El ideologismo neoliberal y la victoria peronista

Juan Pedro Denaday

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“Mito. Espacio entonces permanente de una ‘atemporalidad peronista’ donde la tragedia de una historia fue encontrando luego su forma narrativa religante: la instalación ritual de la escena primera y las gestas madres que la parieron en tiempos ‘inocentes’ todavía, tiempos estupefactos todavía en aquella ciudad de Buenos Aires culturalmente pueblerina de los 40. Espacio de un pueblo que entra a escena, de un pueblo nunca querido así por la sociedad blanca conservadora de derecha y de izquierda” (Nicolás Casullo).

En un artículo anterior en esta misma revista planteamos que la tradición nacional-popular –hegemonizada por el peronismo– necesita adoptar una postura decididamente liberal en el plano de la política, la vida cultural y el funcionamiento institucional. Esto no se resuelve ateniéndose al elemental principio democrático de aceptar que los contrincantes ganen elecciones, sino de abocarse activamente a la tarea, mucho más ardua, de aceptar y fomentar el pluralismo político-cultural cuando se manejan las riendas del Estado. Con evitar la confusión entre el gobierno y el Estado, abandonar el culto a la personalidad y desechar las expectativas unanimistas, ya se estaría dando un paso adelante. En este texto nos interesa destacar que a la tradición liberal-republicana le ocurre algo semejante y que también corre el riesgo de recaer en el anacronismo y la contumacia ideologista.

No es casual que el lenguaje antikirchnerista no se haya diferenciado sustancialmente de las clásicas operaciones simbólicas del antiperonismo. En general de menor espesura intelectual que las de otrora, las caracterizaciones antiperonistas del fenómeno kirchnerista no abrevaron en mayores novedades. Quienes pretendieron explicarlo como una mera impostura o, más chabacanamente, como la expresión de una legión de delincuentes, no incurrieron en originalidades. En los álgidos debates parlamentarios durante el primer peronismo, el diputado radical Agustín Rodríguez Araya ya había comparado al gobierno con los personajes de Las mil y una noches: Alí Baba y los cuarenta ladrones (Gambini, 2014 [2007]). Otros dirigentes e intelectuales, especialmente del campo marxista, habían interpretado al peronismo como una falsa revolución, un gatopardismo burgués que buscaba cambiar algo para que nada cambie. Uno de los más audaces en su arrojo polémico fue el historiador Milcíades Peña. Al referirse al discurso de Perón del 15 de julio de 1955, en el que el entonces presidente indicó que la revolución peronista había terminado, Peña sostuvo que en rigor no había existido nunca, “salvo en el incesante parloteo de la propaganda totalitaria”. Sostenía Peña (2013 [1975]) que la presunta “revolución peronista” se había limitado a la “sindicalización masiva e integral del proletariado fabril y de los trabajadores asalariados en general”, a la “democratización de las relaciones obrero-patronales en los sitios de trabajo y en las tratativas ante el Estado”, y en un aumento del 33 por ciento en “la participación de los asalariados en el ingreso nacional”. No parecía poco, pero para Peña, mientras no cambiara de manos la propiedad de los medios de producción, no podía hablarse de revolución. Mucho más tarde, otro historiador, Tulio Halperín Donghi (2012 [1994]), necesitó advertir que caracterizar al peronismo como una revolución social “sólo pudo parecer discutible a quienes creían blasfemo dudar de que revolución social –y aun revolución– hay una sola: bajo la égida del régimen peronista, todas las relaciones entre los grupos sociales se vieron súbitamente redefinidas, y para advertirlo bastaba caminar las calles o subirse a un tranvía”.

Pero ya antes otros antiperonistas habían sido menos categóricos, y no sólo entre quienes –luego de desatarse la persecución proscriptiva comandada por la Marina de Guerra– comenzaron a razonar que era peor el remedio que la enfermedad. Incluso aquellos que consideraron necesaria la caída del peronismo –para facilitar la liberalización institucional del país– no negaban la democratización social que había provocado al otorgarle a los sectores populares un lugar más preponderante en la vida pública. En un tono exaltado que, visto a la distancia, resuena algo chistoso, el ensayista Ezequiel Martínez Estrada (1956) afirmaba que Perón había creado una “Roma pampeanofascista” sostenida con “huestes catilinarias”. Lo destacable es que la referencia de Estrada a los seguidores del romano no se interesaba en su método golpista –al que para interpretar la dinámica política de la Europa de entreguerras había hecho referencia Curzio Malaparte en su ensayo Técnica del golpe de Estado, en el que definió a los fascistas y a los comunistas como “catilinarios”–, sino que le permitía abrir la caja de pandora de una sociología de la marginalidad. En una descripción que, despojada de su sentido axiológico, hubiese seducido a más de un revisionista, Estrada afirmaba que Perón había envalentonado a la “plebe rosista e yrigoyenista que forcejeaba por resurgir a la luz”. Para el autor de Radiografía de la pampa, el militar había cometido el pecado de insuflar “un orgullo de clase dominante” entre esa “chusma”. Ahora dirán, con menos imaginación literaria, lo del pancho y la Coca, pero siempre se trata de una figura que remite a un personaje plebeyo manipulado o ensoberbecido, al que no le conceden el status de una ciudadanía plenamente legítima.

La revisión que las izquierdas comenzaron a hacer del peronismo posteriormente a su derrocamiento fue variopinta, pero en general de signo más favorable. Esto colaboró al acercamiento al peronismo de numerosos contingentes de clases medias y de militantes universitarios que antes le habían sido mayoritariamente hostiles. Hacia fines de los sesenta estos nuevos actores le dieron dinamismo al peronismo en la pelea por terminar con la proscripción y recuperar el poder del Estado. Pero ese aporte venía acompañado de unas expectativas revolucionarias desmesuradas que fantaseaban con un peronismo socialista, lo cual ocasionó serios trastornos. Entre otras razones porque el kirchnerismo estuvo, en tanto cultura política, genealógicamente emparentado con esa versión peronista radicalizada del juvenilismo setentista: las izquierdas fueron mucho más receptivas a su emergencia de lo que lo habían sido con respecto al peronismo originario. Como el peronismo había perdido su razón de ser durante la experiencia menemista, el kirchnerismo logró revitalizar su sentido histórico asociado a la promoción de la justicia social. Pero ideológicamente abrevó en un ethos montoneril, muy notable en las postrimerías cristinistas, que lo llevó a enemistarse con buena parte del peronismo tradicional y con los dirigentes sindicales. Además del lógico desgaste luego de años de gestión estatal bajo un mismo color político, el dérapage cristinista se pagó en las urnas. De otro modo, una versión tan rancia del conservadurismo liberal difícilmente hubiese llegado al poder por la vía democrática. La rectificación kirchnerista facilitó la reunificación del peronismo y ese fue el plafón político de la reciente victoria electoral.

Si bien los guarismos electorales de las PASO resultaron sorpresivos, las causas de la derrota oficialista se pueden dilucidar fácilmente. El macrismo pagó el precio de su propio extremismo: un revival del más añejo odio antiperonista que, últimamente, al recaer en una tendencia patológica a la negación de la realidad, ya estaba adquiriendo ribetes rayanos con el ridículo. Como expresión de una reacción social con fuerte asiento en las clases medias y altas, el macrismo no se demoró en inclinarse hacia un antiperonismo excesivo que no alcanzó a morigerar la tardía incorporación de la figura vicepresidencial. En ese marco, insistió con unas recetas neoliberales que se revelan –una y otra vez– a todas luces inviables en nuestras latitudes, y hacen insostenible un proyecto sustentable del liberalismo local. Salvo desde el interés del negocio –o más bien del negociado– hay políticas económicas que sencillamente son difíciles de explicar desde una lógica racional.

Pretender ubicar cualquier alternativa al neoliberalismo más brutal en una posición anticapitalista es una mentira a la que suelen recurrir los economistas ortodoxos y algunos intelectuales liberales. Como dudamos que quienes propagan esas ideas crean realmente en semejante dislate, especulamos que se trata de un reduccionismo falaz deliberadamente destinado a confundir y a infundir temores. En verdad, como lo señalaba Jorge Bolívar (2008), el capitalismo y el mercado están vivos en “las complejas y entramadas redes sociales en las cuales vivimos y ‘somos’ y en las formas políticas, éticas y estéticas, con las cuales jugamos nuestras vidas productoras y productivas”. Pero se “dan muchísimas formas de ser ‘capitalistas’ y de utilizar el capital como factor privilegiado de la producción. Diría que hay casi tantas culturas capitalistas como naciones existen e, incluso, dentro de ellas, las encarnaciones específicas de ser capitalistas tampoco son homogéneas. Son piezas orgánicas de los cuerpos sociales; como los políticos, los intelectuales, los médicos, los arquitectos, los abogados, los periodistas, etcétera. Los hay buenos, mediocres y malos. Los hay sabios o ignorantes. Los hay psicópatas o socialmente conscientes de su rol histórico”.

El problema de los ideologismos es que tienden a desconocer la dinámica de lo real. Enceguecerse en una política abstractamente aperturista o intervencionista, independientemente del contexto internacional en el que se actúe y de los recursos materiales de los que concretamente se disponga, es absurdo. Aquello que se le cuestionó a Perón desde diestra y siniestra, el eclecticismo de su sistema de ideas, fue, a mi juicio, una de sus mayores virtudes. Dentro de un marco ideológico que, en rigor, se mostró coherente en no volcarse a los extremos del liberalismo desenfrenado y del igualitarismo socialista, el líder justicialista varió según las circunstancias. Incluso durante su segundo mandato (1952-1955), cuando acentuó el autoritarismo y se desbarrancó cometiendo algunos errores políticos groseros, macroeconómicamente acertó en una corrección que tuvo como artífice al economista Alfredo Gómez Morales. El ajuste de Gómez Morales terminó con la política económica dispendiosa de Miguel Miranda sin salirse de los marcos de una economía que, grosso modo, promovía el desarrollo industrial, el consumo interno y la distribución del ingreso. Así como hay muchos capitalismos, no todos los ajustes económicos son de la misma naturaleza. Quienes tienen la intención de desarrollar un proyecto político antiperonista exitoso deberían aguzar un poco el ingenio, porque si quedan inextricablemente ligados a las políticas económicas neoliberales están destinados a protagonizar rápidos fracasos. Deslindar entonces la responsabilidad en el peronismo, que para algunos fanáticos tiene la culpa cuando gobierna y también cuando es oposición –o sea: siempre–, agrede el sentido común.

Hay un factor anímico, no menor, que influye en la política y está relacionado con la tendencia a la soberbia en la victoria y al sectarismo en el ejercicio del poder. Sería atinado para el peronismo no reiterar ese error conductual de sus actuales adversarios y que también puede reconocer en su propio pasado. En su libro Reflexiones sobre la historia universal, el suizo Jacob Burckhardt (1980 [1905]) decía que, si regía el apotegma de la historia como “maestra de la vida”, lo hacía en un sentido simultáneamente “superior” y “modesto”. Al igual que en la vida del individuo, razonaba Burckhardt, lo que antes era “júbilo o pena” debía convertirse “ahora en conocimiento”: “se trata de ser, gracias a la experiencia, más prudentes (para otra vez) y más sabios (para siempre)”. Para la dirigencia peronista esa sabiduría implica, por lo pronto, administrar el éxito para consolidar la victoria electoral en el mes de octubre.

 

Referencias bibliográficas

Bolívar J (2008): Estrategia y juegos de dominación. De Marx y Lenin a Perón y Hannah Arendt. Para una crítica del saber político moderno. Buenos Aires, Catálogos.

Burckhardt J (1905): Reflexiones sobre la historia universal. México, Fondo de Cultura Económica, 1980.

Casullo N (2008): Peronismo. Militancia y crítica (1973-2008). Buenos Aires, Colihue.

Gambini H (2007): Historia del peronismo. El poder total (1943-1951). Buenos Aires, B, 2014.

Halperín Donghi T (1994): La larga agonía de la Argentina peronista. Buenos Aires, Ariel, 2012.

Martínez Estrada E (1956): ¿Qué es esto? Catilinaria. Buenos Aires, Lautaro.

Peña M (1975): Historia del pueblo argentino (1500-1955). Buenos Aires, Emecé, 2013.

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