Literatura y Derechos Humanos

Daniel E. Herrendorf

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Hay una relación histórica entre la literatura –especialmente de ficción– y los derechos humanos. Dada la prisión del tiempo, y por cuanto creemos que la vida es sucesiva, me resignaré a ser cronológico.

La literatura muestra desde muy antiguo aspectos de la dignidad que bien pueden ser equiparables a los derechos humanos de hoy. Si bien no es posible que sus autores conocieran el concepto de derechos humanos, sí lo es que exhiben un indiscutido compromiso con la ética, componente originario de los derechos fundamentales.

Ya en el siglo VI antes de Cristo, Lao-Tzé, el padre del taoísmo, escribió en el Tao Te King, su única y maravillosa obra, que el objetivo principal del príncipe es mantener los estómagos llenos y las cabezas sosegadas. De algún modo toda la obra respira principios éticos que hoy no dudaríamos en considerarlos como contenidos irrefutables de los derechos humanos.

Sófocles, en su obra Antígona, muestra el primer perfil del derecho de gentes. Antígona, hija de Edipo, tiene un hermano, Polinices, quien desobedece la ley y muere en combate. El rey Creonte resuelve entonces prohibir el entierro de Polinices, que era la forma griega de impedir la supervivencia del alma. Ante la decisión del rey, Antígona resuelve rebelarse y entierra a su hermano con todos los ritos precisos. Ante semejante desobediencia, Creonte la hace comparecer ante sí y le recuerda que él había prohibido, por rescripto real, el entierro de Polinices. Antígona le responde memorablemente con esta frase: “Una ley más antigua y justa que la tuya manda esconder muy abajo a nuestros muertos”. Es decir que Antígona muestra, acaso por primera vez en la historia, el conflicto entre una ley divina para sus creencias y la ley positiva que viola derechos humanos.

La primera eutanasia de la que tenemos memoria es la de Sócrates. Acusado de imbuir a los jóvenes con sofismas y lejos de la religión griega, fue condenado al exilio, que para los griegos era equivalente a una irreparable muerte civil. Es entonces cuando Sócrates resuelve matarse bebiendo la cicuta más famosa de la historia. Detalles encantadores de esta primera eutanasia pueden leerse en la Apología de Sócrates, escrita por Platón.

Si esto sucedía en Atenas en el siglo V antes de Cristo, en Roma, en el siglo I de nuestra era, Cicerón pronunciaría en el Senado sus célebres Catilinarias,[1] donde denunciaba la terrible corrupción del imperio y defendía los derechos de los ciudadanos a pronunciarse sobre la ilegalidad de los actos revulsivos de los gobernantes. Catilinarias es la primera obra que exige transparencia a los actos de gobierno para garantizar los derechos de los ciudadanos.

En la misma época, Séneca daría a conocer sus clásicas obras De la ira (año 41), De la firmeza del sabio (55) o De la clemencia (56), entre otras. En ellas, sobre todo en De la clemencia, parece precursar el concepto de lesa humanidad, así como defiende la prevalencia del derecho sobre los actos de los gobernantes.

Por su parte, Julio César en su obra La Guerra de las Galias defiende la piedad con el enemigo vencido, tal y como Séneca lo había hecho en De la clemencia. La vigente hoy Convención de Ginebra podría abrevar en estos textos que llevan dos mil años de errar sobre la Tierra. En dicha obra aparece por vez primera lo que hoy llamamos derecho humanitario.

Siglos después, la Divina Comedia resalta un episodio en el Infierno, un episodio que es casi una imagen vívida. Virgilio –que representa la razón– se encuentra con dos vecinos suyos, Paolo y Francesca. Ambos en el infierno arden en círculos de fuego. Paolo padece un castigo adicional: ha perdido la voz y no podrá hablar por toda la eternidad. Virgilio se siente aturdido, no comprende por qué dos jóvenes tan cristianos y piadosos están ardiendo en el infierno. Francesca le dice entonces que fueron siempre amigos con Paolo y una tarde leyeron una novela romántica. En cierto pasaje los protagonistas se besan con pasión. En ese momento, Paolo mira de frente a Francesca con deseo. Ella le devuelve la misma mirada. Nada más sucede, pero para Dios fue suficiente ese deseo, ese deseo impropio entre amigos, para juzgarlos. No sabemos por cuál de nuestros actos seremos juzgados. Incluso en la vida cotidiana no sabemos por cuál de nuestros actos el prójimo nos juzga. Entonces Virgilio dice algo interesante: que no es posible que alguien esté en el infierno por un juicio injusto. Lo dice sutilmente, para no ofender al Señor. Y señala que la primera virtud de una persona es la inocencia. De un modo literario –literariamente genial– Dante explicó con una maestría sinigual lo que hoy llamamos principio de inocencia y que reza, como todos saben, que todos somos inocentes hasta que un juez demuestre lo contrario.

En la obra Utopía, de Thomas Moro, se diseña una sociedad perfecta situada en la Isla de Utopía (ou-topos en griego significa “no hay tal lugar”), donde no mandan las personas sino las leyes justas. Sin saberlo, Thomas Moro fue precursor del concepto de Estado de Derecho y del principio de la prevalencia de la justicia. El concepto central de la isla de Utopía era “un gobierno de leyes y no de hombres”.

Por su parte, Erasmo de Rotterdam, en su Elogio de la Locura, explica con un sarcasmo magnífico que en los gobiernos prevalece siempre la estupidez, cuando los pueblos merecen ser gobernados por seres inteligentes. Siempre en el curso de la ironía, sostiene que se vive mejor siendo un estúpido. En un fragmento de cierta celebridad explica que cada cual puede hacer de su vida lo que quiere, y que el príncipe –que también es un estúpido– debe respetar la decisión asumida. Es, de algún modo, el concepto de “proyecto autorreferente de vida” que los derechos humanos tardaron en desarrollar por completo y plenamente.

En el siglo XVI, William Shakespeare escribiría El mercader de Venecia, una obra que revela, ya en aquella época, el antisemitismo y sus consecuencias. Shylock es presentado como un judío invariablemente usurero, descripto por el duque de Venecia como un ser despreciable por su religión. En suma, la discriminación es muy evidente.

Entre los siglos XVIII y XIX nos encontramos con la obra de Goethe, especialmente Fausto. La disputa entre Fausto –el protagonista– y Mefistófeles es de tal dimensión que el primero termina obrando creyendo que es libre, cuando en realidad Mefistófeles está detrás de sus actos moviendo su voluntad. De algún modo la prevalencia del mal y la ausencia de toda conmiseración convivencial están expuestas genialmente en esta obra.

A comienzos del siglo XX Virginia Woolf publicó Mrs. Dalloway, una obra que destaca el rol de una mujer, Clarissa Dalloway, quien reflexiona sobre la condición femenina y los horrores de la guerra, mientras que un segundo protagonista, Septimus, vuelve del frente de guerra y enloquece a causa de los estragos bélicos. Todos, incluso los médicos, no ven en Septimus a una víctima de la guerra, tal como lo era, sino a un demente que se dedican a discriminar. En general, la obra de Virginia Woolf replica entre dos aspectos: la condición de la mujer y la discriminación de la locura. Esta última es denunciada como un capricho que todos discriminan, como en general se hace con quienes carecen de salud mental. La escritora deja una frase conmovedora: “Los médicos me informan sobre mis intereses”. Torturada por la esquizofrenia, Virginia Woolf, como Septimus, también se suicida, derecho a la muerte que ella defiende en la carta póstuma dirigida a su marido.

Por su parte, el inevitable Franz Kafka en El Proceso narra las desventuras del señor Joseph K, quien es arrestado una mañana. En el curso del proceso judicial que se inicia en su contra no sabrá nunca de qué se lo acusa, qué derechos tiene, quiénes son sus jueces, cuál es su delito, de qué debe defenderse. El argumento se explica por sí solo: es una dilatada narración del funcionamiento de la justicia, cuyos estragos aún padecemos.

A su tiempo, Marguerite Duras escribió el guión cinematográfico Hiroshima Mon Amour. El título describiría por sí solo el tema del guión, y sin embargo el texto es tan profundo y emotivo que puede sentirse el dolor y la indignación que la experiencia atómica dejó en todo el planeta (Adler, 2000).

La época contemporánea también encuentra literatura de ficción vinculada con los derechos humanos. Noticias del Imperio, del mexicano Fernando del Paso, describe con una precisión detenida el sometimiento de los pueblos originarios de América. La casa de los espíritus, por su parte, de la chilena Isabel Allende, realiza un detenido examen de la dictadura de Pinochet, aún adorado por muchos chilenos. La novela Como agua para chocolate de la mexicana Laura Esquivel es una metáfora de la Revolución Mexicana, que declaró derechos interminables de los cuales nadie gozó, personificados en una criada indígena. La película Roma, tan elogiada, es una exageración de lo que ya había sido bien planteado en la obra de Esquivel. A su tiempo, Bernhard Schlink nos propuso su obra El lector una historia que descifra los horrores de la Segunda Guerra. Más allá de la justicia o injusticia del proceso judicial que narra, en la obra se expresa muy claramente el concepto de crímenes imprescriptibles, inindultables e inamnistiables.

Finalmente, abundan en la actualidad obras de ficción que están basadas en hechos reales. En general, la literatura contemporánea de este tipo se centra en descifrar dictaduras, denunciar episodios tormentosos y ofrecer una nueva mirada sobre guerras, dominaciones y discriminaciones. En suma, se trata de defender derechos de un modo artístico, como ha hecho Woody Allen con su película Crímenes y pecados. De la misma forma, las obras cinematográficas Filadelfia, Ángeles en América y Las horas describen con fidelidad la discriminación de los homosexuales. Las horas está basada en el libro inigualable del norteamericano Michael Cunningham (1998).

Puede hallarse en el curso de la literatura universal un sinnúmero de obras que refieren derechos fundamentales, con ese propósito o sin él. La literatura, por fin, es asimismo una manera de de-nunciar y a-nunciar. Muchas obras precursan e intuyen episodios que aún no han ocurrido. Así, Friedrich Nietzsche olió los hedores del antisemitismo europeo en Así hablaba Zarathustra, como Edmund Husserl (1949) intuyó, en sus Ideas, que el siglo XX sería sustancialmente una gran guerra europea.

Cabe concluir con el recuerdo de ese poeta argentino genial, más genial aún porque escribía con muchas faltas de ortografía. Me refiero a Almafuerte, autor de Siete Sonetos Medicinales. Tristemente, resignadamente, terminaré con estos versos:

“No te des por vencido ni aún vencido

no te sientas esclavo ni aún esclavo

trémulo de pavor, piénsate bravo

y arremete feroz, ya mal herido.

Ten el tesón del clavo enmohecido

que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo;

no la cobarde estupidez del pavo

que amaina el plumaje al primer ruido.

Procede como Dios, que nunca llora,

o como Lucifer, que nunca reza,

o como el robledal, cuya grandeza

necesita del agua y no la implora.

Que grite y vocifere vengadora

ya rodando en el polvo tu cabeza.”

 

Bibliografía

Adler L (2000): Marguerite Duras. Barcelona, Anagrama.

Alighieri D (1996): Comedia. Buenos Aires, Planeta.

Allende I (1982): La casa de los espíritus. Madrid, Trilogía.

César GJ (1998): “Guerra de las Galias”. En Obra completa, Madrid, Gredos.

Cunningham M (1998): Las horas. Buenos Aires, Fondo de Cultura.

Del Paso F (1989): Noticias del Imperio. México, Diana.

Erasmo de Rotterdam (2007): Elogio de la locura. Barcelona, Aguilar.

Esquivel L (1989): Como agua para chocolate. México, Espasa.

Goethe J (2009): Fausto. Madrid, Espasa-Calpe.

Husserl E (1949): Ideas Relativas a una Fenomenología Pura y una Filosofía Fenomenológica. México, Fondo de Cultura Económica.

Kafka F (1993): El Proceso. México, Cárdenas.

Lao Tzé (2012): Tao Te King. Madrid, Trotta.

Moro T (1952): Utopía. Madrid, Espasa-Calpe.

Nietzsche FW (2014): Obras completas. Madrid, Tecnos.

Platón (2015): Apología de Sócrates, seguida de la Defensa de Sócrates ante los jueces de Jenofonte. Sevilla, Padilla.

Schlink B (1990): El lector. Barcelona, Anagrama.

Séneca (2000):   Diálogos. Madrid, Gredos.

Shakespeare W (1921): El mercader de Venecia. Barcelona, 1921.

Sófocles (2013): Antígona. Madrid. Escolar y Mayo.

Woolf V (1983): La señora Dalloway. Madrid, Lumen.

[1] Primera Catilinaria: Oratio in Catilinam Prima in Senatu Habita; Segunda Catilinaria: Oratio in Catilinam Secunda ad Populum; Tercera Catilinaria: Oratio in Catilinam Tertia ad Populum; Cuarta Catilinaria: Oratio in Catilinam Quartum in Senatu Habita.

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