FÁBULA DE LAS REITERACIONES Y LAS TRANSFORMACIONES

Roberto Doberti

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El señor le propinó a su lacayo un violento bofetón con el revés de su mano derecha, lo injurió con palabras altivas y también con palabras soeces, y luego lo expulsó de su castillo.

El lacayo se internó en el bosque, sobrevivió como pudo, hasta que luego de un tiempo se incorporó a un grupo de bandidos. No mucho después asesinó al jefe del grupo y pasó a comandar esas oscuras huestes. El éxito acompañó las acciones emprendidas por los forajidos, lo que provocó no solo el fortalecimiento del grupo, sino también la ampliación de sus apetencias. Finalmente decidieron atacar el castillo y otra vez el éxito los acompañó. El jefe de la banda observó al ahora indefenso señor del castillo, ocupó su lugar y lo convirtió en su lacayo.

Un día el nuevo señor azotó al lacayo con un violento bofetón, lo injurió y lo expulsó del castillo. El nuevo lacayo vagó por el bosque hasta que se encontró con un grupo de ladrones y se unió a ellos. Más tarde usurpó su jefatura…

Este monótono y asfixiante circuito está causado por la condición de sus protagonistas: solo son señores o lacayos.

La fábula parece cerrarse con una conclusión que explica los sucesos narrados. Digo que parece cerrarse, porque se pueden replantear los acontecimientos futuros sin desconocer que todo señorío contiene el incontrolable deseo de humillar al servidor, cuya eficacia sin otras consecuencias aseguraría que esta historia siguiera recurriendo.

La fábula no se cierra cuando cambia la posición del lacayo, cuando rechaza el asignado destino de servidumbre, cuando decide no seguir siendo lacayo, cuando reniega de la espera del castigo que lo degrada.

No es expulsado del castillo. Se va por propia voluntad, de ahí en más será otro. Aunque no tiene otra alternativa que internarse en el bosque, no se asocia a bandoleros belicosos. Opta por unirse a los cazadores y leñadores, y también a las tejedoras y curadoras. No usurpa ninguna jefatura. Si logra algún reconocimiento es porque los insta a asociarse, a discutir los tributos que acostumbraban entregar al señor, a despreciar al lacayo que en nombre del dueño del castillo rapiña el fruto del trabajo o impone castigos y represalias.

La historia es larga y no lineal, hay seguidores y constructores, hay traidores y distraídos, hay risas y cantos, y hay llantos y angustias sordas.

Se acercarán al castillo y en algún momento irrumpirán con pasos firmes y benignos en su plaza central. En otros momentos los echarán con la violencia o con la mentira, o más frecuentemente con ambas a la vez.

Nada les será acordado sin esfuerzo, la prosapia de señores y lacayos es terca y pertinaz. Para peor, contarán con el acuerdo de aquellos que por temor o por odio avalan la injusticia para no perder su pretendida seguridad y su mediocre diferencia.

No menos resistente será la voluntad de mantener la posición, de levantar la cabeza, la mirada y la voz, de renunciar irrevocablemente a la pasividad de la servidumbre. Nunca más serán lacayos, nunca más aceptarán señoríos.

Esta fábula la conocemos. Esta fábula de final incierto la estamos viviendo.

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