Diario de cuarentena

Mónica Virasoro

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Al fin llegó, que se la veía venir se la veía y, sin embargo, muchos se quedaron como en pausa, tiempo de verano, todavía de vacaciones, algunos se quedaron varados fuera de casa, otros se apresuraron a salir, no perder el finde, y a la vuelta todo se embardó, las rutas saturadas, multas, broncas, opiniones encontradas…

Escuchando llamada ajena: estoy en la cola de la verdulería, faltan tres antes de mí, pero se demora, la cosa es que la gente compra mucho, habla mucho, compra por no quedarse desprovista y habla por compensación, por todo lo que tiene que quedarse muda en casa, por estar sola, por estar acompañada. Porque… una es la mudez de la mudez, otra es cuando ya no te aguantas y te vas al silencio.

Quédate en casa que vos podés, acaso no te pasaste tres años en un pozo, le decía la muchacha a la abuela. Sí, tres años, en un pozo, yo sé, estoy entrenada, bueno ya no, pasaron muchos años, estoy vieja; cómo será eso de bajar la cabeza para pasar por el hueco y quedarse ahí agazapada, yo ya perdí la costumbre de bajar la cabeza. En aquel tiempo mamá me recomendaba, hacete chiquitita, que no te vean, yo me acuerdo de esa frase. Ahora no quiero achicarme, quiero que me vean, que me oigan, pero al final es lo mismo, tengo que replegar.

Parece cosa de ciencia ficción, dice él. Yo hace mucho que no veo películas de ciencia ficción, nunca me coparon, mucho ruido… Leer sí leí, hace poco a Bradbury, es que tiene algo especial, mellado de filosofía, temas existenciales, ecológicos. Leer es otra cosa, te deja tiempo para pensar, no como en las películas donde… ruidos molestos, oxidados, te provocan esa sensación en los dientes. Que estos brutos occidentales se eduquen un poco. Me gustó ese de La segunda expedición, el cuento de Bradbury, tenía un sabor particular, como que le hincaba un ojo crítico, te dejaba revoleando alguna idea y un silencio pensante.

Y vos te acordás algo de la guerra mundial. No, qué va… era muy chica. Porque algunos dicen que se le parece, que ahora es como una guerra. Y tu mamá que decía, no sé, no te digo que era muy chica, al principio todavía no había nacido. Lo que me acuerdo era de unos diarios muy grandes, que quedaron arrumbados, estaban encuadernados, el Corriere della Sera con fotos de la guerra. Pero yo los descubrí después, cuando era más grande, me gustaba recorrerlos, eran en rotograbado, no blanco y negro, sino todo sobre el pardo, los marrones. El resto lo conozco por las películas. El recuerdo más antiguo: Juegos prohibidos. No me acordaba el título, por suerte está Google que lo recuerda todo, y por suerte me acordaba de Brigitte Fossey; una de las primeras escenas, la del bombardeo, que mata a los dos padres y al perro. Muy tarde asocié esa escena con un sueño de infancia en que toda la familia bajando la escalinata de la Facultad de Derecho éramos abatidos en un bombardeo. Mucho me pregunté por el significado del sueño hasta que se me asoció a la peli y reconocí la angustia apagada que me había causado la escena.

Ahora el tema del Corona se nos mezcla con las guerras, estado de sitio, calles desiertas, la gente en sus casas, no necesitan ir al sótano, saben que no los van a bombardear. ¿Se imaginan cómo sería estar todo el día con ese riesgo, agachados, debajo de la cama, de los roperos? ¿Debajo de qué más se protegían, abuela? Pero ahora no sé… no se nos cayó ningún techo, es sólo el bichito que da vueltas y vueltas, no parece gran cosa, pero se te mete adentro, en los pulmones, y a algunos los mata y a otros los llena de miedo.

 

Quinto día

Este lo comencé el otro día, cuando llamaron a cuarentena, ponele dos o tres días después. Eran palabras de encierro, lo que escuchaba en Youtube, los recuerdos que asociaba, los cuentos, las películas. Hoy salgo por segunda vez, después de una semana, busco material en la calle.

En los negocios no se entra, se hace cola afuera, bien espaciados. Por suerte tengo la costumbre de caminar, no puedo estar mucho tiempo parada. Por eso odio las colas. La carnicería tiene espacio de medio metro por tres para los clientes. La señora, dueña, que cobra, sentada a una mesita, con su caja improvisada habla y habla. No para de hablar y, como el que no para, cae sin remedio en la pavada: ella cae. –Ay los políticos, los políticos, son todos lo mismo. –Dígamelo a mí –responde el cliente– que hace sesenta años que veo a los políticos que no hacen nada. –Sabe usted –insiste la dueña– en Inglaterra a alguien que no cumplió la cuarentena lo detuvieron. –Señora, –le observa la que está al final de la cola– sabe usted que aquí detuvieron a 3.200 y que el Reino Unido es de los países que más descuidó a la población, hizo todo mal. –Ah no sé, eso no lo escuché –respondió la dueña, clausurando el diálogo y retomando por la otra punta para hablar con el cliente ese que hace sesenta años que ve a los políticos que no hacen nada y se llevaba puesto el negocio entero agotando la paciencia de los de la cola. El muchacho de overol –seguro que estaba esperando para su almuerzo– esbozó una sonrisa que sin decir decía…

Ya ven que no tiene mucha gracia lo que escribo, lleno de lugares comunes, los de esa gente que dice zonceras, mismo manual de Jauretche, no tal cual, pero parecidas, porque siempre tienen su peculiar matiz que le da el tiempo y el espacio de cada circunstancia. Señoras y señores de los cacerolazos que demandan “libertad” para… para qué es la cuestión… para… para decir todas las zonceras y enfermarse de corona, libremente, sin Estado interventor. Libertad pura, radical, abstracta.

Ahora todos unidos, se terminaron las ideologías, los colores, las banderas… ¿la grieta también? Todos, somos iguales frente al virus, frente a la muerte. Hay que rescatar a los que se fueron a Miami, viajeros en peligro, que vengan sanos y salvos para vivar a la opo, y una vez más votarlos si se les da. ¡Pero miren lo que nos dejaron! Hay un video de su puño y letra, perdón, de su viva voz, donde dice ella que no va a inaugurar los hospitales, porque para qué, si no se necesitan, la salud, Magoya, las escuelas, Magoya, para qué tantas universidades, vayan a cantarle a Gardel. Populismo, ¡¡¡ajjj!!! Ya lo dijo él, es peor que el Corona. Ahora el populismo va a inaugurar por fin los hospitales que construyó el otro populismo.

Lamento que esto se haya ido para ese lado, el de la política, que es sucia, fea y mala, que son todos los mismo, los políticos, pero yo me dije que tenía que ser así, escritura automática como esa de los dadaístas o surrealistas. Escribir sin respirar. Perdón, ¿cómo sin respirar? Decir eso en estos momentos en que todos recomiendan: respirar hondo, mantener la respiración y largar, varias veces al día, una y otra vez, lavarse las manos y cantar el feliz por dos, respirar y cantar todo a su tiempo. No, eso no, quise decir sin pensar, escribir sin pensar, lo que salga. Y por eso salió lo que salió. No es más que el streaming de mi conciencia, el río o el arroyo –que eso quiere decir la palabra en inglés, stream, arroyo, y de ahí viene también el streaming, como una corriente, algo que corre y no se puede parar, si se para pierde y hay que remontar.

Pero yo no escribo siempre así, a veces pienso, aunque tal vez todo esto sea también pensar, pero en borrador, porque después uno pule, adecenta, tal vez lo borre, tal vez no, se verá.

 

Séptimo día

Y ahora me vengo a enterar de que a Shakespeare le cayeron dos cuarentenas con una diferencia de diez años. La segunda, memorable, la de la peste negra, escribió El rey Lear y Antonio y Cleopatra, se confinó en su casa, o sea más o menos como hoy, nosotros, y se puso a escribir. Eso tengo que hacer, me digo, que se me vuelva, el escribir, absolutamente necesario, no hay otra forma de vivir esto. Pero no soy Shakespeare, y eso no me pasa, me muevo en esta gelatina en que nada es imprescindible. Deambulo por la casa ocupándome en tareas secundarias, de cocina, orden, limpieza, tareas que de no estar sería el caos, pero sin embargo su presencia no resuelve nada, ni la falta de escritura, ni que algo, cualquier cosa, se me vuelva imprescindible. Acaban de enseñarme una palabra, “procrastinar”, tirar para adelante, postergar, posponer, dejar para mañana lo importante y ocuparse de lo irrelevante. Fea la palabra, cero musical y con esas r, pro cra, sílabas impronunciables. Google advierte que hay una forma incorrecta, procastinar, se ve que a muchos les molestan las tantas r. Pero eso es lo que me hace falta, bueno, lo contrario, que algo se me vuelva impostergable y además que el corona no me ataque, y el pánico tampoco. De eso no hay peligro, pero sí de la obsesión, el estar todo el día, escuchando las noticias, o la obsesión del otro, los malhumores, los estallidos. Una cuarentena es cosa seria, deglutirla con serenidad, inspirar, mantener, un, dos, tres… hasta diez, soltar el aire, sonreír, cantarse algo. ¡¡Che!! Pero que sea algo más elevado que el feliz cumple, el Ave maría, Summertime. Me llegan por WhatsApp mensajes de amor, esperanzas de que algo cambie, esta es la gran oportunidad, la de darnos cuenta, como ya lo decía Sócrates, milenios atrás, y tantos otros sabios del mundo entero. Pero no sé si habrá llegado la hora, me hinca el aguijón de la duda, tantos hombres necios, y mujeres también, humanos al fin, que todavía andan con anteojeras, mirando tan sólo su ombligo, su nariz prominente. El jefe de familia que se fue a hacer compras con toda la familia, el que ya con síntomas se subió al Buquebus, el pendejo de 24 que volvió vaya a saber de dónde para ir a una fiesta de quince, y la fiesta de quince también, con sus 60 invitados –más tarde saber de los 24 contagiados y el abuelo muerto. Pero sobre todo aquellos que dicen que así es el argentino que somos incorregibles. Y miran con falsa nostalgia el ejemplo de países peores que el nuestro, como aquella señora de la carnicería. Porque mirá vos que en menos de un día se ofrecieron 7.000 voluntarios para colaborar en la emergencia. Hay de todo y no somos los peores, ni en eso somos los primeros; es la humanidad que está en crisis. Me gusta eso de pensar que la pandemia nos coloca en una encrucijada: por un lado, hay un pozo, por el otro un portón, y depende de nosotros si nos hundimos en el agujero negro o salimos por la puerta. Yo prefiero pensar lo segundo, y que somos multitud, que no la atravesaremos solos. Me acuerdo las palabras de Perón: “el siglo XXI nos encontrará unidos o dominados”, él lo decía por los países de Nuestramérica, pero vale también para el caso, más universal: la solución no puede ser individual, no nos salvaremos solos, o será una falsa salvación. Es cosa de humanos, de la especie.

 

Como eclipse de mar

 

Hoy amor, como siempre

el diario no hablaba de ti, ni de mí.

Hoy amor, igual que ayer, como siempre

el diario no hablaba de ti, ni de mí.

 

Hoy dijo la radio

que el Corona en Europa hace estragos

que han hallado más muertos que ayer

que han pagado un pagote de pesos

por ese barbijo y el alcohol en gel.

 

Que ha caído la bolsa en el cielo,

que la cuarentena ha encerrado a la gente en sus casas.

Que subió la marea,

y las bestias de todos los lares deambulan curiosas por estas ciudades.

Que Venecia se llena de cisnes y ciervos recorren Junín de los Andes,

mientras en manada jabalíes invaden Barcelona irrumpiendo en sus calles

que el hombre de hoy es el padre del mono del año 2000.

 

Pero cuánto decía el programa de hoy de este eclipse de mar,

de este salto mortal,

de la voz en las redes explotando en blancos y negros,

en contras y en pro,

de las manchas que dejan las dudas en el corazón.

 

Hoy amor, como siempre

el diario no hablaba de ti, ni de mí.

Hoy amor, igual que ayer, como siempre

el diario no hablaba de ti, ni de mí.

 

27 de marzo

Hoy es viernes, la cuarentena empezó un viernes, o sea… una semana. Y cómo andamos… a veces parece que voy a poder remarla, pero por momentos encallo y se me viene la pesi. Me acuerdo de la frase de Alemán –que resume una tesis– soledad común, nada que ver con el individualismo. Un sí a la vida comunitaria, al reconocimiento del otro, y sin embargo la soledad como algo consustancial, categoría existencial que reproduce en sentido menos negativo la idea de solo acompañado. Podemos estar en multitud, o con nuestro ser más querido, pero siempre tendremos una arista de soledad y un muro impenetrable; porque mi vida es mía con mis alegrías y frustraciones, y también mi muerte. No hay nada más mío que mi muerte y entonces por qué no mi vida, que como alguien dijo hace poco, que no sé quién porque ya son tantas las fuentes que me hacen la ronda, morimos una sola vez y vivimos miles de veces, carajo.

Explotan las redes con mil versiones, muchas conspirativas. Acabo de leer un informe científico que explica en detalle por qué el virus no fue creado, o sea, es natural, no responde a la mano del hombre. Ok, entonces fue la naturaleza, y entonces todo se derrumba porque siempre es más atrayente la idea de una conspiración de poderes ignotos o no tanto, que pensar en la nuda naturaleza, porque contra la naturaleza nada podemos, ella se venga, manda a confinarnos, algo habremos hecho, y entonces baja la contaminación, los animales se pasean por las ciudades, recuperan territorio. La naturaleza es sabia, toma su revancha, nos disciplina. Hay un dicho sabio: Dios perdona siempre, nosotros algunas veces, la naturaleza nunca. Sequías, inundaciones, incendios, terremotos, virus, ahora el Corona. Hacemos el mea culpa, algo habremos hecho, explotan las redes, golpeándose el pecho, prometiendo cambios, respirar hondo, retener, un dos tres, aflojar, vuelta a la naturaleza, práctica del yoga, del taichí, saludo al sol, vuelo del cóndor, giro de la serpiente.

Y, sin embargo, prefiero a la naturaleza vengadora que al hombre, las grandes potencias que compiten para ser la más fuerte y en eso nos arrastran e involucran en sus fechorías, armas químicas, biológicas, sus guerras última versión.

 

Sábado 28

La grieta toma nueva forma, “economía o salud”, quedate en casa o andá a trabajar. No hay fin de la grieta aun cuando el noventa por ciento apruebe las medidas y crea que estamos bien encaminados, la grieta no cede, sólo que uno de los bandos adelgaza, resta su 25% básico, pero mucho peso. Primera ola de despidos, 1.400 trabajadores, presión de los empresarios, la misma grieta con diferente máscara. Los caceroleros piden que los políticos se bajen sueldos, los empresarios negocian salarios a la baja, la mayoría quiere que esta vez le toque a los que más tienen, a los que no van a notar la diferencia, apenas una cosquilla. Salud o economía, disyuntiva falsa, no postear como opciones excluyentes, sino todo en uno: la economía al servicio de la salud y también viceversa. Los muertos no pagan –dijo alguien– pero tampoco producen, ni consumen, problema para el capital, no hay cómo mandarlos a trabajar. Alguno tendrá que ponerse, esta vez no puede zafar, algún bolsillo de los gordos tendrá que adelgazar, bolsillos rebosantes, colgados de miradas distraídas, perdidas en el horizonte, a mí señores… y el bonete quién lo tiene. O, de un tan miserable como dice el presi, que se apresura a despedir. El mismo que otrora, salvado bajo la promesa de invertir en Argentina, se fue en cambio a invertir en Usa creando los 1.500 puestos de trabajo que ahora destruye aquí. La grieta apenas se maquilla y mal, por detrás de la falsa opción se perfila la nuda nuez de la codicia. Y en los sótanos de las farmacias, escondidas, nueve mil botellas de alcohol en gel. Recuerdo tiempos de Perón, mi infancia, las fajas cerrando las cortinas de los negocios, Cerrado por agio y especulación, todavía no sabía que quería decir agio. Y ahora que le pregunté a Google… me parece que todavía no sé; creía que era algo malo, un abuso, una trampa, pero no, Google me lo cuenta como una cosa normal, beneficio que se obtiene del cambio de moneda. Qué raro, me digo, y busco y rebusco el sentido imaginado, porque de muchas palabras no sabemos el sentido, lo deducimos de sus tantos usos en una experiencia difusa que nos va llenando el casillero hasta que sin más creemos que entendemos. Al fin de tanto rascar apareció lo sobrentendido, la palabra especulación y también delito y multa. Cuatro o cinco palabras claves que explican mucha historia: agio, especulación, desabastecimiento, acaparación, historias repetidas, la Cuba de Fidel, el Chile de Allende, ahora Venezuela, y no nos podía faltar. Ojo, señores, cuando falta el papel higiénico es cosa grave, es que los poderosos hacen ola. En tiempos de Perón faltaba papel higiénico, usábamos papel de seda, potencial envoltorio de un vino artesanal, el Chinato Garda, emprendimiento fallido del abuelo Giussepe, el vino que nunca fue. Ahora son barbijos, lo que falta. Seguro de esta saldremos mejores, pero de estos, los acaparadores, los que miran para otro lado, los que se borran… qué podemos esperar.

 

Domingo 29

En Perú se exime de responsabilidad penal a militares que hieran o maten mientras patrullen las calles. ¡Peligro! Recordar el parecido, Chocobar… aplausos al asesino, el presidente lo recibe, al que mata por la espalda. Igual que a Rafael Nahuel, por la espalda siempre, y Maldonado, ahogado, “no voy a tirar a ningún gendarme por la ventana”, dice ella y se cierra el círculo, los medios, cómplices, se llaman a silencio. El neoliberalismo reprime, mata. Hoy el populismo destituye y detiene autores de abusos contra los que infringen la cuarentena. No son lo mismo, si existe la grieta por algo será, no son lo mismo, son lo contrario, el blanco y el negro. El problema no es la grieta, sino un lado de la grieta.

 

Lunes 30

Al fin, de todos los filósofos que ahora tienen algo que decir, acuerdo con Zizek: el coronavirus es como un golpe al corazón de esos que se ven en las películas… que el atacado puede seguir tomando su trago, terminando una conversación, comiendo sus bocados, pero irremediablemente caerá. Eso es lo que el Corona provocará al capitalismo, puede que no caiga ya, pero irrevocablemente caerá y vendrá un nuevo comunismo, transformado, mejor. Volverá para ser mejor.

¿O será sólo una expresión de deseos?

 

1 de abril

Mucho terrorismo verbal. Algunos hablan como si esto no fuera a terminar nunca, y entonces los humanos viviremos por siempre aislados y temerosos del otro, cultivando el caldo para autoritarismos de todo signo. Y bueno… se tiene que hacer teoría. Hay que opinar, si se es un intelectual, se tiene que opinar, lo que por cierto es muy diferente de pensar. Porque el pensar es tarea silenciosa que siempre demora en el silencio. El tal no puede hablar porque se quedó pensando, se quedó con la pregunta colgada de un hilo como el escarabajo de Sócrates. Porque él sí que sabía, sabía que no sabía, y eso lo salvaba. Sócrates, salvado por el silencio. Pero hoy todos los filósofos de moda salen a hablar y dicen su rollo, y está bien que hablen, no me niego. Pero que no estén seguros de nada, que no sentencien, que no se transformen en oráculos.

 

2 de abril

Porque… no es que yo quiera que todos estén mudos. No… si me gusta escucharlos, leerlos, y hasta les respondo, claro, desde aquí, de entrecasa, en cuarentena, pero es que se pasan, por momentos parece que son ellos los que quieren meternos miedo. Anuncian la muerte de la política, porque ya no puede nada, es el no poder, dicen. Y así el poder pasa del lado de la bio, la biopolítica, sin política, bio solamente, el virus como el alienígena de una película de terror, autor y actor de un Estado totalitario.

Pero más acá de los filósofos –porque ellos están siempre más allá– en la cercanía de lo cotidiano en los medios, los periodistas, comentaristas, los de uno de los lados, ahora lo confunden todo porque dicen que de tanto cuidar, prevenir, ocuparse, se puede caer en el autoritarismo. Que se enamoraron de la cuarentena, que de ser un medio pasó a ser un objetivo. No… ¡¡qué va!! No mezclar, no agitar las aguas para que se vuelvan turbias, que es la cantinela de siempre de los que reclaman “libertad” para hacer lo que se les cante. Que sí, necesitamos un Estado fuerte para… para poner límite, que no es lo mismo autoridad que autoritarismo, que sí hace falta autoridad, poder. Que no nos confundan, que no nos agiten las aguas.

 

3 de abril

“De todo quedaron tres cosas.

La certeza de que

estaba siempre comenzando.

La certeza de que había que seguir.

Y la certeza de que sería interrumpido antes de terminar.

 

Hacer de la interrupción un camino nuevo.

Hacer de la caída un paso de danza,

del miedo, una escalera,

del sueño, un puente, de la búsqueda…

un encuentro”.

(Fernando Pessoa)

 

Voces de cuarentena

Hoy amanecí contenta, ni sé por qué.

Tal vez de aburrida,

después de haber estado tan triste ayer

así corren los días alternando entre ánimos diversos.

 

Algunos ya están cansados de las rutinas

y se lanzan a correr por las paredes

o treparse a la azotea.

La pasé bien hoy incurriendo en charla ajena.

Conversando con voces de la radio.

Gran invento este que atraviesa la vida de los siglos.

Tantas cosas se fueron y ella en vilo.

Atendiendo la soledad de las abuelas.

No sólo ellas, tías, primas.

Y yo, que ahora la escucho por YouTube.

El aparato lo regalé la vez pasada,

pequeño, discreto, pero aún ya medio dinosaurio,

comprado en ocasión de la mudanza.

Fiel compañera en días desconectados,

pasó luego a ser objeto olvidado,

escondido en el pliegue de un sitio inalcanzable.

Hoy estoy de pie, descarto el tedio.

Mañana no sé, me gusta el elogio del ahora.

Estar bien centrada en mi meridiano

mientras digiero la soledad con esas charlas de radio

donde me erijo en testigo silencioso.

Aunque por momentos se me escapen palabras vanas

como burbujas que se deshacen sin destino.

Total, nadie me escucha.

 

4 de abril

Pero no estoy sola, comparto la cuarentena

con sus soledades y silencios, como la capa en que nos envolvemos.

Tal vez armando cada cual sus distopías

mal disimuladas en la costura de una vaga esperanza,

o estoy, de soledad común, la marca en el orillo,

la marca existencial, o sola acompañada.

 

A los 15 días de cuarentena

Ayer, un caos, abrieron los bancos, salieron todos los viejos, pasaron la noche en la calle, hicieron colas en medio de la cuarentena, nadie les dijo nada, nadie hizo nada, nadie previó, nadie corrige, un desastre. Y los viejos también son un caso, no hay quien les cambie la idea, corren a buscar su platita, nada los puede disuadir. Primero, la plata en la mano, nada de eso de “la Internet”. Hay un fetichismo de la guita en sí, contante y sonante, nada de pases mágicos por los cuales transite de un lado al otro sin tocarla, ella sucia y endemoniada. Papá ya decía que es el estiércol del diablo, puaj, asco, yo no, yo no quiero tocarla, siempre en la caja, el cajero.

La gente ya está cansada, algunos por el encierro, por no poder ir a trabajar. Después de todo eso, trabajar es un alivio, uno se las toma por unas horas, huye del hogar dulce hogar, de los chicos, “que ya no los soporto, que querés”, y ella también demandante, malhumorada, “podrías ocuparte de algo”, todo se multiplica por dos, todo menos, la alegría… el placer… yo ya me quiero rajar, familia apártate, quiero aire, que me asfixio, a ella ya no la soporto, no quiero ocuparme de nada, entendelo, no quiero. Pero tal vez no hay que generalizar, no es verdad que todos la estén pasando tan mal, hay de todo… Circula por ahí que aumentaron los pedidos de divorcio, me suena a fake news, cómo saben si los abogados están de feria y ni para saludo atienden el teléfono.

¿Y el tiempo? Es todo un tema, se ha transformado en una masa amorfa, sin contorno. Ha perdido sus límites. De pronto quiero saber dónde estoy de esa línea, del tiempo lineal como lo entendemos nosotros los occidentales, erróneamente, claro, pero es a lo que estamos acostumbrados. Dejemos lo de cíclico o espiralado, como algunos lo quieren concebir, corrigiendo un error de siglos. Me centro en lo lineal, no innovar, no en esto ahora, en que estamos tan encuarentonados. Decía que por momentos quiero saber dónde estoy del tiempo y no puedo, tengo que empezar a contar los días, y ni hablar del número, sólo quiero saber el día de la semana. Pero para qué, si todos son feriados, como una pasta homogénea, ni sé cuándo me toca lavarme la cabeza. Eso es lo tremendo, ese fluir indistinguible, ese siempre domingo, esa monotonía del alma. Y ahora que todos los pensadores vaticinan grandes cambios de paradigma, que pasará con el tiempo, habrá una revolución del tiempo que se haga cargo de estos tiempos de revolución.

Él se soñó una historia: que la cuarentena se alargaba muchos días, no sé cuántos, meses tal vez, tanto que empezamos a acostumbrarnos, y ahí ya nos bifurcamos, porque él cuenta que en su sueño, un día, el peligro desaparece y se ordena el fin de la cuarentena y la gente comienza a salir, y se arma bastante balurdo porque la gente no sabe andar y se producen muchos accidentes, al fin… no me acuerdo cómo termina, pero con el famoso remate que él cree que debe estar en todo buen cuento, así lo dijo una vez que tocó temas de confección… y así fue… hizo el remate y acompañó con una sonrisa… típico. Yo no… si se da, se da, pero no hay que forzar lo del remate y la sonrisa. A mí se me ocurrió otra cosa, digo soñé… otro desarrollo, otro desenlace. ¿Desenlace? No sé… otra cosa… pasan muchas semanas, la cuarentena se va renovando por quincenas, la gente protesta… murmura, y qué van a hacer, si no hacen nada tienen que murmurar: creo que se va a extender, hasta después de Pascua, dicen unos, o hasta fin de abril, dicen otros, los más pesimistas lanzan sus sentencias, esto va a durar muchos meses, y ahí freno, no escucho, porque el siguiente seguro va a vaticinar años, no estoy preparada. Al comienzo la gente se quejaba, no quería saber nada, el eterno pataleo, esto no puede ser, esto es un invento para tenernos encerrados. Muchos desobedecieron, se fueron a sus quintas, causaron caos. Otros se deprimieron, lloraron, se enojaron, pero como el humano es un animal de costumbres, poco a poco se fueron habituando, amansando, domesticando, y terminada la pandemia… ¿terminará algún día? No sé, pero en mi cuento o en mi sueño, sí. Y cuando por todos lados se anuncia el fin de la cuarentena… la gente no se mueve, no quiere salir, no quiere ir a trabajar, y quién va a querer ir a trabajar salvo para escaparse de la familia. Los niños se niegan a ir a la escuela, ellos también son animales de costumbres y ya se hicieron a la casa con papá y mamá, todos bien cobijados, y así todos, parece como que olvidaron el mundo de afuera, o tal vez no les interesa. Es inquietante, parece una escena de Marte, la calle vacía, el mismo cuento de Bradbury. Me acuerdo de eso, los cuentos… que los leía, no era película, pero los veía, veía las calles vacías, o la lluvia eterna de Marte. Ahora en YouTube veo a las calles vacías de Baires, de Barcelona… y me recuerda esas visiones que yo tenía mientras leía a Bradbury, ese algo inquietante de lo vacío, de la ausencia de ruido, de voces.

Él dice que desde su balcón ve a los grandes edificios mudos con todas sus ventanas iluminadas, y pensaba… allí en todos esos cuartos hay gente que se mueve, se pelea, se ofusca, todos pobres… están en cuarentena y ya no se aguantan. Yo lo envidiaba porque podía ver, yo no, estoy en un barrio sin edificios de ventanas múltiples, veo nada, sólo el parque interno. Pero hoy se me vino, otra vez, la reunión de viejas chismosas, formaron un círculo, guardando las debidas distancias, ni sé cómo se escuchaban desde tan lejos.

El tema lo abarca todo, todas las crónicas periodísticas, el tema absorbe todos los temas, una inspiración profunda y ya, se los traga toditos. Los periodistas parecen más razonables porque descansan de la grieta, entrevistan a los científicos que prometen neutralidad, modo elegante y oblicuo de equilibrar la balanza. El tema irrumpió como un río que inundó cada milímetro de los canales que afluyen o se bifurcan, ojo, río, stream, corriente, la misma palabra lo dice, una corriente que inunda, y algunos que se preguntan por qué. Y obvio, es el tema hoy de la entera humanidad.

 

Lunes 6

Y todavía más, vuelve la naturaleza en forma de agua, los peces en los ríos. Y ahora que todo se ve. Me mandaron un… no, dos, tres, cuatro videos-WhatsApp donde… los ríos renovados, los peces en el río. El Paraná se llena de surubíes, sábalos, bagres, las aguas limpias. Juguemos en el agua mientras el depredador no está, me suena como estribillo. Alguien dice: debiera haber un Corona cada tres meses. ¿Cuánto aprenderá el humano después del virus? Y si mañana salen las ratas, ahí sí que se termina la romantización de la naturaleza. Las ratas, tan asociadas a la peste, si hasta se dice que el miedo ancestral, irracional, que nos provocan –porque, ¿qué pueden hacernos esos animalitos minúsculos?– proviene de esa asociación, allá por la Edad Media, ahora registrada en nuestros genes. Me acuerdo de la película Nosferatu, las ratas corriendo por la cubierta del barco, la palabra no nombrada, el olor a peste en el aire. Pero al fin ahora los científicos nos dicen que es mentira y disculpan a las ratas. Fueron las pulgas y piojos de los humanos que trasmitieron la peste y dieron piedra libre a la Parca para que se lleve un tercio de la población de Europa. Sucios los humanos, que se bañen, que se laven la ropa, que me acuerdo en el metro de París el olor a ropa sucia. Pobres ratas… tanto tiempo calumniadas.

 

Miércoles 8 de abril

Ahora Bifo Berardi, otro más. Ya lo había dicho Foucault, que el hombre era una creación reciente, nacido entre los siglos XVIII y XIX. Por ahí no más, cuando nace la psicología, la antropología, la sociología, esas disciplinas que lo quieren escrutar, se lo radiografía, se lo penetra, se trazan sus límites, en fin, se inventa el hombre. Y ahora BB, que no es Brigitte Bardot, no confundir, mirar renglones arriba, dice que ya se termina, que ya se le acabó la hora –qué poco duró–, ya no más subjetividad, ni Historia con mayúscula, cosa muy distinta de lo que llamamos historias así no más, las que circulan en cantidad para entretenimiento de niños y mayores. Historia con mayúscula es la Historia del hombre, de la humanidad, que es lo que justamente llega a su fin, dice BB, y ojo que no es el único. El hombre ha perdido la centralidad, ahí donde lo había puesto el Renacimiento, después de tantos siglos de Dios-centro. Ya no más el agente de la evolución y del cambio, ahora su lugar lo ocupan los microrganismos, criaturas pequeñas que hacen cosas raras: atacan a los humanos, se te meten adentro y hacen destrozos, en tu cuerpo… y cuando ya te vas acostumbrando y los dominás, eso que en lenguaje sanitario se dice te inmunizás, porque no hay mal que dure cien años, zas, ahí muta y sonaste. Con estos bichos, chau la razón teleológica que, consciente y voluntariamente, traza proyectos y pretende que avanza. Chau la ilusión de libertad, la ausencia de determinismo de la que tanto alardeó el siglo iluminado. Estos bichitos no actúan en forma individual, sino que proliferan a la deriva, sin orden ni voluntad que valga. Y todas esas grandes cosas que inflaban la autoestima del animal humano, el arte, el pensamiento, la política, ya no son más que hilachas y retazos, ya no más los dibujos a gran angular de las totalidades hegelianas, apenas fragmentos, migajas, como decía Kierkegaard.

Después de 40 años de orgullo neoliberal, la pandemia frena la carrera financiera: se para la producción, la circulación, el consumo. Esto puede quebrar al capitalismo de forma irreversible. Ni hablar de inyectar dinero, la crisis no es financiera, es el colapso de los cuerpos, y el dinero ya no salva. No se puede comprar vacunas porque no existen, hay que inventarlas, una vez más se impone el valor de uso sobre el valor de cambio.

Estamos ahora frente a dos alternativas: o un Estado tecno-totalitario versión más violenta del viejo sistema, o la liberación de la actividad humana de la abstracción capitalista, fundándola en el valor de uso y las necesidades concretas, que no las obtendremos con dinero, sino con inteligencia. Esperemos la segunda, ¿pero no será una mera expresión de deseos?

 

9 de abril

Ya todos sabían de la posibilidad, en otros lados ya había comenzado, aquí todavía vírgenes, pero se lo veía venir, y claro, había que aprender de la experiencia de otros, tomar precauciones, que no nos pasara lo de Italia, y uaih… que nos parecemos. Muchos ojos de lobo teníamos clavados, algunos andaban diciendo que somos pueblos irresponsables, que nos iba a pasar lo mismo porque somos italianos vestidos de criollos, la misma sangre viciada… sangre de cuarta. Finalmente, se anunció el mismo día, o quizás el día anterior, ya no me acuerdo: el viernes comenzará la cuarentena. Se arremolinaron comentarios: de aprobación, de resistencia. A mí no me van a engañar, nos quieren tener encerrados, e ideas conspirativas, todo para dominarnos mejor: las farmacéuticas, China, el Pentágono, guerra comercial, guerra pandémica. Justo el lunes ella estaba pensando en adelantar su viaje para el jueves, por si acaso, porque se la veía venir. Pero qué, entre el pensar y el vacileo voló la oportunidad, ya estaba todo muy cantado. La vecina peor, porque la hermana tenía que volver a su tierra y se quedó varada, allá también se cerraron las fronteras. Ahora una y otra escuchan las noticias, pero caray, yo quiero escuchar lo mío, ésta que pone tan alto y con las paredes de papel. Y cuando no escucha, dale que dale con el fono, que ya le conozco todos los temas: Mamá, no entendés que no tenés que salir, yo te voy a comprar lo que necesites y te lo llevo. Pero no… ni se te ocurra, y menos al banco, no viste lo que pasó el viernes, todos los viejos, juntos, y esas colas, no viste las colas, es que ustedes los viejos son testarudos, la platita, la platita, no piensan en otra cosa. Que cuenta ni cuenta, decime a mí que te las pago online, no necesitás ir al banco, a quién se le ocurre ir al banco para pagar, solamente a vos. Paco, escuchás, te das cuenta, mamá quiere ir al banco a pagar. ¡¡¡Che!!! ¿Me escuchás? No… ¿qué decís? No, nada, está bien… Y este ni me escucha, todo el día enchufado a los auriculares, pero en este momento ni eso, está limpio, pero igual no oye, o se hace, nunca se sabrá, nunca se sabe de un hombre, tenga o no tenga auriculares. Y este otro, del otro lado las paredes de papel, parece que trabaja en casa, todo el día, habla de remitos, cuentas, débitos, muy aburrido… no vale la pena. Si en cambio hablara de planes oscuros… un crimen escondido, una sospecha… me acuerdo de la película La ventana indiscreta, otra sería la cosa, hasta podría escribir un policial.

 

Viernes 10 de abril

Esta necesidad de poner la fecha y poner también qué día de la semana, es también una exigencia del momento, para poder delimitar el tiempo, ese tiempo de siempre en domingo. Llega Pascua y ni noticias, cuatro días feriados y nada, ni nos damos cuenta, si total son todos iguales.

En esa guerra que iba ganando por goleadas lo público, ahora le tocó el turno a lo privado, el reino del oikós, la casa, ahora cada uno en lo suyo, enclaustrado, en retiro espiritual y corporal, y por ahí descubre que se puede trabajar desde casa, y acaso esa posibilidad puede abrir paso a una revolución mucho más que los revolucionarios de antaño. Habría efectos contrapuestos: buenos, porque el planeta descansaría de tanto ajetreo, campo libre para todos los animales, limpieza del aire, ausencia de ruidos. Pero la gente, la gente cómo sería, encerrados en sus casas, eliminado el cara a cara, sólo la familia que le dicen nuclear y el resto pura virtualidad… suspenso… nadie sabe.

 

11 de abril

Los filósofos siguen opinando, algunas cosas se repiten, es el tema de la difusión por la web. Antes, para saber qué opinaban, había que comprar libros y eso sucedía mucho después de los hechos. Entonces se decía que para hacer historia había que alejarse de los hechos, cuánto más alejado mejor. Después surgió un producto nuevo que se llamó “historia reciente”, el relato de lo que pasó ahicito nomás. Ahora eso ya es viejo, porque todo se comenta mientras pasa y a los filósofos no hay que ir a buscarlos a los libros, sino que están por todos lados. Sus palabras te llegan por WhatsApp, YouTube, Zoom, desde todos los rincones del mundo te llega su palabra, que ya no sé si llamarla filosofía o meramente opinión, la doxa que le decían los griegos, allá por los tiempos del nacimiento de la filosofía, porque, bien visto, el problema ya se instalaba desde entonces. ¿Porque acaso la filo no nació en la calle? En boca de los sofistas, llamados, charlatanes, y su representante Sócrates. Y tanto que se los difamó como autores de bagatelas verbales, o bien estas son palabras de Platón a través de Sócrates, que bien quería diferenciarse, mientras otros en cambio los mezclaban, todos juntos dentro de la misma bolsa. Pero en fin, son disputas de época, políticas, por supuesto. Aquí estamos en otro punto de la constelación occidental. Parece que el decir otra vez nace en la calle, perdón, en la web, y otra vez como doxa, la vieja disputa se reinstala. Se dicen filósofos, pero son doxólogos, opinólogos, que vaticinan, hacen futurología, dicen acerca de la suerte del capitalismo. O cae o se hace más fuerte, Zizek versus Yung Chul Han, el surcoreano, comunismo renovado con dosis de solidaridad comunitaria o… exacerbación del individualismo alimentado por regímenes totalitarios y estados policíacos. A quién creer, dónde adherir: duda absoluta o… resolver a través de una expresión de deseos, optimismo visceral. Y después de todo, lo de Sócrates era un método, nada más que un método, que no dice, que no sentencia, que no pontifica, el método del que sabe que no sabe, un interrogar que comienza en la duda y se queda en la duda, suspendido, expectante. Pero estos ahora que se la creen, que pontifican, no saben que no saben nada. Pero igual los leo. Está bueno que opinen.

 

12 de abril

Confieso que lo de la fecha lo sé porque tengo el almanaque aquí abajo, porque ayer ya lo había anotado y sólo había que sumarle uno. Quiero referirme a ese sueño de ayer, últimamente no son cautivantes, y si lo son no me acuerdo de nada. Pero este interesa porque provocó que me despertara, y también un alivio. Pienso en qué cosa puede ahora motivar esa sensación… ¿de bienestar? No… de menosmal. Es que yo andaba de un lado para otro, tenía que traer a casa tres cosas y en un lugar me olvido una y en otro, otra, tengo que volver a buscarlas. Bueno, se trataba de eso, de cosas con las cuales uno se tiene que juntar y andan desperdigadas por allí y acullá, qué bueno usar esa palabra, tan bizarra, que jamás pensé que usaría. Pero ojo que en el sueño no había cuarentena, porque de lo contrario qué hacía yo deambulando por la ciudad, y sin embargo sí, de eso se trataba, del temor de quedar separado de las cosas… o de las personas, eso es, las cosas y las personas. Creo que es uno de los temores más instalados, pero temor mudo o sordo que no se dibuja del todo, que está, está, pero aparece sólo en los sueños y aun así de manera velada, yo no entendía al comienzo qué quería decir. Porque en el sueño no había cuarentena, por qué entonces, la preocupación por las cosas que se olvidaron. Freud bien lo decía: que en los sueños todo está encubierto, condensado, desplazado. Y bueno, se condensó y se desplazó, ese temor de quedarse separado de los seres queridos. Ellos se acababan de casar y ella tuvo que viajar por un Congreso y zas, justo ahí que se declara la ­­cuarentena, Dios los juntó y el Corona los separó, están en China, hace tres meses y medio que esperan, se aman, se extrañan, no han tenido tiempo de pelearse, al fin bendecidos por el virus, suspendidos en el paraíso del puro deseo.

Ahí están ellas, otra vez instaladas en el parque, metro y medio de distancia, no sé cómo se oyen, viejas chismosas, pensamiento retrógrado, anclado en la queja, de los reglamentos flojos, de la falta de restricción, se confabulan para prohibir, qué es eso de estar abrazándose en la pileta, votan por la decencia y el decoro, qué es eso de tirarse a dormir en el pasto. Ellas bien sentaditas, en ronda, un metro y medio de distancia, no tienen otro tema que la queja y cuidarse, claro de la del 13 que es K y anda en los cacerolazos anotando, fichando. –No, qué va, estaba haciendo una encuesta para la UNSAM, encuesta de opinión, ellas coreaban, contestaban. Libertad… ¡libertad! ¿De qué hablarán ahora en tiempos de pandemia? Ya no de libertad, ahora estarán cautelosas, total que la bruja ya no está y a él lo respetan, por ahora, claro, es varón, machismo femenino, el peor de todos. A ella no, habla mucho… y demasiado bien, total… una soberbia.

 

Lunes 20 de abril

Acabo de leer una encuesta sobre cómo cambiaron nuestros hábitos. Nos lavamos más las manos, limpiamos la casa, no saludamos con besos y abrazos, no vamos a trabajar, hacemos gimnasia, yoga y otras vainas, meditamos, compramos cerca de casa, no vamos al super. Total, todos hacemos los mismo, decepción, no somos nada originales. Pero… tal vez no sea el momento de innovar.

Ojo, señores, ahora el tema del Corona se va encogiendo, al menos en algunos medios, tal vez sólo por un rato… y acordate… cuando te dicen que este tema no es de derecha ni de izquierda –aunque en el fondo sea verdad– el que habla es de derecha. Decía que el Corona pasa a segundo plano, se aleja de la escena, ahora prioridad es la deuda, el arreglo con los acreedores y el impuesto a las grandes fortunas. Ojo, gran boom del libro de Piketty, que habla de desigualdad, ahora está de moda, no la desigualdad, claro, que siempre fue, sino el hablar de ella, como que recién se descubre. En realidad, el libro se publicó en 2015 pero ahora se ha hecho viral, El capital en el siglo XIX, título perfecto para transformarse en boom. Ponés un punto después de capital y el resto abajo como subtítulo… y boom al cuadrado. Él habla de desigualdad, de que eso se cura con impuestos a las grandes fortunas y uhaii… aquí hablamos de lo mismo, pero no de copiones, de pura cepa, y por eso la opo en guardia, saca sus espadas y además está el tema de la deuda, se juntaron dos grosas. Parece cuestión mediática, un engrosamiento de los medios, pero no: es cenital, ideológica, por los intereses que afecta, y política también, disputa de poder, cuestión de ver quién domina la negociación, o sea, quién la tiene más larga. Y entonces también la cuestión de un medio, del que la tiene más larga. Al fin las grandes riquezas, los acreedores, los grandes medios, todos bailan confundidos en la noche donde todos los gatos son pardos. Porque… el establishment local coincide con los acreedores, ellos también tienen bonos, mismas caras tras diferentes máscaras. Luego el corro de los voceros, de los medios concentrados que ya vuelven a la carga, algunos enardecidos, puro payaso, otros alturados, buenos simuladores que saben esconder la hilacha. Ella los obsesiona: si habla mucho, si calla, si está celosa y maquina un autogolpe. El tema ahora es el silencio de la reina, es el tema que disimula los temas y luego también, que él no tiene programa económico y que ya se equivocó dos veces. Ella siempre es tema atesorado cuando hace falta distraer o atizar el fuego para arremeter.

Y la tregua duró… lo que duran dos cubos de hielo en un vaso de ron.

 

Mismo lunes

Emilse se erige en conductora de ese caos doméstico. El hijo adolescente, siempre con ese aire de recién levantado y también la cabeza clavada en el celu. No podés estar todo el día de vago, abrí los libros, fíjate qué te mandaron del cole, tus clases virtuales, llevás atraso de dos días. Pero nunca sabrá si él la escucha. No, Carla, adiviná por qué me armo con una lista de actividades y horarios. Pensá… todas estas cosas que hacemos para sobrevivir, tareas postergadas, rutinas, son nuestra tabla de salvación. Estamos como los presos… una vez me contaron cómo tienen que organizar la jornada para hacer tolerable la estadía, para no perecer en esa masa informe de las horas y los días. Todo no es más que una batalla contra el tiempo que se nos diluye en la marea de lo siempre igual, lo sin límites, ahí está la cama como serpiente tentadora que quiere comprarnos el alma. A los presos les pasa como a nosotros o a nosotros como a ellos. Claro, si estamos presos. La cosa es diferenciar una hora de la otra, si no es como si nos tragara esa baba viscosa del tiempo. En cierto momento Hamlet dice que el tiempo está desquiciado, algo me suena, pero no, en verdad los que estamos fuera de quicio somos nosotros, el tiempo está ahí indiferente, no le importa nada, algunos dicen que no existe, que es una ilusión, algo que inventamos para ordenarnos un poco. Eso es precisamente lo que pienso en estos tiempos de cuarentena, que tenemos que ordenarnos. Pero borro lo de los presos, porque escuché a Mujica que sí estuvo preso de verdad, sobre la pregunta retonta del periodista sobre sus años de prisión: “no se compara, no se compara”, respondía. A quién se le va a ocurrir comparar este estar en cuarentena cobijadito en casa, con estar en la cárcel.

 

Martes 21

Ayer estalló el tema de los viejos, que no podían salir sin permiso, que tenían que llamar por teléfono. Un coro de voces se levantó contra la medida: no es protección, es discriminación, es que los viejos les molestan. Es como volver a la infancia –acotó Eulogia, trepada a la escalera para acomodar en el placard un valijón de esos– cuando se nos prohibía salir a la calle, para protegernos también… ¿de qué? De los amigos, los juegos, en fin, de la vida. Por suerte era sólo para Capital y tuvo que darse marcha atrás. Pero mientras tanto, qué quilombo. Caraduras son, pensar que hace unos días programaban aumentar la edad jubilatoria para hacernos laburar más y hoy nos quieren confinar en la casa, nos tratan como infantes. ¡Heii!! No se olviden –agregaron otras voces al unísono– que los viejos de hoy éramos los jóvenes de los 70, no les va a ser fácil dominarnos. Y entonces salieron a la calle con sus pancartas y canciones, recordando aquellos tiempos, y todo tuvo que volver a su cauce, marcha atrás y perdón señores, en la antigua Grecia los viejos eran los sabios, los asesores, consultados como oráculos. Qué tiempos estos, señor, nos tratan como niños, nos arrinconan como objetos en desuso. Cuál y cómo habrá sido el minuto exacto de la reversión.

 

Viernes 24

Leo a Preciado, Paul o Beatriz, en ese plato de extraña mezcla, Sopa de Wuhan. Pienso en Foucault que tanto se avocó a la genealogía husmeando en las formas de disciplinar –tecnologías de control de los cuerpos, las llamaba– en aquellos tiempos en que acuñó el término de biopolítica. Preciado descarta versiones conspirativas que ven el virus como una invención de laboratorio, aunque observa que de algún modo replica nuestro actuar al extender por doquier una particular forma de dominación biopolítica. El cuerpo y la subjetividad ya no son regulados por las instituciones disciplinarias –escuela, fábrica, hospital– sino a través de tecnologías digitales de transmisión e información. Las epidemias, por su recurso al estado de excepción, son un laboratorio de innovación social que puede llegar a reconfigurar las tecnologías de poder: del tradicional confinamiento en casa al armado de un Estado ciberautoritario. Teléfonos y tarjetas de crédito devienen instrumentos de vigilancia. Se crea una nueva subjetividad. El sujeto de la cibersociedad tecno-patriarcal, neocolonial, no tiene manos, ni piel, no toca monedas, no habla en directo, deja mensajes de voz, no se reúne, es radicalmente individuo. No tiene rostro, sólo máscaras: la del correo electrónico, la de Facebook, la de Instagram. No es persona física –recordemos todo lo que significaba ser persona en tiempos de Kierkegaard, cuando en ello se le iba la vida– sino un consumidor digital, un código, una cuenta bancaria. El nuevo centro de control biopolítico es ahora el domicilio personal y las máquinas nuestros carceleros. Finalmente, Preciado termina con lo que todos queremos escuchar, un repicar de la alternativa entre sumisión o mutación. Esta situación de pandemia puede derivar en tragedia u oportunidad, se impone un giro radical. Crear una comunidad basada no en la separación, sino en la comprensión de lo común, un parlamento universal de los cuerpos que ponga en marcha la cooperación planetaria. También nosotros debemos mutar, pero hagámoslo soberanamente, por propia iniciativa, según nuestra propia utopía. Los gobiernos llaman al encierro y al trabajo remoto. Respondamos, nosotros, desconectándonos, haciendo black out –dice Preciado.

Y agrego yo, para después de la cuarentena, claro, cuando volvamos para ser mejores humanos, ojo con bajar la cortina: desconectemos los cables, pero reconectemos los cuerpos y hagamos sitio para nuestros hermanos los animales, demos descanso al planeta, aire al aire que respiro. Ojo con las alertas, que la Tierra nos ha enviado una para que nos demos cuenta, ese bichito que no se ve, pero hace de las suyas y tiene a todo el mundo en vilo, encerrado, temeroso. Ese bichito que desde la invisibilidad advierte y llama a dar un salto. Si queremos sobrevivir modelemos una nueva civilización que al modo heideggeriano cobije bajo su manto a todos los seres que habitan esta Tierra, humanos, animales, vegetales y el medio en que se mueven. Una humanidad que se baje de su pedestal de dominio y abandone la “furia del solicitar”, dando paso a ese sentimiento piadoso de “dejar ser”, y estar abierto a la espera del acaecer.

 

Sábado 25

Dialoguitos por WhatsApp: –Hola, Maia, por fin te encuentro, ¡las veces que te llamé! –Estaba ocupada, pero te dejé un mensaje. –Bueno, yo quería hablar en directo… quería comentarte… te hice caso, no fui al banco, intenté hacer la transferencia desde casa. –¡Ah! Qué bueno, mamá, qué bueno que entendiste. –Pero no pude. –Cómo que no pudiste, por homebanking tenías que hacerla. –Sí, ya sé, por homebanking, siempre la hago por ahí. El “banco en la casa”, no entiendo por qué me lo tienen que poner en inglés. –Y entonces… –Nada, que cuando es un destino por primera vez hay que ir al cajero o hacerlo por una aplicación. –Y… bajate la aplicación, decile a Flore que te ayude. –No, ya me la bajé. –Y… –Nada, que no se puede, se necesita un código que te lo da el cajero, o sea que siempre hay que ir al cajero. –Ay, no sé, mamá, hablá con el banco. –Ya hablé, llamé a la central que me mandó a la zonal, y ésta a la sucursal, donde nunca saben nada y de vuelta a la zonal, que les llama la atención y entonces, de la sucursal, responden. –¿Y…? –Me manda al cajero. –No, ni sueñes en salir, mandala a Flore. –Ya la mandé, le dijeron que tenía que traer el código de la casa. –Bueno, qué querés, mamá, no pagues nada, qué le vas a hacer si te la hacen tan difícil.

Libertad. Reapareció la libertad, no la cosa candente –que no puede, porque en verdad no es más que un concepto, y encima abstracto, del que poco sabemos, porque de tan abstracto da para todo– sino la palabra nuda, “libertad”, esa que fue bandera de las cacerolas, y las señoras no sabían realmente el para qué, pero repetían y repetían. Alguno o alguna por ahí se deschavó y dijo “para comprar dólares”, eran las cacerolas de entonces, las del otro populismo, muy ligadas al verde y al cepo. Me acuerdo de esa frase de Perón de sus primeros tiempos: “Quién alguna vez vio un dólar”, tenía razón, por ese entonces nadie lo conocía y menos aún lo añoraba. Pero ahora… ¿la libertad para qué? Importante lo del para, me acuerdo también de esas lecturas de los comienzos de la universidad, Erich Fromm, la “libertad de” y la “libertad para”. De la primera, ya sabemos, contra la esclavitud, el coloniaje, la opresión de los pueblos, cosas de los sesenta y los setenta, luchas de liberación de distinto tono y tinte. Acá nos interesa el para. Repaso la declaración de la Fundación internacional para la libertad, antes se llamaba “Pensar”: se ve que se avergonzaron de lo pretencioso. Firman Macri, Vargas Llosa y varios otros de la colección… Apenas rasco ya asoma el “para” de esa libertad que no encuentra cómo maquillarse: combatir el populismo, el Estado interventor, nuevas formas de autoritarismo que no permiten durante la pandemia, en libertad, despedir, acaparar, aumentar precios y mandar a los vagos a trabajar, para que produzcan, carajo, y seguir acumulando. Libertad para la fuga, las offshore, para los mercados, para no liquidar granos y presionar para la suba del dólar. ¿Y para qué otras de esas tantas fechorías? Y… romper la cuarentena, que mueran los que tengan que morir y chau.

Dialoguitos por WhatsApp. –Hola, Romi. –Hola, qué contás, cómo va la cuaren. –Y, ahí… Ya no me banco nada. Ahora los chicos duermen, por fin, estoy tratando que lo hagan más temprano, porque qué querés, todo el día encerrados en un depto no va, ya no sé qué inventarles. –¿Y Julio? –Julio nada, como bocina de avión, ahora se fue a dar una vuelta, dos o tres veces al día se las toma. Yo al comienzo le reclamaba, pero ya no, la verdad prefiero que se vaya, total no hace nada y todo el día con la cantinela. ¡¡Ay!! Yo no puedo, necesito aire… aire please, y zas, se las toma. Decime para qué sirve, mejor que se vaya, cuando cierra la puerta es un alivio.

 

Miércoles 29

Alerta de último momento. El servicio de pronóstico sanitario anuncia: sensible aumento de riesgo populista, y pico para mediados de mayo, mechado ahora con brotes de terrorismo comunista, plan secreto orquestado por ella y su delfín para liberar presos y organizarlos en comandos armados para atacar al capital, como dice la marchita.

Ya se venía pensando desde antes, aún antes de la pandemia, un plan estratégico para no pagar la deuda, salirse del Mercosur, cerrar las fronteras, fundir a la Argentina. Luego, comprar las empresas por nada, o nomás expropiarlas. Van a venir –dicen– por el sector agropecuario, que es el último en caer, y poco a poco va a haber más pobres. Que, pobres… ellos están acostumbrados y no se dan cuenta. Porque a los del plan no les importa la pobreza, al contrario, quieren generalizarla para luego manejarlos a su antojo según el modelo Cuba o Venezuela. Esta movida se completa con la liberación masiva de los presos que luego recluta el ejército para formar patrullas que amenazan a los jueces… y te van a quitar el capital. Impresionante la ideologización del asunto, te hablan del capitalismo que no supo responder al coronavirus. Y frente a esto, la oposición no tiene espalda porque no la dejan actuar, claro, porque perdimos los votos y nadie nos cree un carajo. No es joda.

 

25 de mayo

El sol del 25 pasó desapercibido, a más que estuvo nublado, apenas nos hizo un guiño. Total que aquel 25 llovía, lo vimos en los cuadros, que todavía no existía la fotografía, ni hablemos del cine. De repente pasa que algo no se puede porque es feriado. Pero… de qué feriado me hablan, que todos los días iguales, todos domingo… Aunque en algún momento me acordé que era el aniversario de mamá, aniversario falseado por obra del padre, italiano él, pero con fervor argentino, que trucó la fecha para hacerla pasar por hija de la patria. Y como el tiempo está desquiciado, como decía Hamlet, se nos terminó la línea recta y el telos. Ani me sugería esta mañana como modo de abordar la cuarentena: hacé planes para cuando termine. ¡¡Nooo…!! Planes para el futuro no, no sabemos nada del futuro, la cosa es el presente, el ahora, el poder del ahora, como dice el título del libro. Qué hacemos en lo largo y lo ancho del día… nos armamos de rutinas, pero también nos abrimos a la mudanza, mudanza de cuerpo y de alma contra la víbora de la repetición. Tan fácil es entre cuatro paredes caer en los vicios circulares, en el volver de las letanías. Mejor ensayar diferentes vestidos, hacer del otro. No, no puedo, no soy actor, haré el ridículo, eso requiere largos ensayos y provocará muchos disgustos, a nadie le gusta saber cómo lo ve el otro, siempre saldremos perdiendo. Mejor que todo sea íntimo personal. Relación entre el ahora y el no esencialismo: no somos esto o aquello, ni materia inerte, ni un en sí hecho escarcha; somos fluidos, líquidos, vida fluyente nos estamos haciendo, de ahí la importancia del ahora. Una manera también de eludir la repetición, que el otro no nos vea anclados.

 

Jueves 30 de mayo

Aquí todavía en cuarentena, pero mi imaginación avanza a pasos más rápidos de esta realidad de aldea global. El cuento que nació de un sueño que nació de un contrasueño y que todavía no está contado, va tomando forma, haciendo de este diario también un diario para un cuento, confeso plagio de Cortázar. Ya le tengo la armadura y el ritmo, pero no sé si será parido, estas son simplemente las notas.

Aquel día, después de varios meses, cuando se anuncia el fin de la cuarentena, no de la pandemia, sólo de la cuarentena que es lo único que podemos administrar, es domingo, se dan explicaciones: se habla de una nueva etapa, avanzar de a poco, apertura progresiva, comenzará el lunes. Pero llega el lunes y la gente no sale, abren los negocios, pero nadie llega, sólo el dueño, sentado a la puerta, se ha arrimado una plegable, juega un solitario. Los medios comentan, se interrogan, no saben qué decir, hay un silencio sospechoso, una actitud turbia, oscura. ¡Esa prescindencia…! Pero como los medios son los medios y tienen que opinar, se arriesgan, buscan y buscan, algo tiene que salir. ¿Quién tendrá el as de copas? Del lado de allá llaman a sus opinólogos de confianza, que no tienen ninguna pista, pero sí suficiente fantasía para armar sus cuadros conspirativos. Todo forma parte de un plan de la Cámpora para despistarnos, las fuerzas rebeldes agazapadas en sus casas esperan la voz de mando para salir a las calles y atacar al capital.

Pero la realidad es otra: la realización del sueño, del que hablaba más arriba, sueño o vigilia, no importa, el umbral es mínimo. Pasa que el humano es un ser de costumbres, y de tanto encierro ya no sabe vivir de otra manera. No es por miedo que no sale, o tal vez sí, pero no sólo, es que le falla la experiencia, el cómo, el saber estar fuera, pasaron muchos meses, aunque no se lo haya olvidado del todo, y ahí le agarra la duda. No sé cómo explicarte, no la duda de Descartes, que dudaba de todo. Eso no era más que ficción para convencerse de que pensaba y por lo tanto existía. Acá es otra cosa, te agarra la angustia que no tiene objeto y por eso no hay dónde reclamarle, Qué es, no sé… un sentimiento de estar arrojado ahí, sin que nada te sostenga. ¿Miedo? No, tampoco… de qué voy a tener miedo… de que me pise un coche… No es eso, tampoco por el virus. Cómo te explico… porque la angustia es vaga, no se explica, es como la náusea… no más una sensación corporal… ardor metafísico, no sé… es raro. Como si al salir a la calle me cayera la pregunta: para qué salgo… adónde voy… No es miedo, más bien duda que se va expandiendo y termina en angustia. Es grave, te imaginás salir y no saber para qué. En cualquier momento la pregunta se te transforma y caés en el karma cartesiano. ¿Soy realmente? ¿Existo? Y ahí sonaste, es un pozo del que no es fácil levantarse, por eso mejor que no te caiga la pregunta. Te la hago más fácil, acordate… Sabina… ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿De quién es esta vida? Insulsa y repetida, la piensa él, pero ni es tampoco eso, no se trata de condenar la repetición. Me acuerdo de Loli que decía: qué tiene de malo la rutina, me llevo bien con la rutina, y en parte tenía razón, pero se trata de otra cosa, esa sensación de estar en dirección prohibida… en callejón sin salida. En la filosofía como en la canción popular, el mismo resultado, la falta de sentido, el estar ahí arrojado, sin fundamento, sin que nadie te justifique, como un error de la naturaleza, ella que alardea de que nunca se equivoca… Qué estoy haciendo aquí, de quién es esta vida.

Es por eso que ahora ya no quieren salir, total qué va, si ya pasaron meses y meses en casa. Y como te decía, el humano es ser de costumbres –rutina básica que le dicen– que sabe de adaptación, por eso ya hizo unos cuantos toques por el que su vida se engarzó en otros rieles y ahora… ahora ni sueñes con revertir, que ya se siente nuevamente acunado –zona de confort–, no va a volver a arriesgarse, por eso se queda en casa.

A mí que no me vengan… tanto que machacaron con el quedate en casa… y ahora me cambian el casete. Yo no voy a laburar, al principio quería, pero ya hice unos arreglos y todo joya, no me muevo, y andá a decirle a los chicos que vayan al colegio. Papá no molestes, ya te dije, no voy a ir al cole. Pero no querés ver a tus amigos, para qué si ahora nos vemos por zoom, no te imaginás todas las formas que inventamos para vernos, hablar, jugar. Pero no es lo mismo, el cara a cara… es otra cosa. Por qué no va a ser lo mismo, vos no sabés nada papá, mejor andá a tomar mate y no molestes que estamos por ganar el campeonato.

Pero esto no es más que el cuento, y ni tanto, el diario para un cuento que no se parió, que está ahí, en la olla, cocinado a fuego lento, fallido tal vez, una mera idea que no encuentra la forma. La realidad es otra, entramos a la cuarta etapa, no pasaron tantos meses. Luego ya se verá, la naturaleza, que es sabia, dirá. Ojalá que sea a favor de darle tregua, parar la furia del demandar, la locura del gastar, del consumir, contaminar. Que los peces se hagan visibles, que los animales se apropien de las ciudades, que los humanos se hagan más salvajes, menos civilizados, que todo sea un canto a la madre tierra, a los mares, las montañas, los bosques.

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