Los avatares del lazo entre la salud mental y el trabajo en el contexto neoliberal

Jorgelina Beatriz Farré

Preliminares de una lectura psicosocial: un campo de intervenciones para el psicoanálisis

Los autores de referencia que describen y analizan las implicancias entre el neoliberalismo, la salud mental y el trabajo afirman que el psicoanálisis no puede disociarse del contexto sociocultural en el que se lo practica, y que las ciencias sociales a su vez no pueden excluir de su mirada las determinaciones subjetivas en juego para abordar el malestar sociocultural actual (Carlisky, 2018; Alemán, 2016; Dejours, 2000).

Es sabido que en todo contexto socioeconómico y político actual globalizado existe una preponderancia de las reglas del mercado por sobre el Estado de Derecho, a partir de una voluntad de reconfigurar y reestructurar el mundo del trabajo dentro del proceso de restauración neoliberal. Con ello, en el escenario de la vida cotidiana se reactualizan reformas laborales y previsionales, avances sobre las organizaciones sindicales y reformas de las leyes de riesgos del trabajo que, replicados como posverdad desde determinados discursos oficiales, conforman opinión pública. Construcción de relatos mediante que convalida ciertas estrategias de disciplinamiento de un modo exitoso cuando se colabora desde la indiferencia.

El llamado proceso de flexibilización laboral, que deriva en modalidades de contrataciones temporales o eventuales, es legitimado a través de diferentes maneras de contrato formal, encubriendo su contracara en lo real del trabajador no-efectivo. Surge en este marco la figura del monotributista en un crecimiento exponencial, con un contrato laboral temporal y acotado que permite una relación “libre”, pero produciendo un vínculo fluctuante entre el que presta el servicio y el empleador.

La perspectiva de indagar estos fenómenos que afectan a la subjetividad desde una reflexión teórica critica, otorgando una escucha psicoanalítica a los aspectos de la violencia social paradigmática del macrocontexto actual, constituye uno de los principales propósitos ético-políticos de la práctica del psicoanálisis comprometido con lo social (Carlisky et al, 2018). En este marco coyuntural complejo, nos dejamos interpelar por una serie de interrogantes, a saber: ¿cuánto habrá de salud mental en aquellas condiciones de vida social para trabajadoras y trabajadores a los cuales asistimos? Y por supuesto, ¿qué rol nos compete como trabajadoras y trabajadores de y para la salud mental? ¿Cómo acompañar a los sujetos en estas problemáticas psicosociales complejas? En fin, ¿cómo intervenir en este campo orientados por la brújula psicoanalítica?

 

Neoliberalismo, la(x)zo social y salud mental

Las políticas neoliberales profundizan fenómenos de precarización del lazo social generando síntomas de labilidad yoica y laxitud en los vínculos sociales que devienen en traducciones subjetivas que muchas veces legitiman la crueldad, banalizándola. La masificación de los despidos y el cierre paulatino de importantes fuentes de trabajo, acaecidas en nuestro territorio argentino durante la gestión anterior, ponen en jaque las estrategias de las trabajadoras y los trabajadores para permanecer sanos, produciendo –entre otros efectos deletéreos desubjetivantes– un deterioro significativo de los vínculos intersubjetivos. Es una configuración progresiva de un escenario de vigilancia y competitividad entre compañeras y compañeros, a través amenazas de despidos que repercuten en la salud mental, debilitándola.

Emerge así una verdad ligada al disciplinamiento de las trabajadoras y los trabajadores establecido a través de una serie de estrategias de dominación, tales como la caída del salario real, el incumplimiento de derechos, la reforma de leyes con una consecuente pérdida de derechos cívicos adquiridos, la precarización de las condiciones objetivas del empleo y el trabajo, y la represión policial de las protestas. Maniobras que apuntan a desestabilizar a los estables mediante el cansancio y el hostigamiento. El control laboral de los cuerpos necesita erosionar a los sujetos y con ello a sus redes de cooperación, preconizando un investimento exclusivo al servicio de la empresa.

Las relaciones contractuales en este tipo de lazos se fragilizan porque adquieren una marcada individualización, es decir, una relación Uno-Uno entre trabajador y empleador. El sujeto degradado a la categoría de individuo se recluye del otro como medida de protección. En este punto adquiere relevancia la figura del actor sindical como actor colectivo, como verdadera organización mediadora que regula las interacciones intersubjetivas (Zelaschi, sd). Aunque no pocas veces en la historia de nuestro país la figura del sindicalista y su compleja organización han sido puestas en cuestión por ciertos sectores elitistas.

La desocupación se presentifica entonces como amenaza de fragmentación colectiva, estructural y desocializada. El despido, en tanto síntoma psicosocial, alcanza al sujeto, quien lo vivencia como una muerte simbólica.[1] Las subjetividades asediadas introyectan dichas estrategias de disciplinamiento a partir de una responsabilidad experimentada como culpa subjetiva sobre aquello que les ocurre, generándoles vergüenza o aislamiento. Pero sabemos que el sufrimiento individual también puede emerger, sin que por ello se llame a la reacción social que lo denuncie como injusticia (Dejours, 2000; Alemán, 2019).

 

La medicalización de la vida cotidiana y la contracara del empuje a la felicidad

Algunas de las presentaciones sintomáticas en el complejo campo laboral asumen la forma del terror permanente, la amenaza insidiosa, la angustia espasmódica, el control biométrico de los tiempos, la vulneración de derechos, la estigmatización del trabajador precarizado, la falta de recursos para trabajar en condiciones dignas y la desinversión del Estado. Desde la dimensión del síntoma en lo social, la incidencia del padecimiento mental es mayor con el aumento de la tasa de suicidios, y en los síntomas de depresión como cuadro clínico de la época.[2] Porque la contracara del goce en la exigencia y la autoexplotación de trabajadores posee un trasfondo depresivo que confronta al sujeto con un costado superyoico sádico y destructivo.[3]

Al clásico par foucaultiano de vigilancia y castigo se suman otros poderes sociales contemporáneos de dominación de la vida cotidiana. Diagnosticar, psicopatologizar y medicalizar: son menos coercitivos, pero no por ello menos imperativos. La contracara de este sufrimiento es la mayoría de las veces un empuje a la felicidad y al bienestar a través del ofrecimiento al consumo de psicofármacos para paliar la angustia e incertidumbres provenientes de lo social.

Estos fenómenos psicosociales crecientes –propios de la coyuntura actual que habitamos– ocurren en el seno de un imaginario social donde la amenaza de pérdida puede ser real o potencial. A su vez, remarcan la inestabilidad que impacta en la salud de los sujetos, de un modo más agudo que si habitáramos otro contexto sociohistórico. Pero además sabemos que la inestabilidad laboral también afecta a los trabajadores efectivos, que temen perder sus puestos de trabajo a causa de las vicisitudes del contexto.

La política de gestión del miedo instala una amenaza de desempleo, aun en aquellas y aquellos trabajadores con cierta estabilidad y antigüedad en sus puestos. La inestabilidad supone, incluso, una fractura de los colectivos, ya que las condiciones de trabajo producen conflictos que fragmentan a los mismos sujetos sociales. Lo sólido se desvanece en el aire. Lo sagrado se profana, al decir de Marx.

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Christophe Dejours (2000) nos orienta sobre la centralidad de los vínculos cooperativos y la dialéctica del reconocimiento para la salud mental de las trabajadoras y los trabajadores. Es necesario generar espacios de discusión, encuentro y deliberación en los mismos lugares de trabajo, propiciando espacios grupales donde colectivizar los padecimientos subjetivos. Las experiencias argentinas de las históricas fábricas recuperadas, los emprendimientos de la Economía Popular, las cooperativas de trabajo, son pruebas concluyentes del reconocimiento de múltiples prácticas emancipatorias, en tanto nuevas formas de organización socioeconómica.

 

Un lugar para la clínica psicoanalítica: andamiajes para pensar la dinámica psíquica en relación con lo social

Estas consideraciones epistémicas y éticas implican pensar al otro desde su inherente rol de sujeto productor activo, y no como objeto reificado. Llamado a la solidaridad en momentos donde no solo hay descompensaciones subjetivas, sino que hay incluso una consecuente fractura de lo social. La tarea concreta, en la perspectiva grupalista de Enrique Pichon-Riviere, siempre requiere de un otro en funciones de amparo y sostén. No es posible proceder en la clínica como si los contextos sociales y la dimensión transubjetiva no fueran parte del dispositivo analítico. Para trabajar con sujetos víctimas de estos problemas sociales ligados al desempleo es necesario registrar e incluir antes la presencia de determinados elementos en el imaginario social del analista.[4] Ello supone considerar a la desocupación-exclusión a partir de la instauración de políticas económicas de concentración masiva de la riqueza, y no meramente como un problema psicológico individual.

Existen formas psíquicas que muestran una aceptación tácita de cualquier realidad social, generando banalidad e indiferencia (Amati Sas, 2018: 39). Presentaciones subjetivas que parten de estados de perplejidad ante la realidad social traumática, con una marcada tendencia a la negación, se exhiben como mecanismos de defensa para afrontar la angustia. Naturalización de fenómenos que tienden a ser vistos como inevitables: nos remiten a las violencias sociales y a los derechos humanos que se vulneran. El derecho a la existencia individual y comunitaria es el primero en ser arrasado a través de dichas operatorias que dejan a grupos enteros frente a una inermidad psicosocial, en un estado de vacío individual y colectivo.

Des-entramar estas formaciones psicosociales que constituyen problemáticas actuales de desamparo e indefensión anímicas –ante las que el psicoanálisis tiene instrumentos para ejercer una actividad transformadora– representa una apuesta no solo clínica, sino una posición política profundamente emancipadora para restablecer los lazos colectivos de confianza.

 

Bibliografía

Alemán J (2016): Horizontes neoliberales en la subjetividad. Olivos, Grama.

Alemán J (2019): Capitalismo. Crimen perfecto o Emancipación. Barcelona, Ned.

Carlisky N, comp. (2018): El dolor social de nuestro tiempo. Buenos Aires, Lugar.

Dejours Ch (2000): “El trabajo entre sufrimiento y placer”. En La banalización de la injusticia social.

Finquelievich G y Gabay PM (2002): “Subjetivación e interconsulta frente a las nuevas patologías y tecnologías”. Vertex, XIII.

Zelaschi C (sd): Ciclo de Conversatorios Salud Mental y Trabajo “Vivir en la incertidumbre, los efectos de la inestabilidad laboral en contextos neoliberales”. Colegio de Psicólogos de la PBA, Distrito XI. Material inédito.

[1] Alvarado, Lilian, Idem, citando al capítulo de Elina Aguiar en El dolor social de nuestro tiempo (2018).

[2] La clínica psicoanalítica actual nos confronta con una casuística de sujetos quejosos de la realidad en la que viven, confrontados con un más allá de sus posibilidades, en permanente estado de insatisfacción consigo mismos ante ideales inalcanzables en tanto psicopatología de la responsabilidad que provoca el neoliberalismo, cuyo malestar es generado por dispositivos de rendimiento y goce que promueven imperativos que no se pueden cumplir (Finquelievich y Gabay, 2002: 96).

[3] Las patologías de la época como adicciones, actings-out, pasajes al acto, son producidas por un ideal del yo que actúa bajo la egida del sacrificio y la renuncia.

[4] Cornelius Castoriadis (1983) lo definió como esquemas organizativos para entender el funcionamiento social.

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