Fábula del traje bien cortado

Roberto Doberti

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Elisario despreciaba y envidiaba a José. Están muy equivocados quienes creen que estos sentimientos son incompatibles. Por el contrario, son frecuentes en los espíritus mezquinos.
Elisario era un joven poseedor de una gran fortuna. Fortuna que se manifestaba en la mansión en la que vivía –algo excedida en ornamentación y esmerados jardines–, en los automóviles múltiples y renovados con los que se desplazaba, y especialmente en la vestimenta que lucía. En rigor, decir que lucía es algo exagerado, porque su físico muy poco armónico le restaba parte del esplendor que la calidad de las telas y la excelencia de la manufactura podían haber brindado.
José trabajaba en los parques que se extendían por las varias hectáreas en las que se situaba el palacete. Trabajaba intensamente, en parte porque su constitución atlética así se lo demandaba, y en parte porque Elisario cada vez le demandaba tareas más duras, sin demostrar nunca valoración alguna por los trabajos realizados.
José envidiaba y odiaba a Elisario, no de modo enfermizo, sino casi sin darse cuenta, porque en definitiva tales sentimientos son parte de la naturaleza humana, dadas esas condiciones. Esas condiciones se veían progresivamente acentuadas, porque Elisario se satisfacía humillando reiteradamente a José. Por cualquier nimiedad le obligaba a rehacer trabajos, marcando la presunta torpeza de José, reprobación que se reservaba para los momentos en los que departía con sus amistades.
José a veces también era requerido para realizar trabajos en el interior de la casa, y un día tuvo ocasión de ver la colección de trajes de Elisario. Estaba fascinado por las tonalidades y las texturas de las telas. Se acercó para ver mejor y no pudo reprimir el impulso de pasar su mano por una perfecta y ligeramente tornasolada solapa. Fue entonces cuando inesperadamente Elisario ingresó en el amplio vestidor y sorprendió a José en ese gesto violatorio. Lo increpó duramente, pero la actitud de José no le pareció de suficiente vergüenza y arrepentimiento. Maquinó rápidamente un castigo más eficaz.
Le preguntó, endulzando el tono, si no le gustaría probarse ese atuendo. Como la pregunta se parecía mucho a una orden, José respondió afirmativamente. El plan continuó exigiendo que José se higienizara para no mancillar el traje, procedimiento que dispuso se realizara a manguerazos en la explanada anterior al acceso, y por eso visible para invitados y empleados. Con solo los calzoncillos José fue largamente bañado con un método que lógicamente lo asociaba a los árboles y las bestias.
Sin embargo, la envidia de Elisario se filtraba en su ánimo al advertir la musculatura y las proporciones del cuerpo de José. Lo hizo secar al sol y al viento para que no mancillara ninguno de sus tohallones. Seguido por un reducido séquito de sus más obsecuentes amigos, hizo subir a José al vestidor y le impuso ponerse el traje que había admirado. Por un instante, no menos admirados quedaron las asistentes por la galanura que ahora, en el cuerpo de José, adquiría el traje. Fue solo un lapso breve, porque enseguida Elisario tomó unas tijeras y abrió profundos tajos longitudinales en los pantalones y en la mangas del saco. Con mal disimulado regocijo le dijo: ahora el traje es tuyo.
José, sin comentario ni gesto alguno, se retiró del lugar y, llegado el fin de su horario de trabajo, fue hasta su barrio con el traje desgarrado. Los amigos y las amigas de José admiraron el traje y hasta la soltura que producía el nuevo formato de pantalón y de saco. Varios de ellos hicieron cortes similares, no por solidaridad sino por gusto. Y el gusto gustó, gustó tanto que se hizo moda general.
Ahora Elisario, mascullando rabia, le ha encargado a su sastre que abra sus pantalones y sus mangas. Pero a José no se le permitió que volviera a pisar la mansión. Sin trabajo ni recursos, arrastra sus ropas cada vez más deshilachadas, mientras ya nadie recuerda el origen de la moda imperante.

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