La incertidumbre: ¿ante el fin de una civilización?

Juan Archibaldo Lanús

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La civilización occidental está transitando –como diría José Ortega y Gasset– un “recodo de la historia”. Desde hace ya varias décadas está experimentando una compleja mutación política, económica, tecnológica y en definitiva cultural, que tiene consecuencias decisivas en la vida del ser humano.

El historiador inglés Eric Hobsbawm ha dicho en La era del capital sobre el tiempo que vivimos: “en la mitad del siglo pasado hemos ingresado en una nueva fase de la historia mundial. Es el fin de una historia, la que hemos conocido en los diez mil años pasados, es decir, desde la invención de la agricultura sedentaria. No sabemos hacia dónde vamos”.  Según Hobsbawm, se trata del “fin de una historia” y no del “fin de la historia”, como lo había afirmado Francis Fukuyama en un artículo que publicó hace ya más de dos décadas en la revista The National Interest. Allí Fukuyama –después de la caída del Muro de Berlín– se vanagloriaba del triunfo definitivo de la economía de mercado y la democracia: “hemos ganado frente a la utopía comunista”. Mientras, Hobsbawm sostenía que “no sabemos adónde vamos”, pues vivimos en una época imprevisible.

Todo parece indicar que se demolieron las columnas de una cultura que aseguraba creencias y logros en una evolución continua. A pesar del extraordinario avance tecnológico y la rápida creación de bienestar que han permitido reducir la pobreza al 13% de la población mundial, me pregunto si podrá el ser humano cumplir con las aspiraciones profundas de su naturaleza en una sociedad como la actual, cada vez más deteriorada en lo ecológico, alucinada por la dependencia de bienes efímeros y distraída por entretenimientos permanentes. Los gobiernos han olvidado el bien común y el valor de la virtud como conducta personal, porque en estas sociedades los gobernantes están obsesionados por el poder, la fama o poseídos por la codicia. ¡Cada vez más observamos que de lo que se trata no es gobernar la sociedad humana, sino administrar las cosas! El ser humano ha quedado en segundo plano.

Esta gran mutación tiene lugar en un contexto en el que en las sociedades más desarrolladas se promueve un relativismo cultural que rechaza la tradición de la herencia de valores, concepciones éticas y ‘patrones de conductas virtuosas’, negándose asimismo que el ser humano esté arraigado en la historia. Muchos filósofos, como Michel Foucault o Zygmunt Bauman, insisten en el fin de la ética heredada y en el divorcio entre el Estado y la moral, y conciben una sociedad que vive en la precariedad y en la incertidumbre constante, donde muchos valores son descartables. No se busca lo sólido o lo que permanece, lo que se posee, sino lo rápido y fluido, sin identidad ni raíces.

Quisiera hacer solo tres observaciones sobre este tema complejo: la paulatina desaparición del otro como parte de uno mismo; el efecto de la revolución tecnológica aplicada a las comunicaciones; y la cuestión del deterioro moral que pone en evidencia la corrupción en la gestión de los asuntos comunes de las sociedades.

 

La desaparición del otro

En las sociedades occidentales cada vez más ciudadanos disminuyen su solidaridad con quienes están fuera de su hábitat social, o manifiestan un pesimismo ante cualquier acción colectiva posible, y cada vez más individuos se repliegan hacia sí mismos. Según el especialista argentino en neurociencia Facundo Manes, hay un aumento del fenómeno de la soledad. Los ricos están aislados en countries, compartiendo una cultura que les es propia. En la vida del hombre común de las grandes ciudades del mundo va desapareciendo la interacción personal, cada vez más absorbida por la realidad virtual que proponen los medios de comunicación.

Los tiempos en que “el otro” existía van desapareciendo. El otro se ha ido, como dice Byung-Chul Han, el brillante filósofo coreano que trabaja en la Universidad de Berlín. “El otro como misterio, el otro como seducción, el otro como Eros, el otro como deseo… como infierno… como dolor, va desapareciendo. Todos son iguales, pero el otro no existe”. Este hecho pone en duda la legitimidad de virtudes que se consideraban arquetipos de la cultura occidental en lo que respecta al otro: la benevolencia de la República Romana hacia la multiplicidad de pueblos que integraban el Imperio, a la que se refirió Tito Livio en su libro Las Guerras Púnicas; el valor de la amistad exaltada por Cicerón, Montaigne y muchas otras personas; la solidaridad; la conclusión a la que llegan modernas investigaciones científicas, que afirman que este aislamiento es malo para la salud y acorta la vida; la bondad, que junto con la belleza y la verdad eran valores axiales de nuestra civilización; todas ellas han desaparecido del vocabulario social. Los “Big Data” –hay empresas que se especializan en proveer esos servicios– posibilitan una visión casi integral del “cliente” –político o económico– que desvaloriza al otro, reduciendo la vida de una persona a una mera memoria digital.

Se observa, sobre todo en los países desarrollados, la irrupción de un individualismo que no solo niega todo compromiso y solidaridad con el otro, sino que el ser humano tenga una identidad o códigos morales firmes. Se exaltan personalidades absorbidas por el consumismo, móviles, desarraigadas. Ya Simone Weil hace más de cincuenta años alertaba sobre las carencias profundas que significaba “un hombre sin raíces”. “Toda vida verdadera es un encuentro”, nos recuerda Martin Buber.

 

La revolución tecnológica

La segunda cuestión es el fenómeno de la información masiva que la revolución tecnológica ha expandido por todo el mundo. La información está disponible, es inmediata, sintética, pero no el saber, puesto que éste implica un proceso lento y largo. La información total no facilita el encuentro. Las personas están aisladas aunque en apariencia vivan rodeadas por el bullicio y la publicidad.

A pesar de las redes sociales y la tecnología de la comunicación, hay una difícil sintonía entre la acción de los gobiernos y las aspiraciones populares. Se trata de una información sin fuente y sin autor, como lo fue y es la enseñanza o la transmisión de conocimientos a través del arte, la literatura o el pensamiento científico y religioso.

Hoy viajamos por todas partes sin tener ninguna experiencia. Uno se entera de todo sin adquirir ningún conocimiento. Los medios sociales representan un grado nulo de lo social. Esta nueva tecnología de la comunicación masiva no solo ha creado un “intimismo social”, como afirma Brzezinski, sino que se ha transformado en un nuevo actor y muchas veces en un instrumento al servicio de la propaganda o la manipulación de intereses políticos. Muchos mensajes no solo no tienen autor, sino que están clonados.

El tiempo ha vencido al espacio. El byte es el nuevo universo de la cultura planetaria. Los chicos no juegan con figuritas o soldaditos con sus compañeros, viven atrapados por los juegos de las pantallas. La OMS ha clasificado como una enfermedad a la adicción de juegos por Internet.

El uso libre de las nuevas tecnologías de comunicación habilita la acción fría y descarnada del “gran hermano” que pintó George Orwell en su obra 1984, quien le hizo decir al ministro de la Verdad: “la guerra es paz, la libertad es la esclavitud”.

 

El deterioro moral

El tercer tema vinculado a nuestra civilización es el fenómeno de la corrupción y la formación de un espacio de ‘no ley’. No solamente se ha quebrado la fe pública, sino que se han descreditado las enseñanzas más antiguas sobre la vida social del ser humano: la finalidad del arte de gobierno en lo que concierne a la política, y de la conducta en lo que concierne al individuo.

La colusión delictiva entre individuos y empresas privadas con funcionarios de los gobiernos no solo ha erosionado la confianza en las instituciones y generado un conflicto de intereses entre las grandes mayorías y las elites, sino también ha descalificado o hecho desaparecer la finalidad de la política y de la conducta humana en el contexto social: el bien común y la virtud.

Los dos propósitos de la evolución de las instituciones políticas fueron la limitación del poder real y la defensa de los derechos privados contra el poder. Hoy deberíamos estar preocupados por lo inverso: asegurar al Estado y los bienes públicos contra el saqueo de los privados.

Una parte creciente de los intercambios financieros mundiales tiene como origen la corrupción, el fraude fiscal y lo producido por medios o tráficos ilegales. La zona de no derecho está garantizada por paraísos fiscales o estados nacionales cómplices en los beneficios laterales de esos flujos.

 

La democracia

Luego de estas tres observaciones sobre la mutación que estamos presenciando, cabe agregar que el ser humano enfrenta dos grandes desafíos sociales: a) la preservación de la democracia como forma de gobierno, tal como la hemos entendido hasta ahora: el desarrollo paulatino de la autonomía del pueblo como actor principal en la gestión de su devenir colectivo; y b) la consolidación y el desarrollo de un orden mundial que garantice la paz y la soberanía de cada uno de los espacios políticos nacionales desde donde ha germinado la diversidad cultural como vivero de la cultura universal.

David Goodhart, en su obra The Road to Somwhere, dice que han aparecido dos tipos humanos que responden a paradigmas representativos de esos dos universos. Él los llama, en un caso, personas de ‘anywhere’ (de cualquier parte) que valoran la autonomía y la movilidad, y están menos ligadas a la tradición y las identidades nacionales; y en el otro caso, personas de ‘somewhere’ (de algún lado) que están arraigadas, son más conservadoras de las tradiciones, respetan la ética tradicional y están menos preparadas para el cambio y la movilidad.

¿Es posible afirmar que en el contexto actual los ciudadanos son dueños de su destino y forman parte de esa entidad soberana que se llama Pueblo? ¿Qué espacio tiene la libertad del ser humano para realizar su destino personal y colectivo en el contexto de la polis y del mundo actual?

Mientras el ingrediente principal de la democracia es el reconocimiento de la autonomía de la gestión colectiva por parte de los ciudadanos en un área territorial de los estados cuyos gobiernos tienen por finalidad el bien común, la tecnoestructura globalizada –cuyos actores en su mayoría no tienen asiento territorial (grandes multinacionales u ONG)– está gestionada de acuerdo a criterios que responden al interés de los accionistas.

El proceso de globalización iniciado a partir de la década del ochenta –cuyo Big Bang fue la apertura de la Bolsa de Londres y la desregulación de los mercados financieros de los grandes centros mundiales– ha permitido formar una trama económico-financiera y una tecnoestructura de intereses que no dependen de la soberanía de ningún Estado en particular. Estos intereses sin asiento territorial ejercen una influencia decisiva sobre los gobiernos de los países democráticos, dominando elites y opiniones públicas, y creando complicidades que favorecen sus intereses globales.

Las grades corrientes del pensamiento tradicional –tales como Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás, Locke y pensadores posteriores– estuvieron de acuerdo en que el objetivo del gobierno de una sociedad es el bien común, y el de las personas debe ser guiado por la virtud. Pero la actividad de la tecnoestructura globalizada está guiada por el interés sectorial y la necesidad de contar con ciertas condiciones jurídicas que den garantías al capital, mientras las conductas de los gestores de empresas multinacionales no están guiadas por la virtud, sino por la eficiencia, aun cuando las conductas éticas pueden ser normadas en los códigos empresarios.

La convivencia de estos dos universos podrá ser o no ser compatible, según el vigor con que se puedan imponer los intereses territoriales o los globalizados. No tengo una opinión definitiva acerca de la resolución de este potencial conflicto. Pero no podemos olvidar que se gobierna al ser humano y se administran las cosas.

Tenemos la imperiosa necesidad de asegurar a las personas la libertad, el bienestar y una educación de calidad. Sin ellas es imposible al ser humano participar activamente en el marco de las instituciones democráticas, y menos aún en el proceso productivo. Privar a un joven de la educación es preparar un esclavo en la vida de la sociedad actual. Es enviarlo hacia el tobogán de la pobreza. Es hacerlo descartable.

 

El orden mundial y la paz

Al finalizar la masacre de la Segunda Guerra Mundial se construyó un sistema multilateral de reglas de juego para todos los estados –grandes o pequeños–, a fin de superar el viejo sistema de equilibrio de poderes que llevó a tantas catástrofes. La Carta de las Naciones Unidas –si bien no pone a la guerra fuera de la ley– incluyó la gran innovación de someter el poder militar de los estados a un procedimiento bajo la autoridad del Consejo de Seguridad, quien debía decidir cuáles eran los medios para hacer frente a una agresión o amenaza a la seguridad. Observo que se está desarticulando el funcionamiento de estas instituciones multilaterales trabajosamente negociadas por la diplomacia, cuyo fin era garantizar una convivencia internacional basada en la paz, la cooperación y el respeto a las soberanías nacionales. Las políticas unilaterales de las grandes potencias y la reedición de su vocación intervencionista están destruyendo el sistema multilateral que con tantos esfuerzos diplomáticos habíamos logrado perfeccionar.

Me permito recordar que a lo largo de los siglos ha habido dos visiones extremas sobre las relaciones entre estados: la primera sostenía –como Thomas Hobbes– que los estados tienen por vocación el poder y están permanentemente en guerra. Nicolás Maquiavelo que aconsejaba a los príncipes prepararse para la guerra. Hegel, siguiendo esa visión, hablaba de la “malsana influencia de la paz”, viendo en Napoleón al espíritu universal a caballo. La otra visión es la sostenida por Aristóteles, Platón, estoicos como Cicerón , el cristianismo y los padres de la Iglesia, Santo Tomás, y sobre todo la corriente española de Francisco Suárez y Francisco de Vitoria, que también compartieron idealistas pacifistas como Hugo Grocio, Thomas Moro y Kant, quienes afirman que es posible poner fin a la política del equilibrio a través del derecho internacional y lograr una paz duradera que supere las apetencias de poder y la guerra.

El orden mundial creado en San Francisco se está resquebrajando, no por una división de bloques sino por la negación de algunas grandes potencias a aceptar reglas y compromisos multilaterales en lo político, lo económico, lo ecológico, o en materia de desarme. Pareciera que la visión de Hobbes y Maquiavelo ha triunfado sobre la aristotélica, cristiana y kantiana. A esa tendencia su suma el hecho de que –en estos tiempos en que el mundo está tironeado por la globalización que involucra una parte creciente de la población mundial– los seres humanos no han podido desactivar la maquinaria bélica o –lo que es peor– la fábrica ya instalada de guerras futuras. Los actores del actual escenario internacional no son solo los estados, sino entidades sin asiento territorial: multinacionales, ONG, movimientos fundamentalistas, grupos involucrados en el tráfico de drogas, etcétera.

El Observatorio sobre conflictos internacionales de Upsala confecciona un Índice Global de Paz que señala que los conflictos han aumentado. Cuando fui presidente del Comité Internacional del Alto Comisionado para Refugiados de la ONU nos escandalizaba el hecho de que en aquel momento (año 1993) había 17 millones de refugiados. Hoy hay más de 60 millones de refugiados.

Hoy, después de más de 70 años de aquel excepcional paso en que consistió la creación de un nuevo sistema internacional, estamos retrocediendo de tal modo que nuestro Papa Francisco se ha visto obligado a alertarnos sobre el riesgo de una posible confrontación global, así como de los peligros de la degradación de la vida sobre la Tierra. Las conductas internacionales de los países más influyentes del mundo, el armamentismo creciente y la frecuente práctica de la política de poder abren interrogantes acerca del futuro del orden mundial y de la posibilidad de lograr para el ser humano una “vida mejor” en el planeta. “Fácil es el descenso al infierno”, decía Virgilio.

De la misma forma en que los individuos, en tanto protagonistas de la democracia, están siendo relegados en los sistemas políticos nacionales, en el plano internacional las políticas unilaterales de las grandes potencias y la reedición de su vocación intervencionista está destruyendo la vigencia del respeto de la soberanía y la autodeterminación de los pueblos, a pesar de un pomposo discurso que enfatiza los principios de una supuesta moral universal. En ambos casos se trata de una desposesión de derechos soberanos. Se ha desatado una nueva competencia entre grandes potencias, estimulada por el poder y el orgullo de los gobernantes. Hay un estudio –producido en el Belfer Center de Harvard– que afirma que, cuando una potencia emergente desafía a una potencia dominante, la situación lleva a la guerra. Se llama la Trampa de Tucídides.

Este fenómeno de competencia terminada en guerra fue comprobado en 12 de los 16 casos analizados. Entre 1980 y 2017, Estados Unidos multiplicó su PBI 6,7 veces. En China el aumento fue de 76 veces. Desde el siglo XVI, Europa fue la gran potencia del mundo. En el año 2020 China será la primera potencia mundial. De acuerdo al Instituto para la Paz de Estocolmo, en 2016 en el mundo existían 15.395 ojivas nucleares, de las cuales 1.999 estaban en estado de alerta operativa.

En los últimos 30 años la pobreza en el mundo disminuyó a niveles nunca antes conocidos, pero la brecha del ingreso entre unos y otros sigue aumentando. Sabemos, por convicción profunda de nuestro ser humano, que el propósito de nuestras vidas es ser felices, y que ello no podrá lograrse sin transitar el camino de la virtud. Pero solo la política puede garantizar la libertad necesaria para hacer posibles estas metas.

Quizás una nueva utopía salvará la historia. Como aquella que imaginó Gabriel García Márquez al recibir el Premio Nobel de la Literatura: “Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir sobre otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la Tierra”.

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