When I’ll be sixty four? Cuánto camino recorrido desde aquella legendaria juventud, cuando uno aún no se preguntaba, cuando los 64 eran algo ajeno y lejano. A mi lado, un muchacho silencioso.

Me quedé dormida entre las páginas de Casa tomada y tras el vapor del sueño escuché los bordes de una conversación. Hubo una simbiosis, algo enredado, entre el texto del cuento y la charla a media voz de mis compañeros de asiento. Comenzó como un zumbido de mosquito que arruina el silencio y amenaza con atacar el plácido sueño. Pero no me atacó. Le ganó el movimiento brusco, repentino, que atinó a atajar el libro que se me deslizaba de las manos. Entonces la charla, creciendo desde el zumbido, se hizo un lugar, entretejida a la historia de la casa tomada y a la historia de mi sueño.

–¿Y ahora qué? El país atendido por sus dueños bien apoltronados a los dos lados del mostrador –dijo y se respondió ella misma, la señora.

–Ni así se van a conformar, ya va a ver usted, todo lo de ellos es sentarse y rapiñar – agregó él.

Esas fueron las últimas palabras de la charla que sonaron como un murmullo que me adormecía, hasta que entré al territorio del sueño donde lo real se trasmuta y confunde. Vi a los dos hermanos volver a casa con paquetes en las manos. Ella portaba una bolsa donde asomaban ovillos de lana y unos hilos colgaban ahora ensortijados y reanimados de la vieja tristeza, él llevaba bajo el brazo tres libros de literatura francesa. Estaban tal cual el día que se fueron. El tiempo no los había tocado. Desde el zaguán forzaron la puerta cancel y comenzaron a ocupar. Los primeros días, todavía tímidos, se quedaron en el recibidor y un cuarto cercano que adaptaron para dormitorio. Nosotros nos fuimos arrinconando por el pasillo hasta atravesar la puerta de duro roble, y ahí nomás comenzó ese no tan lento proceso por el que ya nos íbamos despegando del centro de la escena. Por fortuna en un descuido logramos rescatar la vieja radio transformada en reservorio de amigos virtuales, que al comienzo nos brindó servicios de conexión y ventana al mundo. Poco a poco las voces amigas comenzaron a ralear y apagarse, como las velas de un funeral. De a ratos, ellos, los protagonistas, los retornados, escuchaban pisadas de retirada y se animaban a avanzar. Poco a poco recuperaron habitaciones y pasillo. Nosotros finalmente nos escurrimos por la puerta de servicio y todo volvió a comenzar.

–Qué esperabas, es así: la llaman “alternancia”. Algunos le dicen la “alternancia necesaria” –escuché que decía el señor, que a esta altura ya la tuteaba a la señora. La frase la oí como en sordina, en el mismo umbral del sueño y la vigilia. Se ve que no había siquiera abierto los ojos, porque sentí que alguien me tocaba el hombro y decía: llegamos a Retiro.

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