La discriminación perfecta

Daniel E. Herrendorf

0 313

La sociedad disciplinaria

La sociedad disciplinaria fue descripta por Michel Foucault (1975) como el formato posterior a la “sociedad de soberanía” que dominó entre los siglos XVIII y XIX. La transición fue progresiva. Napoleón parece ser quien obró la conversión de una sociedad en otra. El apogeo de la sociedad disciplinaria fue, durante el siglo XX, definido por el lugar de encierro: primero, la familia como el encierro que contiene, cuyos muros fueron levantados por la disciplina del afecto (“compórtate”); le seguían la escuela (“ya no estás en casa”), el cuartel (“sé un hombre”) y la fábrica (“ganarás el pan”); cada tanto, el hospital y el psicoanalista, por cuanto el delirio y la fantasía estaban prohibidos; y si era preciso, el hospicio o la cárcel, los epítomes de la sociedad disciplinaria, el gran panóptico.[1] Esos diferentes espacios de encierro eran variables independientes: el individuo empezaba desde cero cada vez. En las sociedades de disciplina siempre se estaba empezando de nuevo –de la escuela al cuartel, del cuartel a la fábrica, etcétera.

El derecho moderno se dispuso para ordenar todo el sistema disciplinario: cómo engendrar debidamente, cómo nacer, cómo relacionarse con corrección, cuánto y cuándo trabajar, cuánto ganar, dónde y cómo sanarse, cómo morir, cómo disponer de los bienes. En síntesis: administrar la vida. Con los derechos sociales, la ley reguló si podemos descansar o no, cuánto, cuándo; cuánto dinero merecemos, cuánta comida, cuánto ocio, cuánta educación. En suma: cuánto amor. También regula el derecho –en el encierro familiar– la utilidad del sexo, la educación, la ignorancia, y erige las grandes prohibiciones: la infidelidad, el ocio, la autodidáctica y toda moralidad que no sea “oficial”. Finalmente, el derecho penal establece procesos que son escarnios por sí mismos. En el final está la postal del infierno, la cárcel, que es sucia, infecta, y donde a los reos se los humilla y adiestra en el arte del malevaje, la vida en el rencor, las ventajas de la delincuencia y el delito como único camino de salida del odio contenido. Al salir de la cárcel, el sujeto es ya un animal delincuencial, desinvestido y enfermo, con una gran sed de venganza y los límites morales incinerados (Zaffaroni, 1987).

Pero las disciplinas a su vez sufrirían su derrota tras la II Guerra. Fue la caída generalizada de los lugares de encierro. Los líderes mundiales competían en anunciar la crisis global del saber, la industria, la salud, la seguridad. La crisis fue siempre el gran anuncio que se replicaba y reiteraba todo el tiempo, sin ninguna consecuencia, por cuanto las instituciones a reformar estaban terminadas hacia finales del siglo XX.

 

La sociedad de control

La idea del encierro se desvaneció con el control fluyente: todo comenzó con la TV y la eficiencia de la manipulación publicitaria. Pero la TV original era un mueble costoso que se veía en la sala de casa en la década del 60, con una programación muy escasa que se deliberaba en familia: era un plan familiar para gente rica. Con el impacto de la tecnología, la aparición de Internet, la generación 2.0, la TV satelital y la telefonía celular, las relaciones comenzaron a ser trascendentes. El sujeto se introvirtió para relacionarse con una máquina. Su capacidad para el vínculo humano se atrofió.[2]

La relación cibernética no tiene leyes, ni códigos morales, ni duración, ni modelos. No es, en realidad, una relación ni un vínculo, sino un flujo de información. Todo ocurre en un espacio sin orillas y sin género: es un área literalmente “de-generada” donde el hombre-mujer viven una tragedia-comedia delirante en un chating anómico que asegura lo más preciado: el anonimato, es decir, la impunidad absoluta.

Ese nuevo concepto de inocencia –el anónimo no es punible– derrotó al derecho por completo. Ahora la disciplina no es control, sino flujo: el impune que navega en la red se convierte en un consumidor autómata completamente previsible. Digiere la información vana que circula por el sistema. Todo ocurre muy rápido: la información es remplazada velozmente. La “verdad” fluye, sucede, nada es cierto o incierto. El concepto tradicional de ex-sistencia se convirtió en in-sistencia: el individuo está introvertido tan eficazmente que sólo queda el sujeto absoluto sin persona, navegando en la nada y replicando la nada durante todas las horas que no dedica al sueño: también se alimenta frente a la pantalla de la computadora o del teléfono (Deleuze, 1991).

El sujeto está completamente controlado: con una mirada rápida a cualquier red social –todas son idénticas en contenidos laxos, zonzos, periféricos, blandos– sabemos lo que piensa y lo que cree. En la red se disputan las in-sistencias, se define el perfil del consumo y se conforma la identidad del “sujeto insistente” absolutamente despersonalizado.

¿Cómo el derecho regula la identidad y el domicilio de las personas que interactúan en la red, compran, venden, transan, transfieren, conocen, ofertan, opinan, seducen? No puede hacerlo: en ese límite muere la identidad. Es el final de la frontera y el origen de un mundo sin orillas. El derecho no puede intervenir porque nadie puede hacerlo. El sujeto actuante de la egología despliega su conducta en un territorio invisible, no-descripto, etimológicamente ajeno –alienus: alienado (Cossio, 1949).

Es la sociedad de control. El sujeto fluye como su identidad, que es dibujada a su antojo en la red y está definida por él mismo. No hay otro, ni alteridad, ni relación, ni amor, ni inmanencia. Todo trasciende, fluye, desaparece, insiste. El sujeto no es: trasciende. No está: fluye. No hace: navega. No tiene actuación. No tiene derecho. Este nuevo sujeto del tercer milenio –el sujeto insistente– trabaja, consume, se informa, se comunica, se excita e intercambia todo –desde sentimientos hasta dinero– por la red. El derecho no puede hacer nada en el suceso inmaterial del flujo. Es la desaparición de la ley: desaparece por extenuación.

La Filosofía de la Historia tiene que admitirlo: el siglo XX disfrutó –con la píldora– del sexo sin procreación. El siglo XXI padece –con la fertilización asistida– de la fertilización sin sexo. El sujeto alienado y asexuado ve la reproducción como un hecho mecánico, y no como una ilusión vital. La biotecnología –con o sin bioética– avanzó sin vincularse con la idea habitual de virtud (Baudrillard, 2000).

 

La prostituta más célebre

El derecho no es ya una herramienta útil cuando se trata de problemas reales, mucho menos si son graves. En realidad, el derecho legitima escándalos actuales, como las migraciones masivas de personas sometidas a la miseria indescriptible, el desarrollo desigual y la distribución ineficaz de alimentos y agua potable.

Las crisis económicas de la primera década del tercer milenio pusieron a la intemperie la realidad espantosa del derecho contemporáneo. Los Estados prefieren salvar las grandes masas dinerarias y dejar en la ruina a millones de personas que no tienen más alternativa que migrar. Es la paradoja del constitucionalismo social: un sujeto de derecho convertido en un migrante crónico, despojado de todo, en beneficio de la opulencia del Estado. ¿Será el ideal de la cúspide de la pirámide jurídica?

El Estado provee de bienestar a las empresas, no a las personas. La población se extingue y migra, inane, y las entidades financieras transfieren las masas dinerarias sustraídas a otro escenario del globo, donde repetirán idénticas atrocidades. Quienes migran son deportados cuando son pobres. Si tienen dinero, son bienvenidos. Así, el mundo es un club privado con una matrícula muy cara y una cuota de membresía cada vez más alta, que el derecho administra.

La justicia no necesita réplica ni contradictor: toda ella es una gigantesca maquinaria al servicio del dinero, una prostituta célebre y cara con prestigio mundial por los múltiples placeres que puede proveer al que mejor le paga.

 

Más-de-lo-mismo

Masivas transferencias virtuales de acciones, títulos y dinero; valor virtual sin “fábrica” ni “lugar”; extinción del domicilio empresarial y fiscal, sin empleados ni sociedad; no hay trabajo: hay un valor virtual que crece y decrece generado en el ciberespacio, donde se transan miles de millones de dólares por empresas ilusorias. Por ejemplo: el índice bursátil Nasdaq bajó de 5000 a menos de 1000 puntos en el lapso 2000-2001, es decir, fue una economía varias veces multimillonaria que nunca existió: fue puro flujo. En un año desaparecieron cinco mil empresas de indescriptible opulencia, como si eso fuera posible (Garcés Ramírez, 2008).

En la masa anónima de sujetos insistentes, el deseo del sujeto es masivo: todos quieren “más-de-lo-mismo”, y así, el sujeto deseante colectivo genera valor a cierta bebida, a ciertos pantalones o cierta marca de tecnología. El ideal de la sociedad automática ha sido alcanzado. La Red es una institución total que disuelve todas las conductas y brinda todo el saber (Bobbio, 1998). Nada puede hacer el derecho frente a migraciones masivas que se repelen o se admiten. Es el Panóptico. En el Panóptico no hay derecho, porque no hay orillas ni individuos: hay una masa deseante de sujetos insistentes (Forrester, 1996).

Ese sujeto es a-moral en sentido etimológico: carece de formación e in-formación de orden moral. Navega por circuitos inocentes, donde nada genera culpabilidad ni remordimiento. Es el tecno-psicópata, un inimputable amoral insistente que desea en conjunto. El tecno-psicópata no desconecta su vínculo con la Red, madre creadora de identidades, en un mundo donde lo existente es lo más fluyente y lo verdadero es lo más visto.

No es una locura: es la modalidad cultural del siglo. Todos hacen lo mismo de la misma manera. Los profesionales también. El flujo no se detiene nunca: al contrario, cada día es mayor y crece en “totalidad”. Todo está ahí: la búsqueda no es un medio, sino un estado de cosas. El sujeto está siempre en estado de búsqueda porque no quiere encontrar, sino buscar. Habita el territorio informático, que es su ámbito definitivo.

 

El sujeto despersonalizado

El sujeto fluyente, así definido, no es sujeto de derecho porque ya no es, en realidad, persona. Carece de libertad porque no la necesita. Navega por la red en un acto inocente, permanente, inocuo, neutro al valor. La ley no tiene nada que predicar respecto del sujeto nuevo porque nada es verdadero-justo o falso-injusto en el mundo de la construcción virtual.

En una Red Total el sujeto fluyente actúa siempre “como si” lo fluyente fuera verdadero (“lo real”), porque lo contrario lo eliminaría a él mismo. Se medica, se comporta, actúa, opina y dice, según ha visto y leído en la Red proveedora de certidumbres. El “como si” es la regla del sujeto fluyente. No busca la verdad, la justicia, la belleza o el amor: busca buscar, y siente y piensa “como si” lo que encontrara fuera verdadero, justo, bello o amable.[3]

Ese nuevo universo no puede normarse. Por eso los hackers son los únicos héroes de “la ley de la Red”: destruyen la verdad predicada por un sistema Total. El ejemplo central del siglo XXI tiene nombre: Edward Snowden, el contratista estadounidense de la CIA que proporcionó secretos sobre el programa oficial de hacking y espionaje de comunicaciones electrónicas de la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos. Ahora bien, el delincuente Edward Snowden, acusado de alta traición por los Estados Unidos, ¿está sometido a proceso? Por supuesto que no. Vive en la riqueza entre Rusia y Europa, y fue nominado a recibir el Premio Nobel de la Paz por haber contribuido a un orden mundial más estable, revelando el poder tecnológico de la vigilancia moderna. Así, el alto traidor es un héroe trágico, pues no hay criminología posible que pueda describirlo. Todo el occidente próspero cavila entre mandarlo al cadalso infame u ofrecerle toda la gloria.

 

La calma sartreana

En un contexto así, reclamar conciencia humanitaria es una tontería: no hay oyentes. El individuo angustiado de Sartre fue calmado. La angustia existencial y la frustración por lo cotidiano fueron resueltas del modo más obvio. La sociedad está contenta y estúpida, mirando la verdad en una pantalla (de una TV, de una computadora, de un teléfono,[4] da igual), generando “la verdad” en la auto-enciclopedia[5] y consumiendo una razonable cantidad de psicotrópicos y drogas duras: en ese estado de idiotez perfecta, es muy difícil lograr una militancia consciente en beneficio de las víctimas del sistema.

El sujeto insistente quiere estar solo para fluir entre la pantalla y el consumo: hará lo que le digan siempre que le dejen seguir navegando. Es la horrenda felicidad del adicto. El encerrado al aire libre ya fue perfectamente descripto por Kafka: el ejército no llega a Carcasonne porque nunca salió de Carcasonne; el jardinero no puede encontrar el jardín porque siempre estuvo en el jardín; el procesado no sabe que el proceso es la pena y la cumple, precisamente, usando su vida en averiguar cuál fue su delito imposible. Y no se entera –por supuesto– nunca de nada.

 

Migración y miseria indescriptible

Ese universo desterritorializado fue anticipado por el fenómeno de las migraciones: masas de personas (miles, millones) que transitan en breve lapso de un sitio a otro, modificando las fronteras, las naciones, los países, las políticas, las estructuras de los Estados y los Estados mismos.

Por fuera de la red está la realidad de los que no tienen computadoras porque probablemente no tengan tampoco qué comer. Ellos expresan del modo más notable el fracaso mortal del derecho: son los desclasados, los migrantes, los refugiados, los miserables, expresión de la discriminación perfecta, supina, los que no tienen agua potable, los que mueren de frío, o de sed, o de una enfermedad curable, o de tristeza. Constituyen la gran mayoría de la población mundial. Nadie jamás los mira, no porque no quiera, sino porque no los puede ver: todos estamos mirando una pantalla, y los pueblos hundidos en la miseria indescriptible no navegan por la red.

El resultado de la autopsia es, entonces, más sencillo de lo que parecía. El derecho no fue asesinado por la delincuencia, ni derrocado por un tirano: murió de muerte natural, acosado por la realidad de la miseria y la virtualidad del flujo.

Hasta que inventemos otra cosa (Isaacson, 1980), nos quedan los restos, es decir, la administración de la decadencia y la justa distribución del deterioro, mientras admitimos sin espanto que se ha consumado la discriminación perfecta.

 

Bibliografía

Anderson P (1992): The Ends of History. London, Zone of Engagements.

Baudrillard J (2000): The Vital Illusion. Columbia University Press.

Bobbio N (1998): Derecha e izquierda. Madrid, Taurus.

Cossio C (1949): La Teoría egológica del Derecho y el concepto jurídico de Libertad. Buenos Aires, Abeledo-Perrot.

Deleuze G (1991): “Post-scriptum sobre las sociedades del control”, en Qu’est-ce que la philosophie? París, Minuit.

Forrester V (1996): L’horreur économique. París, Librairie Arthème Fayard.

Foucault M (1975): Vigilar y castigar. México, Siglo XXI.

Garcés Ramírez CD (2008): La crisis de las empresas punto com. Manizales, Universidad Nacional de Colombia.

Isaacson J (1980): La revolución de la persona. Buenos Aires, Marymar.

Vaihinger H (1911): Philosophie des Als Ob (La filosofía del “como si”).

Wittgenstein L (2000): Sobre la certeza. Barcelona, Gedisa.

Zaffaroni ER (1987): “La Convención Americana sobre Derechos Humanos y el sistema penal”. Revista de Derecho Público, 2.

[1] “En el anillo periférico se es visto totalmente, sin ver jamás: en la torre central se ve todo sin ser visto jamás. La estructura del Panóptico fue creada como la prisión modelo, o sea, como un tipo de institución social fundada en el principio de ‘el máximo de coacción y el mínimo de libertad’ que vino a sustituir a aquel otro tipo de instituciones, los manicomios, los cuarteles y en parte los hospitales que han sido llamadas ‘totales’ y cuya máxima es ‘todo lo que no está prohibido es obligatorio’; el Panóptico puede ser elevado perfectamente a modelo ideal del Estado autocrático (…) cuando su principio sea llevado a su más alta perfección de acuerdo con el cual el príncipe es más capaz de hacerse obedecer cuando es más omnividente, y es más capaz de mandar en cuanto es más invisible” (Bobbio, 1998).

[2] “Las sociedades de control actúan mediante máquinas de un tercer tipo, máquinas informáticas y ordenadores cuyo riesgo pasivo son las interferencias y cuyo riesgo activo son la piratería y la inoculación de virus. No es solamente una evolución tecnológica, es una profunda mutación del capitalismo” (Deleuze, 1991).

[3] El “como si” de Vaihinger (1911) explica la noción gnoseológica de supuesto, como la regla de juego de Wittgenstein (2000).

[4] La telefonía celular terminó con la comunicación. Hasta 1980, los hogares tenían un teléfono, que era un artefacto respetable. Normalmente había sólo uno. Cuando sonaba se atendía. Nadie pasaba por el circuito neurótico de saber quién llamaba, ni se preocupaba por su identidad al hacer un llamado. El teléfono tenía incuso un lugar determinado: una pequeña mesa, con un anotador, una agenda, un lápiz y una silla. La comunicación tenía un lugar, una actitud y objetos reales. Comunicarse era un acto de la consciencia que se realizaba con deseo y sentido de la oportunidad. La telefonía celular convirtió a la comunicación en un entretenimiento permanente y sin sentido: salvo las obvias excepciones, la sujetos se “comunican” cuando están aburridos: es el “pasa-tiempo” gestáltico más literal.

[5] Para estudiar, conocer o despejar una duda, un sujeto fluyente ingresa a una gigantesca enciclopedia virtual en la que todos pueden escribir “la verdad” y leerse a sí mismos. Es la más grande violación del saber: el que lee “la verdad” es el mismo que la escribe y el que escribe es el que lee. La verdad se corrige entre todos en un disturbio ditirámbico confuso que termina por amalgamarlo todo en un bodrio perfecto. Todo es un “como si”. La enciclopedia virtual cumple, así, con la virtud de ser el Gran Hermano del saber y sosegar el deseo freudiano más ominoso: la enciclopedia como seno materno, el órgano que brinda los nutrientes. No sólo está siempre disponible: ahora es portátil en el teléfono y puede hallarse en cualquier computador callejero. Lo tiene todo: como la autoridad materna del período lactal, la enciclopedia siempre dice la verdad (Anderson, 1992).

Comentarios de Facebook

También podría gustarte Más sobre el autor