Reflexiones en torno a la corrupción: la consustancialidad de la corrupción en el modelo neoliberal de sociedad

Julio C. Suárez

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Abordar el tratamiento de la corrupción implica en primer lugar el desafío de optar por alguna de las múltiples aproximaciones que podemos realizar, por cuanto estamos frente a un fenómeno que ha pervivido a través de los siglos y que no hace diferencia entre los países del norte y del sur, desarrollados o subdesarrollados, democráticos o autocráticos, de matriz neoliberal, socialista o nacional popular. La corrupción es una manifestación globalizada, con intensidades diversas y comprende –como veremos– distintos ámbitos de la vida en sociedad.

Estas reflexiones que formulamos las presentaremos en cuatro entregas. En esta, la primera de ellas, nos proponemos compartir algunas consideraciones en torno al neoliberalismo, que produce y reproduce una sociedad que paradojalmente no asocia, sino que desvincula, dando primacía a un individualismo altamente competitivo, disparador y multiplicador de una corrupción que entendemos como estructural o consustancial al modelo de sociedad que ofrece.

Para indagar sobre la cuestión de la corrupción en el proceso neoliberal, inicialmente nos valdremos del marco teórico que nos proveen Alfredo y Eric Calcagno, quienes, siguiendo la corriente filosófica inspirada en Blaise Pascal y continuada por André Comte-Sponville, sostendrán que la estructuración de la sociedad se hace en base a “órdenes” –entendidos como niveles que clasifican a las actividades humanas, según su finalidad– en los cuales se desenvuelve la vida humana. Si esos órdenes se ponderaran desde el punto de vista de los valores, tendríamos que considerar como primero el ético, que se vincula al sentido de la vida, a cómo vivir, al amor. El segundo orden es el moral, que plantea el problema del bien y del mal, lo permitido y lo prohibido, lo legítimo y lo ilegítimo, y se dirige a la conciencia de cada uno, al deber ser. “Es moral todo lo que se hace por el deber ser y ético todo lo que se hace por amor”. El tercer orden, el político, se relaciona a la cuestión del poder, a su obtención, su conservación y su circulación. Y el cuarto, el económico –ámbito del mercado–, está referido a las actividades humanas que buscan generar, reproducir y absorber la mayor cantidad de riqueza.

El sentido que se le da a los órdenes no se vincula a la cuestión de la pertenencia de las personas a estamentos, castas o clases sociales determinadas. Más aún, una persona puede pertenecer a todos los órdenes en paralelo: un padre que quiere darle lo mejor que está a su alcance a su hijo actúa en el orden del amor, pero también puede realizar con probidad y compromiso su trabajo, participando así del orden moral. Puede ser que forme parte de algún partido u organización política en el que quiera acumular la mayor cantidad posible de poder y, por otra parte, perseguir la obtención de la mayor cantidad de dinero que le sea posible, accionando así en los otros dos órdenes.

Cada uno de estos órdenes tiene su propia naturaleza, sus propias pautas, sus particularidades comunicativas, sus propias guías y, por ende, su propia creación de sentido, vitalizando la sociedad desde sus respectivos puntos de vista. Pero no tienen sus propios límites internos, no se autolimitan. Así, por ejemplo, el orden político hará todo lo viable para disponer del mayor poder posible, puede invadir el orden moral: el “por algo será” –utilizado como justificación para la desaparición de miles de compatriotas– durante el Proceso de Reorganización Nacional era la clara manifestación de que los objetivos políticos soslayaban toda justificación moral. Hoy, ante la marginación que afecta a grandes sectores de la sociedad, volvemos a escuchar “por algo será”: “porque los excluidos no se capacitaron, no terminaron el nivel medio escolar, no aprendieron idiomas, no se adaptaron a las nuevas tecnologías, etcétera”. Por su parte, en el orden económico se buscará maximizar las ganancias, recurriendo a cualquier explotación, estafa o depredación del medioambiente. Esto porque no es posible que un orden funcione con las pautas y guías de otro orden –no nos imaginamos a un grupo inversor financiero operando en el mercado en pos del bienestar general y en desmedro de su ganancia. También resulta inverosímil la invitación a empresarios a invertir en sus empresas a favor del desarrollo nacional, cuando la renta financiera que se puede obtener con las LELIQs resulta tan jugosa.

Claramente esta situación descontrolada de cada orden dificulta la vida en sociedad, cristaliza aquello del “hombre lobo del hombre”. Pero estos órdenes también coexisten, se relacionan, se afectan mutuamente, por lo que el límite a cada uno de ellos debe provenir desde el exterior: el orden superior –desde el punto de vista de los valores– debe ponerle límites al inferior –por ejemplo, el moral exigiendo al político el respeto de los derechos humanos, o el político prohibiendo que por razones económicas se recurra al fraude o al tráfico de estupefacientes para acrecentar ganancias (Calcagno y Calcagno, 2000).

Aquí llegamos al centro del problema. En el neoliberalismo, el orden económico no reconoce los límites que intentan aplicarle los otros órdenes, por lo que busca imponer su propia naturaleza, sus propias pautas, sus propias guías al resto. En el neoliberalismo, el orden económico imprime sus métodos a los otros niveles, generaliza las lógicas de mercado en todo el tejido social, todo se desmenuza a través de la zaranda de la oferta y la demanda. Foucault expresará que esta generalización “en cierto modo absoluta, ilimitada, de la forma de mercado, entraña una serie de consecuencias”. Entonces, el amor –orden ético– que moviliza a la madre o al padre en relación con sus hijos y se enfatiza en el tiempo que pasan con ellos, en los cuidados que les brindan, en la alimentación y protección de la salud, en la provisión de la educación, pasa a ser, en el neoliberalismo, una inversión. Volvemos a Foucault: “¿Qué va a construir esa inversión? Un capital humano, el capital humano del niño que producirá una renta. ¿Y que será esa renta? El salario del niño cuando se haya convertido en adulto. Y para la madre, ¿cuál será la renta? […] Una renta síquica, que consiste en la satisfacción que experimenta al cuidar el niño. Es posible analizar en términos de inversión, de costo del capital, de ganancia del capital invertido, de ganancia económica y ganancia psicológica, toda esa relación”, visión fácilmente trasladable a todos los tipos de relaciones interpersonales (Foucault, 2007).

El orden moral también es penetrado por esta lógica. Dimensiones morales que deben ser decisivas para la marcha de la sociedad, como la solidaridad, la preocupación de unos por los otros, el altruismo, el respeto, la tolerancia, la cooperación, se hallan también atravesados por mecanismos, procedimientos y rutinas económicas que redefinen valoraciones y desembocan en la prevalencia del individualismo, la indiferencia frente al destino del prójimo, la falta de responsabilidad colectiva, el desinterés por el bienestar general, la búsqueda del enriquecimiento personal como locus del deber ser. Impera la desvinculación.

Se produce una descolectivización por la pérdida de soportes y estructuras colectivos que configuran parte de la identidad de las personas y que son las únicas capaces de resistir a la lógica del “mercado puro”. Y también traspasa y banaliza el orden político. La heterogeneidad social, cristalizada en la presencia de un alto grado de tensiones, divergencias y conflictos entre actores individuales, sectoriales y corporativos que buscan satisfacer sus propias demandas o intereses, tiene en la política el instrumento mediador. Una herramienta que permite, por una parte, mediar entre esos intereses contrapuestos, pero también permite alcanzar la mayor satisfacción posible de las demandas sociales. La irrupción de la racionalidad técnica-económica, lo primero que hace es objetar el orden político, trastoca la naturaleza del mismo, por lo que medios como el equilibrio fiscal o de balanza comercial, desregulación, fijación de tasas de interés, de tipo de cambio o privatizaciones pasan a ser fines en sí mismos y sustituyen, por ejemplo, los del bienestar general, empleo, desarrollo integral y justicia social. Se privilegian los resultados económicos por sobre los objetivos políticos. No sorprende entonces que programas sociales –por ejemplo, para la discapacidad, para personas en situación de vulnerabilidad, para desempleados– pasen a ser evaluados con parámetros económicos y, por ende, reprochados como excesos, inutilidades o derroche de gasto y, en consecuencia, suprimidos. La voracidad ilimitada por la rentabilidad instrumentaliza la política para obtener ganancias. Así, el coro neoliberal se expande en toda la sociedad y “canta loas al libre comercio y a las fuerzas del mercado irrestrictas, considerándolos el estado natural de la humanidad, […] imponen la idea de que la liberación de los capitales y de las finanzas […] no representan una elección política entre muchas, sino la única razonable” (Bauman, 2001).

Se esmerila el contrato social y se fortalecen contratos interpersonales, se propugnan formas de vinculación más individuales y menos sólidas. En otras palabras, entramos a un proceso de individualización de lo social donde hay que competir y rivalizar a como dé lugar. La disputa entre explotadores y explotados, o entre empresarios y trabajadores, va perdiendo vigor frente a la díada vencedores-vencidos. Es así que Alemán expresará que “en el siglo XXI ha surgido un nuevo tipo de subjetividad neoliberal […] el empresario de sí mismo. No alguien que tiene una empresa, sino que gestiona su propia vida como un empresario de sí mismo, como alguien que está todo el tiempo, desde su propia relación consigo mismo y en su relación con los otros, concibiendo, gestionando, organizando su vida como una empresa de rendimiento” (Alemán, 2016), imposibilitando la consecución de objetivos de naturaleza colectiva.

El trabajador que entendemos en términos colectivos cede su lugar al emprendedor individual neoliberal. El “hombre emprendedor” que vence es premiado y recompensado y el “hombre emprendedor” perdedor se queda sin nada. De esta manera, se reproduce y sostiene la desigualdad que el discurso neoliberal individualista denomina como “logro”. No ve en el resultado de esa competencia despiadada una producción de desigualdad, sino una asignación de recompensas legítimas (Therborn, 2015). Del otro lado, los vencidos no aprovecharon su oportunidad, se dejaron estar, tuvieron las posibilidades y las desaprovecharon, son los propios responsables de sus fracasos, de su nulidad (Dubet, 2014). De este modo, las epidemias de depresión, el consumo adictivo de fármacos, el sentimiento de estar en falta, de no dar la talla, la asunción de la derrota como un problema personal, exponen como una debilidad individual lo que en realidad es un hecho estructural del sistema de dominación neoliberal (Alemán, 2016).

La difusión permanente de la imagen de los excluidos, los marginados, los desposeídos, los indigentes, es decir, los perdedores del modelo, desempeña un papel atemorizador y a la vez disuasivo, ya que los ganadores –bajo el influjo del miedo de caer en esa situación– no solo se paralizan frente a la posibilidad de cambiar lo existente, sino que se les dificulta imaginar un mundo diferente.

En la sociedad neoliberal de la competencia ilimitada, donde siempre se está frente a la línea de largada, los actores procuran quedar del lado de los vencedores, de satisfacer sus propios intereses. De allí que no tarda en aparecer el desvío, la trampa, el salteo de normas, la corrupción en los más diversos espacios de socialización.

El neoliberalismo, al cimentar la sociedad sobre valores que priorizan la competitividad y el afán de éxito individual por sobre los de solidaridad colectiva, es decir, al hacer prevalecer el bienestar individual por sobre el bienestar común, abre la puerta a una serie de prácticas que tienen como objetivos primigenios: vencer y poseer. Así, la corrupción no tarda en constituirse en uno de los pertrechos más contundentes a la hora de lograr imponerse en cualquier ámbito social.

En definitiva, no soslayamos la presencia añeja de actos de corrupción en la sociedad, ni su capacidad de mutación y adaptación, ni las diversas características que ha adquirido, ni su extensión global, pero sucede que, con el neoliberalismo, la misma se ha insertado en las estructuras fundantes de la comunidad, en sus soportes de valores y, por ello, su mayor propensión a diseminarse. El neoliberalismo, al privilegiar el provecho material individual ilimitado, abre la caja de Pandora y la corrupción no tarda en asomar y expandirse.

De esta manera, la prevalencia del individualismo y la consiguiente neutralización y debilitamiento de lo colectivo estimulan la permeabilidad de la corrupción en las diversas manifestaciones de la vida en sociedad. Esto nos lleva a dos interrogantes: ¿Por qué –a pesar de lo expuesto– el neoliberalismo se apropia del discurso de la transparencia? ¿Y cómo es que en el neoliberalismo la corrupción aparece en los distintos ámbitos en que desarrollamos nuestra vida en sociedad? Respecto al primer interrogante, esta estructuralidad o consustancialidad de la corrupción que trae aparejada la sociedad neoliberal a la que nos hemos referido, siempre logra disiparse a través del desvío de la atención que el mismo discurso neoliberal logra imponer. No niega la existencia de la misma, solo que, obviamente, no se reconoce como su catalizador.

Esa centralidad que la transparencia y la lucha contra la corrupción ganan en el discurso neoliberal no tiene anclaje en un reconocimiento de la corrupción como consecuencia consustancial de una sociedad que tiene al mercado como principal agente de la organización social. Tampoco ese reconocimiento procede de la necesidad de exponerla, de iluminarla, con el fin de combatirla. La explicación a dicha centralidad debe hallarse principalmente en tres razones: la primera de ellas es cargar las culpas en el sistema político, en la dirigencia política como la portadora de conductas inconcebibles, carentes de escrúpulos y valores. Se instala en la sociedad una fuerte corriente de despolitización y un discurso negativo hacia la política. Una segunda razón consiste en que a través de su invocación permanente se deslegitima cualquier tipo de intervención estatal, que pasa a ser un “aguantadero” de corruptos y el principal obstáculo al desarrollo. El neoliberalismo logra de esta manera que su visión de la corrupción sea aceptada por amplias franjas de la sociedad, de la academia y de la misma dirigencia política y ampliamente diseminada por los medios masivos de comunicación (Suárez, 2018). Y esto da lugar a la tercera razón de la centralidad: se desprende entonces que la mejor forma de combatirla es minimizando la intervención del Estado, el que solo debe asegurar el funcionamiento del libre mercado y la proposición de que para ello son los técnicos, librados de todo ropaje político, quienes deben tomar las decisiones (Astarita, 2015). Claramente, el ideal al que se aspira es que directamente el sector privado tome las decisiones públicas.

Todas estas argumentaciones que decoran la superficie logran ocultar a los verdaderos beneficiarios del modelo: los personeros del neoliberalismo que, como las sombras chinescas, no muestran las manos, pero cuyos movimientos deducimos a través del velo.

Esta forma de visualizar el problema no implica obviar la presencia inquietante de la corrupción en la etapa nacional popular, pero sí permite observar la consustancialidad entre neoliberalismo y corrupción. Esta constituye un engranaje más de un modelo que persigue la ilusión de mercado total, y en ese itinerario va impulsando y promoviendo la competencia y el afán de éxito individual, a costa de lo que sea y de quien sea, generando a la par las condiciones de reproducción de la corrupción. No asombra entonces que prácticas como el lavado de dinero, la fuga de capitales, la especulación financiera o la proliferación de paraísos fiscales se hayan extendido y globalizado, a medida que se fue consolidando el neoliberalismo.

En relación al segundo interrogante: ¿cómo es que en el neoliberalismo la corrupción aparece en los distintos ámbitos en que desarrollamos nuestra vida en sociedad? ¿No era que los corruptos son sólo los políticos? Más aún, ¿no son sólo los políticos peronistas los corruptos? Continuará…

 

Bibliografía

Alemán J (2016): Horizontes neoliberales en la subjetividad. Buenos Aires, Grama.

Astarita M (2015): “Los usos políticos de la corrupción en la Argentina. Una perspectiva histórica”. Espectros, 1.

Bauman Z (2001): En busca de la política. Buenos Aires, FCE.

Calcagno AE y E Calcagno (2000): En la encrucijada del neoliberalismo. Retos, opciones y respuestas. Madrid, IEPALA.

Dubet F (2014): Repensar la Justicia Social. Contra el mito de la igualdad de oportunidades. Buenos Aires, Siglo XXI.

Foucault M (2007): Nacimiento de la Biopolítica. Buenos Aires, FCE.

Suárez JC (2018): ¿Qué corrupción? 11 vetas sugerentes para indagar. Córdoba, El Galeón.

Therborn G (2015): Los campos de exterminio de la desigualdad. Buenos Aires, FCE.

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