Distancias

Sabrina Sosa

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Cuando Belén se aburre empieza la hora del elástico. A Lucía no le gusta, pero lo prefiere antes que a las muñecas. Es una tarde de verano, están solas en la casa. De vez en cuando pasa algún auto que las mira mientras levanta de la tierra caliente una polvareda que se mete hasta el fondo de las habitaciones, antes de perderse en la esquina. Por primera vez se ponen de acuerdo en algo y se sacan la remera y el short, se quedan en bombacha. Ninguna percibe al hijo de Luis que las espía a un costado, subido a las tejas, dos casas después.

Belén agarra el elástico blanco, lo estira, se lo pasa a Lucía por la cabeza, y lo baja. Apenas le roza los hombros, los brazos, la cola y las piernas, hasta llegar a los tobillos. Abrí las piernas, le dice. Lucía abre, hasta donde ella le pide. No podemos jugar, nos falta una, le responde. Es una de las pocas veces en que se anima a contradecirla en todos los años que llevan de amistad. Tiene miedo de lo que va a venir pero se queda callada. Belén le clava los ojos como encerrando la furia en el entrecejo y se saca el elástico de un tirón. Sin decir una palabra, se sube a un tacho, trepa el paredón y pasa de un salto al otro lado.

Lucía se recuesta boca arriba en el pasto, debajo del paraíso, al fin y al cabo, es el lugar más húmedo y tranquilo de aquel patio. Al cielo lo recorta la figura del árbol e imagina formas a las nubes cuando un silbido la hace girar hacia el vecino, que sigue la escena no tan cerca de ella, pero tampoco tan lejos.

Nunca antes había tenido que echarlo ella misma, de eso siempre se encargaban las madres. Pero esta vez está sola, ya ni siquiera está Belén, a quien seguro se le ocurre algún modo mejor. Los nísperos se pudren en el suelo una vez que caen, Lucía los agarra, uno por uno, y empieza a tirarlos en dirección a las tejas. Es inútil, apenas llegan a la casa de al lado. El mirón se ríe, tiene los dientes desencajados. Lucía retrocede. Mejor me voy adentro, piensa.

Está en eso cuando una rata con el pelaje húmedo atraviesa el frente de la casa, de una punta a otra, y se detiene en la puerta. Se miran. En la oscuridad de dos ojos saltones le parece ver al mirón de las tejas. Sobre el árbol de nísperos hay una escoba, Lucía la agarra y apunta. Nunca fue buena para los cálculos, pero esta vez mide la distancia exacta para aplastarla de un golpe.

Levanta la escoba medio metro y la ve erguirse, enderezar el torso, alzarse en dos patas y juntar las otras dos en forma de súplica. Pero es demasiado tarde y no alcanza a oír el lamento. Baja la escoba con todas sus fuerzas hasta quebrarla. El ruido que sigue viene de ambos lados.

Lucía se acerca, la agarra del pellejo con una mano, todavía respira y se sacude, agoniza. Hay un chillido lastimoso que la empieza a confundir. Le acaricia la panza hinchada y se descubre pidiéndole perdón más de una vez.

Delante suyo, Belén todavía en bombacha observa, en silencio, parte de la escena. Mi ropa, dice. Vine a buscar mi ropa. Pero Lucía no escucha. Ahora está de rodillas, la cara sucia, los ojos fijos en el suelo como queriendo descifrar la forma que dibujan unas manchas.

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