La democracia en peligro

Revista Movimiento

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Algunos especialistas vienen expresando de diferentes maneras su preocupación respecto a una eventual campaña sucia de fake news difundidas por operadores del gobierno nacional.

En realidad, son dos los peligros. El primero ya es un clásico: que los medios oficialistas orquesten en los últimos días operaciones periodísticas con acusaciones espectaculares contra los principales candidatos del peronismo; que construyan una víctima ficticia; o que anuncien anticipadamente –cuando todavía no haya terminado el escrutinio provisorio– un falso triunfo del oficialismo. Antecedentes no faltan, y sobran pruebas de que hay un sector del periodismo que no repara en pormenores éticos: todo vale si se trata de defender a la república del populismo. La campaña se dividirá entre debates sobre los logros del gobierno y ataques de algunos periodistas. No será una elección entre dos partidos, sino entre un frente de partidos y la mayoría de los medios masivos. Por eso resulta indispensable no solamente evitar el “fuego amigo”, sino también preparar el escenario para estas amenazas.

El segundo motivo de preocupación es más difícil de prevenir: que los operadores del macrismo pocos días antes de las elecciones usen las redes virtuales para difundir videos, audios o fotos con noticias falsas, aplicando bases de datos con el perfil individualizado de algunos indecisos. En ese caso son más inútiles todavía las solicitudes morales, porque ahí no rige la veda electoral y ni siquiera se puede identificar a quien fabricó el mensaje falso: muchas veces, quienes lo difunden entre familiares y amigos lo hacen con buenas intenciones, con indignación no fingida. Por eso celebramos la iniciativa de la Unidad de Políticas Digitales y Nuevas Tecnologías del Partido Justicialista de habilitar un centro de denuncias de fake news que permita rápidamente consultar –en una base de datos en línea– el origen de videos o fotos falsas, y replicar esos datos al remitente. Es una militancia que se puede hacer en piyama, pero harán falta unos cuantos voluntarios persistentes. Iniciarla ahora no solo servirá para ir ejercitando el músculo de la incredulidad ante ese tipo de contenidos, sino también para demostrar el escaso respeto por las reglas democráticas que profesan algunos oficialistas. Obviamente, para que sirva y tenga valor, conviene que también se reconvenga a los opositores que caigan en ese tipo de tentaciones: sería otra forma de fuego amigo.

Estas preocupaciones se suman a otras. El gobierno va voluntariamente hacia una doble trampa: por un lado, demuestra una ceguera preocupante respecto a la gravedad de la crisis social y económica. Por el otro, cambia por decreto y a último momento las reglas del juego electoral, aplicando reformas que dan lugar a razonables dudas sobre la legitimidad del resultado. Es dable así suponer que, si Macri llegara a ganar las elecciones, en pocos meses tendría que enfrentar crisis que podrían afectar la estabilidad democrática. Hasta el momento no ha demostrado pericia para enfrentarlas sin generar más pobreza y recesión, y menos recursos tendrá para hacerlo si además la legitimidad de su triunfo llegara a estar en duda. Asombra entonces comprobar que tanto afamado intelectual republicano que hasta hace cuatro años pontificaba sobre calidad institucional hoy guarde devoto silencio sobre asuntos al menos dignos de análisis.

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