La comunidad biopolíticamente organizada

Carlos A. Casali

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Para los que pretendemos dedicarnos a pensar desde la perspectiva de la filosofía, la comunidad organizada siempre fue un asunto interesante y difícil. Un desafío a los esquemas más o menos estereotipados con los que la milenaria tradición de la filosofía fue consolidando sus posibilidades y maneras de pensar lo político, a la vez que una apertura hacia algo nuevo. Sin embargo, esa novedad ha venido siendo un tanto esquiva a la interpretación y, más allá de las empeñosas y justificadas reivindicaciones de su originalidad rebelde a la conceptualización, la “comunidad organizada” sigue siendo un asunto que da que pensar, un asunto que es conveniente seguir pensando. No pretendo, por supuesto, haber develado su enigma, sino contribuir, a mi modo, a la confusión general. Tal vez sea esa la condición para pensar desde la perspectiva de la filosofía y del peronismo: a media distancia de las certezas dogmáticas o ideológicas y de los devaneos sofisticados de la mera crítica. A media distancia del suelo y del topos uranos. A media distancia del pasado y la utopía. En medio del camino.

Para ir entrando en tema, intercalo algo entre “comunidad” y “organizada”: la “comunidad biopolíticamente organizada”. Propongo pensar esto fuera de las ideas de Estado y sociedad civil. Con esto quiero sostener el argumento de que esa particular formación política no se deja ver si se la identifica con el Estado en ninguna de sus versiones, ni siquiera en la del Estado de bienestar[1] ni, tampoco, en su contracara complementaria, la sociedad civil.[2] Respecto de lo segundo, seguramente nos será más fácil aceptar que la comunidad organizada tiene poco que ver con la sociedad civil, en principio, porque se trata de una “comunidad” y no de una “sociedad”, de algo en común que opera como factor de sinergias y no de un sistema más o menos formal de reglas que articulan la asociación de individuos.[3] Si dejamos por ahora en suspenso qué entendemos por “comunidad” podemos pasar a considerar el Estado. Mi opinión es que lo más interesante de lo que desde el peronismo se quiere pensar como comunidad organizada estuvo presente en los veinte años en los que el peronismo no manejó los resortes del Estado (del 55 al 73). No digo que la comunidad organizada haya que pensarla de modo privilegiado o con exclusividad dentro de ese momento histórico. Lo que digo es que aquello que me parece interesante pensar es cómo pudo perdurar ese tipo de organización política que llamamos “peronismo” sin manejar los resortes del Estado. Seguramente habrá en esto mucho de la organización que vence al tiempo y mucho también de las diversas formas de la resistencia. Pero creo que hay también algo menos visible que eso y que –por poner un nombre que me parece adecuado– podemos llamar “dispositivo biopolítico”. Es ese mismo dispositivo el que vimos aparecer de diferentes maneras alrededor de la crisis institucional de 2001 para darle formas muy variadas a las organizaciones comunitarias, cuando las instituciones fracasaban en su intento de representar la voluntad popular.

Demos un paso por el camino que intento recorrer y hagamos jugar la biopolítica en la versión de Roberto Esposito (2006) –o, para ser más rigurosos, en nuestra versión de la versión de Esposito. Podemos sintetizarla en los siguientes términos: lo político es una comunidad de vida o una vida en común. Esto implica la relación entre algo que tiende al exceso, la errancia y el error (la vida), y algo que tiende al orden, la estabilidad y la verdad (la comunidad política). Esa relación se puede articular de acuerdo con dos sentidos, según cuál de los términos ejerza la función determinante: si es el de lo político –término que en este caso queda identificado más claramente con el Estado como forma institucional de lo político– el dispositivo biopolítico deviene tanatopolítico (Esposito dixit): el poder somete a la vida. Si es, en cambio, el de la vida, entonces el dispositivo toma un sentido afirmativo: es ella la que se expresa y afirma a través de lo político. Agreguemos una pieza más dentro del esquema. De acuerdo con Esposito, el dispositivo biopolítico deviene tanatopolítico –es decir que tiene una deriva negativa– cuando se articula en clave inmunitaria. Y esto significa dos cosas: por un lado, que la vida se inmuniza de su propio exceso y, por lo tanto, se despotencia o desvitaliza; por el otro, que la comunidad política está basada sobre la no comunidad (in munitas), es decir, sobre el doble proceso de disociación y asociación posterior –digamos, la disolución de las organizaciones comunitarias premodernas y la emergencia de la sociedad civil articulada en clave estatal. Un último punto respecto de este tema biopolítico: la comunidad (con munitas), sostiene Esposito, no es una esencia o una identidad cerrada al modo metafísico, sino una donación compartida a través de la reciprocidad. Una recíproca obligación de dar.

Vayamos ahora al punto. No entiendo lo político como administración o gestión, ni como conflicto –en el doble sentido de resolución de conflictos o antagonismo de intereses–[4] sino como forma. Saúl Taborda, un autor sobre el que publiqué un libro (Casali, 2012) y que amplía buena parte de los argumentos que aquí estoy presentando de manera más bien comprimida, sostenía en 1933 que “el caos ama la forma” (Taborda, 1933). La frase, más bien ambigua y metafórica, sirve para pensar aquello que nombrábamos como dispositivo biopolítico: el caos es la vida en cuanto condición de posibilidad o, mejor, factor posibilitante (khaos en griego significa lo abierto); y la forma es aquello que permite que esa posibilidad se realice o que ese factor posibilitante se exprese. Es aquí donde intento ubicar lo político como forma. No en el sentido del formalismo republicano o del juego formal de la democracia electoralista. Sí en el sentido de organización adecuada. El problema es ahora qué podemos entender por “adecuado” o cómo entender la “adecuación”. Y, sin pretender tampoco en este caso tener la solución del problema, diría que hay formas organizativas adecuadas en relación con diferentes fines u objetivos. Respecto del Estado, diría que la forma organizativa adecuada es la que tiende a la unidad y la homogeneización. Y lo mismo podría decirse respecto del conflicto y la guerra, que es su manifestación extrema. Respecto de la vida, la forma organizativa adecuada es la que expresa la multiplicidad y la heterogeneidad. No se trata, claro está, del conjunto de los individuos que hacen sociedad civil o se articulan en ella para legitimar el poder del Estado como centro decisional a través de los mecanismo formales de la representación política, sino de eso que nombramos como “pueblo” o “comunidad” y que parece remitir a una pluralidad irreductible a la unidad y no representable por ella.[5]

Para concluir entonces, pensar la comunidad biopolíticamente organizada podría ser una manera de pensar los desafíos que la actual coyuntura política le plantea a ese sector del campo popular que nombramos como “peronismo” y que alienta la pretensión de ser algo más que un “sector”, y así poder abarcar la totalidad del campo popular: no el molde ni el modelo, ni siquiera en la versión crítica de “modelo contrahegemónico” que parece deslizarse inevitablemente hacia los requerimientos estratégicos unitarios que plantea el conflicto, sino la organización, que seguramente es menos eficaz como herramienta de lucha, pero más adecuada para vencer al tiempo.

 

Bibliografía

Aristóteles (1970): Política. Madrid, Centro de Estudios Constitucionales.

Bobbio N (1989): Estado, gobierno y sociedad. Por una teoría general de la política. México, FCE.

Casali CA (2012): La filosofía biopolítica de Saúl Taborda. Remedios de Escalada, Universidad Nacional de Lanús.

Casali CA (2016): Cursos de la filosofía. Bernal, Universidad Nacional de Quilmes.

Esposito R (2006): Bíos. Biopolítica y filosofía. Buenos Aires, Amorrortu.

Poratti A (1986): “Comunidad, sociedad, sistema mundial”. Revista de filosofía latinoamericana y Ciencias sociales, segunda época, I, 11, mayo.

Taborda SA (1933): La crisis espiritual y el ideario argentino. Santa Fe, Instituto Social de la Universidad Nacional del Litoral.

[1] Es conocida la crítica que se hace al Estado en La comunidad organizada. De hecho, el capítulo XXI de la conferencia lleva por título “La terrible anulación del hombre por el Estado y el problema del pensamiento democrático del futuro” y presenta argumentos tales como: “Hegel convertirá en Dios al Estado”, “la insectificación del individuo”, “la comunidad mecanizada”. Los argumentos responden a un clima de época: la crítica de formas totalitarias del Estado que anulan “los principios democráticos liberales” que, por otra parte, habían fracasado en su intento de organizar la convivencia humana. Intento resignificar esos argumentos dentro de otro clima epocal, el nuestro, y desde otra perspectiva, la de la biopolítica, y con otras intenciones: reubicar el eje de la organización política y su centro dinámico.

[2] Nos referimos al argumento de Norberto Bobbio respecto de “la gran dicotomía sociedad civil-Estado” que le sirve para encuadrar su comprensión del fenómeno político (Bobbio, 1989).

[3] Le debo al compañero Armando Poratti la sugerencia de tener presente esta diferencia entre “comunidad” y “sociedad” (Poratti, 1986).

[4] No comparto el argumento de que la política sea la continuación de la guerra por otros medios.

[5] Algo de esto es lo que está presente en el cuestionamiento que Aristóteles hizo a Platón: una comunidad política organizada en clave unitaria, como la propuesta por Platón en República, deja de ser “comunidad” o se presenta como el absurdo de comunidad de un solo hombre. Falta allí el componente de multiplicidad (plethous) que es inherente al carácter político de la comunidad. Cfr. Aristóteles, 1970, libro II. Desarrollamos este tema en Casali (2016).

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