De finales y recomienzos: los tiempos que corren

Mario Casalla

0

Los signos de estos días

Hace tres años atrás participé de estas Jornadas[1] que se llevaron a cabo bajo el mismo título general: Hacia una cultura del Encuentro. Lo que ha cambiado es la explicitación de esa cuestión en el desarrollo del título. Aquellas pedían que nos refiriésemos a Una nueva solidaridad, éstas se subtitulan Un nuevo pacto social para el siglo XXI. Si algo se repite es porque aquello de lo se habla –en nuestro caso, el encuentro–, “insiste”, no está resuelto y sigue siendo importante hacerlo. ¡Y vaya si esta no es una cuestión pendiente entre los argentinos en general y entre los habitantes de esta Santa María de los Buenos Aires muy en particular! Diría que estamos mucho más desencontrados que hace tres años, lo cual –lejos de llevarnos a la desesperanza, o al pesimismo– bien puede ser un motivo muy concreto para redoblar nuestros esfuerzos y persistir en la búsqueda de los acuerdos, los consensos y las coincidencias, sin las cuales ninguna nación puede realizarse en paz, ni hacer feliz a sus Pueblos. Dos principios éticamente indeclinables para todos nosotros, según creo.

La gravedad de la hora y la posibilidad de la esperanza exigen ser muy claros en el diagnóstico y evitar las generalidades –las cuales no suelen ser propicias para fundar sobre ellas algo sólido. Además, esta misma Pastoral Social nos propone ahora indagar sobre un camino bien concreto para el logro de ese ansiado encuentro: el Pacto (o Acuerdo) Social. Término este último (acuerdo) que –en nuestro entender– resulta más ajustado a los fines que perseguimos. ¡Pero ya tenemos bastantes problemas como para ahora hacer cuestión de nombres! De manera que los tomaremos como sinónimos, aunque conceptualmente hablando no lo sean.

La hora es grave porque lo que estamos viviendo es un final de ciclo –ético, político, económico y social– y no nuevamente una crisis de las tantas que han sucedido a lo largo de nuestra historia. La diferencia entre “crisis” y “final de ciclo” –sintéticamente dicho– es que, mientras que de la crisis puede todavía salirse reacomodando elementos o recursos del sistema vigente, de los finales de ciclo no. En el final lo que entra en cuestión y exige reemplazo es el paradigma que ordenaba a los antiguos elementos. Por eso no toda crisis es una oportunidad, como suele mecánicamente repetirse. Algunas, de no ser correctamente atendidas, terminan en una verdadera emergencia social. En el final, como suele decirse, the game is over (el juego está cerrado) y quien se empeñe en seguir apostando –o incite a los demás a hacerlo– irá necesariamente por el camino equivocado. Tampoco es esto para asustarse o desesperanzarse. Argentina ha tenido a lo largo de su historia varios finales de ciclo –acaso el primero haya sido en el año 1820, aunque dejo esta cuestión para historiadores y sociólogos, yo no lo soy. Vivimos entonces un final de ciclo muy específico: el del tercer intento de una experiencia neoliberal en nuestro país. El primero fue el que ideó Martínez de Hoz, apoyado en una dictadura militar en 1976; el segundo se desarrolló en dos actos, pero tuvo un mismo inspirador económico, Domingo Cavallo, quien actuó en dos gobiernos distintos y surgidos de elecciones democráticas –el de Carlos Menem primero, y el de la Alianza de De la Rúa y Chacho Álvarez después. Ambos desembocaron en la dolorosa situación vivida en el año 2001. La tercera experiencia neoliberal es la que ahora está cursando su final de ciclo y la protagoniza el actual gobierno argentino. Por suerte este tercer final coincide con una renovación democrática del poder, que el Pueblo ya empezó a ejercer el mes pasado con las PASO y que volverá a ejercer de manera definitiva en octubre. El ciclo estará entonces cerrado y bien cerrado, es decir democráticamente y con un pronunciamiento popular rotundo. Esto es una ventaja respecto de las dos experiencias neoliberales anteriores y refleja en primer lugar la madurez de nuestro Pueblo; en segundo lugar, la oposición política también mucho más responsable –en organizar y plantear una alternativa comprensible y esperanzadora para las grandes mayorías nacionales–; y en tercer lugar es necesario reconocer el enorme trabajo de base de numerosos movimientos, organizaciones y sectores sociales que en la emergencia también supieron organizarlo y contenerlo como para que la vida no termine de escurrírsele por entre los dedos. En esto la Iglesia ha cumplido –y deberá seguir cumpliendo– un rol amalgamador y facilitador fundamental. Más que nunca deberá trabajar de “puente”, ser ella misma pontífice de su Pueblo –en el sentido profundo de ese término.

Falta sin embargo que el actual gobierno en ejercicio –y las fuerzas políticas que lo acompañaron hasta aquí– termine de advertir que su ciclo está a punto de concluir, lo acepte con hidalguía y buena fe y no empañe su legitimidad de origen –que nadie discute– con actitudes que para nada contribuyen a facilitar las cosas. Por ahora muchas de sus acciones básicas –sobre todo las de su máxima autoridad política– no se condicen con esto y es una verdadera pena que esto ocurra. El gobierno nacional debe admitir su responsabilidad en este desenlace, si es que desea exigirle a la oposición que colabore para mantener la gobernabilidad –deber primario del cual él no puede ni debe desligarse, ni relativizar. Con ello no sólo ganará el respeto de su ocasional oposición, sino también el de su propio sector social, que hace cuatro años creyó en él y que hoy ya no lo hace. El resultado contundente de las PASO debería haber operado como un motor suficiente para que esto ocurra, pero es evidente que esto no sucede. Confiamos sin embargo en su capacidad de enmienda porque la Nación está todavía bajo su mando y el del equipo que lo acompaña. Y porque no es la Argentina quien ha fracasado, o no lo ha comprendido debidamente –como sugirió en alguna reciente intervención pública–, sino más bien todo lo contrario. Esto sí tiene remedio constitucional: la renovación democrática de las autoridades por medio de elecciones libres y transparentes.

Sin embargo, esto no es todo. Porque no se trata tan sólo de un cambio de nombres o de alianzas políticas, sino de un auténtico cambio de proyecto. Un proyecto capaz de superar la mala experiencia neoliberal que ahora concluye, en el menor tiempo posible y con el menor sacrificio de nuestro Pueblo y sus instituciones. Esto implica plantear otro proyecto de nación: reparador, inclusivo y centrado en la paz y la justicia social, en tanto valores éticos irrenunciables y prioritarios. Un proyecto nacional de estas características se enlaza y requiere mutuamente con esta cultura del encuentro que aquí estamos tratando de pensar y vivenciar.

 

La Nación como lugar de encuentro

Dentro de las muchas definiciones –de carácter filosófico– que se han dado al concepto de ‘Nación’, la de Ortega y Gasset me parece oportuna de recordar ahora. Decía el filósofo español: “la Nación es un proyecto sugestivo de vida en común”. Así caracterizada, se advierte rápidamente que ella es por un lado el lugar privilegiado del encuentro entre las personas, y por otro la “vida en común” constituye su sustancia, su razón de ser. Así, la Nación es la heredera moderna de la vieja polis griega –aquella que posibilitó una experiencia convivencial diferente de todas las anteriores y que de allí en más se denominará “política”–, así como la posterior comunitas medieval, surgida como rescate ante el decaimiento de la antigua polis y la inauguración de un tiempo “cosmopolita”, rápidamente constituirá lo mundial, lo ecuménico –lo que ahora solemos denominar “global”. Por supuesto que, al ser trasladada a América, esa Nación sufrió cambios, aportes y redefiniciones importantísimas, las cuales impregnan hoy nuestro horizonte más inmediato, distinto del europeo y con derivas culturales propias. Pero allí está lo esencial de su ADN: en la convivencia política. Si la Nación deja de posibilitar eso, no sólo pierde su sentido más profundo, sino que –de lugar de encuentro– deviene en tierra de desencuentros, donde la vida en común se torna un infierno cotidiano, cada vez más difícil de soportar y donde “la guerra de todos contra todos” –entre individuos, familias, pueblos y mercados– torna tan ilusoria la paz como la justicia. En los momentos de fines de ciclos –como el que actualmente atraviesa Argentina y buena parte de Iberoamérica– esto queda más al descubierto que de ordinario y la necesidad de cambiar rápidamente de modelo –y no sólo de nombres y de formas– se hace más imperiosa todavía. Situación que –como muy acertadamente lo viene predicando el Papa Francisco– se da ya a nivel planetario, porque el modelo neoliberal globalizado y el turbocapitalismo financiero –al que está indisoluble asociado– son ya incompatibles con la continuidad de una vida digna de los pueblos, en esta gran casa en común que deseamos seguir habitando: la madre Tierra. De manera que la tarea de reconstrucción de la propia Nación nada tiene que ver con “nacionalismos” de viejo cuño, sino que es el aporte indispensable que cada pueblo hace a la vida en común y a una nueva cultura del encuentro. Lo nacional no se opone así a lo universal, sino que –por el contrario– torna a éste concreto y situado para cada lugar y para cada momento. Argentina es nuestro lugar y nuestro momento más cercano, y nadie hará por ella aquello que se requiere para iniciar un nuevo ciclo político, económico y social como el que ahora reclama.

 

Hacia un nuevo acuerdo –o pacto– social

Se trata de algo que –en los últimos 50 años y con diferentes nombres– lo intentamos varias veces y nos sacó de varios apuros. Y acaso por no persistir en él es que volvimos a desembocar en nuevas crisis. De manera que no es nada absolutamente nuevo –frente a lo cual careceríamos de toda experiencia–, ni imposible de instrumentar –porque ya otras veces lo hemos hecho. Por tanto, de lo que ahora se trata es de ejercitar nuestra memoria histórica –dolorosa y a la vez esperanzadora– y de volver a poner en marcha un país que requiere lo mejor de nuestra voluntad y de nuestra inteligencia.

Hace apenas unos días tuvimos otra noticia sobre esto y bien concreta: el candidato ganador de las PASO concretó en la ciudad de Tucumán un “Acuerdo de la Producción y el Trabajo” donde reunió en acto público a importantes dirigentes institucionales de ambos sectores, como primera muestra de su decisión de optar por un tipo de modelo económico que privilegiará la concertación y el encuentro, por sobre el desencuentro y la confrontación entre sectores. Semanas antes había realizado en la ciudad de Santa Fe un encuentro político, también con un alto valor simbólico: se presentó en público junto a la mayoría de los gobernadores provinciales –en funciones o en vías de serlo– y definió a su gobierno como “el de un presidente y 24 gobernadores”. Un gesto de federalismo explícito que traslada al terreno de lo político lo que el Acuerdo de la Producción y el Trabajo implica en el orden económico. En síntesis, que –aun en medio de un grave final de ciclo y con un gobierno que no consigue controlar la economía, ni gobernar adecuadamente su sociedad– hay un primer bloque opositor que ofrece un programa diferente de gobierno, que desde su triunfo en las PASO aumenta las adhesiones a su programa y que se ha definido sin ambigüedades a favor de un Pacto Social y de una cultura del encuentro. Esto es –más allá de cualquier partidismo– una auténtica novedad respecto de la crisis terminal del año 2001. Por eso mismo –y parafraseando al Shakespeare de Hamlet– “no todo está podrido en la Argentina”, ni “todos son lo mismo”, sonsonete este último que –promovido a designio– trata de calar políticamente en el corazón de nuestro Pueblo, sembrando el desánimo y el nihilismo generalizado. Gesto desesperado de campaña electoral que busca evitar una diáspora aún mayor del modelo que nos llevó a este presente y diluir sus responsabilidades hacia atrás e –¡insólitamente!– también hacia adelante.

Por cierto que a quien le toque asumir el nuevo gobierno del país o de cualquiera de sus provincias o municipios las cosas no le serán nada fáciles y los factores de poder real no trabajarán precisamente para facilitárselas. Deberá ser capaz de transformar y mantener unida a la coalición electoral que le posibilitó el triunfo y transformarla rápidamente en una auténtica coalición de gobierno, practicando hacia adentro de su espacio la misma ética de la solidaridad, del encuentro y de acuerdos básicos que planteó hacia afuera. Deberá simultáneamente atender rápidamente y con razonada eficiencia las justas demandas populares postergadas que encontrará dormidas en los cajones ministeriales, a la vez que escuchar y entender el reclamo de los más necesitados en las calles y foros de todo el país. Deberá también atender la fabulosa deuda externa ilegítimamente e irresponsablemente contraída por el actual gobierno, recordando antes que nada que deuda y culpa no son la misma cosa –como implica la palabra inglesa default. Felizmente en castellano y en los idiomas latinos en general tenemos un nombre para cada una de ellas –debita y colpa. Por lo tanto, no vayamos a comprar al almacén con el manual del almacenero, porque perdemos de antemano, ni nos apresuremos a “honrar” lo que no merece ni puede ser honrado. Aunque el Fondo y los organismos financieros internacionales hablen y piensen en inglés, nosotros todavía no. Como poetizaba Rubén Darío, mirando entonces a Roosevelt: por suerte esta América Latina “todavía habla en castellano y reza a Jesucristo”. Y no olvidemos nunca que la dominación –igual que la pudrición del pescado– empieza por la cabeza. Por eso la dominación cultural fue siempre madre de todas las demás. Por allí ha de empezar entonces un auténtico programa de reconstrucción del país y de liberación humana integral –“de todo el hombre y de todos los hombres”, tomando ese sustantivo en el sentido genérico más abarcador: hombres y mujeres, es decir personas, por si alguna duda hubiese.

En fin, no deseo abrumar más con el detalle de las tareas que tenemos pendientes, sino con las esperanzas que nos esperan por delante, infinitamente mejores que el desastre que estamos a punto de dejar atrás. ¿O acaso no es la Política –con mayúsculas– “el arte de hacerlo todo de nuevo”, como nos enseñara Ana Arendt?

Por eso quiero terminar estar palabras con una cita de Raúl Scalabrini –de su obra El Hombre que está solo y espera–para caracterizar el signo de estos tiempos y lo que ahora se espera de nosotros: “Estas no son horas de perfeccionar cosmogonías ajenas, sino de crear las propias. Horas de grandes yerros y de grandes aciertos, en que hay que jugarse por entero a cada momento. Son horas de biblias y no de orfebrerías”.

 

Mario Casalla es doctor en Filosofía por la UBA, docente y escritor. Preside la Asociación de Filosofía Latinoamericana y Ciencias Sociales.

[1] Este texto procede de la exposición del autor en las Jornadas de Pastoral Social de la CABA 2019 (14/9/19), tema general: “Hacia una cultura del Encuentro. Un nuevo pacto social para el siglo XXI”.

Comentarios de Facebook

También podría gustarte Más sobre el autor