La construcción del poder hegemónico

Alfredo Mason

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A la pregunta “qué es el poder” solo se le puede contestar que no es una cosa, sino que es una práctica: no se tiene, sino que se ejerce. Desde un punto de vista ético, “el poder en sí mismo no es bueno ni malo; en sí mismo es neutro; es lo que el hombre hace de él: en manos de un hombre bueno, es bueno; es malo en manos de un hombre malo” (Schmitt, 2010: 40).1 Así, entendemos por “poder” una acción, no un argumento. No es solo la decisión de actuar, sino que es la manifestación del acto mismo. El poder es la capacidad de poner en movimiento la realidad,2 cosa que la idea no puede hacer de por sí, a menos que un hombre o un colectivo la encarne y la ponga en acción, transformando la realidad y creando nuevas perspectivas. Tal como sostuvo José Ortega y Gasset, el valor de la idea está dado por la calidad humana del sujeto que la encarna.

La cuestión es, precisamente, quién es el sujeto de esa acción y cuál es el sentido de la misma. O, dicho de otra manera, cuál es su legitimidad. Esto no supone la coerción, sino la sumatoria de voluntades. El modelo de la causalidad no logra describir este tipo de relación. No es “una mera repetición de la causa externa en lo interior. Más bien son aportaciones propias, decisiones propias de lo viviente. Lo viviente reacciona con autonomía a lo externo. La causa externa no es más que una de las muchas motivaciones posibles que lo viviente mismo determina para que sea causa. (…) La categoría de causalidad resulta menos apropiada para describir la vida espiritual” (Han, 2016: 15). Ello da cuenta de la complejidad del acontecimiento del poder, que no se puede traducir en una relación lineal de causa y efecto.

 

Breve introducción histórica

A lo largo de nuestra historia encontramos que siempre el pueblo argentino ha tenido una forma de construcción de poder cuyo resultado, desde mediados del siglo pasado, fue denominado como “movimiento nacional”. Éste tendrá una espacialidad propia de manifestación, la ocupación del espacio público por excelencia: el barrio y la plaza. Ello nada tiene que ver con la caracterización de “populismo” que el neoliberalismo y algunos discursos de las Ciencias Políticas funcionales a él sostienen, pero esto es materia de otro trabajo. La oligarquía organizada como factor de poder también tuvo su forma de construcción para intentar llevar adelante un proyecto político de Nación según sus propios intereses, y su espacialidad fue privada: el Club del Progreso, el Jockey Club, la Sociedad Rural.

A fines del siglo XIX, con la aparición de la generación del 80, surge el primer proyecto en el cual la oligarquía pensó un modelo para la Nación Argentina, la cual debía centrarse económicamente en la producción agropecuaria y la exportación de materias primas, mientras que culturalmente sería europea. En lo que concierne a la economía, alcanzaba con una alianza con Gran Bretaña que se iría transformando en estratégica; para alcanzar su objetivo cultural –siguiendo al Alberdi de Las Bases– trajeron inmigrantes europeos. La operación no salió tal como fue pensada, ya que no llegaron alemanes, ingleses o franceses, sino españoles, italianos, judíos polacos y ucranianos (a los que llamamos “rusos”) y sirio-libaneses (nuestros “turcos”). Para esa construcción política no hizo falta más que la concentración del poder económico, mientras que las ideas del liberalismo eran difundidas por los diarios fundados por los propios políticos que conformaban esa oligarquía.

Ya en el siglo XX y particularmente desde el Centenario, aparece una Argentina moderna que le planteará a esa oligarquía la necesidad de expresar el poder económico a través de una forma político-institucional, creándose el partido Autonomista Nacional devenido luego en Demócrata Nacional, que no necesitó representación en todo el país, sino que estaba constituido básicamente en las provincias de Buenos Aires, Mendoza, Córdoba, Salta y –en menor medida– la Ciudad de Buenos Aires. En paralelo comienza a formarse, sobre una base territorial más amplia, el radicalismo yrigoyenista que va tomando la forma de un movimiento nacional y alcanza el gobierno el 12 de octubre de 1916. La construcción de poder que este movimiento había alcanzado lo hacía imbatible electoralmente, pero una situación internacional –el crash financiero de 1929– y el abandono de la defensa de los intereses populares de una parte del radicalismo abrió la posibilidad para que la oligarquía se impusiera al poder popular, utilizando una nueva herramienta por medio de la cual alcanzaría el gobierno y buscaría legitimarse: el golpe de Estado y el fraude electoral. El 17 de octubre de 1945 esa oligarquía fue derrotada con la aparición de un nuevo movimiento nacional encabezado por Juan D. Perón. Allí aparece una nueva figura: el trabajador, el cual asume su condición de sujeto transformador de la realidad mediante un proyecto que es inclusivo, siendo su expresión institucional el movimiento obrero organizado.

Desde 1950 –año en que estalla la guerra de Corea– primero el presidente estadounidense Harry Tuman y luego Dwight Eisenhower, en el marco de lo que llamaran “la guerra fría”, llevaron adelante una política exterior respecto de América Latina de encuadramiento de sus gobiernos y Fuerzas Armadas acorde con la estrategia de los Estados Unidos (Mason, 2016).3 Ese es el marco en el cual se produce el derrocamiento de Perón, pero la vieja oligarquía no recupera su antiguo poder. Queda como una socia menor. Lo que comienza a formarse es una neo-oligarquía integrada por industriales –nacionales y extranjeros y el sector financiero. Ellos no poseen una forma institucional de expresar políticamente su poder, teniendo del otro lado un poderoso movimiento obrero organizado (Mason, 2007). Carecen de una herramienta política para alcanzar el gobierno en términos pseudo-democráticos, aun con la proscripción de la mayoría peronista, encontrando en el radicalismo solo un aliado circunstancial. Por eso vuelven a la herramienta que había permitido desalojar al anterior movimiento nacional: el golpe de Estado, para lo cual requirieron y consiguieron una camarilla militar a cargo de las Fuerzas Armadas acorde con sus intereses.

Después de la experiencia de la última dictadura militar y el afianzamiento de un sistema democrático de gobierno, se transforma en inviable el golpe de Estado como herramienta central de transformación del poder económico en político. Pero comenzará a cobrar importancia un elemento que estuvo presente desde la década del 40 como un aliado en la construcción del poder: los medios de comunicación.

 

Los medios de comunicación

No diremos nada nuevo si afirmamos que la opinión pública y los medios de comunicación están intrínsecamente relacionados. Jürgen Habermas afirma que la opinión pública nació en las conversaciones de los cafés de unos pocos burgueses librepensadores a mediados del siglo XVII (Habermas, 1986). A ello siguió la aparición de la prensa escrita: Strassburger Relation (1605), La Gazette de France (1631) y Leipziger Zeitung (1670). El primer diario tal como lo conocemos ahora fue el británico Daily Courant (1702), y el segundo fue en idioma castellano: el Diario Noticioso (1758), editado en Madrid. Ambos introdujeron la publicidad de productos y servicios dentro de sus ediciones casi desde un principio, por lo cual debieron incluir una nueva característica: la independencia de una tendencia política, pero no de una ideología.

Muchos años después, el 27 de enero de 1920, con la primera transmisión de radio del mundo, realizada en Buenos Aires, se abre una nueva instancia en la relación entre medios de comunicación y opinión pública. La aparición de la voz escuchada en forma simultánea en distintos y lejanos lugares marcó una transformación de los parámetros de tiempo y espacio en los cuales se piensa la realidad, pero también permitió un proceso de construcción de una identidad política y cultural, pues donde llega la voz está detrás la persona. Ello se inició en Argentina con los discursos de Perón transmitidos en cadena nacional a todo el país.4 El proceso continuó con la aparición de la televisión, que en Argentina ocurrió el 17 de octubre de 1951, y desde los años 60 se instaló en los hogares, convirtiéndose en un factor omnipresente que alteró, nuevamente, la forma de percibir la realidad. Tanto es así que entre 1966 y 1989 la mayoría de las radios y los canales de televisión estuvieron controlados desde el Estado. En las últimas décadas del siglo XX, con la aparición de las computadoras personales, teléfonos celulares e Internet, la comunicación se expande borrando las fronteras entre lo público y lo privado. La aparición de Internet marcó además un nuevo elemento de comunicación, cuyo nombre es redes sociales.

Los grandes cambios políticos, como la desaparición de un mundo bipolar y el surgimiento de un proyecto neoliberal globalizante, produjeron modificaciones en esa relación que venimos planteando entre los medios de comunicación y la opinión pública. 120 años atrás, cuando aparece en Buenos Aires el diario La Nación, el 4 de enero de 1870, su fundador –Bartolomé Mitre– lo define como “tribuna de doctrina, con una sinceridad intelectual de la que hoy carecen muchos medios, pues se hacía explícito que era un órgano periodístico que expresaba un proyecto político y económico, con una concepción ideológica desde la cual se concibió y nombró a la realidad, pues para Mitre la doctrina liberal es lo tácito, “la mano invisible” que ordena y da sentido al discurso (Mason, 2011). En la década del 90 del siglo XX, el discurso hegemónico planteado por el neoliberalismo globalizador va desplazando a la política y permite la ocupación de ese espacio por los medios, por lo cual dejan de ser “tribuna” para ser sujeto transformador de la realidad. En esos años, es común que frente a un suceso, antes de convocar a una institución estatal se llame al canal de noticias Crónica. La expresión más clara del ejercicio de ese poder se encuentra en la aplicación de la teoría de la “agenda-setting”, resultado experimental de una tesis que planteó Bernard Cohen: los medios informativos pueden no acertar al decirnos cómo pensar sobre un determinado tema, pero sí cuando nos dicen sobre qué pensar, constituyendo así la “agenda pública” (Cohen, 1963). No es casual que, en la misma época en que escribe Cohen, Herbert Marcuse hable de la ocupación totalitaria de las conciencias y Arturo Jauretche del coloniaje cultural (Mason, 2006).

Estos medios fueron transformados por los avances de la tecnología que, junto al mundo financiero, se apropian y desarrollan esta nueva forma de pensar la realidad que va más allá de la mera instrumentalización de herramientas.

 

La tecnología

Ya a fines de la década del 60, Herbert Marcuse sostenía que la dominación se perpetúa y amplía no solo por medio de la tecnología, sino como tecnología. Ésta proporciona la gran legitimación a un poder político expansivo que engulle todos los ámbitos de la cultura (Marcuse, 1969). La tecnología irá construyendo su propia totalización del mundo, a la cual el neoliberalismo dará nombre: globalización, desencadenando un proceso de dominio de lo que podríamos denominar un “imperio abstracto”. Ya en la década del 80, Jürgen Habermas sostendrá que esta conciencia tecnocrática asume el papel de una ideología que se plantea un dominio totalitario sin encarnar en un Estado determinado (Habermas, 1984).

El desarrollo de esta tecnología requiere de condiciones culturales, políticas y económicas. La imagen cultivada de los jóvenes “nerds” creando maravillas tecnológicas en un garaje oculta que el desarrollo teórico que requieren solo es posible mediante la inversión de millones de dólares o la intervención directa, como el caso de Internet, de la financiación de la Secretaría de Defensa de los Estados Unidos. De allí que ya a fines de los 60 hay entre nosotros quien sostiene que en pocos campos es nuestra dependencia cultural más notable que en este, y menos percibida (Varsavsky, 1969).

El pasaje que se dio con el proceso globalizador es el de una sociedad productora de bienes a una sociedad de información o de conocimiento, caracterizada por el nuevo complejo científico-tecnológico, la preeminencia de las tecno-burocracias, el conocimiento teórico como fuente de innovación y formulación política de la sociedad, la toma de decisiones en base a la creación de nueva tecnología intelectual y el cambio de una economía productora de mercancías a una productora de servicios (Bell, 1981).

También ello trae consigo una visión de la cultura. Este modelo de sociedad se construye sobre un nuevo paradigma de valores que niegan la existencia de los pueblos con sus tradiciones, costumbres e instituciones. El reconocimiento y la contención social ya no serán producto del trabajo, la educación o la solidaridad, sino de la tenencia y el manejo de objetos creados por la tecnología, particularmente los de última generación (Brzezinski, 1979). El fomento de ello aparecerá mediante la cíclica creación de dispositivos presentados como “tecnología de punta”, cuyo valor estriba en eso: en ser el último, y cuya carencia tiene la marginación como consecuencia. Es común escuchar en nuestros días que quien no utiliza Whatsapp queda fuera del grupo social.

La realidad es presentada como carente de matices producto de la globalización, reconociendo una forma unívoca de concebirla, que es tarea de los “expertos”. La “intelliguentsia especializada” buscará concretar en lo local aquello considerado “políticamente correcto”, y en ello evalúa la eficiencia. Esta es la esencia de “la tecnología como forma de pensar”, que en sentido estricto representa un modo de pensar que posee una solución única, de naturaleza esencialmente tecnológica, ante cualquier problema atinente a la vida de las personas. El postulado de fondo es que las relaciones humanas ya no conforman conjuntos, sino que se realizan mediante conexiones individuales mediadas por algún elemento tecnológico.5 No se busca construir una nueva utopía social que lance el paraíso hacia el futuro. Por el contrario, solo se buscará armonizar e integrar el presente, “lo que es”, mediante la ingeniería social.

La transformación de los conceptos de tiempo y espacio que genera la tecnología aparece en nuestro país y en los medios de comunicación con la adopción de los tiempos y las formas de la televisión, pero no de cualquier forma de hacer televisión, sino la del espectáculo. La noticia y la transmisión de lo veraz dejan de tener valor ético para transformarse en mercancía, donde lo valioso es el impacto que produce. Debemos entender que “espectáculo” (del latín spectaculum) significa una acción que produce escándalo o extrañeza. La opinión pública pierde toda iniciativa de legitimación, pues se ha transformado en un conglomerado de espectadores, desaparece la búsqueda de la verdad y aparece el rating. La información como espectáculo es el derivado de la concepción consumista que el neoliberalismo propone como “filosofía social” que, siguiendo la lógica del mercado, concibe a los ciudadanos como consumidores. Por lo tanto, la información periodística no es la nutriente de la opinión pública, sino una mercancía intangible que requiere un elaborado packaging.

La tecnología precipita sobre la sociedad una verdadera pauta cultural como la posibilidad de un acceso a una información infinita. El hombre del siglo XXI está saturado de información frente a la cual se ubica solo, individualmente, y en esa disparidad el sentido que hace comprensible esa información no está generado por él, sino por quien la emite, el cual no siempre está visible, generando una verdadera estructura perversa. Esta hipercomunicación genera las “fake news” (noticias falsas o basura) en lo que el filósofo coreano Byung-Chul Han denomina un proceso determinado por los “spam” del lenguaje y la comunicación, pues se forma una masa que no es informativa ni comunicativa. Recordando que “communicare” en latín significa hacer algo conjuntamente, dar o tener en común, este es un acto que origina una comunidad, pero cuando deja de ser comunicativa y solo es acumulativa deja de tener mensaje para transformarse en una sobreexposición del “yo” aislado, que se somete libremente a la coacción de tal exposición (Han, 2017).

 

Ingeniería inversa

La obtención ilegítima de información a través de los medios tecnológicos de comunicación no es algo nuevo. Es resultado de una suerte de “ingeniería inversa”. Ya en 2007, Francia prohibió a sus funcionarios el uso de terminales BlackBerry, pues detectaron que desde los servidores en Estados Unidos y Reino Unido se realizaba un espionaje de las comunicaciones oficiales. Poco tiempo después se sumaron a la prohibición otros países como India, Emiratos Árabes, Líbano, Indonesia y Arabia Saudita (El Mundo, Madrid, 21-6-2007). Ese mismo año, la Oficina Federal de Seguridad Informática alemana informó que el sistema operativo iOS de Apple, usado en los iPhones e iPads, al igual que los BlackBerry, tenían problemas de seguridad. Hans Berhard Beus, comisionado del gobierno federal para tecnología de la información, envió una carta a los ministerios federales comunicando que por motivos de seguridad el gobierno no podía seguir recomendando el uso de iPhones para ser usado en la transmisión de correspondencia y documentos electrónicos confidenciales. Esos móviles suponen un significativo riesgo potencial para la infraestructura y las redes informáticas del gobierno, escribió Beus, pues es factible, al igual que en los dispositivos con Android de Google, leer los mensajes de texto o escuchar los de voz. A ello se suman las revelaciones del criptógrafo inglés Tobias Boelter de la Universidad de California-Berkeley, quien detectó una “puerta trasera” (backdoor) en WhatsApp, lo que implica una vía alternativa para interceptar y leer mensajes encriptados. A su vez, han encontrado un nuevo malware distribuido a través de Facebook Messenger para dispositivos móviles Android, el cual, según investigaciones de la compañía de seguridad informática rusa Kaspersky Lab, es capaz de espiar todo tipo de información, desde contraseñas hasta fotografías almacenadas de forma local y vídeos, por supuesto, además de acceder a las conversaciones de WhatsApp o Telegram, entre otras aplicaciones de mensajería instantánea y otros segmentos. Finalmente, existe Pegasus, el software capaz de utilizar la cámara y el micrófono de un teléfono celular para vigilar a su propietario, lo cual generó un escándalo de espionaje en México (BBC Mundo, 19-6-2017).

 

Las redes sociales y el “big data

Un estudio realizado por Zenith en Argentina, en base a datos de Kantar Ibope Media, muestra que los mayores de 35 años son quienes consumen más TV y radio, mientras que hay un consumo de Internet mayor al 80% del grupo etario entre 20 y 34 años.6 Por su parte, Interactive Advertising Bureau en 2017 muestra que en Argentina había 31 millones de cuentas por medio de las cuales las personas se informan en las redes sociales, lo cual se encuentra en concordancia con los resultados del informe Digital News Report 2017, presentado por el Instituto Reuters, que muestra que el consumo de contenidos de noticias a través de aplicaciones como WhatsApp o Facebook está creciendo en gran parte del mundo, mientras la confianza en los medios de comunicación clásicos es cada vez más baja. En Argentina se percibe que las noticias están influenciadas por la política y las empresas: sólo el 16% de los argentinos cree que los medios son libres de presiones políticas o comerciales, liderando en entradas en la TV como en Internet Clarín y TN, respectivamente.7

Originalmente, las redes sociales eran las estructuras de contención territoriales que se armaban a partir de relaciones personales, donde podía o no aparecer el elemento político. Pero lo que hoy se llaman “redes sociales” son estructuras que a través de Internet brindan la posibilidad de comunicación a individuos, grupos, comunidades y organizaciones, vinculados unos a otros a través de esa mediación tecnológica, donde la conciencia de pertenecer a un espacio común es virtual y brinda la posibilidad del anonimato o la construcción de un falso perfil, lo cual se distancia totalmente del “cara a cara” de su concepción primigenia. Ellas son Facebook,8 Instagram, Linkedin, Twitter, Dopplr, Tuenti, Flickr, Youtube,9 Vimeo, Whatsapp, etcétera, en las cuales se vuelca una enorme cantidad de datos personales, de familiares o amigos, que muestran quiénes son, cómo son y qué piensan los usuarios de las redes. El acceso a esa masa informativa constituye el “big data” (la gran información), la cual en Argentina se corresponde con los datos de 20 millones de adultos. La misma está tanto estructurada como no estructurada. Pero no es la cantidad de datos lo que le otorga identidad, sino que el “big data” es la capacidad de organizar esos datos mediante algoritmos10 para manipularlos en la generación de conductas en forma perversa, esto es, que aparezcan como “naturales”, cuando en realidad son inducidas. Con ello comenzamos a acercarnos a las nuevas herramientas de construcción de poder hegemónico. Ello nos ubica más allá del manejo de “bases de datos” o estadísticas construidas mediante una tecnología convencional. Está constituido por conjuntos de datos o combinaciones de conjuntos cuyo volumen, complejidad o variabilidad poseen una magnitud que no está firmemente definida y sigue cambiando con el tiempo, pero hoy la mayoría de los analistas y profesionales se refieren a conjuntos que van desde 30 o 50 terabytes (1 tera es igual a 1.000 gigabytes) hasta varios petabytes (1 peta es igual a 1.000 terabytes). Por su parte, la utilización de esta información posee un tiempo útil generalmente acotado en su utilización, porque se pierde la exclusividad de su tenencia o porque cambian las circunstancias en que se generó.

¿Cómo se vinculan las redes sociales y el “big data”? En primer lugar, se puede crear un “focus group”: grupo de personas seleccionadas con determinado criterio que se focaliza en un tema y brinda en el diálogo que se establece la información de cómo piensa su segmento social. Pero también mediante una aplicación de terceros en las redes: por ejemplo, se consulta una página web para averiguar el costo de un pasaje a Mar del Plata, y cuando se entra al correo electrónico se ven ofertas de pasajes a ese destino, lo cual ocurre porque mediante una aplicación toman los datos que generamos.

Para comprender qué se puede hacer con esa masa de información, daremos un paso más adelante, encontrando al programador y analista de datos canadiense Christopher Wylie, de Cambridge Analytica (empresa envuelta en un escándalo por operaciones de inteligencia ilegales), quien tuvo la idea de reunir gran cantidad de datos de redes sociales bajo una metodología militar denominada operaciones de información para ser utilizada en las elecciones estadounidenses. La empresa matriz de Cambridge Analytica, Strategic Communications Laboratories (SCL),11 había ganado contratos con el Departamento de Estado de los Estados Unidos, y presentaba al Pentágono perfiles psicológicos de 230 millones de estadounidenses (The Guardian, 18-3-2018). Entre junio y agosto de 2014 se habían recogido los perfiles de más de 50 millones de usuarios de Facebook. Lo que ocurrió a partir de 2016 fue la conversión de las redes sociales en un espacio a ocupar, como en un teatro de guerra. Facebook fue entonces una plataforma de lanzamiento de una manipulación gigantesca del sistema político de los Estados Unidos. Wylie ideó un plan para obtener los perfiles de millones de estadounidenses y utilizar su información privada y personal para crear perfiles psicográficos sofisticados que permitían hacerles llegar anuncios políticos diseñados para trabajar en su particular composición psicológica. Así, como en el ejemplo del viaje a Mar del Plata, a quienes demuestran temores frente a la violencia urbana le llegarán mensajes de “mano dura”, por un lado, y de opositores “garantistas” defensores de los victimarios, por el otro. Mientras tanto, en el Centro de Psicometría de la Universidad de Cambridge, dos psicólogos, Michal Kosinski y David Stillwell,12 estaban experimentando con una forma de estudiar la personalidad mediante un método cuantificador.13

Lo que parece una teoría conspirativa o la trama de un thriller resultó ser realidad y los servicios de inteligencia ingleses y estadounidenses fueron los primeros en ver el potencial de la investigación para la llamada “cyberdefensa” –en realidad, una nueva forma de interferir en los asuntos internos del propio u otros estados. Por ejemplo, la utilización del appYouAreWhatYouLike” (Tu eres lo que te gusta) les permitió detectar a las personas que respondían con “me gustó” a “odio a Israel” en Facebook,14 a partir de lo cual la CIA y el MI6 financiaron investigaciones a las que se denominaron Operación KitKat, para determinar potenciales “terroristas”. La financiación para que Kosinski trabajara sobre ello la proveyó la empresa Boeing, un importante contratista de defensa de los Estados Unidos (The Guardian, 18-3- 2018).

El Grupo SCL, creador de Cambridge Analytica, es contratista del Ministerio de Defensa del Reino Unido y del Departamento de Defensa de los Estados Unidos,15 especializándose en “operaciones psicológicas” o “psyops”, que no son otra cosa que manipulaciones al estilo “big brother” a través del “dominio informacional”, un conjunto de técnicas que incluyen rumores, desinformación y noticias falsas. El sustento “ideológico” de todo ello lo expresó un miembro del Tea Party estadounidense, Andrew Breitbart, quien planteaba que para cambiar la política es necesario cambiar la cultura, lo cual no puede hacerse sino operando masivamente y realizando campañas contra el establishment de Washington, divulgando diatribas contra los inmigrantes, negros y musulmanes, defendiendo la política represiva de Israel o a favor de Sarah Palin y la Asociación Nacional del Rifle (NRA). Para ello, a veces hay que mentir y a veces no. Es un cultor, desde su alt-right (derecha alternativa), de lo que llaman la “posverdad”.

El 4 de junio de 2014, el grupo SCL firmó un acuerdo comercial con una empresa llamada Global Science Research (GSR), propiedad del psicólogo moldavo e investigador senior de la Universidad de Cambridge, Aleksandr Kogan, creando la aplicación “ThisIsYourDigitalLife” (Esta es tu vida digital) que ofrecía a los usuarios un test de personalidad, permitiéndoles realizar la recolección y el procesamiento de información personal por medio de Facebook (ubicación, gustos, aficiones o intereses) de 270.000 personas,16 los cuales participaron voluntariamente a cambio de dos a cinco dólares, pero al hacerlo dieron permiso a una app para tomar sus datos y también los de sus contactos. Se calculan en 160 contactos involuntarios por cada uno de los voluntarios, lo que permitió obtener información inusualmente rica sobre un universo de progresión geométrica que llegó a alrededor de 50 millones de personas en cuestión de semanas, pudiendo relacionarse los rasgos de personalidad y los discursos políticos adecuados, convirtiendo al “me gusta” en una herramienta cibernética de campaña17 (Malaspina, 2018). Ese universo de información se segmenta de acuerdo a perfiles psicográficos, que describen las características y las respuestas de un individuo ante su medio ambiente (agresividad o pasividad, resistencia o apertura al cambio, necesidad de logro, etcétera). Personas de un mismo sector social pueden presentar perfiles psicográficos muy diferentes, de acuerdo a su personalidad, estilos de vida, intereses, gustos, inquietudes, opiniones y valores. Los distintos estilos de vida marcan actitudes distintas ante los estímulos cotidianos, por eso se busca construir una microsegmentación, por ejemplo, cuando la mercadotecnia reúne a quienes buscan pasajes para un destino y les mandan las ofertas solo a ellos. Claro está que no solo se utiliza para vender pasajes a Mar del Plata. Esto, que es una estrategia básica del marketing, puede ser desarrollado legalmente por medio de la información voluntaria de datos, o ilegalmente por medio de las aplicaciones a las que hicimos referencia. Esos mensajes ad hoc, personalizados, son subidos a las redes por los trolls,18 nuevos actores de la ciberpolítica que, mediante una computadora conectada a Internet y con un programa bot19 (aféresis de robot), automáticamente envían copias masivas de ese mensaje, simulando la interacción humana, incrementando artificialmente el número de visitas o seguidores, o automatizando respuestas para posicionar temas o influir en debates.

Esto que acabamos de exponer nos permite decir que ha muerto la época ingenua en que se afirmaba que las redes sociales eran el terreno de una democracia plena, que allí estaba “todo” tal como es. Lo que sí muestra es lo alejado que la inmensa mayoría de la población está respecto de los alcances de la tecnología. Se suele sostener que en la década del 50 se imaginaba el año 2000 con autos voladores y viajes a la Luna, pero en 2018 no podemos suponer qué habrá producido la tecnología en 20 años, pues su desarrollo va más rápido que nuestra imaginación.

Pero no es solo la tecnología, sino que hay un componente aportado por la llamada “psicología de la UX” (user experience) que estudia la experiencia del usuario de redes sociales. Tristan Harris, ex diseñador de ética de Google, plantea como ejemplo de tal aporte el hecho que los teléfonos celulares han sido ideados para ser adictivos: los define como “máquinas tragamonedas de bolsillo” (Wired, 26-7-2017). Para Harris, la tecnología secuestra nuestras vulnerabilidades psicológicas: “Aprendí a pensar de esta manera cuando era mago. Los magos comienzan buscando los puntos ciegos, los bordes, las vulnerabilidades y los límites de la percepción de las personas, por lo que pueden influir en lo que hacen las personas sin que ellos se den cuenta. Una vez que sepa cómo presionar los botones de las personas, puede tocarlos como un piano. Esto es exactamente lo que hacen los magos. Brindan a las personas la ilusión de la libre elección mientras diseñan el menú para que ganen, sin importar lo que elijas. No puedo enfatizar suficientemente cuán profunda es esta percepción” (Thrive global, 18-5- 2016).

Para poder determinar conductas operando sobre los miedos, es necesario incursionar en el terreno de los afectos. Pero su modificación es de corta duración, pues depende de una variabilidad de factores. Por ello se sostiene que las operaciones montadas sobre el “big data” tienen una utilidad temporalmente acotada, de donde proviene la necesidad de estar permanentemente generando operaciones como herramienta de construcción de poder.

Esta utilización de la Psicología sería la que se corresponde con gobiernos “republicanos”, pero está directamente emparentada con aquellas que bajo dictaduras militares se utilizaba para establecer el dominio psicopolítico sobre la población y el desmantelamiento de la infraestructura política como forma de disciplinamiento (Mason, 2017).

Los datos “duros” que se buscan para ser aplicados a la política son las emociones, las esperanzas y los miedos que puedan habitar en el inconsciente de las personas de cada microsegmento. En especial de los miedos, respecto a los cuales muchas veces no hay conciencia de que se poseen, pero si se recibe un mensaje con algo que los evoca, surgen del inconsciente. A su vez, para poder prolongar la durabilidad del efecto, se los sincroniza con operaciones de prensa que incorporan el ámbito de lo simbólico.20 De allí que Jaime Durán Barba –asesor de marketing político del presidente Mauricio Macri– sostenga que “con frecuencia entendemos algo, pero no por eso nos motivamos a actuar. Para tomar actitudes políticas, el ciudadano más que entender debe sentir los significados. El acto de entender tiene que ver con ‘intus legere’, leer el interior, aprender racionalmente el mensaje. Lo motivacional es más que eso, se relaciona con elementos no solo racionales, sino también con gratificaciones y sufrimientos. En lo que respecta a las conductas, la esfera afectiva es más importante que la lógico-verbal. Las palabras y los razonamientos tienen mucha menos fuerza que las imágenes. (…) Los seres humanos no desarrollamos el lenguaje para crear conceptos que nos orienten para la acción. Siempre hemos hecho lo que sentíamos que debíamos hacer” (Durán Barba, 2017: 108). Y allí es donde se llega por medio de los perfiles psicográficos, constituidos en el seguimiento de las interacciones que establece una persona por medio de las redes sociales (los mensajes, las fotos que se envían, los “me gusta” y hasta los emoticones), apareciendo entonces el uso de la bio-ingeniería21 capaz de construir un programa para cuantificar interacciones que permitan conformar un perfil, afirmando que contemplando de 250 a 300 mil de ellas puede determinarse el universo emocional de quien se trate. Sobre ello es que se arma el mensaje.

 

La utilización política

Avanzando sobre la cuestión de cómo se van integrando las redes sociales, el “big data” y el poder hegemónico, encontramos que esta tecnología al servicio de la manipulación también fue puesta en práctica en Argentina. La página web de la consultora Messina Group,22 el mayor experto mundial y pionero en la utilización político-electoral de información extraída de diversas bases de datos y contenidos de redes sociales,23 destaca el asesoramiento al presidente argentino Mauricio Macri.24 Ello ocurrió en la campaña previa al ballotage de 2015 que lo convirtió en presidente.

El 22 de junio de 2016, pocos meses después de una reunión del jefe de Gabinete de Ministros, Marcos Peña, con el vicepresidente de Messina Group, se firma un Convenio de Cooperación entre ANSES y la Secretaría de Comunicación Pública, y el 21 de julio el Boletín Oficial (52258/16) publica una Resolución del Jefe de Gabinete (166-E 2016) donde se resuelve que ANSES remitirá periódicamente su base de datos, relacionada con nombre, apellido, DNI, domicilio, teléfonos, correo electrónico, fecha de nacimiento, estado civil y estudios de los ciudadanos, a la esfera de la Jefatura de Gabinete, la cual considera necesario contar con herramientas que permitan instrumentar las políticas de comunicación pública que incluirán estrategias de comunicación vía redes sociales, hasta comunicaciones electrónicas, telefónicas, conversación persona a persona, de forma de lograr un contacto individual e instantáneo. También se han sumado a esa masa informativa los datos de la tarjeta SUBE. Ello constituye el big data argentino.

En 2017 se desarrolló más afinadamente en las elecciones de la provincia de Córdoba. El trabajo que se realizó fue de entrecruzamiento de datos con los resultados que se habían conseguido en las elecciones presidenciales de 2015, las PASO de 2017 y las preferencias de los cordobeses en las redes sociales, que permitieron construir los perfiles psicográficos que se administraron desde una plataforma con geolocalización. Ello decidió la realización de una campaña en el terreno virtual, dejando de lado los actos multitudinarios y la presencia callejera con la gráfica. La “cibercampaña” que se organiza parte de perfiles de microsegmentos geolocalizados y organiza la acción de los trolls para llegar a esos nichos, pero no necesariamente informando propuestas de los candidatos de Cambiemos, sino también una profusa masa de fake news (noticias falsas) que son las herramientas de la posverdad que permiten hacer el trabajo sucio en la política 3.0 (Perfil, 25-3-2018).

Después del éxito de esa experiencia, no es casual que el Jefe de Gabinete, Marcos Peña, haya creado la Unidad de Opinión Pública, para la obtención de “big data”, fundamentándola en la necesidad de “conocer y analizar las demandas de la población, como insumo para el diseño y la implementación de las políticas públicas [para] elaborar un plan de seguimiento de la opinión pública, recabar información sobre las demandas de los ciudadanos, evaluar el nivel de conocimiento de las políticas del Gobierno, y generar información cuantitativa para la implementación de medidas” (Resolución 46/2018, publicada en el Boletín Oficial del 20-3-2018, N° 17920/18).25

Ha desaparecido la política como construcción de poder por adición de personas y sectores producto de la persuasión, y es reemplazada por una manipulación perversa –como todas– que sostiene que ya no importan los hechos para persuadir. Por eso tampoco importa quién gane en la calle, sino que por medio de las redes sociales y usando los miedos pueden producirse reacciones al estilo del perro de Pavlov. También es cierto que ese poder es lábil, considerado en su durabilidad, pero aplicado en los momentos decisivos y tomando en cuenta su capacidad para la masividad, puede ser determinante, por ejemplo, para ganar una elección.

Uno de los principales constructores del marketing de Cambiemos, Jaime Durán Barba, dirá que “en la actualidad las ciudades medianas son mucho más grandes de lo que eran Buenos Aires, San Pablo o México hace décadas. Nadie puede recorrerlas en su totalidad. Pasamos de una política que se hacía a través de aparatos que relacionaban a personas que se conocían físicamente a una política mediática. El contacto personal fue desplazado por el virtual” (Durán Barba, 2017: 9). Ello significa que el horizonte sobre el cual se dan las relaciones no es humano, es virtual, y su existencia está sustentada por la tecnología.

Volvemos a citar este personaje que, aunque teniendo un escaso valor intelectual en sus desarrollos, posee prestigio social en nuestro medio y en los políticos que comparten esta visión de la realidad.26 Sin ningún fundamento, sostiene que “nuestro cerebro evolucionó a lo largo de millones de años para ayudarnos a sobrevivir, no para descubrir la verdad. Nos hemos comunicado siempre mirando contextos y usando procesos cognoscitivos que estaban más allá de las palabras. Lo seguimos haciendo así. Es el tipo de comunicación de la gente independiente que se contacta decenas de veces por día y transforma los mensajes políticos dentro de un contexto más amplio, en el que convive con los youtubers y el programa Gran Hermano” (Durán Barba, 2017: 11).

Esto que algunos llaman la post-política es pensado por un lado como pura manipulación comunicacional y, basándose en ello, como una verdadera batalla cultural en la cual se parte de la visión de Marshall McLuhan sobre el cambio que el mensaje produce en el medio, siendo la naturalidad de la incertidumbre el elemento central de tal mensaje. En ese ámbito de incertidumbre, la comunicación ya no supone la verdad, o para ser más claros, lo “verdadero” o lo “falso” responden a una necesidad operativa independiente de la relación que pueda haber entre el argumento racional y los hechos. Solo se busca generar, en forma perversa, reacciones emocionales para que el individuo en soledad dé la respuesta buscada. En este armado ficcional, la mentira aparece como el ejercicio de una facultad asombrosa de decir lo que no es, como si tuviera entidad concreta, creando por la palabra un mundo del cual quien posee esa facultad es el único autor y responsable (Koyré, 2009). Pero en esa construcción ficcional se invisibiliza al demiurgo constructor, y así como el sector más dinámico del capitalismo ha dejado de mover bienes tangibles y concretos, el marketing que busca reemplazar a la política se mueve con sujetos inexistentes y abstractos.

Cuando la política, al igual que la comunicación, dejan de portar un mensaje de lo veraz, que reconoce en el receptor la misma dignidad que posee el emisor, y cuando éste permanece oculto, al igual que el metamensaje que busca provocar tal o cual reacción, se observa una hegemonía que busca el dominio y el control social con clara naturaleza autoritaria.

Venimos sosteniendo que toda esta orquestación de Informática y Psicología supone la tecnología como forma de pensar, donde “lo nuevo” y “lo antiguo” aparecen en los términos que el Iluminismo lo planteaba: todo lo anterior es falso, por oscuro, y en el campo de la política por populista. De esta manera, podemos ir desde “mis amigos son los del grupo de Whatsapp” hasta la construcción de una opinión pública abstracta sustentada en las redes sociales, que reemplaza a poner el cuerpo en el espacio público. Pero estos instrumentos van cambiando, y herramientas como el correo electrónico aparecen como algo “pre-histórico”, y del SMS de los celulares se pasó al Twitter y luego al Whatsapp, como se pasa del Facebook a Instagram u otras redes. Lo que se mantiene estable es esa necesidad de mediación.

Es necesario aclarar que esta visión de la tecnología no implica una concepción apocalíptica o demonizada, sino que intenta describir la manipulación que se hace de la misma. Martin Heidegger señalaba un camino de solución cuando sostuvo que “es necio marchar ciegamente contra el mundo técnico como obra del diablo. Dependemos de los objetos técnicos, nos desafían –incluso– a una constante mejora. Sin darnos cuenta, sin embargo, hemos quedado tan firmemente encadenados a los objetos técnicos que hemos venido a dar en su servidumbre” (Heidegger, 2000: 524). Ello produce un estilo de vida signado por la vorágine, por lo que el filósofo reclama ante este panorama “serenidad” frente al ajetreo, no dejarse llevar por la velocidad de lo instantáneo y otorgar un sentido a las cosas de la casa, como quería Saint-Exupéry.

El campo nacional y popular tiene existencia en tanto siga habiendo un sujeto fuerte que se reconozca como “pueblo”: una parte de la población que convoca al conjunto en un proyecto político, en donde lo emocional impulsa el movimiento y la racionalidad expresa la capacidad de transformar la realidad por medio del discernimiento. El espacio no es un elemento distinto del sujeto, sino que va con él, casi como una propiedad. Por ello el pueblo no es una construcción discursiva, ni es lo mismo que el abstracto “la gente”, sino que se constituye a sí en la ocupación misma del espacio público –la plaza– y expresa una voluntad colectiva que no es una sumatoria de individualidades, ni hay algoritmo que pueda determinarla.

La comprensión de los anhelos y esperanzas que esa voluntad colectiva expresa es la política, y por ello los movimientos nacionales la reivindican como construcción de poder, concibiéndola en término de relaciones humanas que manifiestan el reconocimiento de la dignidad del otro, en eso que en nuestra cultura política llamamos lealtad. Por eso la relación política más básica, más elemental, siempre es “cara a cara”, es territorial –dentro de lo cual están las instituciones– y es fruto de la organización. Ello no significa abandonar la utilización de redes sociales, pero sí ser conscientes de que –como decían en las viejas películas policiales– todo lo que allí se diga puede ser usando en nuestra contra.


Bibliografía

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Scoto JD (1306): Ordinatio II, q. 6 n. 15. Vaticana, 1973.

Varsavsky O (1969): Ciencia, política y cientificismo. Buenos Aires, CEDAL.


 

1 Schmitt afirma que la concepción de la maldad del poder es algo que surge con posterioridad a la Revolución Francesa (Schmitt, 2010).

2 La “realidad” no es una cosa. Como término es introducido por John Duns Scoto (1306) y aparecía como lo opuesto a “ideal”, lo cual indicaba algo que estaba solo en la mente. La realitas es aquello que está puesto en acción en las cosas, es una cualidad relativa a las mismas. De allí que, cuando hablamos de la realidad, es algo que está en el presente pero que vemos desde el futuro, desde el proyecto, y por ello es una construcción que al modificar ese presente permite una reelaboración del proyecto desde la nueva situación alcanzada por una nueva relación de fuerzas, logrando el dominio sobre el acontecer.

3 Hay en ello varios hitos: la intervención militar inglesa en Guyana (1953), el golpe de Estado en Guatemala (1954), el golpe de Estado en Argentina (1955), la reunión de presidentes en Panamá (1956) y la de los comandantes de las Fuerzas Armadas en 1958 en San José de Costa Rica.

4 El primer presidente que habló por radio fue Marcelo T. de Alvear, pero más allá de la transmisión de su asunción no se transformó en una práctica habitual.

5 En el Curso de Verano organizado por la Universidad de Chile de enero de 1987, el decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas y posterior ministro de Planificación (1987-1989), Sergio Melnick, sostenía que la tecnología daba libertad para no estar determinados por lo territorial en la conformación del círculo social, ya que podía integrarnos con personas que vivieran en cualquier parte del mundo. La pregunta con que terminó la clase fue la de un viejo maestro chileno, que le preguntó quién iba a su fiesta de cumpleaños.

6 www.totalmedios.com/nota/31269, consultado el 3 de abril de 2018.

7 https://reutersinstitute.politics.ox.ac.uk, consultado el 3 de abril de 2018.

8 Facebook posee 2.000 millones de cuentas activas y es el tercer sitio más visitado. La misma empresa desarrolló Whatsapp con 1.300 millones de cuentas activas e Instagram con 700 millones (Malaspina, 2018).

9 Según Alexa, una consultora del grupo Amazon, la red social más visitada es Google y en segundo lugar está Youtube.

10 Un algoritmo es un conjunto de instrucciones definidas, ordenadas y finitas que permite llevar a cabo una actividad mediante pasos sucesivos, obteniendo un resultado final. La historia de los algoritmos va desde Babilonia hasta los ordenadores de última generación. La informática se nutre de ellos y permite que un ordenador con una capacidad de 4 GB pueda realizar 4.000 operaciones en un segundo. Un ejemplo de hasta dónde llegan lo muestra el llamado Flash Crack o Crash de las 14:45: un operador de bolsa con sede en Londres, Navinder Singh Sarao, hizo caer 998,5 puntos el índice Dow Jones de la Bolsa de Nueva York durante 4 o 5 minutos, mediante una operación virtual ilegal.

11 SCL Group posee una dirección en Argentina donde recibir correspondencia (Arenales 941, 5º “A”, CABA), la cual es remitida directamente a Londres.

12 Stillwell, en 2007, había ideado varias aplicaciones para Facebook, una de las cuales era una prueba de personalidad llamada “myFacebook”, que se volvió viral. Los usuarios obtuvieron puntajes en los “cinco grandes rasgos de la personalidad”: apertura, conciencia, extroversión, “agradabilidad” y “neurotismo”. Al dar acceso a sus perfiles de Facebook, permitieron medir los rasgos de su personalidad y, a través de sus contactos (“amigos”), a millones de personas que no sabían que estaban siendo evaluadas y clasificadas.

13 La investigación se publicó con el título: Los juicios de personalidad basados ​​en computadora son más precisos que los hechos por humanos. https://doi.org/10.1073/pnas.1418680112, consultado el 6-4-2018).

14 También mostró patrones extraños, como el hecho que a esas personas también les gustaban los chocolates KitKat, de donde tomaron el nombre las operaciones de inteligencia.

15 La doctrina militar estadounidense habla de la información como uno de los ámbitos que junto a la tierra, el mar, el aire y el espacio conforman un campo de batalla pentadimensional. Dentro de esta concepción, el Grupo SCL trabajó para el gobierno británico en operaciones en el Medio Oriente, y el Departamento de Defensa de los Estados Unidos lo contrató para trabajar en Afganistán. Hay quienes han descripto a este grupo como un MI6 sucio. No hay necesidad de ir a un juez para solicitar el permiso. Es normal que una “compañía de investigación de mercado” acumule datos sobre las poblaciones (The Guardian, 18-3-2018).

16 Kogan tenía permiso para extraer datos de Facebook, pero solo con fines académicos. Además, según las leyes británicas de protección de datos –lo mismo que las argentinas, no así las estadounidenses–, es ilegal que los datos personales se vendan a un tercero sin su consentimiento. Según Wylie, “Facebook podía ver qué estaba sucediendo, sus protocolos de seguridad se activaron porque las aplicaciones de Kogan estaban sacando esta enorme cantidad de datos, pero aparentemente Kogan les dijo que era para uso académico. Entonces ellos dijeron, ‘bien’” (The Guardian, 18-3-2018).

17 Ello se pudo realizar por el diseño y la funcionalidad de Graph API de Facebook, que se ubica en la sección de “Facebook for developers” (“Facebook para desarrolladores”), en especial su versión 1.0, presentada el 21 de abril de 2010 por Mark Zuckerberg. La Graph API permitía el suministro de datos a gran escala: convirtió a las personas literalmente en “objetos”. La versión 1.0 de la API Graph se desactivó en abril de 2014 –reemplazada por la 2.0, mucho más restrictiva– pero se cerró por completo a las aplicaciones que la usaron recién el 30 de abril de 2015. Ese mismo día, Facebook lanzó su iniciativa de seguimiento y orientación de anuncios hasta la fecha: la red de audiencia de Facebook (Audience Network). Se buscó exportar el perfil de los datos de la empresa y la gran cantidad de “ataques” publicitarios a los usuarios desde sus propias apps y servicios hacia el resto de Internet. En 2016, Facebook amplió la capacidad de esta función, permitiendo “perseguir” a usuarios que no estuvieran en Facebook, pero sí, por ejemplo, en Instagram o WhatsApp. Mediante Audience Network, Facebook puede realizar un seguimiento multidispositivo, lo cual significa que puede saber que es la misma persona la que estuvo en una computadora de escritorio y que luego entra a su plataforma desde un teléfono celular.

18 La palabra proviene del folklore escandinavo y nombraba a criaturas empeñadas en realizar travesuras y malicias. En inglés nombra una forma de pesca en la cual se arrastra un señuelo desde una embarcación en movimiento. En un principio de refería a la acción, pero luego –por un desplazamiento metonímico designó a la persona que, mediante algo falso, el señuelo, buscan atrapar a su presa.

19 Bot es una definición funcional, y no hace diferencias en cuanto a su implementación. Son sistemas de inteligencia artificial que pueden simular una conversación con una persona utilizando el lenguaje natural.

20 Un ejemplo de ello podrían ser los mensajes de los trolls sobre corrupción con la imagen de diarios y noticieros televisivos de la detención del ex-vicepresidente Amado Boudou en piyama en su casa.

21 En la Universidad Nacional de San Juan se ha desarrollado un software capaz de detectar la tristeza a partir de un análisis de la voz.

22 Jim Messina, ex vicejefe de Gabinete de Obama, trabajó desde su consultora también para otros dirigentes como Theresa May y David Cameron, Enrique Peña Nieto, Matteo Renzi y Mariano Rajoy, sobre todo utilizando la información extraída de Facebook, sin el consentimiento o verdadero conocimiento de al menos buena parte de los usuarios afectados (Página 12, 26-3- 2018).

23 Messina creó en 2012 una app que bajaron en Facebook un millón de simpatizantes de Obama que permitieron que tuviera acceso a su información, pero no avisaba que les estaban extrayendo también información a través de sus “amigos” o contactos de Facebook. De ahí se identificaron 16 millones de votantes indecisos y se los inundó con publicidad basada en sus preferencias individuales, muchas veces con sus propios “amigos” como referencia (Página 12, 26-3-2018).

24 Esta relación es negada por el gobierno argentino. Sin embargo, el 30 de marzo de 2016 el jefe de Gabinete Marcos Peña y el secretario de Comunicación Pública Jorge Grecco se reunieron en Buenos Aires con el vicepresidente del Messina Group, Brennan Billberry (Página 12, 26-3-2018). Y ya en 2016 el periodista Carlos Pagni sostenía que había una relación personal, de amistad, entre Messina y Peña, lo cual nunca fue negado (La Nación, 21-3-2016).

25 La misma está a cargo de la licenciada Mora Ximena Yazbeck Jozami, a quien Jaime Durán Barba (2017) la reconoce como una de sus maestras, con rango y jerarquía de subsecretaria de Estado, lo cual señala la importancia que se le otorga a esa Unidad.

26 Sus escritos serían un excelente material de análisis a la luz del concepto de “falacias” de Jeremy Benthan y de las “zonceras” de Arturo Jauretche.

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